Patéticas sanciones

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Hace unos días, publicaba ABC un interesante artículo de David Lidington, secretario de Estado del Gobierno británico, en el que detallaban (no sin cierto regodeo) los efectos que las sanciones impuestas desde el pudridero europeo producirán en la economía rusa. El artículo me interesó no tanto por sus bondades literarias ni por sus delicadezas de pensamiento, sino por la característica miopía que lo lastraba, que es la propia del occidental cuando se refiere a Rusia empleando los mismos parámetros con los que se referiría a cualquier nación europea, aferrada lastimosamente al disfrute de los bienes terrenales y temerosa de padecer privaciones. Esta miopía se cura leyendo a los clásicos rusos, pero en el pudridero europeo ya sólo leemos informes refritados por asesores sin más bagaje cultural que el algoritmo de Google.

Quien piense que Rusia se va a achantar porque le aprieten las clavijas con sanciones económicas probablemente piensa en una Rusia desnaturalizada y sin dignidad, la Rusia del dimisionario Gorbachov o del beodo Yeltsin, la Rusia desguazada y genuflexa que permitió a los carroñeros el despojo de parte de su territorio histórico (así, por ejemplo, la Novorossiya conquistada al turco). Pero aquella Rusia ya no existe; o, dicho con mayor exactitud, sólo existió efímeramente, en aquella coyuntura trágica de colapso del comunismo que la dejó rendida ante la rapacidad de sus enemigos. La Rusia renacida de aquellos escombros, con las convalecencias propias de una nación que a punto estuvo de sucumbir, vuelve a ser la Rusia sufriente que se contempla en el rostro de Nastasya Filipovna, la heroína de El idiota de Dostoievsky, que arroja al fuego con gesto desdeñoso los cien mil rublos que la habrían sacado de la pobreza. En Guerra y paz, Tolstoi observa que la riqueza y el poder y todo cuanto los hombres se afanan por conseguir sólo tienen para el ruso el valor de poder desprenderse de ello. Y no hay sino que recordar, para entender este desasimiento de las cosas materiales que caracteriza al alma rusa, el recibimiento que los moscovitas dispensaron a Napoleón, entregando a las llamas su ciudad santa, desencadenando sobre sí y sobre su enemigo todos los horrores imaginables. Entonces Napoleón exclamó: «¡Estos hombres son escitas!». Y muchos años después, en su retiro de Santa Helena, todavía espeluznado por la capacidad infinita de sufrimiento de aquel pueblo que acabaría infligiéndole una derrota aniquiladora, profetizaría que Rusia llegaría a dominar el mundo. Algunos piensan que esa profecía se hizo realidad proterva con Stalin; otros anhelamos que se haga realidad luminosa en la Tercera Roma que avistó Filoteo y que Solovief definió como una «tercera fuerza» superadora de las dos fuerzas sombrías que la han precedido: la unidad sin libertad del Islam y la libertad sin unidad de la Europa neopagana.

Lo que Napoleón no logró entonces, lo que Hitler no consiguió sometiendo a Leningrado al cerco más cruel que vieron los siglos, no lo alcanzará el pudridero europeo con sus patéticas sanciones económicas. El europeo neopagano anhela el bienestar y tiene horror al dolor; el ruso desdeña el bienestar y soporta el dolor, se acostumbra a él, llega incluso a amarlo ascéticamente, llega incluso a gozarlo místicamente. El ruso sabe que no hay resurrección sin muerte y sin dolor; y cuando resucita derriba a su enemigo con la alegre ferocidad del león que lanza un zarpazo a un niño. Mejor harían los gobiernos del pudridero europeo aprendiendo un poco de filosofía de la Historia en los clásicos rusos, en lugar de imponer patéticas sanciones que acabarán trayéndonos a todos un dolor que sólo los rusos saben soportar.

Fuente: El Espía Digital

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