Los BRICS: otra globalización es posible

BRICS

por Grupo PromacosBrasil, Rusia, India, China y Sudáfrica acuerdan establecer un Banco Mundial de Desarrollo. ¿El origen de un nuevo orden mundial?

El pasado mes de julio los países integrantes del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) afianzaron su unidad geoestratégica con un acuerdo dirigido a la reestructuración del actual orden internacional: la creación de un Banco de Desarrollo Mundial. La importancia de esta nueva institución financiera es doble. En primer lugar, fomentará los intercambios en yuanes frente al actual monopolio del dólar en las transacciones internacionales. Como explicaba la sección Ante la China de esta misma revista a propósito de este acuerdo, la hegemonía del dólar americano, sujeto a la voluntad de impresión de billetes por parte de la Reserva Federal, refuerza la posición internacional de Estados Unidos.

Instaurado durante la Guerra Fría y reforzado tras el derrumbe del área de influencia rusa envolvente a sus satélites soviéticos, el monopolio del dólar en las relaciones internacionales ha sentado los cimientos del imperialismo useño. En un primer nivel, la capacidad de devaluación artificiosa de la moneda que de hecho sirve de patrón para las transacciones internacionales ha permitido a EEUU mantener ventajas comerciales, instaurar un férreo proteccionismo económico, e influir en las políticas monetarias de sus socios y rivales, desde Japón a la zona euro. Por otro lado, la potencia militar useña y sus dólares han ido de la mano a los más remotos rincones del mundo, desde la América hispana a base de paridades y golpes de Estado, hasta el Asia Menor, donde los llamados petrodólares han servido para instaurar reyezuelos de islamismo más o menos fundamentalista pero dispuestos a reinvertir el dinero generado por la venta de petróleo en su país de origen, Estados Unidos, en forma de compra de armamento o infraestructuras. Por último, pero no menos importante, el dólar ha servido a EEUU para mantener embridado el crecimiento económico chino, cuyos beneficios por exportaciones a la economía consumidora estadounidense retornaban a EEUU en forma de compra de bonos del Estado por parte de China. China compra esa deuda pública a sabiendas de que parte no será pagada y otra parte lo será con beneficios menores a los de la inflación, pero sabiendo también que su propia economía exportadora depende de que EEUU mantenga su capacidad de consumir a medida que disminuye su capacidad de producir (y, por tanto, de generar ganancias) en beneficio de China.

En segundo lugar, el Banco de Desarrollo Mundial, para el que los países fundadores aportan una cantidad total de 50.000 millones dólares, aspira a ofrecer posibilidades de financiación a países en desarrollo alternativas a las que actualmente ofrecen las instituciones existente (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.). Esto permitirá a los BRICS controlar las deudas de estos países y elaborar sus propios criterios políticos de concesión y condiciones de devolución, aspecto cuya importancia política no escapa a nadie (el último episodio del impago argentino ha convertido en comedia la tragedia del corralito de 2001).

Los líderes de los países implicados han presentado la creación de este Banco como el primer paso hacia el establecimiento de un nuevo orden mundial. Los comentaristas oscilan entre el desprecio, el entusiasmo y la prudencia, a menudo dependiendo de sus propios intereses o de los de sus mecenas. Por recoger la máxima altermundista de tantos movimientos anti-globalización, parece que «otro mundo es posible.» La pregunta es, ¿hasta qué punto se puede afirmar que estamos ante el rompimiento del viejo orden mundial y el nacimiento de otro?

Prómacos responde que ese otro mundo sólo será posible si efectivamente se realiza. Por supuesto, sólo el paso del tiempo permitirá dentro de unas decenas de años evaluar en su justa medida los acontecimientos actuales y es absurdo fingir que nos podemos situar en alguna plataforma futura desde la que juzgar los tiempos presentes. Pero sí se puede afirmar que, al contrario que aquellas alegres y festivas contra-cumbres que anunciaban revoluciones cósmicas a golpe de timbal, conferencia y asamblea, esta vez va en serio. La diferencia es simple: los Estados que están impulsando este «nuevo orden» tienen potencia económica y militar para organizar una alternativa real, como en su día lo fuera la Unión Soviética. En concreto, es China quien está enseñando los dientes y dejando claro que está en posición de atraer hacia su órbita a descontentos como Rusia, gigantes como India, emergentes como Brasil e influyentes como Sudáfrica. El Banco tendrá un pie en todos los continentes exceptuando Europa y Oceanía; pero su sede estará en Shanghai como centro de esta nueva alianza retadora.

Como argumentó Gustavo Bueno en La vuelta a la caverna. Terrorismo, guerra y globalización (Ediciones B, 2004), los ideólogos de la globalización y los de la anti-globalización comparten una idea mitológica de globalización que la sitúa en el desarrollo más o menos autónomo de la economía capitalista como si ésta existiera al margen de los Estados que la sostienen. Esta idea se basa en otra igualmente mitológica, la Humanidad entendida como el sujeto político de partida autodeterminado: la «sociedad global.» Más bien, la Humanidad sólo puede darse como el producto de una totalización operatoria efectuada desde alguna de sus partes. Es decir, la globalización económico-política que tuvo lugar en el siglo XX, como las anteriores, fue en realidad el resultado de las estrategias envolventes de varios Estados.

En efecto, el rótulo «capitalismo internacional» se refiere, antes que a un modo de producción definido abstractamente por la propiedad privada de los bienes productivos o la existencia de trabajo formalmente libre, a un equilibrio dinámico de economías políticas nacionales construido históricamente por los procesos industrializadores y bélicos de los últimos 200 años. El triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial permitió sentar las bases de este equilibrio en los países del bloque capitalista a medida que el Plan Marshall y la descolonización afianzaban el papel del tío Sam como primera potencia. Tras 1991, la extensión de este sistema al otro bloque vencedor en la Segunda Guerra, la URSS, llevó a algunos a creer que estaban ante el fin de la historia, ante un orden establecido indefinidamente y al que sólo quedaba sacar decimales: acabar con la pobreza mundial, extender la democracia, proteger el medioambiente mediante economías sostenibles…y poco más.

Tras los famosos atentados del 11-S de 2001 y la crisis financiera mundial iniciada en el 2008, es muy difícil seguir hablando en términos del fin de la historia y se han multiplicado las voces de quienes anuncian el fin de la primacía estadounidense. Los recientes movimientos por parte de los BRICS serían un claro paso en ese sentido.

Sin embargo, no debemos dejar que las ideas confusas distorsionen los acontecimientos. Ni aquel «orden» establecido en 1945 era tan estable e incorrupto como el término sugiere ni, por supuesto, era tan «mundial» como se da a entender. Tanto el imperio yanqui, con impulsos expansivos, como el centrípeto chino, dispuesto a sufragar económicamente la adhesión política de países deseosos de recibir sus inversiones y comprar sus productos manufacturados, deben tratar de controlar los movimientos tectónicos de las plataformas geopolíticas a escala global. Pero este control nunca puede ser total ni indefinido en el tiempo. Por tanto, el mundo geopolítico después de este importante acuerdo es el mismo que el anterior a él, un mundo en lenta y constante transformación marcada no por un destino universal previamente fijado, sino por la determinación mutua entre las fuerzas existentes en él y los proyectos globalizadores alternativos que, al ser múltiples y contrapuestos, forman equilibrios sumamente inestables. A veces, las crisis de estos equilibrios se resuelven por la guerra.

Fuente: El Catoblepas

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