Edad moderna vs. edad media. Algunas reflexiones sobre dos paradigmas antagónicos

TRADICION

por Esaúl R. Álvarez – Ya que nos hemos referido recientemente a los pilares del control y la emancipación (ver aquí) quisiéramos emplear este modelo teórico para confrontar la ideología y los valores subyacentes a los respectivos paradigmas medieval y moderno.

En primer lugar hemos de señalar cómo toda la historia de occidente está construida sobre esta dicotomía ya citada de ‘control-emancipación’ presentada por De Sousa, dicotomía que en sí misma reviste en el fondo un carácter profundamente tradicional pero que toma tintes claramente anormales y anti-tradicionales en el modo en que la modernidad lo entiende y aplica. Veamos por qué.

Resulta definitorio que, dado el carácter reduccionista y excluyente de la modernidad, estas oposiciones no fueron entendidas como complementariedades -como lo eran para el mundo tradicional- sino que se asumió su perfecta irreconciliabilidad y por tanto la absoluta superioridad de uno de los polos sobre el otro. Es esta irreconciliabilidad entre los opuestos la que ha conformado el carácter propio de la modernidad, conduciéndola inexorablemente a los ideales de competencia, control y dominio, ideales donde, como ya hemos dicho con anterioridad, lo diferente representa un peligro, una amenaza que debe ser neutralizada.

Lo que hemos denominado pilares ‘del control’ y ‘la emancipación’ se encuentran asociados a otros elementos del imaginario dando lugar a una serie de pares de opuestos. Presentaremos algunos de ellos que, a nuestro juicio, son bastante descriptivos acerca de la relación que sostienen los dos pilares entre sí. Algunos de estos pares opuestos son:

  • homogeneidad-diversidad,
  • centralización-diversificación,
  • dependencia-autarquía y
  • masculino-femenino.

En la anterior serie de oposiciones, los términos que se encuentran a la izquierda se han asociado siempre al ‘pilar del control’, mientras los términos de la derecha han representado para occidente el ‘pilar de la emancipación’. Ciertamente la lista podría alargarse, en particular para incluir temas como los sistemas de producción más o menos coloniales, regiones de la vida del hombre moderno como son la dicotomía ocio-trabajo, o el distanciamiento cada vez mayor entre belleza y utilidad práctica -algo impensable en una sociedad tradicional-, pero a los fines del presente artículo nos restringiremos a la breve serie ya señalada dejando estas últimas consideraciones para más adelante.

Es evidente que los polos representados por cada pareja de opuestos están sujetos a un importante juicio de valor por parte de la sociedad. Como ya dijimos en un artículo anterior, el ‘pilar del control’ ha sido considerado casi sin excepción positivo por parte de la cultura occidental, en franca oposición al siempre inquietante y amenazador ‘pilar de la emancipación’.

Esto se manifiesta más claramente que en ningún otro ámbito en el discurso histórico moderno, absolutamente definitorio de la identidad occidental y que cumple una misión equiparable -eso sí, bajo una nueva retórica- a la que poseían los mitos genésicos en la sociedad tradicional. La modernidad occidental ha dado forma, a lo largo de varios siglos, a una interpretación de la historia como progreso -además de como suceso global, es decir unívoco y universal- en la cual los periodos históricos de más fuerte centralización y estatalización fueron considerados los períodos ejemplares de la civilización humana y fueron reiteradamente presentados como los modelos a seguir.

El caso más evidente es el del imperio romano, del que occidente se construyó una idea heroica e idealizada, por completo ajena a la realidad pero que sirvió a los fines de propaganda modernistas convirtiendo a Roma en el exempla por antonomasia de la cultura y la civilización humanas para el imaginario occidental. De nada sirve que con los años los libros de historia maticen y desmientan una y otra vez todos los tópicos asociados al mundo grecolatino en general y romano en particular, la propaganda ya ha hecho su trabajo: que se asocie bienestar y civilización con un modelo muy concreto de sociedad, de poder y de estado centralizado.

Así como la antigüedad clásica, Grecia y Roma, sirvieron de modelo ejemplarizante, no menos ejemplarizante resultó la construcción de su contra-ejemplo, contra-ejemplo que, tomando como objeto del discurso a la edad media, la convirtió en su más acabada antítesis, su opuesto absoluto. Durante varios siglos y siempre desde la perspectiva de occidente, todo lo bueno y deseable se situó del lado de la cultura clásica -de la cual se extirpaba convenientemente todo lo que no fuera acorde al gusto moderno, particularmente en temas de magia y religión, pero también en temas más puramente políticos como los derechos humanos…- mientras todo lo juzgado indeseable y negativo para una sociedad quedó indeleblemente adscrito a la edad media.

De este modo el modelo romano de orden jerárquico y centralización política se opuso en el imaginario colectivo europeo al modelo de anarquía y caos generalizado con que se describía sistemáticamente la edad media. La edad media conformó una suerte de cajón de sastre de la historia, un oscuro lugar donde durante siglos iban a parar todos los deshechos ideológicos que la modernidad temía u odiaba. Ahora, al fin de este proceso de construcción histórica, si la edad media simboliza algo para el pensamiento del hombre corriente es ante todo lo opuesto al mito del ‘progreso’, que es precisamente la superstición básica a la vez que horizonte final de la modernidad. Podemos decir que la propaganda ha dado su fruto. Y en efecto, tal simplificación, que en el fondo no es sino un discurso ideológico construido con una forma mítica aunque revestido de la retórica historicista, es todavía hoy sostenida por los medios de propaganda de masas que sirven al sistema de control del pensamiento occidental, como son las industrias de la literatura y, sobre todo, el cine.

Pero a pesar de esa filiación tan ficticia como electiva con la antigüedad clásica hay algunas características que hacen de la civilización europea occidental un caso único en la historia de la humanidad. En primer lugar la civilización occidental es quizá la única de cuantas han existido que no sitúa su génesis ‘fuera del tiempo’ –in illo tempore-, en un tiempo proverbial y mítico más allá del tiempo histórico, sino en un ayer historicista. Más aún, dado que es también la primera cuyo modelo de sociedad y de hombre no es de inspiración divina sino que sus objetivos sociales son plenamente humanos -es decir reducidos a este mundo, a este aquí y ahora-, mientras toda civilización tradicional buscaba su origen -ante todo simbólico- en el cielo, la civilización occidental lo busca en el suelo, o mejor dicho, bajo el mismo, excavando para extraer los fósiles de su propia historia en la ilusión de que mediante la acumulación de estos restos se conocerá mejor a sí misma y se dotará de identidad más estable. Es este un perfecto ejemplo, por la carga simbólica que tiene, de cómo occidente representa una inversión respecto de los valores tradicionales.

Si hay algo que la edad media encarna inevitablemente y que la modernidad repudia, es el teocentrismo que impregnaba toda la realidad del hombre medieval. Y si tal modelo de sociedad, que efectivamente destacó por poner a dios como centro de todas las cosas, cabe calificar el humanismo -e incluso el propio ideal supersticioso del progreso- como una verdadera rebelión contra dios, con la asombrosa intención de expulsarle de la vida de los hombres. Así lo demuestra el hecho de que occidente haya renegado tan radicalmente durante siglos de toda su filiación con la edad media cristiana, por la que solo ha vertido desprecios, y busque tan afanosamente en las profundidades de la tierra nuevos antepasados que sustituyan a aquellos de los que se ha renegado.

Astiterunt reges terrae, et principes convenerunt in unum, adversus Dominum. (Ps. 2, 1:2)

Edad moderna vs. edad media (II): civilización y barbarie

Para acabar con el análisis de estos exempla históricos elaborados por la modernidad como modelos paradigmáticos de sociedad -la era clásica y la edad media- hay que señalar la función ordenadora del imaginario colectivo que dicho modelo de construcción histórica ha supuesto para occidente. Básicamente según este modelo el imaginario socio-político se ordena alrededor de los polos:

civilización vs. barbarie.

Y apreciamos claramente cómo la idea de civilización queda asociada al ‘Pilar del control’ mientras la barbarie -la amenaza del caos que siempre se cierne sobre la civilización occidental- cae del lado del ‘Pilar de la Emancipación’.

De lo que se trata por tanto es de la elaboración de un verdadero arquetipo cultural, un nuevo mito, al modo de los antiguos mitos pero en esta ocasión disimulado bajo el barniz historicista que lo dota de una retórica cientifista, de apariencia anti-mítica. Estamos ante un arquetipo que llega hasta el día de hoy y que la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos aún asumen como una verdad incuestionable.

En la práctica, mediante esta construcción histórica, los modelos de sociedad imaginables para el hombre occidental quedaron reducidos a estos dos:

  • uno, el modelo romano, representa el ‘polo civilizador’ y encarna el ‘pilar del control’, la centralización del poder, siendo sancionado positivamente por la sociedad y cumpliendo la función de ejemplo arquetípico y modelo inspirador.
  • el otro, el modelo medieval, representaba el anti-ejemplo por antonomasia, el ‘polo de la barbarie’ y el ‘pilar de la emancipación’, la descentralización del poder, con los peligros que ello implica desde el punto de vista de la modernidad de desorden, caos y desintegración de la sociedad.

Ahora que se habla de reconstruir el tejido social ‘desde abajo’, desde lo local, para devolver a la sociedad las parcelas de poder y autonomía expoliadas durante los siglos de delirio moderno, y se habla de desarrollar modos de organización y convivencia locales, nos encontramos que todo tejido social horizontal ha sido devastado y que el hombre moderno es apenas capaz de convivir y compartir. Todo este discurso histórico que fue construido de modo ejemplarizante durante los últimos siglos debe ser de nuevo tomado en consideración, repensado y reelaborado, si es que queremos encontrar soluciones nuevas a los problemas que ha generado la peculiar mirada de la modernidad. Es cierto que la edad media implicó en muchos aspectos sociales y políticos una gran autonomía local respecto a los poderes centralizadores por lo que puede ofrecernos ciertas soluciones inspiradoras a este respecto.

Vemos hasta qué punto la idea que occidente construyó de sí mismo -su identidad-, es deudora de esta dicotomía, de esta polaridad entre control y emancipación, entre centro y periferia, entre una civilización excluyente -porque no admite la diferencia- y una barbarie que amenaza en todo tiempo y en todo lugar con regresar al más mínimo descuido, a la más mínima debilidad en la marcha unívoca del progreso… Aquí encontramos otra característica decisiva del discurso típico a favor del pilar del control de la modernidad: el miedo. El innegable carácter paranoico presente en los mismos cimientos de la ideología y la cultura de la modernidad merece más atención de la que se le ha dado hasta ahora. Por lo demás estamos ante un discurso del miedo, construido alrededor de la idea de progreso, que en su formulación típica solo admite la huida hacia delante: más progreso como única solución a cualquier mal o desequilibrio que se detecte, sea ecológico, económico, social o de cualquier otro tipo.

Y como ya apuntamos no debe ser pasado por alto que desde el renacimiento se eligiera como modelo de esa nueva sociedad -conformada por las revoluciones científica y política-, la sociedad pagana -aunque no hubiera en realidad relación de parentesco entre ambas- renegando de sus auténticas raíces y su pasado cristiano. Se trata de toda una declaración de intenciones por las implicaciones anti-tradicionales -entre ellas el desprecio a la propia historia y a los ancestros- que ello supone.

Cooperación vs. competencia.

Entre los pares de opuestos que podemos emplear para articular el diálogo entre modernidad y edad media uno de los más esclarecedores es el de los conceptos de cooperación y competencia.

El paradigma tradicional era en esencia mucho más participativo que el moderno, y lo era porque el concepto de cooperación era fundamental en toda sociedad tradicional, sin cooperación la sociedad no podía salir adelante, mientras ahora lo es su antítesis: la competencia. Gracias al darwinismo social y toda la ideología personalista y liberal que lleva consigo, la vida se interpreta como una lucha en la que cada cual debe superar a sus congéneres -siniestros competidores- en la consecución de unos recursos escasos: dinero, trabajo, pareja, etc.

Homogeneidad y diversidad.

Ya hemos dicho que el triunfo de la modernidad fue ante todo el triunfo de la homogeneidad, lo que implica inevitablemente una pérdida de diversidad, en todos los ámbitos, desde aquellos a primera vista más irrelevantes pero al fin y al cabo importantes por lo que tienen de signo, como el vestir, hasta los más profundos como el pensar, pasando por todo el espectro de gustos y costumbres. Sin duda el más trascendente de todos es el ámbito cultural -o ideológico, entendiendo ideología en un sentido amplio, como la definiera entre otros Gramsci-, atendiendo al cual la modernidad -a través de lo que se ha denominado la globalización– puede ser calificada de verdadero etnocidio al haber proletarizado a la práctica totalidad de pueblos de la tierra.

Pero no se deben olvidar otros campos de la realidad donde la diversidad se ve igualmente comprometida: desde el campo lingüístico hasta el ecológico, que curiosamente es el que más atención recibe por parte de los científicos… Todos ellos son como distintas caras de una misma realidad: la destrucción de la diferencia y la diversidad por parte de la modernidad para dar lugar a un orden plano, universal y monolítico. La pérdida de biodiversidad de los sistemas ecológicos no es por lo tanto más que un caso análogo al que representa la pérdida de diversidad de pensamiento y cultura -saberes tradicionales y ancestrales por ejemplo- en otro orden de realidad.

Lo que debería ser motivo de reflexión es que, incluso desde el punto de vista profano que impone en todas partes el darwinismo -en tanto que ideología del poder- la pérdida de diversidad solo puede redundar en la menor adaptabilidad de un ecosistema, lo que traspuesto al ámbito social significa que una pérdida de diversidad cultural como la que está aconteciendo tendrá como consecuencia inexorable la pérdida en la capacidad de adaptación de esa sociedad por falta de recursos intelectuales y de estrategias convivenciales alternativas.

Por tanto, resulta sorprendente que, incluso desde la misma perspectiva moderna, sería muy fácil advertir el peligro que entraña un exceso de homogeneidad como el que está teniendo lugar tanto en lo que respecta a conocimientos y saberes -completamente centralizados y controlados por el ente tecno-estatal- como respecto a algo tan simple como gustos, ‘puntos de vista’ y opiniones que son admitidos por la sociedad -completamente dominada y dirigida por los mass-media y la dictadura de lo ‘políticamente correcto’. La tecnología de la información ha permitido un adoctrinamiento masivo que ningún imperio de la antigüedad pudo nunca permitirse. Así, ya no se trata de una censura que prohíba pensar sino de una incapacidad intelectual inducida en el espectador, incapacidad sobrevenida debido a un sentido imaginal profundamente mermado -gracias sobre todo a la ‘cultura visual’- que impide pensar algo diferente de aquello en lo que se está inmerso. La imaginación es realmente dirigida por las diferentes formas de la industria del espectáculo, televisión, cine, etc. Debido a esta merma de diversidad en el pensar y en el imaginar será, llegado el momento, excepcionalmente difícil buscar y encontrar alternativas lúcidas y reales a la situación de crisis paradigmática que está en camino. Esta es una de las consecuencias de la destrucción de los mitos tradicionales.

Otro factor se añade a esta des-adaptación cultural que implica la modernidad, una auténtica ‘cultura del palimpsesto’: la pérdida de autonomía y libertad tanto individual como social -a nivel local- en un continente, Europa, donde, de la mano de los grandilocuentes proyectos unificadores y uniformadores destinados a formar ‘mano de obra’ eficiente y barata, la gente ha sido educada en la sumisión acrítica, la obediencia total, la delegación de responsabilidad y en una preocupante carencia absoluta de criterio propio.

Paradójicamente -pero no por casualidad sino precisamente para ocultar y enmascarar esta lamentable realidad-, ante esta realidad el progresismo se ufana cada vez más en anunciar a los cuatro vientos el pretendido carácter plural y diverso de la post-modernidad occidental en la Europa apática e inane de hoy, que se arrastra por la historia carente por completo de identidad como un cuerpo sin alma. Así, el proyecto moderno se disfraza de paladín de la libertad, la diversidad y la multiculturalidad… ¿El mismo proyecto que ha aniquilado a la identidad europea? ¿La misma (pseudo-)cultura que en menos de dos generaciones ha arrasado la herencia cultural de nuestros ancestros acumulada durante siglos, convirtiéndola en un objeto de museo, e intentando de paso que nos avergoncemos de ella? ¿El mismo punto de vista mercantilista para el que el único criterio válido -no importa si se trata de una fábrica, un bosque o un edificio milenario- es el económico? Anuncian por enésima vez que vienen para arreglar un destrozo del que ellos mismos son los máximos responsables.

Este tipo de campañas, en efecto no son por casualidad. Se habla de diversidad y de multiculturalidad precisamente ahora, cuando todos los ciudadanos europeos viven exactamente igual, piensan exactamente igual, ideologizados bajo la misma propaganda doctrinal, que destruye el librepensamiento desde todos los frentes -prensa, radio, televisión, cine, música pop y literatura barata-. Precisamente ahora, cuando los hombres y mujeres de Europa han perdido toda su identidad local, colapsada por la globalización imperialista, y consumen los mismos productos fabricados en serie para gente igualmente educada en serie en años de escolarización sin fin. Ahora, cuando la diversidad cultural de los rimbombantes ‘pueblos de Europa’ ha sido por completo aniquilada por el rasero embrutecedor del mercado único y la ‘aldea -más bien habría que decir suburbio- global’… todo esto solo puede responder a una ignorancia absoluta de la historia de quién se es o a una hipocresía que roza la infamia. O a una mezcla de ambas cosas.

Edad moderna vs. edad media (III): el valor de lo femenino

Entre los diferentes pares de opuestos que pueden asociarse a los pilares ‘del control’ y ‘la emancipación’ hay uno que forma parte de la interpretación más tradicional de los opuestos: la polaridad masculino-femenino.

Esta polaridad cobra especial relevancia cuando reparamos en que va asociada en la modernidad a otra: razón-superstición. En efecto, para la modernidad -que ha sido acertadamente calificada de misógina por numerosos autores- la razón -y por consiguiente todas las disciplinas científicas de carácter moderno que le son deudoras- se encuentra clarísimamente asociada a lo masculino y al varón, mientras las ideas asociadas a lo irracional, como superstición, creencia o intuición, así como todas aquellas que remiten al ámbito religioso, caen del lado de lo femenino y la mujer.

Estas constelaciones de significados resultan aún más evidentes cuando las analizamos en referencia al discurso histórico construido desde la modernidad y que ya hemos expuesto anteriormente. Este acercamiento nos interesa especialmente para entender el carácter que se ha atribuido a la edad media, carácter que, como veremos a continuación y en tanto contra-ejemplo histórico de la modernidad misma, ha retenido buena parte de los significados y valores asociados con lo femenino en el mundo tradicional.

En la construcción histórica de la modernidad es innegable que edad moderna y edad clásica han constituido el ‘polo racional’, asociado con la luz -muy a menudo se emplea la expresión ‘luz de la razón’-, mientras que la edad media ha formado su contra-parte irracional y oscura. Semejantes juicios, muy del gusto moderno en su reduccionismo y simplismo, implican dos errores:

  • en primer lugar la confusión respecto a la facultad racional.
  • en segundo lugar el olvido completo de la facultad intuitiva o intelectiva, de orden superior a la facultad racional.

La facultad racional es una facultad analítica, que corta y divide la realidad, comparable al bisturí que emplea el científico al diseccionar su objeto de estudio, lo cual la aleja radicalmente de la percepción intuitiva del noúmeno que persigue toda teoría del conocimiento tradicional. La facultad racional además está relacionada con la reflexión -facultad que opera en la mente- pues conlleva una re-ordenación interna del conocimiento adquirido por otras vías. Esta reflexión emparenta simbólicamente la razón con la luna. Siguiendo esta analogía diremos que la razón carece de luz propia, y solo puede emplear la luz que le viene dada de otro lugar, fuente verdadera de toda luz. En efecto se trata de la luz del Intelecto -o Buddhi– que es la luz verdadera que hace posible el conocimiento y que en el orden simbólico es representado en todas las tradiciones por el astro solar.

En definitiva, la mistificación de la facultad racional llevada a cabo por la modernidad no solo implica un error gnoseológico que cercena el conocimiento de la verdad, es sobre todo una inversión de la verdadera jerarquía de las facultades humanas -al situar la facultad racional por encima de la facultad intelectual y equipararla simbólicamente al sol- y por tanto constituye un ataque contra-tradicional en toda regla contra el orden normal del conocimiento. Esta impostura ha llegado a tal grado que los conceptos intelectual y racional han venido a confundirse en la retórica moderna, e intelecto y razón son a veces empleados como sinónimos. La realidad es que no lo son para nada y la diferencia entre ellos es la misma que hay, como ya hemos dicho, entre la fuente real de la luz -el sol- y su reflejo en un espejo -la luna-. Nadie diría que son iguales -aunque la luz, en tanto luz que es, sea siempre la misma- ni tampoco que la luna ilumine más que el sol, opinión que constituiría precisamente la inversión anti-tradicional que venimos diciendo.

Dicho esto cabe preguntarse si la civilización medieval era realmente irracional, supersticiosa y oscurantista o si, al poner el énfasis en una facultad por completo ignorada por el hombre moderno, como es la Intuición pura, no resulta a ojos de la modernidad absolutamente incomprensible. Como se ha dicho otras veces, los acercamientos a la realidad desde uno y otro paradigma han de considerarse como inconmensurables, lo cual no impide, como es evidente, el uso como propaganda política de las imágenes construidas acerca de la edad media por parte de la modernidad.

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Ahora bien, cuando nos dirigimos al núcleo ideológico del paradigma moderno, conformado sobre todo en la era ilustrada, se aprecia cómo conceptos tales como irracionalidad o intuición son sistemáticamente asociados a la mujer y a lo femenino. Y así sucede por ejemplo con ideas mucho más claramente ofensivas como son la superstición o la brujería…

En este sentido, y antes de analizar si semejante dicotomía es trasladable a la edad media, ¿cómo no ver en las ‘cazas de brujas’ de la era barroca -precisamente el período en que se estabilizan las naciones-estado en Europa- una lucha simbólica contra lo que significaba la mujer y lo femenino en el orden moderno europeo, y aún más concretamente, en el mundo rural europeo?

Los episodios, comunes a toda Europa occidental y a sus colonias de Norteamérica, de la ‘caza de brujas’ nos ponen sobre una pista definitiva: mujer y mundo rural han concentrado los ataques más virulentos provenientes del núcleo duro de la modernidad, caracterizado precisamente por encarnar los valores del ‘pilar del control’: hiper-racionalismo, cientifismo, tecnicismo, desarrollismo y progresismo, etc… todos ellos valores asociados a la masculinidad. No es casualidad que la ‘caza de brujas’ se originara y tuviera mayor intensidad precisamente en las regiones que se habían acogido con más fervor a la Reforma protestante, que son precisamente aquellas en que tuvieron su origen el capitalismo y la revolución industrial. Abundando en esto es sabido el severo mazazo que supuso el avance del puritanismo de los países del norte de Europa para todas las mujeres del continente europeo, que fueron completamente desterradas de toda presencia en la sociedad, pero sobre todo para aquellas que pertenecían a las nuevas clases sociales, burguesas y adineradas, que son quienes, en la modernidad, siempre han llevado la voz cantante, marcando las tendencias y modas de toda la sociedad. Entre las clases populares esta misoginia siempre fue mucho menor -aunque tan solo fuera en el peor de los casos como mera estrategia de supervivencia, era necesaria la colaboración y el reparto del trabajo y la responsabilidad- y, cuando aconteció, no fue sino por imitación de las clases populares hacia las élites burguesas. Un ejemplo de esto en la historia de España fue la resistencia popular del pueblo español contra la invasión francesa -mientras las élites políticas y económicas claudicaban y pactaban ante el invasor-, resistencia en la que el papel de las mujeres fue decisivo y capital, como es ampliamente aceptado y reconocido por numerosos autores.

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Lo que queremos señalar con estas reflexiones es, ante todo, cómo ciertas construcciones sobre la mujer y lo femenino, que en nuestra cultura se asume a menudo acríticamente que son ‘desde siempre’, a veces incluso se insinúa que es así desde el origen de los tiempos, en realidad son bastante recientes y sobre todo son muy modernas en su esencia, pues obedecen al mismo impulso ‘de control’ sobre el ‘polo de la emancipación’.

Si hemos dicho ya que la modernidad fue ante todo la victoria de la centralización y la homogeneidad y que supuso por ello una destrucción sistemática de la diversidad cultural -europea primero y mundial después mediante el proceso globalizador-, del mismo modo puede decirse que la modernidad se asentó desde su origen sobre la dominación radical de lo femenino por lo masculino. Y lo mismo puede decirse del mundo rural, expoliado a la vez que despreciado por el mundo urbano.

Por ello, la conclusión aparece obvia: tanto el mundo rural como el polo femenino de la cultura-sociedad han encarnado para el paradigma moderno los valores del ‘pilar de la emancipación’. Y ello ha sido con razón pues mujer -en el sentido de mater familias– y mundo rural han sido efectivamente los últimos bastiones que han resistido a la modernidad y defendido la tradición -entendida aquí no solo en un sentido espiritual, que también, sino incluso en un sentido simplemente cultural, de respeto al propio pasado y a los ancestros- en Europa. Mujer y mundo rural han supuesto las últimas reservas de otros saberes, de otros pareceres, de otros modo de ser, sentir y vivir, ante la incontenible marea desarrollista moderna y su cultura del olvido y el borrado sistemático del pasado. Porque lo peor de la modernidad no es tanto su obsesión por el progreso técnico -que no pasa de ser algo en el fondo ridículo- como su odio al pasado y su afán por reinventarlo todo -carácter que la modernidad denomina innovación-: desde historia y tradiciones, hasta la misma noción de sujeto… para lo cual es necesario antes destruir, demoler y borrar lo que ya había. Como advirtiera Orwell, la nueva historia, el nuevo horizonte de la modernidad solo será posible y aceptado por todos si se borra por completo cualquier rastro de una cultura anterior que pudiera significar una alternativa.

La tabula rasa, metáfora moderna del alma humana y la ‘cultura del palimpsesto’.

Para la modernidad cada ser humano viene al mundo cual tabula rasa -según la metáfora mecanicista tan querida por los filósofos empiristas y que los psicólogos conductistas llevaron al delirio- listo para ser programado y adoctrinado a discreción. Pero como ese venir al mundo en blanco no es más que una fantasía moderna más, completamente irreal, se trata entonces de borrar lo que ya hay, cualquier herencia del pasado y de los antepasados [1]. Y, siendo la familia el contexto tradicional en que se produce toda herencia -biológica, cultural y material-, ésta constituye el enemigo por excelencia de todo el afán nihilista moderno. Por eso la mejor metáfora de esta cultura del olvido desarrollada por el paradigma modernista no es en realidad la tabula rasa como se ha sostenido en ocasiones, ya que tal alma humana rasa e inmaculada lista para engullir la papilla educativa moderna es una pura entelequia, sino los palimpsestos medievales, de los cuales se borraba un texto anterior mediante técnicas de lijado o decapado para luego reescribir encima. Nos encontramos entonces ante una ‘cultura del palimpsesto‘, ésta es la mejor metáfora que describe la neo-cultura de la modernidad, donde la vieja técnica del decapado se aplica ahora al alma humana como una novísima técnica de limpieza intelectual. La modernidad, que siempre ha deseado ser su propia madre y su propio padre y no tener nada que deber a pasado alguno, aplica como estrategia de desarraigo el borrado sistemático de la historia y su eventual re-escritura -una vez más algo muy orwelliano.

La necesidad de tener una historia.

En este sentido no deja de resultar llamativo que precisamente ahora, cuando hay tanto interés por pueblos y sociedades del pasado remoto y se exponen a la luz sin ningún pudor todos sus restos, humildemente ocultos durante miles de años, nadie tenga el menor interés ni la menor idea por quiénes fueron o a qué dedicaron sus vidas parientes no tan lejanos en el tiempo como pueden ser sus bisabuelos. Frente a las genealogías clásicas de toda civilización tradicional, donde cualquier individuo era capaz de recitar de memoria una larga lista de ancestros y sus hazañas, remontándose muchas generaciones en el tiempo, ahora observamos no solo un olvido sino también un desprecio por el pasado familiar. No importa el origen concreto, ni de dónde se viene. Es un buen ejemplo del borrado de la memoria que ha traído consigo la modernidad. El individuo moderno, completamente atomizado, nacido de la nada, sin árbol genealógico -lo que habría sido considerado una verdadera maldición para el hombre tradicional-, un individuo que, al haber sido cortados todos sus nexos con su pasado se aferra a la ilusión de construirse a sí mismo, cuando la realidad es que, destruidas las estructuras que antes le conformaban, ahora es construido y dirigido desde nuevas instancias. Este hombre moderno es la inversión final del nómada del principio de los tiempos, si aquel siempre sabía cuál era su origen y podía volver a él, éste parece haber nacido hoy mismo, carece de historia que lo ligue personalmente a nada, carece de una realidad significativa que lo ancle firme y espiritualmente a algo: una cultura, un lugar, un paisaje. Toda la historia que se nos permite tener es la historia académica, fría e impersonal, y por lo tanto inútil. Todo conocimiento que no nos ayude a ser más felices es un conocimiento inútil.

El hombre moderno es ante todo un hombre sin pasado, sin contexto, sin memoria, sin raíces… un hombre desarraigado, que flota en el limbo postmoderno del fin de la historia. Y es por ello que busca sus raíces bajo el suelo, escarbando cada vez más profundo, a fin de ilusionarse con construir una historia que lo implique, que lo toque personalmente. Ante la necesidad de tener una historia, unas raíces, el hombre moderno las crea en un discurso por completo construido acorde a sus prejuicios más descarados: evolucionismo y progresismo. En el fondo la búsqueda y re-construcción de ese pasado histórico e impersonal que implican la antropología y la arqueología es finalmente la búsqueda de la familia y el hogar perdidos, una familia y un hogar que la modernidad le niega. Tal búsqueda es consecuencia directa de la nostalgia por las canciones, leyendas y cuentos a la luz de la hoguera que todavía conserva cualquier pueblo que merezca ser llamado tal.

Puesto que la civilización moderna se ha construido a sí misma revelándose contra su pasado -simbólicamente sus mayores-, igual debe hacer cada individuo de esta sociedad replicando en su escala el patrón de todo el grupo. La falta de respeto a los mayores -signo anti-tradicional por excelencia condenado explícitamente en la Biblia y en el Corán, por poner dos ejemplos- y a la sabiduría ancestrales -no positivistas o no aprobadas académicamente-, unido a la mistificación de la juventud, con sus disvalores de frivolidad, culto a la belleza pasajera, hedonismo, apariencia -juicio basado en lo exterior- y ante todo el fenómeno, invertido e inversor de la personalidad, de la moda -el culto al cambio y el rechazo explícito y sin miramientos de lo permanente- son los mejores ejemplos de la verdadera inversión social y de este mundo al revés, en que occidente está sumido.

Edad moderna vs. edad media (IV): feminismo e ‘ideología de género’ desde una perspectiva tradicional

El ‘eterno femenino‘ y el feminismo moderno.

Volviendo al tema que nos ocupa, el de la importancia de lo femenino como símbolo del ‘pilar de la emancipación’, y su consiguiente exclusión del núcleo ideológico del paradigma moderno, si nos dirigimos a las antiguas tradiciones espirituales puede advertirse que generalmente se ha asociado a lo masculino lo activo y exterior, el aspecto exotérico de una cultura, mientras a lo femenino se asocia lo pasivo, lo interior, lo oculto, aquello que no se muestra explícito a la luz -el alma, por ejemplo que se relaciona siempre con lo femenino-, y por ello lo femenino está en relación no tanto con el polo exotérico sino con la dimensión esotérica -interior- de la tradición.

Ya hemos tratado en otras ocasiones de la concepción tradicional de los opuestos, no como enemigos -lo son solo en apariencia- sino como complementarios que deben dar lugar a un nuevo equilibrio y orden que los trascienda. La superación de ambos se producía en una síntesis creativa, lo que muchas tradiciones representaban básicamente bajo dos imágenes:

  • el ‘mito del andrógino’ – así por ejemplo en Platón y en toda la tradición hermética occidental (bajo la forma del Rebis).
  • el Hierogamos – en las tradiciones cabalísticas, como ha sido expuesto recientemente por Moshe Idel y presente a menudo en la literatura mística occidental. Es a partir de este modelo del Eros platónico y del Hierogamos como superación de la manifestación individual como se desarrolló la cultura del amor cortés medieval

A veces ambos mitos eran complementarios y se referían a momentos diferentes de la manifestación, así por ejemplo en la tradición platónica al mito del ‘andrógino primordial’ se le añade como complemento en parte restitutivo el mito del Eros como fuerza de unión de los opuestos.

Si atendemos por un instante al modelo del Árbol sefirótico apreciaremos que los pilares exteriores representan los polos masculino y femenino mientras el Pilar Central representa la (re-)unión de ambos opuestos en un equilibrio perfecto, lo que se asocia inmediatamente con la idea mítica del andrógino que estamos analizando.

El falso retorno de lo femenino en la modernidad.

Ahora bien, la modernidad no ha conjugado estos opuestos a fin de desarrollar un equilibrio entre ellos. Debido a algunas razones que analizaremos más adelante, para el paradigma moderno el polo que hemos denominado masculino o ‘del control’ ha sido hasta tal punto hegemónico en el desarrollo de la civilización europea occidental que ha expulsado por completo aquellos modos de ser y entender el mundo -así como toda disciplina de conocimiento- que pudieran ser asociados con el polo femenino o lo ‘emancipador’. Este fenómeno de exclusión de la diferencia está, como veremos próximamente, en la base de la extremada rigidez del paradigma moderno y en la consecuente pérdida de flexibilidad y diversidad que lo acompaña desde su mismo origen.

Anticipándose en casi dos siglos a la revisión cultural que ha pretendido el feminismo moderno en las últimas décadas, Goethe advirtió esta expulsión de lo femenino del marco mental y conceptual ilustrado y occidental y reclamó que se recuperara lo que él denominó el ‘eterno femenino’. A este ‘eterno femenino’ habían estado secularmente asociadas las disciplinas humanistas y liberales como las artes y la poesía, entre otras, disciplinas que como puede comprobarse fácilmente fueron desplazadas muy pronto del núcleo del nuevo paradigma dominante y perdieron buena parte de su prestigio ante la nueva ciencia de corte más afín al propio paradigma moderno, racionalista, rígido y excluyente.

Desde luego el retorno de lo femenino querido por Goethe no se produjo y occidente ha continuado abandonándose al racionalismo más extremo y al desarrollismo más titánico, que representan -para la modernidad- la esencia de la masculinidad.

Curiosamente las primeras críticas a la hegemonía de la masculinidad y el racionalismo -que anunciaron de algún modo el comienzo de la desintegración del paradigma actual-, provinieron del psicoanálisis, que, a su manera, marcadamente anti-tradicional, al menos dirigió su atención al alma humana [2], despreciada durante siglos por el paradigma racionalista y cientifista. No queremos decir con ello que el psicoanálisis haya jugado un papel saludable o beneficioso para la civilización occidental, pues no lo creemos así, pero sí hizo evidentes las grietas del paradigma moderno y puso la atención en algunas de sus principales fallas. Fue precisamente Jung quien recuperando la vieja propuesta de Goethe, reivindicando el papel de lo femenino en los mitos y símbolos occidentales y haciendo abundante uso de algunas de las expresiones que ya hemos citado antes como las de ‘eterno femenino’ o ‘andrógino’.

Podemos mostrar gráficamente la diferente situación de lo femenino en el contexto de los dos paradigmas -tradicional y moderno- mediante la siguiente ilustración.

EDAD MEDIA VS EDAD MODERNA MASCULINO Y FEMENINO

En el paradigma tradicional es claro que se establece una diferencia entre los polos masculino y femenino -en la retórica moderna serían ‘géneros’- que aparentemente aparecen como enfrentados. Para representar gráficamente tal relación entre masculino-femenino hemos tomado una vez más como inspiración el Árbol sefirótico y sus dos pilares o columnas, calificadas tradicionalmente como masculina y femenina. Ahora bien, sería un error interpretar esta diferencia como una superioridad de un polo sobre el otro, pues lo cierto es que lo que se pretende indicar es complementariedad.

En el fondo tal división corresponde a la que ya hemos citado entre Razón e Intelecto, siendo el polo racional el masculino -el que requiere de desarrollo lógico y de reflexión- y el polo intelectual el femenino -que es considerado intuitivo y directo-. El polo femenino sería el ámbito típico de poetas y artistas, pero también de profetas y chamanes, y el masculino el de la ciencia y la filosofía racionalista.

De modo que, en rigor, el polo femenino debiera estar un tanto más elevado que el masculino, pues la facultad intelectual, tal y como ya dijimos (ver aquí), es superior por naturaleza a la facultad racional, dado que es más principial: está más cerca de los Principios inmutables y no depende de los accidentes.

Justificar todo lo que decimos sería muy largo, sobre todo debido a la inmensa propaganda que existe dirigida a convencernos de lo contrario, por lo que preferimos dejarlo para otra ocasión. Sí diremos a modo de ejemplo histórico que puede servir para ilustrar estas reflexiones que en la Grecia antigua el profetismo era cosa casi exclusiva de mujeres, sin embargo éstas -sibilas, sacerdotisas, hetairas- no eran en absoluto tenidas por inferiores, al revés eran respetadas por toda la sociedad y en particular por los hombres, hasta el punto que el propio Sócrates refiere haber sido iniciado en los Misterios por una mujer, Diotima, a la que además trata de maestra, con veneración y respeto. Algo inédito y sorprendente desde luego en la historia moderna donde se tacha de enfermedad mental el fenómeno místico o es fácil encontrarse en la literatura académica con que muchas místicas y visionarias medievales -algunas de ellas santas, e incluso un par de ellas Doctoras de la Iglesia- son calificadas de neuróticas o de enfermas nerviosas. Desde luego es necesario no haber leído nunca una página escrita por esas mujeres ni saber nada de su vida -asombrosamente activa- para decir tales cosas. Nos preguntamos si acaso esto no es una negación a toda costa del ámbito supra-racional a la vez que un desprecio absoluto por lo ‘femenino’.

Por lo demás el modo en que la civilización clásica griega aceptaba la religión, lo misterioso y en general lo no-racional (mejor que irracional) -incluidas ciertas tradiciones chamánicas que pervivieron entre ellos muchos siglos- como parte de lo cotidiano, desmiente a las claras la imagen híper-racionalista que occidente ha pretendido construir de esta parte de la historia en confrontación con las otras civilizaciones que tenían lugar en aquel tiempo. Una vez más el núcleo ideológico -y supersticioso- que caracteriza la modernidad no se ve afectado por el hecho de que la realidad desmienta reiteradamente sus falsos mitos o que sus argumentos sean tan escandalosamente falsos.

Y para acabar, ver en esta diferencia una injusticia flagrante que hay que reparar supone algo muy propio del pensamiento homogeneizador e impositivo con que funciona la modernidad: negar la realidad de que esas diferencias existen y no por ello son un desprecio en sí mismas ni una exclusión de una parte de la sociedad. ¿Acaso es que hombres y mujeres no son diferentes? Y además son diferentes por naturaleza, lo cual parece ser un detalle especialmente odioso para la modernidad, obsesionada desde hace unas décadas por (de)mostrar que tales diferencias son en exclusiva ambientales… Es el hombre moderno el que ve ‘opresiones’ e ‘injusticias’ de las que hay que liberarse por todas partes, pero a lo mejor tales injusticias -sobre todo cuando se refieren a sociedades pretéritas de las que apenas alcanzamos a entender nada- están más en su ojo y en su manera de ver que en la realidad misma.

Dicho lo cual -y volviendo a la ilustración anterior donde se confrontaba el modo en que se representa lo femenino en los paradigmas moderno y tradicional-, con el olvido y desprecio de la facultad intelectual por parte del paradigma racionalista, el polo femenino quedó subsumido por completo al polo masculino, se le privó de todo derecho a existir -representaba lo anormal y debía ser abolido- y se vio así desterrado a las profundidades del subconsciente, el único lugar donde pudo sobrevivir. Aquí son muy interesantes las reflexiones de Patrik Harpur al respecto de cómo lo que es ‘encerrado’ y reprimido en el subconsciente retorna a consciencia de forma cada vez más monstruosa y problemática, generando entre otras cosas enfermedad mental y desequilibrio social. Es sobre esto sobre lo que puso su atención Freud y el psicoanálisis, como apuntábamos antes. Pero esta penosa realidad, obvia por lo demás, no importa en absoluto a la élite intelectualista del paradigma hegemónico de la modernidad, ni la enfermedad de sus habitantes ni el desastre de su sociedad mueven a las ciencias sociales modernas -la (pseudo-)psicología moderna por ejemplo- a abandonar el tan querido paradigma cientifista actual.

Un femenino-subconsciente al que, por cierto, perdido el polo superior -espiritual- que debe guiar la vida humana, no tardó en volverse el arte moderno, ya desde el romanticismo pero aún más en las vanguardias del siglo XX y no digamos ahora, en plena descomposición. Lo que resulta bien ilustrativo de que en realidad no hay lugar para el arte verdadero en la racionalidad exclusivista, lo cual es como decir que el paradigma moderno expulsó el arte fuera de sí para poder imponer su modelo de vida y de sociedad, en extremo prosaico. Esto puede sorprender a algunos pero quedará claro al advertir que el único ‘arte’ -si es que puede llamarse así, que no lo creemos- que permite el paradigma racionalista occidental es precisamente aquel que brota de lo más inferior, pasional e irracional del alma humana. Un ‘anti-arte’ que en vez de apuntar a lo superior conduce claramente a lo infernal. En efecto el arte es expresión privilegiada del alma humana y cuando esta alma está enferma o es directamente negada, ¿qué arte puede tener lugar?

En definitiva en el nuevo paradigma racionalista, cientifista y mecanicista, caracterizado ante todo por des-animar -extraer el alma- el mundo, lo femenino quedó relegado a lo subconsciente -identificado con lo emocional, lo enfermizo, lo irracional, brujería, magia, etc…- y lo masculino se identificó de forma exclusiva con la racionalidad técnico-práctica, materialista. Así, la tiniebla de la razón vino a nublar la luz del Intelecto.

En conclusión, creemos que es imposible una crítica profunda a la racionalidad práctica impositiva y excluyente que ha venido practicando occidente a lo largo de los últimos siglos si se carece de una perspectiva tradicional que sitúe la razón y el intelecto en el lugar que les corresponde. Sin esta perspectiva todo serán criticas parciales al paradigma occidental y nos encontraremos una y otra vez ante la paradoja de exigir el ‘cumplimiento del programa ilustrado’, cuando es este mismo programa -social y epistemológico- el origen del problema. Y esperemos que nunca llegue a cumplirse pues el desastre sería de proporciones cósmicas.

El feminismo moderno visto desde la Tradición.

Dicho esto podría parecer que el feminismo moderno venga a recuperar esa feminidad perdida a la que nos hemos referido, secularmente asociada al ‘pilar de la emancipación’ y testimonio innegable de otros modos de ser y entender el mundo, pero lo cierto es que nada más lejos de la realidad, pues el feminismo moderno es verdaderamente la antítesis de lo que tradicionalmente ha simbolizado lo femenino, al cual se opone radicalmente y pretende suplantar definitivamente.

Si bien es cierto que desde hace décadas se reivindica un regreso de lo femenino a la sociedad, reiteradamente acusada de promover exclusivamente los valores asociados a la masculinidad -racionalismo, competitividad, etc.-, el regreso que ha tenido lugar es meramente exterior y por ello no supone el más mínimo cambio en el modo de entender o construir el orden social. Más bien es lo contrario: lo que ha supuesto esta especie de moda cultural que es el feminismo moderno no ha sido un cambio en el modo de entender el mundo ni una transformación revolucionaria del mismo, como el discurso del poder pretende hacernos creer, sino tan solo una mayor visibilidad, por completo exterior y por tanto intrascendente, de la mujer en la sociedad, la cual sigue por completo inmersa en un paradigma que sigue siendo el mismo que era, radicalmente machista y racionalista.

Así, la mayor presencia exterior de lo femenino no se constituye como una alternativa al orden paradigmático imperante -proveniente del ‘pilar del control’- sino que por el contrario supone un paso más hacia la profundización en el mismo y su hegemonía en el ordenamiento de la sociedad, por medio de romper las últimas resistencias al mismo, a saber: la familia y la figura de la maternidad. No es casualidad por tanto que la maternidad se haya convertido en la ‘bestia negra’ del feminismo moderno más radical, contra la que se dirigen las más duras invectivas progresistas, lo que viene a confirmar otra de nuestras tesis: el odio de la modernidad hacia la naturaleza en tanto que es límite e imposición no elegida por el individuo, única vara de medir que acepta la modernidad dentro de la dictadura impuesta de la opinión y la subjetividad personal. Es la clásica oposición entre naturaleza y cultura -expresada también como irracional vs. racional-, donde la naturaleza ha de ser por completo abolida para crear una realidad exclusivamente construida. Como vemos, una vez más la modernidad no trata de integrar la diferencia -el ‘pilar de la emancipación’ que queda asociado a lo natural e irracional– sino de eliminarla. Así resulta que, desentrañando la retórica progresista de la que está cautiva la sociedad, la mujer no es el sujeto a liberar sino más bien el objeto a destruir por parte del feminismo como proyecto político y de la revolución feminista, que en efecto lo es en lo que tiene de inversión del orden social normal. Añadamos que, lo que oculta la reiterada promesa de liberar al hombre y a la mujer de todas sus ‘cadenas’ [3] es tan solo esto: negarle y robarle su naturaleza esencial; toda esencia, toda cualidad, han de ser destruidas para que al fin se imponga el nuevo orden, el nuevo mundo que la modernidad tanto anhela. Finalmente es la inmersión en la materia indiferenciada y descualificada de lo que se trata, para la realización del proyecto del ‘reino de la cantidad’.

Lo que decimos se ve confirmado cuando se comprueba cómo para el feminismo moderno no se trata de que la mujer aporte a la civilización moderna los valores que lo femenino ha encarnado tradicionalmente para las sociedades premodernas, se trata exactamente de lo opuesto: esos valores tradicionales, asociados al ‘pilar de la emancipación’, simbolizados por la mujer, la familia, el respeto a las tradiciones de los antepasados y el mundo rural, son vistos desde el feminismo moderno no como valores a recuperar sino como disvalores a combatir y a extinguir, restos de un pasado que debe ser borrado por completo -una vez más nos encontramos ante la ‘cultura del palimpsesto’-. El feminismo moderno no es sino un paso más en este sentido, el del borrado de las raíces y el aumento del desarraigo del hombre moderno, por lo que supone de construcción de una nueva feminidad de modernísima factura, cada vez más próxima al ‘polo masculino’ que rige la sociedad y al que tanto se ha criticado y se dice combatir. La realidad es que así no se combate en absoluto el ‘pilar del control’, antes bien se sirve al mismo mediante la destrucción de sus posibles alternativas.

Por esta razón el feminismo nacido tras la segunda guerra mundial, descaradamente anti-tradicional, no supone el retorno de la visión emancipadora y femenina de la realidad sino que supone por el contrario su anulación definitiva en base a la destrucción última de las pocas resistencias que podían quedar al dominio absoluto del monolítico ‘pilar del control’ y sus ideales ilustrados.

*

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Feminismo y machismo, dos caras de la modernidad anti-tradicional.

Unas últimas reflexiones se imponen. En primer lugar, si reconocemos que lo femenino y lo emancipador fueron expulsados del núcleo paradigmático occidental y de la construcción de su identidad ya desde su mismo origen, el retorno de lo femenino, si es real y no una mera apariencia revolucionaria -una máscara del poder en realidad- como viene siendo por parte de los diversos feminismos, debe implicar el fin -o al menos una alternativa cierta- de esa misma mentalidad moderna que lo marginó.

Y puesto que la modernidad -como paradigma de conocimiento- excluye el polo femenino de la emancipación por definición, el regreso de los valores y realidades que éste implica nunca puede producirse dentro de la modernidad misma. Por tanto, aquellos ‘feminismos’ que defiendan y refuercen la modernidad -que reivindiquen un mayor cumplimiento del programa ilustrado- no pueden ser juzgados más que como cómplices del orden imperante, cómplices de la destrucción de lo que verdaderamente ha simbolizado siempre lo femenino.

Por otro lado nos encontramos con que a menudo y de forma popular el concepto feminismo se opone a su concepto antagónico: el machismo. Por ello es sumamente necesario advertir la paradoja de que el feminismo moderno, en tanto que es precisamente moderno, no puede -ni quiere por lo demás- luchar contra el machismo sistémico que dice denunciar pues forma parte indisoluble del mismo orden social que aquel ha conformado y lo necesita para existir. El feminismo, con toda su apariencia de oposición y reivindicación, no es más que un paso más en el avance del paradigma machista hegémonico en los últimos siglos y que ha conformado la civilización actual.

No es por tanto el feminismo una lucha contra el machismo –contra el cual, aunque quisiera, no podría combatir pues son hijos del mismo padre: la modernidad anti-tradicional-, sino ante todo una lucha contra el género, en tanto división socialmente consignada de los roles masculino y femenino. Esta es la verdadera realidad del feminismo como programa político y de diseño social: la abolición de toda diferencia entre hombre y mujer [4]. Pero esta abolición no conduce a igualdad alguna sino, como venimos desarrollando en estas páginas, a un estado de cosas muy acorde a la modernidad: el igualitarismo rampante y la homogeneidad. Es decir, dicho en el lenguaje que venimos empleando para definir este paradigma,lo que se persigue no es otra cosa que la ausencia de diversidad, pues como ya vimos la diversidad -así como la libertad verdadera, no la liberación revolucionaria- es vista como una potencial amenaza al orden imperante del ‘pilar del control’. La modernidad considera la igualdad como la ausencia de diferencias -la conocida doctrina del ‘todos somos iguales’-, y sobre todo, dada la prioridad que posee lo exterior y la apariencia para las mentalidades modernas, la ausencia de diferencias exteriores.

El moderno andrógino como inversión especular del andrógino primordial.

Aún hay más. Y es que este igualitarismo oculta tras de sí una realidad todavía más inquietante. Se ha dicho a menudo que la modernidad impone un igualitarismo por abajo y en efecto existen pruebas irrefutables de ello tal y como se aprecia en tendencias que poco a poco ganan fuerza en la sociedad actual, como la deconstrucción de los géneros, los nuevos tipos de mujer y de (pseudo-)feminidad -marcados por una exagerada androginización, una vez más anti-natural, incluso en lo estético- o la conocida moda de lo unisex, por ejemplo, sin necesidad de hablar de las nuevas sexualidades que se tratan de inventar.

Lo que subyace a estas actitudes no es tan solo una campaña de destrucción de la masculinidad, aquí existe un odio por igual a lo masculino y a lo femenino. Por tanto no se trata tanto de combatir la desigualdad como de destruir la diferencia, diferencia que parece molestar especialmente a la modernidad radical.

Llegamos así a la conclusión de nuestro análisis. Como vemos estamos aquí ante la inversión exacta del mito tradicional del andrógino primordial. Si el ideal del andrógino de los alquimistas y hermetistas cristianos era ante todo la integración en su personalidad de sus polaridades -entendidas como complementariedades-, lo que es ante todo un proceso interior de asunción de la propia naturaleza, no excluyente sino inclusivo, en el que poco podía importar la apariencia exterior, el ideal del ‘nuevo andrógino’ es la nivelación por abajo entre hombre y mujer, una especie de desexualización y caída en la indiferenciación de la materia primordial. Tal indiferenciación primordial es sobre todo una imagen de la carencia de cualidades lo que es una seña evidente del ‘reino de la cantidad’ como ya nos advirtiera magistralmente René Guénon.

Así, la convergencia de los géneros masculino y femenino en el universo unisex, es un caso análogo a lo que supone el ideal de proletarización universal que pronosticaban y soñaban los utopismos del siglo XIX para la idea tradicional del orden social basado en las castas. El proletario no supera las castas por arriba -lo que sería el ideal del ativarna hindú- sino por abajo, anunciando la descualificación completa del hombre [5] -lo que es realmente el avarna, literalmente ‘sin color’, es decir sin cualidad-. Ambos modelos de igualitarismo revolucionario suponen la descualificación del sujeto y por tanto un rebajamiento de su dignidad ontológica, un sujeto que, cosificado, pasa a ser una pieza más del sistema, sin cualidades que lo definan o diferencien del resto de otras piezas, y por tanto perfectamente intercambiable por cualquiera otra, en una homogeneidad que es imagen especular de esa indiferenciación propia de la Prima Materia que decíamos y que refleja en la misma sociedad la idea de la cadena de montaje industrial. Todo ello augura un futuro de indiscutible prevalencia de los sincasta: la ‘dictadura del proletariado’, una masa de gente sin pasado, sin raíces, sin tierra, controlados por un sistema de producción por completo externalizado y ajeno, ¿cómo puede defenderse cabalmente semejante proyecto social?

Si el andrógino tradicional era ante todo una realidad interior e implicaba una superación de los géneros -para lo cual es necesario aceptarlos y asumirlos previamente-, a fin de dar lugar a un orden y un equilibrio que los trascendiera por arriba, por lo alto -tal y como hemos citado el modelo del ativarna, el hombre que supera todas las castas-, ahora el nuevo equilibrio unisex pasa por negar la diferencia, y hasta la misma existencia, de tales realidades masculina y femenina y equipararlas por abajo, hacia lo inferior, en un retorno hacia la indiferenciación de la materia sin forma, es decir sin cualidad. Si la androginia tradicional simboliza la integración del alma del sujeto, un interior armónico y equilibrado, la perfección del alma humana; la androginia postmoderna es su más consumada antítesis: representa la indiferenciación primordial contenida en el caos primigenio, es un descenso a lo inferior -el reino de la materia- y por ello puede ser calificada ciertamente de infernal.

Un nuevo ejemplo de cómo la modernidad es la inversión infernal -inferior- del orden tradicional o normal.

Notas:

[1] Cualquier rasgo que recuerde la noción de esencia, siquiera de manera indirecta, es un límite y debe ser borrado. He aquí el profundo interés en el genetismo y la manipulación genética por parte de la técnica moderna. Semejante límite genético, muy del gusto del reduccionismo dualista moderno y que supone una especie de materialización grosera de las categorías intelectuales kantianas, impone un límite radical -el límite ontológico de la propia materia en la teoría del hilemorfismo- al poder e influencia del entorno y por tanto al punto de vista ambientalista de aculturación del sujeto propio del conductismo más burdo. Todo debe poder ser manipulado, seleccionado, controlado, y de libre elección… Ya hemos señalado otras veces la importancia que posee para la modernidad la noción de transgresión del límite, nos encontramos aquí una vez más con ella. En realidad este impulso transgresor es expresión del nihilismo metafísico que ahoga a occidente desde su origen.

[2] Si bien se atendió ante todo al alma enferma, tomando como camino de conocimiento sus patologías, lo que no es desde luego lo más aconsejable. Curiosamente este sesgo hacia las rarezas y los casos patológicos tomándolos como modelos de estudio, en vez de fijarse en la normalidad, es un caso del todo análogo al de Darwin, quien tomó como modelo la selección artificial de razas por parte del hombre de varias especies animales, perros, vacas, etc…

[3] Curiosamente todas las ‘cadenas’ que el feminismo moderno denuncia son aquellas provenientes de la sociedad tradicional: la religión, la familia, los padres, ¡hasta los hijos son una cadena! El trabajo asalariado por cuenta ajena, embrutecedor, esclavizador, a menudo humillante y aniquilador para el sujeto, causa primera de los desajustes psicológicos del hombre moderno, no parece ser una ‘cadena’ de la que haya que anhelar liberarse, a juicio de los revolucionarios feminismos.

[4] Puesto que hombre y mujer son límites impuestos por la naturaleza desde el mismo nacimiento, forman parte de esa realidad pre-cultural que debe ser destruida por la modernidad y ello se intenta desde todos los frentes no solo el ideológico y cultural sino incluso desde el bio-médico. Una vez más lo que marca la agenda de la modernidad es el odio a lo otro y a la diferencia.

[5] Lo que por otra parte está a punto de lograr el neo-liberalismo postmoderno, que tiene mucho en común con ciertos marxismos, no en vano una buena parte de la generación de liberales hoy en las esferas del poder fueron revolucionarios militantes y marxistas convencidos. Así, lo que no pudo lograr el marxismo, el sueño de la proletarización universal, que sería como un ‘año cero’ que daría comienzo a una nueva era de la humanidad, ya sin herencias ni rémoras del pasado, quizá lo logre el liberalismo. Vemos cómo el marxismo ha cumplido a la perfección su función en tanto que ideología central del paradigma moderno, pero es una función muy distinta de la que ellos mismos auguraban.

Fuente: Agnosis

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