¿Dónde escapar?

EDUARDO ARROYO
por Eduardo Arroyo – Leo la edición digital de ABC y me propongo firmemente ir abandonando la vieja costumbre familiar de leer dicho diario. La versión en internet no solo se parece cada vez más al antiguo El Caso, sino que además reitera ad nauseam las obsesiones ideológicas que ocupan el cerebro de los prebostes directivos: santificación laica del capitalismo –en estos días, en la figura del fallecido Emilio Botín, al parecer prócer universal-; repetición incansable de los tópicos neoconservadores atlantistas, aún contra la evidencia, especialmente en boca de Hermman Tertsch; “panisraelismo” y “anti-rusismo” irracionales y absurdos y obsesión “vintage”, muy hipertrofiada, por la Segunda Guerra Mundial, todo ello adornado con un amarillismo insoportable, en el nombre de España, naturalmente.

Cansado de lo terrenal me refugio en lo sobrenatural. Casi por casualidad, echo mano de un calendario de 2014 del Sagrado Corazón que ronda mi escritorio. Abro al azar una página y leo, en el anverso de la hoja correspondiente al día 2 de septiembre un texto encabezado por el título: Sensibilidad intercultural. Confieso que no lo esperaba. El texto me ilustra diciendo: “Nuestras reacciones ante las diferencias culturales atraviesan diferentes fases: tres etapas etno-céntricas y tres etno-relativas, dependiendo de nuestro grado de percepción de las diferencias culturales y la forma de reaccionar”.

Sin aburrir al lector, entre las primeras está la actitud de “defensa”, en la que “las diferencias se perciben, pero se conceptualizan considerándolas amenazantes. Uno no es crítico con su cultura, generando una actitud de superioridad y defensa ante lo diferente, que suele ir acompañada de estereotipos, prejuicios o actitudes discriminatorias”. Por fortuna, se llega finalmente a la fase final de “integración” –culmen de las “etapas etno-relativas”, al parecer motivo de reflexión del día 3 de septiembre- en la que “hay un esfuerzo por integrar marcos culturales dando lugar a uno nuevo mediante la redefinición de la propia identidad”.

Me pregunto qué tendrá que ver esto con el Sagrado Corazón y, más en general, con la percepción sobrenatural del mundo, núcleo esencial e irrenunciable de la religión. Todo esto no es nada más que polución ideológica, naturalmente. El concepto de “etnocentrismo” es una idea que arranca del gran intoxicador Franz Boas, un concepto que generalizó la antropología norteamericana para minar la fe en sí misma de la cultura occidental.

Todos ellos constituyen formidables baluartes del materialismo y de la lucha anti-religiosa –no digamos ya anticatólica- surgidos a lo largo del siglo XX. El “etnocentrismo” es un hito en el desarrollo ulterior del relativismo que tanto denuncia la Iglesia de hoy y, expuesto en los términos de más arriba, puede conducir, por ejemplo, a reconocer a los “Latin Kings” como una “asociación cultural” (como de hecho ha ocurrido en España).

Me pregunto cuál es el nivel de “etnocentrismo” de los cristianos de Iraq, de Siria o de Tierra Santa, todos ellos bajo diferentes modalidades de persecución y opresión, y que buscan defender su fe y su identidad a toda costa. Y es que el sofisma político e ideológico que aquí subyace es que, ante la diferencia de culturas, debe producirse, en términos éticos, una redefinición de la propia y no un diálogo desde la propia cultura como modo de reafirmación.

Lo primero es una premisa irrenunciable del capitalismo global y de la izquierda cosmopolita, en realidad dos brazos del mismo proyecto; lo segundo es un presupuesto del pluralismo identitario, mucho más acorde con el mundo real. En el presente momento de la historia de Occidente, las citadas apelaciones a la “sensibilidad intercultural” equivalen a diseminar veneno y a hacer el juego al proceso de mundialización puesto en marcha por la Ilustración y, hoy, por el capitalismo. Nada que ver, por tanto, con el Sagrado Corazón.

Pero, ¿por qué las categorías sobrenaturales de la religión católica han sido desplazadas por semejantes análisis? El proceso viene de muy atrás y me recuerda a la carta que dirigió al cardenal Fornari en 1852 ese gran profeta de Occidente que fue Juan Donoso Cortés. Dice el ilustre extremeño: “Si la luz de nuestra razón no ha sido obscurecida, esa luz es bastante, sin el auxilio de la fe, para descubrir la verdad. Si la fe no es necesaria la razón es soberana e independiente. Los progresos de la verdad dependen de los progresos de la razón; los progresos de la razón dependen de su ejercicio; su ejercicio consiste en la discusión; por eso la discusión es la verdadera ley fundamental de las sociedades modernas y el único crisol en donde se separan, después de fundidas, las verdades de los errores. En este principio tienen su origen la libertad de imprenta, la inviolabilidad de la tribuna y la soberanía real de las asambleas deliberantes”.

Sigue diciendo: “Si la voluntad del hombre no está enferma, le basta el atractivo del bien para seguir el bien sin el auxilio sobrenatural de la gracia; si el hombre no necesita de ese auxilio, tampoco necesita de los sacramentos que se lo dan ni de las oraciones que se lo procuran. Si la oración no es necesaria, es ociosa; si es ociosa, es ociosa e inútil la vida contemplativa; si la vida contemplativa es ociosa e inútil, lo son la mayor parte de las comunidades religiosas que debidamente desaparecen. Si el hombre no necesita sacramentos entonces él no tiene necesidad de sacerdotes que los administren, que son así debidamente proscriptos. Y del desprecio al sacerdocio resulta por todos lados el desprecio a la Iglesia, lo cual equivale en todas partes al desprecio a Dios”. A

lgunas ideas se derivan de aquí: primero, el consenso –por naturaleza ajeno a la idea de verdad y, más allá de esto, de esfuerzo por alcanzar la verdad- como única pauta de comportamiento. En segundo lugar, la “solidificación del mundo” –que diría Rene Guenon- o, dicho en términos religiosos y no metafísicos, la secularización de la vida. Esto explica muchas cosas. En un mundo secularizado en el que la propia Iglesia ha pactado con la modernidad misma, al hombre “le basta el atractivo del bien para seguir el bien sin el auxilio sobrenatural de la gracia”.

Dejado de la mano de Dios, casi literalmente, su instinto de bien recae exclusivamente en el mundo. Por eso las instituciones religiosas se han convertido en mera obra social, relegando prácticas de “religación” con el orden sobrenatural, como es la oración, a un segundo plano. Por eso también se entiende la religión cada vez más en su aspecto -totalmente secundario- de “voluntariado”. Buena parte de la jerarquía eclesiástica es responsable de esto y convive cómodamente con tan superficial tendencia.

De ahí su desprecio, por ejemplo, de la liturgia del modo extraordinario –cargada de mito, rito y símbolo- y de ahí la apuesta de altas jerarquías por la mentira, la estafa y la manipulación, como es el caso del actual obispo de Solsona, Monseñor Novell, cuya carta pastoral titulada Con el pueblo de Cataluña no tiene nada que envidiar a las manipulaciones y embustes del mismísimo Ilya Ehrenburg.

Sin el apoyo de la vieja doctrina multisecular de la Iglesia –lo que antes se llamaba “tradición”-, no es nada raro que los religiosos actuales caigan en la redes de sus propios enemigos. Ya en los sesenta, los denominados “curas obreros” pusieron bien de manifiesto la orfandad esencial del hombre de Occidente, gestado en la matriz del cristianismo auténtico. Hoy esos religiosos progresistas han encanecido y no parecen lo que eran pero su juventud también imprimió un carácter que pervive hasta hoy.

Así las cosas, no basta con cualquier texto religioso para escapar de la manipulación agobiante de la prensa. Es necesario ir a atalayas más inexpugnables, así que, antes que leer a mi obispo, apuesto sobre seguro leyendo a Juan Donoso Cortés.

Fuente: ESD

2 comentarios to “¿Dónde escapar?”

  1. Muy interesantes reflexiones, en particular la cita de Donoso Cortés, al

  2. (se publico a medias) Dice Donoso: “Si la voluntad del hombre no está enferma”…

    pero claro ¿la voluntad de qué hombre no está enferma de egoísmo, soberbia, envidia…?? Dónde está ese hombre? Sin duda la desviación moderna y la “muerte de Dios” no se habrían producido si se hubiera contado con un poquito más de humildad.

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