La Cuarta Teoría Política

JOSE ALSINA CALVES

por José Alsina Calvés – Al hablar o escribir sobre la Cuarta Teoría Política (en adelante CTP) todos pensamos, con razón, en el filósofo y politólogo ruso Alexander Dugin. Pero a pesar de ser este el principal impulsor de la CTP, no debemos verla como la elucubración personal de un solo autor. Muchos de los temas impulsados por Dugin tienen sus antecedentes lejanos en las obras de autores tradicionalistas, como Julius Evola, y, sobretodo, en la Nueva Derecha francesa. La expresión “Cuarta Teoría Política” apareció por primera vez en el libro de Alain de Benoist Contra el liberalismo: la Cuarta Teoría Política.

En el libro de Dugin La Cuarta Teoría Política, traducido recientemente al español y publicado en Ediciones Nueva República, el filósofo ruso insiste en el carácter colectivo de su creación, en que no es un sistema cerrado, sino abierto a las aportaciones posteriores.

En el presente artículo intentaremos describir y explicar, así como valorar, el mencionado libro de Dugin, al que tomaremos como base de nuestro trabajo. A nuestro entender la CTP que Dugin expone se fundamenta en un armazón teórico que consta de cinco elementos fundamentales:

  1. Una teoría de la modernidad y sus ideologías.

  2. La posmodernidad como mutación del liberalismo a neoliberalismo.

  3. Una teoría del tiempo.

  4. Una fundamentación filosófica en la ontología de Heidegger.

  5. La geopolítica de los grandes espacios.

Teoría de la modernidad

La CTP aparece como una oposición radical a la modernidad y a todas sus manifestaciones, incluida la actual implosión postmoderna. La CTP se dirige a todas aquellas personas que sienten una radical insatisfacción ante la sociedad actual, sus mensajes y sus “valores”. Una disección previa de la modernidad es el paso previo a la síntesis y construcción de la CTP.

Las raíces últimas de la modernidad son difíciles de rastrear. Para Heidegger en los albores de la filosofía occidental, en la Grecia presocrática, ya se produjo el “olvido del Ser” que empaparía la metafísica occidental y que desembocaría en el “Gesteller” o dominio de la técnica que lleva al nihilismo. Para Alain de Benoist (y otros autores de la Nueva Derecha) será el cristianismo el que introducirá la metafísica de la subjetividad, la visión lineal de la historia y la separación radical entre Dios y el mundo, que convertirá a este en un objeto desacralizado, presto a ser utilizado por una técnica al servicio de lo inmanente.

Dugin, no tan radical, sitúa los orígenes de la modernidad con la aparición del liberalismo. Sus antecedentes inmediatos son la filosofía de Descartes y la Ilustración, y sus grandes teorizadores son Rousseau, Locke y Schmitt. Aquí Dugin introduce un concepto interesante: el de “sujeto”. Toda teoría política pivota sobre un sujeto, y el sujeto del liberalismo es el individuo.

Para el liberalismo el individuo es anterior a la sociedad. El mismo concepto de “sociedad” (opuesto al de comunidad) es esencialmente liberal, y se refiere a la asociación libre y voluntaria de los individuos a través del “contrato social”. Por otra parte, para el liberalismo el individuo, por el mero hecho de haber nacido, es portador de unos derechos inalienables (Derechos Humanos): la libertad (entendida en abstracto) y la propiedad son los derechos más importantes. Hay que señalar que la libertad liberal es un concepto negativo: se refiere a la falta de coerción de cualquier tipo. Aunque la idea de libertad al principio se refería a las coerciones del Antiguo Régimen, esta ha ido evolucionando hasta considerar un obstáculo cualquier relación de pertenencia: la identidad cultural, religiosa, nacional o incluso sexual acaba siendo obstáculos para la “libre” elección del individuo.

El desarrollo político y social del liberalismo dio lugar al capitalismo, y a la aparición de nuevas teorías políticas que disputaron al liberalismo la realización de los ideales de la modernidad: el socialismo (segunda teoría política) y el fascismo (tercera teoría política).

Por socialismo entiende Dugin todas las variantes que tienen al marxismo como ideología nuclear: desde el socialismo democrático al comunismo estalinista o al trostquismo. Si el sujeto político del liberalismo era el individuo, el del marxismo es la clase social. Se entiende por clase social el conjunto de personas que ocupan un mismo lugar el proceso de producción: terratenientes, burgueses (propietarios de las fabricas) o proletarios (que viven de vender su fuerza de trabajo).

El marxismo no se opone a la modernidad, sino que pretende realizar sus ideales mejor que el liberalismo. Comparte con él una visión puramente económica del ser humano, y una concepción lineal y progresista de la historia, que avanza desde un primitivismo hacia un “final de la historia”, la era del socialismo en que el Estado se disolverá por innecesario.

El marxismo como filosofía política tuvo diversas concreciones prácticas. La más evidente fue el comunismo soviético ruso o “socialismo real” y el de sus países satélites. Pero Dugin, al igual que los nacional-bolcheviques rusos, cree ver en este comunismo ruso una manifestación del alma rusa. Llega a decir que las causas ultimas de la Revolución de Octubre hay que buscarlas en el descontento del pueblo ruso frente a la occidentalización y “modernización” de Rusia patrocinadas por los Romanov. Habría pues en el comunismo ruso dos “almas”: la marxista con sus mitos economicistas y progresistas, antirreligiosa y antinacional (su representante más genuino sería Trotsky, defensor de la revolución mundial), y la nacional-comunista donde, por debajo de la epidermis marxista, sobreviviría el espíritu patriótico de la Gran Rusia.

La interpretación de Dugin del comunismo ruso tiene una gran influencia en la Rusia actual e inspira la política del propio Putin. Los mitos marxistas han sido totalmente superados y abandonados y el patriotismo y la religión ortodoxa han visto un renacimiento inaudito. Pero el país no se avergüenza de su pasado, al que recupera como parte de su historia. Los símbolos comunistas no han sido retirados de sus edificios oficiales, ni se han derribado las estatuas de Lenin.

El marxismo occidental fue otra cosa. La filosofía que anima a los partidos comunistas de Europa Occidental durante la última parte del siglo XX fue una encarnación mucho más purista de una ideología de la modernidad. Pero el hundimiento de la Unión Soviética y el fenómeno de la globalización significaron un duro golpe para las pretensiones marxistas de haber descubierto las leyes que regían la historia humana. Hoy día el marxismo es una filosofía superada, abatida por el liberalismo triunfante.

La tercera teoría política que aparece en la modernidad es el fascismo. Pero aquí vale la pena detenernos y hacer unas precisiones a la tesis de Dugin. Recordemos que este definía a una teoría política por su sujeto: para el liberalismo el sujeto político es el individuo y para el marxismo es la clase social. En su intento de definición genérica del fascismo Dugin tiene que reconocer una dualidad de sujetos políticos: la raza en el nacional-socialismo alemán y el Estado en el fascismo italiano. Esta reconocida dualidad de sujetos políticos hace sospechaR que estamos ante dos fenómenos distintos.

En realidad cuando hablamos del fenómeno fascista nos estamos refiriendo a una realidad plural, con una evidente pluralidad de sujetos. Algunas manifestaciones del fascismo (como la Guardia de Hierro Rumana o la Falange Española) estuvieron absolutamente impregnadas de espíritu religioso-católico, mientras que otras fueron absolutamente laicas y seculares. Algunos regímenes calificados de “fascistas”, como el de Franco en España, el de Oliveira Salazar en Portugal o el de Dollfus en Austria fueron en realidad dictaduras impregnadas de espíritu contrarrevolucionario, ideología por cierto a la que Dugin nunca se refiere, quizás porque no la considera propia de la modernidad, sino vestigio del antiguo régimen.

Algunos estudiosos del fenómeno fascista, como Sternhell, han intentado buscar un denominador común de todas estas tendencias, y han situado en Francia el origen de la ideología fascista, como una síntesis del monarquismo católico de Charles Maurras y sus seguidores y el sindicalismo revolucionario de Sorel. Pero esta síntesis sigue dejando fuera al nacional-socialismo alemán, centrado en la doctrina de la raza.

Para Dugin el fenómeno fascista forma parte de la modernidad. Su principal batería de argumentos se centra, con razón, en el nacional-socialismo alemán. Estamos totalmente de acuerdo en que el racismo, que caracteriza a esta ideología, es un fenómeno esencialmente moderno. A nuestro entender el racismo tiene dos raíces ideológicas, ambas esencialmente modernas: la teoría calvinista de la predestinación, y una interpretación del darwinismo, de la mano de Spencer y de Haeckel (el darwinismo social) que nunca fue admitida por el propio Darwin.

Para determinadas sectas protestantes cuando un ser humano viene al mundo ya está predeterminado por Dios si va a salvarse o a condenarse. Las buenas obras y el éxito profesional y en los negocios no son méritos, sino señales de que uno pertenece a los “elegidos”. Max Weber ya señaló en su momento la influencia de esta ideología en el capitalismo naciente. Pasar de la categoría de “individuos” elegidos a la de “pueblos” elegidos es fácil. El mismo fenómeno se da en el judaísmo con su teoría de “pueblo elegido por Dios”. Es significativo que en los pueblos de tradición católica raramente se han dado manifestaciones de racismo (que no hay que confundir con la xenofobia).

La otra gran fuente ideológica del racismo es el darwinismo social, desarrollado por el filósofo ingles Herbert Spencer y el biólogo y filósofo alemán Ernst Haeckel. El darwinismo social (que nunca fue aceptado por Darwin) traslada los conceptos biológicos de selección natural y supervivencia del más apto a la vida social. La lucha de todos contra todos tuvo en un principio carácter de enfrentamiento físico, trasladándose después al terreno económico. Los más “aptos” sobreviven y se apropian de todo. Cualquier intento por parte del Estado o de la sociedad de apoyar a los “débiles”, a los derrotados por la lucha social, va en contra del progreso y solo hace que cultivar vicio y pereza.

Cuando el darwinismo social se traslada de los individuos a los pueblos aparece el racismo. Obsérvese que los mitos racistas están impregnados de mitos modernos ¿Por qué cree el racista que la raza blanca (léase alemana, inglesa etc.) es superior? Pues porque ha avanzado mucho más en el camino de la modernización, frente a otros pueblos “atrasados”, porque ha desarrollado la técnica, la industria, el capitalismo. Porque han destruido sus propias tradiciones y olvidado sus raíces, decimos nosotros. Aquí la “superioridad” de la civilización occidental.

El racismo vinculado al darwinismo social y a la teoría calvinista de la predestinación son los nexos de unión entre liberalismo y nacional-socialismo, que confieren a esta ideología una indudable patina de modernidad, dando así la razón a Dugin. La cuestión es más problemática cuando nos referimos a otras formas de fascismo.

En el fascismo italiano hay una mezcla algo confusa de elementos modernos y “tradicionales”. El culto a las máquinas y a la velocidad, procedentes del “futurismo”, así como el nacionalismo, que algunos autores relacionan con el jacobinismo de la Revolución Francesa, serían elementos modernos. Pero el culto al mito del Imperio, opuesto a la idea moderna de Estado-nación sería un elemento tradicional presente en el fascismo.

En otros movimientos fascistas, como Falange Española o la Guardia de Hierro Rumana el elemento tradicional se hace presente en forma de una importante visión religioso-católica que impregna completamente estas ideologías.

Hay finalmente un conjunto confuso de corrientes, que Dugin llama de la “tercera via” que, aunque relacionadas con el fascismo, refuerzan de forma notable su rechazo global a la modernidad. Aquí estaría el nacional-bolchevismo, el socialismo de Strasser, o ciertos autores de la revolución conservadora.

Al margen de estas matizaciones Dugin sostiene que tanto el fascismo como el comunismo se enfrentaron al liberalismo no por ir en contra de la modernidad, sino por presentar un programa de modernidad alternativa. El fascismo fue derrotado en el plano militar (con la colaboración comunista) y se convirtió en la “bestia negra” de la modernidad, en una auténtica encarnación diabólica del mal. El comunismo fue derrotado en el plano económico, y, tras el hundimiento de la URSS se convirtió en una antigualla que ni la misma izquierda se atreve a reivindicar.

Comunismo y fascismo fueron, pues, dos ideologías que participaron de la modernidad, pero fueron derrotadas por el liberalismo, porque este representa, mejor que nadie, los ideales de la modernidad.

Cuando el liberalismo se encuentra sin oponentes comienza una nueva era. La era de la globalización, de la muerte de la política, de la conversión del liberalismo en neoliberalismo: hemos entrado en la posmodernidad.

La posmodernidad

Dos filósofos y sociólogos franceses procedentes de la izquierda, Christian Laval y Pierre Dardot, en su libro La nueva razón del mundo. Ensayos sobre la sociedad neoliberal han descrito de forma magistral el fenómeno anunciado por Dugin, la conversión del liberalismo a neoliberalismo y la aparición de la posmodernidad.

¿En qué consiste esta transformación? El sujeto sigue siendo el individuo, pero este va camino de convertirse en post-individuo (el rizoma del que habla Deleuze). El post-individuo ha perdido toda identidad y todo en él es potencial. Las nuevas tecnologías genéticas y biológicas hacen posible la elección incluso del aspecto físico o hasta del sexo. No está ligado a ningún lugar ni a nada concreto. El post-individuo se administra a sí mismo como una empresa capitalista, rodeado de ofertas de todo tipo, entre las que tiene que escoger la “mejor” opción, la más “racional”, la que maximice sus beneficios.

Pero la principal mutación de la modernidad a la posmodernidad es que el liberalismo, mutado a neoliberalismo, ya no se presenta como una ideología, como una posibilidad, sino como la realidad misma. El neoliberalismo, ideología triunfante, se niega a sí mismo como ideología y niega la política, es decir, niega la posibilidad de una alternativa. Los mismos términos “político” o “ideológico” aparecen como peyorativos. Nadie puede dudar sobre los fines: la construcción de una sociedad donde el individuo sea cada vez más libre ¿libre de qué? De cualquier identidad que limite sus posibilidades de elegir.

Esta negación de la política degrada cualquier debate a lo puramente “técnico”, es decir, sobre los medios que mejor realicen unos fines que nadie puede discutir. En realidad todas las fuerzas y partidos políticos que se mueven en la esfera del poder son liberales: conservadores (liberal-conservadores), socialdemócratas (liberales de izquierdas), e incluso partidos nacionalistas y populistas que (en teoría) se manifiestan contra el Sistema, están impregnados de la ideología liberal.

Una teoría del tiempo

El discurso de Dugin en torno al tiempo y sus consecuencias filosóficas y políticas es, quizás, uno de los elementos más interesantes y originales de la CTP.

La concepción moderna del tiempo viene definida por dos factores

  • La idea del tiempo lineal, introducida por el cristianismo y continuada por el racionalismo, el positivismo y los progresismos de todo fuste y pelaje.

  • La idea de Newton del “tiempo absoluto”.

La primera es más conocida. Hay un origen, un “pecado original” (el pecado de Adan y Eva en el cristianismo, el origen de la propiedad privada en el marxismo, la aparición de las supersticiones y los “ídolos” en el racionalismo) que provoca la caída, y luego un avanzar progresivo hacia una época de felicidad, que culminará en un “final de la historia”.

La segunda no es tan conocida. Newton definió un tiempo absoluto, que transcurría en un fluir independiente de los acontecimientos que acontecieran en él. La idea de Newton se oponía a la de Liebnitz, para el cual solo se podía hablar de transcurso del tiempo cuando en su seno ocurrían acontecimientos que diferenciaban una unidad de tiempo de la siguiente. Cuando no sucedía así, las unidades de tiempo eran idénticas, y según su principio de la unidad de los indiscernibles, eran lo mismo, por tanto el tiempo no había transcurrido.

El tiempo absoluto de Newton era, en principio, compatible con la idea lineal o cíclica del tiempo. El geólogo escoces James Hutton se basó en la idea de Newton para desarrollar su teoría de los ciclos geológicos que se repetían de forma indefinida. Pero la síntesis del tiempo absoluto con la concepción lineal de la historia forjó la concepción moderna del tiempo.

Según esta teoría moderna del tiempo, este no solamente es independiente de los sucesos que ocurren en él, sin que, conducido por la flecha que la lleva la historia hacia su final, determina a los propios acontecimientos. La expresión moderna de aquellos que se escandalizan ante sucesos que les parecen retrógrados y que no “deberían” ocurrir, “!!que en pleno siglo XXI ocurran estas cosas¡¡” refleja perfectamente esta visión del tiempo.

Según esta teoría moderna del tiempo, este no solamente es independiente de los sucesos que ocurren en él, sino que, conducido por la flecha que lleva la historia hacia su final, determina a los propios acontecimientos. La expresión moderna de aquellos que se escandalizan ante sucesos que les parecen retrógrados y que no “deberían” ocurrir, “!!que en pleno siglo XXI ocurran estas cosas¡¡” refleja perfectamente esta visión del tiempo.

Dugin, basándose en Heidegger, impugna esta concepción del tiempo. Para Heiddgger el ser humano es el Dasein, (el Ser-ahí). El Dasein no es determinado por el tiempo, sino que a la inversa, el Dasein determina al tiempo. Imaginemos un ser vivo racional y consciente, pero que viviera menos de un año. No vería las estaciones como un ciclo que se repite, sino como una flecha que avanza hacia un “estado final”. Si viviera de verano a invierno, su flecha del tiempo coincidiría con el enfriamiento, e imaginaría una “etapa final” de la historia fría y nevada. Si viviera de invierno a verano su flecha del tiempo coincidiría con el calentamiento, y vería el “final de la historia” como algo tórrido.

Para Dugin el tiempo es reversible y socialmente dependiente. Es cierto que en nuestra sociedad es lineal, progresivo y acelerado. Pero son perfectamente imaginables otras sociedades donde el tiempo sea cíclico o incluso regresivo.

La ontología de Heidegger

Muchos de los elementos teóricos de la CTP que desarrolla Dugin están fundamentados en la ontología de Heidegger. La filosofía de Heidegger, expuesta en su obra capital Ser y Tiempo, es compleja y abstrusa, y gira en torno del concepto de Ser. Para Heidegger, en los inicios de la filosofía occidente, en Grecia, se produjo un error fundamental: la de considerar al Ser únicamente como la razón suficiente del ente. Este “olvido del Ser” está presente en toda la historia intelectual de occidente, y acaba dando lugar a la técnica, que es “metafísica realizada”.

El ser humano es, para Heidegger, el “pastor del Ser”, pues es el Dasein (el Ser-ahí). Pero el Dasein puede ser de dos maneras: autentico o inauténtico (das Man). Dugin insinúa, aunque solo como posibilidad, que el Dasein pueda ser el sujeto de la CTP, pues el Dasein autentico es plural, y cada pueblo, cultura o civilización tendrá su propio Dasein.

La posmodernidad, que Heidegger no vivió, sería el olvido final del Ser, donde la “nada”, el nihilismo, empieza a aparecer por todas sus fisuras. El Dasein auténtico desaparece en su pluralidad, y aparece el inauténtico, el Das Man, representado por una civilización global, idéntica en todas partes.

Pero Heidegger deja una puerta abierta a la esperanza cuando habla de das Ereignis, el “acontecimiento”, para describir el regreso repentino del Ser. Dugin recoge esta idea cuando nos dice que en el corazón de la CTP, en su centro magnético, se encuentra la trayectoria y la esperanza de este Ereignis, “el Evento”, que se acerca. Encarnará el regreso triunfal del Ser, justo en el momento en que la humanidad de haya olvidado completamente de él.

En este punto, algo utópico, de su pensamiento, Dugin imagina un retorno del Ser, una reactivación del Dasein auténtico en su pluralidad y una retirada del Das Man. Por eso nos dice también que la lucha contra la Globalización (Das Man) debe hacerse desde una tradición cultural concreta, que, en su caso, es la rusa. Este regreso del Ser no se manifestaría en la reactivación de los Estados-nación, sino en la organización del mundo en Grandes Espacios que coincidirían con las civilizaciones, las cuales a su vez coinciden con la distribución de las religiones.

La geopolítica de los Grandes Espacios

La idea de que los auténticos sujetos de la historia son las grandes civilizaciones no es original de Dugin. Fue defendida por Toybe es su libro Estudio de la Historia, y ha sido actualizada por Huntington con su tesis sobre el choque de civilizaciones.

La novedad de Dugin es que considera a las civilizaciones como la base de una posible superación, en el futuro, de la globalización, a partir de los “grandes espacios”. Serían conjuntos de naciones, unidas por una civilización común y por unos intereses geopolíticos y geoestratégicos. Los grandes espacios son imaginados por Dugin a la manera de los Imperios, con un Centro soberano, pero con una amplia descentralización de los territorios que permitiera aplicar el principio de subsidiariedad, es decir, nada que pueda ser administrado a un nivel debe hacerse a un nivel superior.

Dugin se refiere especialmente a dos grandes espacios que le son próximos: uno sería Eurasia, con su centro en Rusia. Otro seria la Unión Europea. El Dasein de Eurasa sería la civilización cristiano-ortodoxa. Con respecto a la Unión Europea hay que hacer unas matizaciones importantes. Para que esta fuera realmente un Gran Espacio de los imaginados por Dugin tendría que ser fiel a su Dasein, cosa que evidentemente no es así. Liberal desde sus orígenes y vanguardia del neoliberalismo en la actualidad, la Unión Europea es concebida únicamente como un espacio de librecambio comercial, donde se aplican las normas del neoliberalismo más ortodoxo, y como un espacio “político” para la plena realización del postindividuo.

Además la dependencia política y militar de la UE respecto a los Estados Unidos y al atlantismo le alejan de la soberanía imprescindible para poder hablar de un gran espacio en el sentido duginiano del término. El hecho de que la UE se plantee la integración de Turquía, país absolutamente ajeno al Dasein europeo, tanto por su cultura, su religión o su situación geográfica confirma lo que estamos diciendo. La penosa actuación de la UE en la crisis de Ucrania, mostrando su absoluto seguidismo de los intereses estadounidenses es otro argumento a nuestro favor. Los intereses geopolíticos de Europa aconsejan a esta una alianza con Eurasia, y por tanto la UE está actuando en contra de los intereses de Europa.

Es sintomático que la UE este liderada por Alemania, país absolutamente “nuevo”, destruido no solo física, sino espiritualmente después de la II Guerra Mundial y moldeado a imagen y semejanza de sus ocupantes ingleses y americanos, y a su vez liderado por una excomunista reconvertida al neoliberalismo más “ortodoxo”.

La CTP desarrollada por Dugin y otros autores es un elemento imprescindible para todos aquellos que no nos sentimos a gusto en la decadente y putrefacta sociedad occidental. Es también una apuesta de futuro y una gimnasia intelectual estimulante que permita superar caducos “antifascismos” y “anticomunismos” en un mundo donde el fascismo y el comunismo han dejado de existir realmente, y en el que el único enemigo a abatir es el neoliberalismo, convertido en “nueva razón del mundo”.

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