Capitalismo y modernidad: separando los conceptos

MODERNIDAD CAPITALISMO

por Esaúl R. Álvarez – Desde los posicionamientos anti-capitalistas convencionales -autodenominados revolucionarios [1]- advertimos una ampliación del concepto de capitalismo, trascendiendo progresivamente lo referido al orden económico y al sistema de producción para entrar de lleno en lo social, lo comunitario y lo relacional. Siendo esto sin duda necesario y muy de agradecer, pues supone una clara superación del reduccionismo teórico y un alejamiento de las definiciones descriptivas y contextuales del capitalismo a que nos ha acostumbrado durante décadas el marxismo intelectualista, nos parece sin embargo insuficiente pues el capitalismo se ancla en supuestos ideológicos mucho más profundos de lo que habitualmente se supone.

El capitalismo -con todo su magno proyecto de re-ordenación de la sociedad- es solo la cara más visible -y material- del desastre moderno, el cual es fundamentalmente de carácter espiritual. Consideramos que el capitalismo se arraiga profundamente en la desviación que supone la modernidad pero no puede ser identificado por completo con la misma en tanto se sitúan en diferentes niveles de realidad. La ‘desviación’ que implica la modernidad posibilita el capitalismo de modo que la modernidad es algo más amplio y profundo -pero también más vago y difuso- que el capitalismo mismo.

Como decimos el punto de vista propio de la modernidad es de carácter anti-espiritual e implica un posicionamiento marcadamente anti-metafísico. El capitalismo, si bien se nutre de este posicionamiento anti-tradicional no lo hace explícito ni lo argumenta, no lo necesita, pues sus objetivos son otros: la conformación de una sociedad invertida en los principios que la rigen.

Y, dado que es perfectamente imaginable un futuro post-capitalista en que sin embargo los sueños, deseos y ansias de la gente por el individualismo, la insolidaridad y el hedonismo más chusco y materialista como única meta en la vida permanezcan inalterados, el fin del capitalismo presente no implica per se el fin del paradigma moderno que lo ha originado, a no ser que se produzca simultáneamente un cambio profundo en las mentalidades.

Por lo tanto dos conclusiones nos parecen necesarias:

  • es un error identificar el capitalismo con el único enemigo -como a veces se hace desde ciertos discursos de la izquierda-, así como tomarlo por el enemigo completo. Es lógico que las ‘izquierdas’ así lo hagan pues son modernas de vocación y convicción. Por otra parte lo mismo puede decirse al respecto del liberalismo, pues es perfectamente posible un capitalismo no-liberal, como de hecho han existido modelos y propuestas en este sentido históricamente. Discutir si el capitalismo liberal ha triunfado debido a razones ontológicas -su esencia ideológica está más cerca del núcleo paradigmático de la modernidad- (como sostiene Dugin) o tan solo a razones circunstanciales inscritas en el contexto histórico sería tema de otro debate.
  • es un error asimismo tomar el capitalismo por un enemigo externo, ajeno y al margen de nosotros. No puede serlo porque el capitalismo es una construcción social no un ente con existencia propia, y como tal construcción existe por convención, es decir, se apoya y sustenta en una subestructura cognitiva de creencias, ideas, emociones y expectativas muy profunda, interior a nosotros mismos, que no es “capitalismo” sino que es el núcleo mismo del paradigma de la modernidad, como a continuación veremos.

Si reflexionamos sobre el modo en que el capitalismo construye las relaciones humanas es fácil reparar en que tales relaciones se sustentan en un modo particular de ver y entender el mundo, modo de ver el mundo que no es sino la extensión del ‘punto de vista profano‘ a todos los ámbitos de la existencia y que identificaremos más concretamente con la ‘desviación moderna’.

Sin la imposición de este ‘punto de vista profano’ sobre todos los órdenes, sin su penetración en el alma humana hasta alterar la mirada del hombre, el capitalismo no existiría siquiera como posibilidad pues carecería de la base ideológica y emocional necesaria en que germinar y desarrollarse. Dicho de otro modo la modernidad es el tronco y el capitalismo es su vástago, de modo que careciendo de éste vástago, la modernidad daría lugar a otro.

Así cuando profundizamos en las raíces ideológicas del capitalismo descubrimos que lo que subyace a este no es una relación de producción ni una relación de trabajo sino que estas vienen ocasionadas por un modo de ver y sentir el mundo, modo de ver que no es más que un posicionamiento metafísico, o mejor dicho en este caso, un posicionamiento anti-metafísico.

***

Para comprender esto debemos explicar brevemente en qué consiste el ‘punto de vista profano’ propio de la modernidad.

Digamos en primer lugar que el paradigma moderno se caracteriza ante todo por su ‘giro anti-metafísico’. Giro que, al modo del ‘giro copernicano’ en las ciencias, supuso un cambio de paradigma entre el modo de ver el mundo anterior y el posterior. Este ‘giro anti-metafísico’ consiste básicamente en lo que hemos denominado ‘punto de vista profano’, es decir la negación de todo carácter sagrado en cualquier aspecto de la realidad. La extensión de semejante ‘punto de vista profano’ a todos los ámbitos de la vida humana supuso un cambio radical en el modo de relacionarse el hombre con su entorno y es esta alteración de la relación hombre-mundo lo que está en el origen del capitalismo.

Impuesta esta desacralización forzosa de la realidad el mundo se convierte en mero objeto carente de identidad y fin propios, así como de derechos, listo para ser reconvertido en mercancía. Lo que hay detrás del capitalismo es en el fondo una cuestión espiritual: la profanación y des-animación el mundo.

Hemos dicho que la modernidad implica en sí un giro ‘anti-metafísico’. Hay que advertir que la pregunta por la metafísica no es, como suele decirse, la última pregunta a que debe enfrentarse el hombre, por el contrario es la primera y más fundamental -en el sentido estricto del término- de todas, pues dependiendo de la respuesta que se de a la misma el hombre se encuentra ante una realidad u otra.

En el caso de la modernidad hay algo más que una evitación de la pregunta, hay una consciente y voluntaria negación de la cuestión metafísica con la intención de construir su realidad en base exclusivamente a la dimensión humana. Con esta negación de cualquier principio superior lo que ha conseguido la filosofía de la modernidad es, aparte de ignorar una buena parte de la realidad, hipostasiar toda una serie de constructos de nueva creación.

Entre todas las hipóstasis y mistificaciones que la modernidad ha generado ninguna como la que concierne a la subjetividad. La hipostatización extrema del sujeto causa una separación absoluta entre este y el resto de realidades, esto origina el establecimiento de una nueva relación sujeto-realidad. Creemos que con la modernidad esta separación, este alejamiento entre el yo y el mundo se hace insalvable, extremo y radical. El yo pasa a ser así el único sujeto de derecho ontológico por así decir, mientras el resto de la realidad queda rebajada a ser objeto pasivo, negándosele todo papel como interlocutor. Cuando la única subjetividad es la propia no solo hay una intolerable mistificación del ego propio -el egoísmo- sino una degradación ontológica de todo lo demás, de todos los seres y realidades sin excepción. Al robarle al mundo su subjetividad y cosificarlo, el hombre pierde cualquier posibilidad de interlocución con la realidad, queda escindido de ella, separado irremediablemente. El sujeto moderno ya no está incluido en el mundo sino fuera de él, la realidad ya no es un espejo que refleja su alma sino que es una cosa ajena, lista para ser usada.

Vemos aquí que el carácter profanador y desacralizador de la modernidad es su esencia misma, se trata de robar al mundo su alma 2. Desde la filosofía antigua se diría que constituye un ataque contra el Anima Mundi. Así mientras toda cultura tradicional enseña al hombre a no identificarse con el espejismo del ego, la modernidad nos invita a lo contrario, a que el ego se imponga como único señor sobre toda la realidad.

Es este modo hipostasiado y alienado de tratar con la realidad lo que nos impone la mirada de la modernidad. Y es este modo de mirar lo real la base epistemológica que posibilita el capitalismo.

Como vemos la negación de la metafísica es un posicionamiento consciente que tiene consecuencias en la forma de ver y entender -y por tanto de construir- la realidad. Esta negación metafísica ha tomado a menudo la forma del ‘odio a Dios’.

Curiosamente, una vez destruido todo vínculo profundo con la realidad externa al sujeto surge la percepción de peligro, quizá fruto de que el mundo deja de ser hogar para empezar a ser campo de batalla. Esta percepción de peligro está en la raíz de la visión conservadora de la vida que atraviesa toda la modernidad desde su origen y se encadena de manera lógica tanto con el proyecto de control social que acompaña a la modernidad como con los ideales materialistas y acomodaticios burgueses.

Hay algo aquí verdaderamente sutil y profundo y es que la modernidad -y su corolario el capitalismo- se sostiene sobre la percepción de peligro -una construcción psicológica y subjetiva curiosamente-. Percepción de peligro y riesgo que es el motor real del capitalismo. En el fondo este loco afán hecho de deseos egoístas y de avaricia, no es más que el intento desesperado del ego -ese espejismo- por ser, por permanecer, sabiéndose efímero. Esta búsqueda de seguridad sumergiéndose en la materia es a todas luces la declaración de la no-aceptación de su contingencia.

***

Hemos identificado una primera causa del orden capitalista y esta causa es un desequilibrio profundo en el alma del hombre, desequilibrio que favorece una escisión abismal entre el yo y los otros -o lo otro en sentido amplio-. Este desequilibrio es, antes que causado por unas relaciones sociales determinadas, la causa de las mismas.

En efecto sin tal desequilibrio profundamente inscrito en el alma del hombre, el capitalismo no tendría lugar, sería una imposibilidad manifiesta. Si damos la vuelta a este argumento encontramos que el capitalismo se origina en las profundidades del alma humana y se nutre de sus debilidades y enfermedades, debilidades y enfermedades que ensucian la mirada del alma y le impiden ver la realidad de otro modo que como una batalla entre yo y el mundo.

Y por esta razón el fin del capitalismo pasa por la restauración de la salud del alma del hombre, restauración que implica abandonar la perspectiva desviada de la modernidad que impone el ego sobre toda la realidad para reconstruir la relación hombre-mundo. Y esta re-construcción pasa como hemos dicho tantas veces por la recuperación de la noción de alma y la concesión de que lo otro, aquello que no-es-yo es también un interlocutor. La noción de alma volverá a situar al hombre dentro del mundo y no fuera de él como le ha situado la modernidad.

[1] El empleo del término revolucionario es bastante problemático -se habla incluso de revoluciones conservadoras (¿?)- y el uso del término -al que a menudo se acude como si de un fetiche se tratara sin la más mínima intención de acotarlo, definirlo o justificarlo pero que sirve para legitimar cualquier discurso en que se encuentre- por parte de movimientos anti-capitalistas e incluso anti-modernos es una muestra de hasta qué punto la inmensa mayoría de los planteamientos alternativos de hoy día chocan de frente con una seria limitación del lenguaje teniendo que emplear los términos fetiche de la propia modernidad para definirse y construir su imaginario. Recordemos únicamente que lo realmente revolucionario es la modernidad.

[2] No es este el lugar para extenderse sobre ello pero puede relacionarse lo que decimos con el debate delirante que arrastra la modernidad desde sus orígenes acerca de la ‘conciencia’ animal. Análogo es el asunto últimamente de moda de reivindicar ciertos ‘derechos’ para algunas especies animales -¡ni siquiera para todas!-, que son aquellas que más se nos parecen… Estos derechos que se plantean como un avance y un progreso son una extensión de privilegios humanos concedidos por los mismos hombres a otros seres, como una especie de dádiva, como si el hombre tuviera realmente una potestad sobre ellos. Todo ello constituye una visión profundamente aberrante del orden natural.

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