Familia y política

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoDecía Russell Kirk que detrás de toda política se oculta la pregunta por el sentido de la vida del hombre. Por eso en la época actual, materialista hasta los tuétanos, prima fundamentalmente lo económico y en la política del día a día se habla casi siempre de economía.

Los economistas devienen hombres políticos y los políticos agachan las orejas abdicando de su función y otorgando a los economistas un poder que no deberían tener. Las decisiones políticas son suplantadas por medidas de gestión económica.

Las funciones monetaria y financiera no recaen en el Estado, ni siquiera como árbitro para evitar los desmanes del mercado, sino que todos aceptan sin demasiada discusión que el Estado no debe inmiscuirse en el modo en el que ciertas fuerzas, a las que nadie ha elegido, hacen de la política monetaria y financiera.

Y ello pese al enorme potencial de estas dos fuerzas para la destrucción de vidas y haciendas de millones de personas. Este materialismo político, transformado en fuerza de organización social, tiene su raíz en el materialismo antropológico, de la misma manera que en el esquema marxista el materialismo dialéctico es la raíz del materialismo histórico. Ya se ve que hay poco de nuevo bajo el sol.

Las diferentes formas que adopta el materialismo antropológico pueden verse en el hedonismo social, en el materialismo biológico o naturalismo de la ciencia moderna y en el materialismo cultural como fundamento de la propia cultura. Como forma más elaborada de todo ello tenemos el denominado materialismo filosófico.

La consecuencia inconfesable de todas estas formas de materialismo radica en contraponerse a la forma de vida tradicional, inspirada universalmente en principios trascendentales, religiosos y no materialistas, a fin de destruirlos para poder dirigir ideológicamente a la sociedad. Así, frente a la tradición gestada por el devenir  histórico, como depósito provindencial del saber multisecular de las comunidades humanas, se yergue la construcción mental del ideólogo. No es de extrañar por tanto que todo lo que se opone a la ideología dominante carezca de importancia y resulte arteramente ninguneado.

La familia “tradicional”, mayoritaria tanto sincrónica como diacrónicamente, base de nuestro orden social y garantía del mismo, constituye un obstáculo de primer orden para la nueva sociedad -utópica y absolutista- que aspira a sustituir las más sólidas referencias humanas por lazos contractuales.

En el mercado global -como forma política hegemónica- no pueden esgrimirse compromisos familiares para evadir la deslocalización de empresas, la inmigración, la flexibilización laboral, etc. Dentro de este esquema, las formas de matrimonio contraídas “para siempre” resultan mucho menos adecuadas que aquellas que se contraen bajo la forma de un contrato rescindible.

Así, como todos asumen los mandatos del mercado es lógico que a nadie le importe el destino de la familia “tradicional” si no es como elemento retórico. Que las consecuencias de esta actitud sea un error de enorme calado que pagaremos todos ya es otra historia. Pero las ideas tiene consecuencias determinadas, no solamente consecuencias sin más.

En el caso que nos ocupa, si no se apoya a la familia “tradicional” porque se cree en su inutilidad o en la posibilidad de sustituirla por formas “alternativas”, se genera un problema de primera magnitud; más exactamente de magnitud histórica, tal y como sucede en los países más “avanzados”.

En estos países las familias cuando, pese a la presión en contra, pueden constituirse, devienen desestructuradas o se rompen con suma fragilidad con las consecuencias que todos sabemos para los hijos, criados en un entorno de relativismo sin valores. Esa carencia de familias viables, perseguidas tácitamente desde el propio Estado, implica un envejecimiento demográfico que invierte la pirámide de población, con las repercusiones que todos sabemos sobre el sistema de pensiones, la población productiva, etc.

Este es a vuela pluma el esquema de ideas al que corresponde la situación en nuestro país y en todo Occidente. Pese a la retórica en uno u otro sentido, en España la familia sufre enormes presiones en contra, en primer lugar, desde el Estado, que la asfixia a impuestos y, lo que es peor, la engaña al modo del palo y la zanahoria: promete medidas y más medidas para que todo siga exactamente igual.

En segundo lugar, desde la clase política. Para la derecha más purista, la familia es una “prioridad” pero eso no ha implicado nunca el mínimo resultado. Para la izquierda en bloque, la familia es una “opción” de tipo contractual que, como es lógico, no es “para siempre” sino que puede romperse en todo momento por la razón que sea, o constituirse dentro de uno de los conocidos modelos “alternativos”.

El resultado es que los vínculos comunitarios -familiares, enraizados en la tierra y en la historia- se convierten en vínculos societarios que pueden romperse a voluntad. Una nación constituida de esta manera es una sociedad en trance de morir a medio plazo. Por eso no se habla de “pueblo español” sino de “ciudadanos” o de “población” sin más: las categorías históricas son sustituidas por categorías contractuales de tipo administrativo (ciudadanos) o meramente cuantitativas (población).

Por todo ello, es importante subrayar que la reivindicación de la familia “tradicional” implica una ruptura radical con la manera en la que hoy se entiende la nación y el Estado. Esto equivale a su vez a una ruptura con el objeto mismo de la política moderna: el bienestar económico y la producción. De otra manera, todo seguirá igual y caminaremos por la cada vez más angosta vía de la muerte del pueblo.

Fuente: ESD

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