Guerra de palabras

LENGUAJE PERCEPCION CONCIENCIA

por Esaúl R. ÁlvarezGuerra de palabras (I): la retórica de la postmodernidad y el despojamiento del lenguaje

Haven’t you heard it’s a battle of words? The poster bearer cried.
Listen son, said the man with the gun,
There’s room for you inside.
Pink Floyd, ‘Us and them’ (del álbum ‘The Dark Side of the Moon’)

Para la estrategia de reproducción de la postmodernidad, signada ante todo por la ausencia de toda permanencia y de todo límite, el dominio del lenguaje -y su consecuente manipulación- posee una importancia capital. Es claro que la aceptación del actual (des-)orden social e individual y el grado de obediencia al mismo será mucho más acabado y perfecto, armonioso y sin fisuras por parte de los ‘ciudadanos’ si éstos asumen y adoptan para sí la forma de pensar del propio sistema como si de una segunda naturaleza se tratase. Han de interiorizarla, sentirla como propia y no como algo impuesto, para de este modo integrarla en su propio modo de pensar y de sentir, más aún que de vivir. Así por ejemplo el capitalismo crea mediante diversos subterfugios psicológicos -como son el complejo de atraso o la ambición mefistofélica- el terrible deseo que mueve inexorablemente al ciudadano moderno -nunca conforme con nada, siempre infeliz- al torbellino infinito del consumo.

Para este orden que alienta y explota las debilidades humanas y que no permite al hombre nunca aceptarse como es, manteniéndole siempre inconforme y deseando ser otro, la más peligrosa disidencia es aquella que se da en los órdenes del pensamiento y el sentimiento pues un hombre dueño de sí, conocedor de sus emociones y límites será infinitamente más difícil de someter y dirigir. De hecho un hombre idealmente feliz sería por completo ajeno a la fiebre consumista. El orden moderno requiere entonces para mantenerse de hombres apocados, miedosos, acomplejados, atormentados en su interior, de obediencia fácil porque carezcan de metas e ilusiones, que se dobleguen siempre a la voz de mando del televisor. La disidencia interior -que se sitúa en el nivel anímico- es la disidencia fundamental, la única que puede conducir a una resistencia sostenida, apoyada en el convencimiento profundo de que otro mundo es posible y no en el deseo pasajero, que siempre puede ser desviado por la sociedad-espectáculo hacia algún sucedáneo anestesiante -piensese en el uso del sexo o la droga como ‘evasores’, ejemplos extremos de ello en nuestra sociedad-. Por el contrario si pensamiento y emociones siguen el curso actual, teledirigidos desde el poder, toda alternativa a este orden será en la práctica imposible incluso de imaginar.

La ‘guerra de palabras’.

Estamos por tanto ante una auténtica guerra en el campo de las ideas, cuyo objetivo es hoy más contagiar sus valores a través de las emociones que convencer mediante ‘razones’. Y puesto que el habla es el vehículo natural de las ideas, el lenguaje se convierte así en el campo de batalla donde se trata de doblegar las escasas resistencias que aún existen al discurso de la modernidad. Por tanto es justamente en el orden del lenguaje, herramienta única que hace posible el pensar y el imaginar, donde se libra la gran batalla, psicológica e ideológica [1], y donde puede quebrarse por parte del poder la última y más profunda resistencia presentada por parte de individuos y comunidades. Si, por medio de esta minuciosa operación de adulteración, el lenguaje es definitivamente re-diseñado, toda alternativa al orden actual será por completo imposible tanto de pensar como de comunicar.

Esto es algo que las ciencias sociales modernas -la economía, la psicología y la sociología-, que han tratado de justificar de forma pretendidamente científica, de naturalizar y de dar legitimidad moral al liberalismo y al cientifismo desde su mismo origen, han comprendido a la perfección. Y por ello se han aplicado hacia la creación de una verdadera neo-lengua que se corresponda plenamente con esta nueva sociedad que ellos re-diseñan, neo-lengua en la que numerosas palabras son de nueva creación mientras otras muchas ya existentes se han visto desplazadas de su contexto y profundamente adulteradas en sus significados verdaderos y originales. [2] Para empezar cabría citar el mismo concepto de psicología, al cual no hace honor la disciplina académica que se ha adueñado de él.

En esta ‘guerra de palabras’ algunos términos se ven especialmente perjudicados, mucho más que si fueran simplemente olvidados o prohibidos; son aquellos que, habiéndose ubicado cerca del núcleo del paradigma anterior -el paradigma tradicional- o siendo referencias obvias al mismo, son re-utilizados ahora como armas de propaganda por la nueva retórica de la postmodernidad, para lo cual deben ser re-definidos. Para lograr lo cual dichos términos han de ser despojados mediante razonamientos particularmente insidiosos y artificiosos de sus significados originales y recibir otros nuevos.

Encontramos aquí de nuevo ese carácter de la modernidad que ya describimos anteriormente como ‘cultura del palimpsesto’, aquí aplicado al lenguaje: se trata de un vaciado sistemático de ciertos significados. Un procedimiento de vaciamiento y adulteración, que haga posibles los ‘nuevos usos’ de esas palabras. El borrado -u olvido- del significado original de una palabra tiene un doble efecto:

  • por una parte deja la palabra ‘hueca’, lista para ser ‘inoculada’ para portar así un nuevo significado estratégicamente relevante, el cual debe preferiblemente ir asociado a emociones básicas (como esperanza, miedo, etc.).
  • por otra parte priva al anterior significado de su vehículo de transmisión propio, que también es el vínculo que le une con la realidad, mediante el cual podía ser expresado y comunicado en el mundo de los hombres. Es decir, al ser privado de la palabra que le servía de soporte, el antiguo significado enmudece, pasa a ser invisibilizado y poco a poco deja simplemente de existir.

Es así que la modernidad ha creado un nuevo discurso, su particular neo-lengua, que puede calificarse sin lugar a dudas de revolucionaria -pues ha revolucionado en primer lugar el lenguaje, alterando muchos de sus términos y significados-, apoyada en primer lugar en la re-significación y adulteración constante de muchos conceptos por parte de las disciplinas universitarias. Esta neo-lengua hace uso de una nueva retórica que posee un amplio abanico de lugares comunes, de referentes habituales, de razonamientos propios -basados en burdas groserías lógicas-, y que cuenta incluso con sus propios dogmas y axiomas irrebatibles que no se puede osar cuestionar.

El objetivo de todo ello es limitar la capacidad de imaginar de los sujetos, cerrar sus horizontes y dirigir indirectamente su pensamiento, pues el lenguaje es la herramienta privilegiada que hace posible hablar y comunicar, pero también soñar e imaginar.

Va produciéndose así un progresivo obscurecimiento del lenguaje que cada vez parece más incapacitado para alcanzar -y remitir a- las realidades sutiles. Al verse empujado a lo prosaico el lenguaje va perdiendo su capacidad referencial y simbólica respecto de los planos superiores y con ello su valor de encantamiento. Contra lo que se suele pensar desde el punto de vista profano, ahíto de un progresismo y un evolucionismo infantiles, el lenguaje es ahora mucho más materialista que en sus orígenes pues como decimos ha visto profundamente mermada su cualidad simbólica y alegórica, que es precisamente lo que le hace ser portador de verdades de un orden sutil más-que-material.

Sin duda esta cualidad es intrínseca por naturaleza al lenguaje mismo y es imposible extirparla por completo -el espíritu sopla donde quiere-, pero desde luego sí es posible impedir que se manifieste en la práctica cotidiana del hablar, el pensar y el imaginar. Es decir, se trata de un proceso de ocultación de la verdad -algo a lo que ya se refirió, y con esta misma expresión justamente, Heidegger-, de oscurecimiento, de alejamiento del origen, de penetración en las tinieblas: el materialismo como horizonte único vital. Se diluye aquí la posibilidad de encantamiento del mundo tan propia de la poesía [3], irremediablemente dañada por la vulneración del lenguaje mismo que ya solo sirve para lo prosaico. El empleo de un discurso público cada vez más vulgar, apegado a lo terrenal y menos bello, es una buena prueba de la mediocridad en que la modernidad quiere sepultar el lenguaje y con él toda la realidad… y es que al capitalismo no le gusta la poesía -que siempre ha sido vehículo privilegiado de lo numinoso-. Y siendo la poesía el lenguaje propio de los ángeles y los profetas, hay en este fenómeno algo mucho más serio de lo que podría parecer a simple vista.

Es importante no olvidar que el lenguaje es el más sutil y persuasivo instrumento de ideologización e implantación de ideas, y por lo tanto de dominación. En las últimas décadas este proceso ha tomado una relevancia máxima particularmente perceptible en la formación de una nueva clase política en el mundo occidental, clase política que no son ya ni líderes populistas ni tecnócratas-gestores sino ante todo actores, lectores y portavoces cuya función es poner voz y cara a un discurso que ellos en absoluto crean pero que sin duda comparten y al cual sirven, discurso que es aquel que debe ser escuchado. Hacemos aquí énfasis en esta categoría social de los políticos por la sencilla razón de que su cometido es, junto con los mass-media, transmitir y comunicar lo que se debe pensar.

Digamoslo claramente: estamos ante una estrategia de aculturación masiva y premeditada, sutilmente diseñada para lo cual son necesarios amplios equipos de técnicos y expertos, sobre todo de las ramas sociales -sociólogos, psicólogos, etc…-. El papel que la intelectualidad progresista -los marxismos de los ’60 por ejemplo- ha jugado en la creación e implantación de esta neo-lengua como monodiscurso a nivel mundial nunca será lo suficientemente denunciado. Una estrategia de implantación que en las últimas décadas ha sido conscientemente estudiada, diseñada y puesta en práctica por la anti-élite neoliberal -que ha recogido el testigo de los marxismos intelectualistas de la academia universitaria- que actualmente goza de máximo prestigio y ocupa todos los núcleos de poder de la sociedad occidental y marca su rumbo. Anti-élite que otorga un peso muy notable a la ‘imagen’ en tanto que apariencia y simulacro -no en tanto que símbolo-, al cómo más que al qué, a lo exterior más que a lo interior, y al discurso y la retórica como herramientas de aculturación y dominación encaminadas al sometimiento del hombre.

En el fondo, teniendo en cuenta que se trata de un magno proyecto de ingeniería social, todo esto no se diferencia mucho de las trabajosas campañas de propaganda que los comunistas ponían en práctica a fin de ideologizar en el marxismo a sus masas de trabajadores, que eran su ‘público objetivo’ en términos de la neo-lengua moderna, para lo que habían de lograr renovar todo su vocabulario -y con ello su modo de pensar- hasta que pasaran de simples obreros a proletarios con conciencia de clase, y de hombres y mujeres explotados a camaradas de la revolución. Solo que ahora la ideologización es mucho mas sutil. Ciertamente el adoctrinamiento es ahora mucho más pasivo gracias a la gran industria audiovisual, pilar fundamental de la educación postmoderna, de manera que no se requiere ya de ningún esfuerzo consciente por parte del sujeto ‘a (re-)educar’: ya no es necesario leer todos esos indigestos manuales sobre la lucha de clases y la revolución, con todas esas teorías absurdas sobre el hombre, basta con ver una sesión de informativos o una película de ficción…

La guerra de despojamiento que dirige la modernidad contra una herencia social y cultural de miles de años se libra en todos los frentes. En el material sin duda expoliando, desde legalidades impuestas, los recursos a todos los pueblos y obligándoles a sobrevivir bajo un nuevo orden material y social, capitalista y colonizador, con horarios y modos de vida antinaturales de los que es imposible ‘liberarse’. Pero también se libra la batalla en el frente mental imponiendo a través de una severísima y monolítica propaganda las ideas y los gustos más convenientes para que los individuos se conformen y se plieguen a la realidad del nuevo orden y la sientan, si no como absolutamente buena y deseable, al menos como algo inevitable -aquí, dicho sea de paso, juega un papel central la naturalización de nociones como historia y progreso-.

Por todo ello, como ya hemos propuesto en otras ocasiones, la lucha contra el paradigma moderno y liberal debe ser en primer lugar establecida en el plano de las ideas, toda alternativa real al orden impuesto por la modernidad debe comenzar a construirse no desde la acción sino desde el ámbito del pensamiento. Ámbito cuyo estado es hoy por hoy verdaderamente desolador, pues hasta los mismos que pretenden oponerse a muchas de las realidades particulares y especificas con que nos horroriza el capitalismo, comparten sus presupuestos ideológicos y morales más profundos -competitividad, progresismo, individualismo, etc…-, es decir forman parte de su mismo paradigma moderno.

Debe tratarse entonces de estructurar un discurso verdaderamente alternativo, lo que se puede describir gráficamente como transversal u ortogonal al discurso y a la retórica actualmente normativos. Buscar tales alternativas pasa en primer lugar por resistir la ocupación y colonización del alma del hombre que la modernidad pretende, último bastión de su libertad, y para ello es imprescindible rescatar el lenguaje y la imaginación de donde ahora están, recuperar el valor de las palabras, reivindicando su valor de verdad y su papel como llaves privilegiadas con las que construir el mundo.

Esta necesidad de variar en lo posible el campo de batalla desde el que combatir la modernidad obedece además a razones que podríamos denominar estratégicas. En primer lugar la reapropiación, por parte de los colectivos o comunidades que pretendan construir un nuevo orden, de los recursos comunes expropiados y concentrados por parte de las fuerzas capitalistas durante los últimos casi tres siglos revirtiendo el proceso de concentración de capital, es inviable al menos a corto plazo. En segundo lugar porque, aunque tal reapropiación de los recursos tuviera lugar no llevaría a ninguna realidad diferente si se siguieran manteniendo -y compartiendo- los mismos principios ideológicos -una vez más usamos la palabra en su sentido profundo- que son los ordenadores de toda la sociedad y que dieron lugar a la anormalidad moderna, pues con iguales materias primas resultaría sin duda imposible construir un edificio diferente en sus fundamentos.

[1] En el sentido exacto del término, que se refiere al orden de las ideas.
[2] Desde el punto de vista moderno, radicalmente relativista, se nos podría objetar que todo lenguaje es una convención, y lo es en parte, pero que el lenguaje suponga en la práctica un cierto grado de convención no implica que este sea arbitrario. Además tal criterio relativista supone un desprecio absoluto por la verdad, noción de verdad que se expresa, como ya advirtiera Heidegger, en la búsqueda del origen de una palabra a través de su etimología.
[3] Recordemos que según algunas tradiciones Adán, el primer hombre, hablaba en verso.

Guerra de palabras (II): Razón e Intelecto

Pueden citarse abundantes ejemplos de términos que han visto alterado o pervertido su significado original pero nos referiremos a unos pocos que consideramos más determinantes por vincularse en su origen a concepciones tradicionales de las cuales han sido completamente alejados por la ‘retórica moderna’, hasta el punto de que si nos atenemos al uso habitual que de ellos se hace en la actualidad pasarían por términos perfectamente profanos.

En realidad este es el objetivo último de toda aquella magna operación de lavado del lenguaje que hemos descrito y que pasa ante todo por re-significar las palabras con el fin de profanarlas, es decir privarlas de su sentido sagrado -que les es extirpado con objeto de impedir que se pueda hacer referencia al mismo- y rebajarlas a un marco exclusivamente profano, mundanal, donde sean susceptibles de ser utilizadas como armas de propaganda según los objetivos estratégicos o intereses particulares del momento.

Así ocurre por ejemplo con términos como ideología o filosofía que están realmente alejados de lo que etimológicamente significan por lo que quedan profundamente mermados en su capacidad de captar y modificar la realidad.

La palabra ideología -de la cual intentaremos ocuparnos en alguna ocasión futura-, que literalmente debería referirse a la ciencia de las ideas, ha sido tan burdamente manipulada por los más diversos movimientos de ingeniería social y tan ridículamente reducida a la infame realidad política que acompaña inseparablemente como una rémora a toda la modernidad, que carece de valor epistemológico alguno, a pesar de que bien entendido debiera ser una piedra angular en todo estudio profundo de una sociedad.

Por su parte el término filosofía ha sido desvirtuado a lo largo de los últimos siglos hasta significar para el occidental moderno algo radicalmente diferente de lo que significaba para los griegos que lo acuñaron en la antigüedad. Para los maestros de la antigua Grecia la filosofía no era un mero juego de la razón sino un camino hacia la sabiduría -la Sophia Perennis-, y como tal camino hacia una meta superior implicaba un alto grado de esfuerzo y sacrificio.

También en tanto que camino implicaba movimiento, desarrollo. Esta idea de movimiento está contenida en el calificativo de peripatéticos con que fueron conocidos los seguidores de Aristóteles y que podía referirse tanto a que paseaban mientras conversaban o meditaban -práctica la de meditar caminando que recuperarían los monjes medievales en sus claustros, curiosamente- como al hecho de que los verdaderos filósofos eran itinerantes y no tenían residencia fija.

Esta referencia al movimiento puede entenderse también en su sentido más físico y literal pues el pensamiento se asocia de manera natural al movimiento del cuerpo [1] y al devenir de la existencia, del mismo modo que la quietud -la apatheia– se asocia con la contemplación, la estabilidad y la imperturbabilidad propias del Ser. De modo que no es aventurado sostener que ambos métodos de trabajo -quietud y movimiento, al modo de las dos fases de la respiración- eran empleados convenientemente por parte de los verdaderos filósofos, que eran aquellos que ponían en práctica tal disciplina y ordenaban toda su vida según la misma. Solo así, entendiendo que la filosofía antigua implicaba un modo de vida -modo de vida que por lo general alejaba al filósofo del mundo y de la vida pública y que conllevaba a buen seguro una serie de renuncias- se entiende que esa vida no fuera compatible con las frivolidades del saeculum, pues ciertamente la pura divagación racionalista no es en absoluto incompatible con la inmoralidad política o la molicie personal.

De otro modo resulta difícil explicar que los maestros de la antigüedad insistieran tan a menudo en que la filosofía era un arduo camino, que exigía constantes sacrificios o que no estaba al alcance de cualquiera… ¿Cómo habrían podido decir tal cosa si hubiera consistido en el entretenimiento de sillón y biblioteca propio de diletantes que ha llegado a ser con la modernidad, una actividad completamente cerebral y alejada por igual de la realidad vital de las personas como de toda actitud contemplativa?

Abandonada a un racionalismo y un subjetivismo radicales la filosofía de la modernidad es ciertamente un solipsismo grotesco en sus personalismos exagerados, su desprecio a las tradiciones ancestrales y su carencia de raíces verdaderamente profundas. Es evidente que no era a esa filosofía a la que se referían los antiguos maestros. La filosofía moderna no pasa de ser por tanto más que una víctima más del híper-racionalismo moderno que ha idolatrado hasta lo ridículo la facultad racional del hombre.

La razón y el intelecto. [2]

Por otro lado esa actitud contemplativa que señalábamos unas lineas más atrás nos da pie a reflexionar acerca de otro término que ha sido profundamente alterado en su significado por la modernidad, nos referimos a la noción de intelecto y al adjetivo que se deriva de la misma, intelectual.

Precisamente a causa de la mistificación de la razón, el intelecto -antaño considerado la más alta de las facultades humanas- ha pasado a ser en la práctica sinónimo de razón, de igual forma la palabra intelectual ha devenido -en el mejor de los casos- sinónimo de racional, aunque toma muchos otros usos, todos ellos impropios [3] y algunos claramente despectivos. Idénticas precisiones podrían hacerse al respecto del concepto de inteligencia, constructo particularmente maltratado por parte de la psicología moderna que le ha vaciado por completo de su verdadera dimensión para irle otorgando nuevos significados que se amolden a sus prejuicios según las modas ‘científicas’ del momento.

Ya hemos explicado en otras ocasiones la distancia que media entre ambas facultades, intelecto y razón: la facultad intelectual es directa y no-discursiva, y se asocia al modo de saber sintético e intuitivo propio de la gnosis de las tradiciones griegas y helenística [4]. La razón es indirecta, no capta el noúmeno de forma intuitiva sino que avanza a tientas, conjeturando, analizando, haciendo hipótesis, es decir reflexionando. Mientras el proceder del intelecto es analógico, la razón es analítica y requiere para comunicarse de un cierto desarrollo. [5]

Además de lo indicado anteriormente la facultad intelectual del hombre se vincula directamente con el Intelecto puro y superior -que se corresponde con la noción de Buddhi oriental-, del cual procede. Por su parte la razón -que procede de la facultad intelectual por reflejo como la luz de la luna procede del sol- es una virtud puramente humana en su proceder y no podría de ninguna manera ir más allá de lo humano.

Diremos entonces -y aquí pasamos a explicar el porqué de la actitud contemplativa a que nos referíamos y de la que carece por completo la filosofía occidental moderna- que la razón está ligada al movimiento y a la sensación tal y como [6] la intelección está ligada a la quietud y a la contemplación. Y no es casualidad que vinculándose la intelectualidad pura al conocimiento metafísico, la filosofía occidental se asiente precisamente sobre un consciente ‘giro anti-metafísico’.

Por tanto se trata de dos facultades bien diferentes que no pueden ser en absoluto confundidas y que, bien entendidas, son perfectamente complementarias, no opuestas ni incompatibles -siempre que se reconozca la superioridad ontológica del intelecto sobre la razón, que le es naturalmente inferior ya que proviene de aquel, así como en virtud del orden de la manifestación al cual pertenece-.

El intelecto puede ser entonces imaginado como un camino de conocimiento vertical, pues se ocupa de las realidades superiores -o al menos trasciende la realidad manifestada, va más allá de ella-, y la razón como extendiéndose -en su movimiento reflexivo– en horizontal, pues se ocupa del nivel de la manifestación, ya sea ésta material o mental, lo que en el fondo es indiferente, máxime desde el punto de vista del Intelecto. Así, si la razón se refiere a lo que es temporal y por tanto efímero, pasajero y contingente, el intelecto se vincula siempre con lo permanente y lo eterno. Por tanto puede decirse que lo intelectual es siempre algo más que lo racional.

[1] Un buen ejemplo de esta asociación pensamiento-movimiento lo encontramos en el Hatha Yoga hindú. En el mismo, la detención, disciplina y dominio del cuerpo se intentan hacer extensivos a la mente, es decir el principio básico supone que al detenerse y disciplinarse el cuerpo -conscientemente- se fuerza a la mente a detenerse y disciplinarse a su vez dada la profunda correlación existente entre ambos.
[2] A grandes rasgos seguimos a René Guénon en nuestra exposición.
[3] Como cuando se refiere a lo versado que está un sujeto en materias puramente profanas, es decir que es poseedor de un saber mundano e irrelevante en todo ajeno a la noción de Intelecto y a las realidades superiores a las cuales sirve de intermediario.
[4] Precisamente el término gnosis ha sufrido una degradación semejante y ahora se dice gnósticos a los planteamientos pseudo-tradicionales más dispares, vinculados frecuentemente con el ocultismo y la new-age; estamos aquí ante otro caso de olvido del verdadero significado -que está en su origen- y de la consecuente perversión del término.
[5] De hecho no es en absoluto casual que en la música clásica se impusiera el concepto de desarrollo precisamente con la victoria definitiva de la modernidad, al fin del Siglo de las Luces.
[6] De un modo análogo.

Guerra de palabras (III): lo tradicional y lo convencional

Pero si hablamos de términos profanados y adulterados en su significado ninguno ha sido más maltratado por la retórica de la postmodernidad que el concepto de Tradición y las palabras que de él se derivan.

Ciertamente podría poseer cierta lógica que, desde el punto de vista profano que caracteriza la modernidad y dado su proyecto explícito de refundación de la sociedad -con independencia y hasta en contra de su pasado-, todo aquello que remita de algún modo a la Tradición quede asociado con lo reaccionario e inmovilista, en general a todo aquello considerado anti-revolucionario y contrario a la fábula del progreso. En definitiva, se trata de asociar la Tradición con la ‘edad de las tinieblas’ con que gusta de imaginarse a todas las realidades humanas anteriores a la modernidad misma; el discurso es por todos conocido: la modernidad trajo la luz y la razón a un mundo en que reinaban la superstición y la barbarie.

En cierto modo es comprensible este ataque de la modernidad hacia lo tradicional pues el punto de vista tradicional es en esencia anti-moderno, de la misma manera que el punto de vista moderno es anti-tradicional. Siendo esencialmente antagónicos e incompatibles entre sí puede entenderse que la modernidad intente por todos los medios desprestigiar a su oponente. Hasta aquí todo resulta de algún modo previsible dentro de la estrategia revolucionaria de imposición y de aniquilación del adversario que empuja a la modernidad.

Menos comprensible y más desolador resulta sin embargo ver cómo se utiliza inapropiadamente el término ‘tradicional’ por parte de aquellos que pretenden cuestionar o criticar la misma modernidad y buscar alternativas a la misma, y que, en su confusión, aplican el término a saberes, ideas y procedimientos indudablemente modernos.

Aquí ‘tradicional’ no se opone ya a ‘moderno’ como bien podría entenderse sino que, en una nueva adulteración del término, pasa a ser aplicado sin más a todas aquellas costumbres que están ‘mayoritariamente extendidas’, es decir toma el sentido de habitual, común o simplemente convencional. De este modo llegan a producirse confusiones lingüísticas ciertamente diabólicas y oscurecedoras, alguna de las cuales puede ser aconsejable aclarar. Analizaremos un caso que consideramos especialmente significativo de este uso indebido de la palabra ‘tradicional’, aquel que proviene, sin duda por desconocimiento, del mundo del ecologismo, pero bien podrían darse más ejemplos.

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‘Agricultura tradicional’ y ‘agricultura convencional’.

El ejemplo nos viene dado por parte de las nuevas corrientes de pensamiento ecologistas [1] que, cuestionando los procedimientos habituales de la modernidad, por ejemplo en lo que se refiere a la producción y consumo de alimentos o a la magna revolución agrícola industrial del siglo XX, tratan de buscar alternativas más saludables, morales y justas a los mismos. Vaya por delante que -sin necesidad de condenarlos- consideramos los movimientos ecologistas y ‘alternativos’ como parte integrante de la postmodernidad occidental en tanto que suponen una revisión crítica de la modernidad misma, por ello creemos aún más necesario aclarar los términos de este debate, pues con demasiada frecuencia la revisión crítica de la modernidad no se asienta sobre unos principios y fundamentos sólidos.

En el discurso que emana de estos movimientos nos podemos encontrar que a la hora de presentar por ejemplo nuevas teorías agrícolas alternativas -las diferentes ‘agriculturas ecológicas’-, que intenten superar la indudable abominación de la agricultura intensiva e industrial, se denomina ‘agricultura tradicional’ precisamente a lo que es la expresión más consumada de la modernidad aplicada a la producción de alimentos: un modelo de agricultura basado en una lógica tan anti-tradicional como es la basada exclusivamente en el productivismo y la rentabilidad económica a corto plazo, como resulta evidente para cualquiera que reflexione sobre ello.

Nos topamos entonces con la paradoja de que la agricultura masiva, industrial, sumamente destructiva, contaminante y super-tecnificada de los últimos 60 años es calificada de ‘tradicional’. Semejante uso de la palabra ‘tradicional’ es a todas luces espurio y denota la ignorancia por parte de quien lo emplea de lo que ha sido históricamente -y de lo que implica- una ‘perspectiva tradicional’ como tal, ya sea aplicada a la agricultura o a cualquier otro ámbito, -como a continuación tendremos ocasión de explicar brevemente-, pues la agricultura moderna industrial no tiene nada de tradicional, ni en su proceder ni en su lógica, pues no se basa tanto en la transmisión de unos conocimientos locales y particulares -es decir inseparables del contexto en que se han producido- transmitidos oralmente de generación en generación como en la imposición de unos modos de producción y de trabajo según unas ‘reglas de mercado’ pretendidamente universales, que son -al menos en teoría- igual para todos y en todas partes sin distinción; y ni tan siquiera en un sentido simplemente histórico ya que, ¿cómo puede llamarse tradicional a algo que no tiene más de 60 años de historia?

Comencemos por explicar qué debe entenderse por ‘agricultura tradicional’.

En primer lugar implica un conocimiento desarrollado y transmitido durante innumerables generaciones por lo cual cuenta con una inmensa experiencia acumulada, y hay que decir que su pervivencia en el tiempo cumple aquí un papel fundamental. Tal conocimiento es, a partir de unos principios generales básicos, elaborado localmente, de manera que está muy unido al contexto -climático, natural, cultural…- en que se desarrolla y es inseparable de aquel, es, por así decir, un conocimiento inexportable, por esta razón aparece como muy apegado a la tierra. Por tanto no puede hablarse en propiedad de una ‘agricultura tradicional’ sino de agriculturas tradicionales, todas ellas, eso sí, inspiradas en los mismos principios básicos.

Por el contrario la agricultura moderna es básicamente globalizadora, hace tabula rasa de todos los lugares, contextos y circunstancias, a fuerza de imponer al coste que sea la tecnología sobre el ecosistema. La imposición tecnológica sobre la naturaleza es uno de los caracteres más definitorios de la modernidad y reconocemos en este hecho dos principios que ya hemos tratado en estas páginas:

  1. el afán universalista -el carácter colonizador y globalizador- y
  2. el afán homogeneizador -el igualitarismo-.

El principio general básico sobre el que se asienta la agricultura tradicional es ante todo su sostenibilidad en el tiempo y alcanzar la mayor autonomía que se pueda del propio ciclo productivo, combinado todo ello con un gasto mínimo de energía -lo que garantiza la rentabilidad del mismo-.

Para lograr estos fines -sostenibilidad, autonomía y ahorro- el mundo tradicional da forma a un ciclo de producción lo más cerrado y cercano al lugar posible, es decir lo menos dependiente que se pueda de aportes de energía ajenos al propio sistema. El ideal -tanto de autonomía como de rentabilidad- sería un sistema que energéticamente fuera ‘de suma cero’, en que se aprovechara toda la energía. De este modo, mientras la lógica moderna consiste en aumentar la rentabilidad por el aumento de la producción, la lógica tradicional opta por reducir el gasto energético al mínimo imprescindible, un mayor gasto energético sería considerado un derroche imperdonable.

Esta diferencia en las respectivas estrategias a la hora de afrontar la producción es debida ante todo al diferente objetivo que mueve a una y a otra, objetivo que señala la distancia abismal entre ambos paradigmas: mientras en la lógica moderna se produce para vender, en la lógica tradicional se produce para vivir. Mientras el acento de una cae sobre la producción y el mercado -que es lo que posee, siempre a juicio de la modernidad, valor-; el acento de la otra cae en la vida, de modo que producir no tiene valor per se, no es un fin en sí sino un medio. Así, para el pensamiento mercantilista el hecho de que lo producido sea alimento es algo secundario, siendo lo principal que se trata de una mercancía con valor de mercado.

Por otra parte, si nos fijamos en el proceder de la industria agropecuaria moderna observamos que el ciclo productivo que constituye la esencia de la agricultura tradicional ya no es tal pues se encuentra roto en diversos puntos de modo que se hace necesario un aporte constante de energía exterior para reponer la energía que sale del ciclo productivo y no regresa a él, es decir aquella que el sistema no recupera. En efecto, la agricultura moderna requiere de constantes insumos externos de energía aplicados mediante procedimientos que son a su vez más tecnificados y caros.

El ‘ciclo’ se convierte así en una linea de producción industrial difusa en la que se desperdicia y malgasta más energía e información cuanto más distantes están entre sí los eslabones de la cadena. Una vez más la lógica moderna al enfrentar este problema no es reducir la cadena de producción sino inyectarle más energía, provocando con ello que la producción se encarezca cada vez más. Finalmente, al estar la producción industrial mercantilizada, se hace necesaria la intervención del dinero en cada uno de los pasos de dicha cadena -puesto que el producto de cada uno de ellos se ha convertido a su vez en mercancía.

Pero además de todo lo indicado la agricultura moderna ha tenido otra consecuencia altamente perniciosa: por su extremada tecnificación produce una altísima dependencia por parte del productor-agricultor de poderes y entidades externos, ajenos a sus intereses e imposibles de controlar por él, pero de los que sin embargo depende -por ejemplo la industria química o la industria pesada que desarrolla la maquinaria agrícola-, es decir, le roba toda autonomía al productor, que pasa a ser un eslabón más de la cadena industrial, con la única particularidad de trabajar fuera de la fábrica.

Las consecuencias -sobre todo sociales- de este fenómeno son decisivas dado que la masa social de agricultores tradicionales de todos los tiempos y culturas destacaba por ser un colectivo muy independiente de las diferentes super-estructuras sociales y con un alto grado de autonomía y autarquía en su proceder, por ejemplo en el desarrollo de estrategias y en la toma de decisiones. Es decir, usando la retórica moderna, los agricultores constituían un colectivo muy ‘libre’, contrariamente a lo que nos hace creer el discurso progresista en vigor.

Debido a este elevado grado de autarquía e independencia de los agricultores y el mundo rural en general, éstos colectivos siempre fueron vistos como un estrato social particularmente reacio a toda intromisión estatal así como impermeable a toda innovación socio-política, y, en efecto, el universo rural siempre fue descrito por parte del liberalismo como reaccionario y contrario al cambio. Es conocida, por ejemplo, la resistencia del mundo rural en la edad media a los intentos de centralización. Lo mismo puede decirse de su oposición consciente a la corriente transformadora y liberal que se extendió por Europa entre los siglos XVIII y XIX.

Y ciertamente no les faltaba razón al desconfiar del liberalismo burgués y urbanita pues el proceso modernizador no pretendía otra cosa que arrebatarles el control de su sistema de producción -recordemos que eran dueños exclusivos de su saber y de la aplicación del mismo, campo ahora copado por los técnicos e ingenieros-, como la historia ha demostrado. En verdad la modernidad tuvo su punto de partida en las ciudades y en la burguesía, y éste bien puede ser uno de los motivos principales de la secular enemistad entre campo y ciudad así como del odio a lo rural por parte de la modernidad occidental [2]. Y puede decirse que haber proletarizado e industrializado de este modo el sector agropecuario -que ha cambiado por completo el modo en el que percibimos el alimento- ha sido un hecho verdaderamente revolucionario, en el sentido exacto del término.

Volviendo a la ‘agricultura tradicional’ hay que decir que ésta se integra en el ecosistema dando lugar a un diálogo creativo entre hombre y naturaleza en el que ambos se ven transformados, superándose la clásica oposición entre naturaleza y cultura. La cultura tradicional se desarrolla precisamente en un diálogo permanente con el medio, adaptándose a él. Por su parte ante esta dialéctica hombre-naturaleza el objetivo inconfesable de la visión moderna es ‘liberarse’ de la naturaleza e imponerse a la misma, labor que ha facilitado enormemente el desarrollo técnico.

Fue a partir de este diálogo entre naturaleza y cultura que la tradición dio lugar a toda la riqueza y diversidad cultural previa a la modernidad y su corriente homogeneizadora, saberes humanos particulares y únicos asociados por lo general a una región geográfica y cultural concreta. Pero además la cultura tradicional era una fuente incalculable biodiversidad, manifestada en aspectos tales como la riqueza de variedades agrícolas y ganaderas que existían antes de que llegara la nueva agricultura moderna o en la diversidad incluso de paisajes a que dio lugar y de micro-ecosistemas que se regulaban mutuamente, como ahora la ciencia de la ecología comienza a reconocer.

Por todo lo dicho, la agricultura moderna es anti-tradicional por definición y cabe calificarla además de ‘revolucionaria‘ pues ha ido dirigida a destruir el orden social, algo especialmente obvio en el énfasis que pone en la ruptura con toda la herencia cultural anterior -a la que se descalifica sin excepción- imponiendo así su nuevo y particular (des-)orden en función de sus criterios y objetivos.

Por lo tanto es totalmente impropio el calificativo de ‘tradicional’ aplicado a la agricultura moderna y creemos que es más apropiado denominarla simplemente ‘moderna’ o ‘convencional’. Es convencional por varias razones. Primero porque en efecto obedece a una convención social, la lógica del mercado y la mercancía, que de no ser compartida mayoritariamente la haría completamente inviable. En segundo lugar porque dicha convención está basada en una superstición, o mejor en dos: la superstición del progreso y la superstición de la técnica, las cuales invitan a creer que los nuevos ‘métodos modernos’ son más eficaces y productivos, lo cual es rotundamente falso. Si leemos la definición de convencional que proporciona la RAE vemos que posee el sentido de ‘poco original y acomodaticio’, lo que en verdad la agricultura moderna es.

Si hemos puesto el énfasis en este uso inapropiado de la palabra tradicional, es porque consideramos que este tipo de imprecisiones del lenguaje no hacen sino extender la confusión de los términos, imposibilitando muchas veces que las críticas a la modernidad sean realmente profundas y vayan a la raíz del problema. Como dijimos al comienzo de este artículo la distorsión de las palabras que está teniendo lugar impide que ciertos discursos puedan ser elaborados y comunicados, lo que reduce la ‘realidad mental’ exclusivamente al discurso dominante.

Y si bien advertimos que existen abundantes críticas a la modernidad, tales críticas nos parecen demasiado a menudo parciales y puntuales, carentes de vínculo profundo entre sí así como de la perspectiva global necesaria para encontrar nuevos caminos. Si parece ya imprescindible trascender la modernidad como propuesta social, es necesario ensanchar la perspectiva y ver un poco más allá. No se trata simplemente de cuestionar la modernidad, se trata también de ahorrar esfuerzos, pues no todo ha de ser reinventado desde cero, a pesar del rodillo ideológico aplicado por lo que denominamos la ‘cultura del palimpsesto’ que ha tratado de borrar todo nuestro pasado cultural, en los saberes de nuestros antepasados aún hay muchas cosas valiosas y dignas de recuperar que deben ser tenidas en cuenta. De otro modo cualquier crítica dirigida a la modernidad no es más que otra demostración de autosuficiencia y soberbia prometeica.

[1] El ecologismo es otro término fetiche de la postmodernidad, y se ha convertido en un totum revolutum que apenas se sabe ya qué significa, lo mismo sirve para defender propuestas anticapitalistas que como sello de calidad de empresas multinacionales… un nuevo ejemplo de cómo la postmodernidad es un Behemot cuyas fauces lo degluten todo.

[2] El mundo rural, donde el vínculo comunitario e identitario -basado en la tierra- era particularmente fuerte, ha sido, junto a la Tradición y la familia, otro de los clásicos caballos de batalla de la modernidad, que ha tratado de desprestigiarlo por todos los medios y lo ha logrado finalmente gracias a re-educar a la gente del campo en el ‘complejo de atraso’ y adoctrinarles en la vergüenza y el odio por sus saberes y tradiciones.

Fuente: Agnosis

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