La iglesia de Sutton Courtenay

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – Si el negocio de profeta es arriesgado, pocos pueden blasonar de un éxito completo, como sucede con Eric Arthur Blair, más conocido por su pseudónimo de George Orwell.

El antiguo combatiente en la guerra de España –lo suficientemente honrado para percatarse de la gentuza dirigente de la izquierda española, cainita y asesina hasta la médula- puede reposar tranquilo en su tumba de Sutton Courtenay, enhiesta sobre la verde pradera de una preciosa iglesia anglicana.

Tras el fascinante periplo intelectual plasmado en sus novelas, la honradez intelectual –hoy rara virtud- le llevó finalmente a retornar a sus raíces y a una quizás tardía reconciliación con su pasado cristiano, después de la farsa “revolucionaria” vivida en la España de 1936. Pasó sus últimos días en Londres con la Divina comedia como libro de cabecera –el más importante poema de toda la cristiandad- y pidió ser enterrado conforme a los ritos de la Iglesia de Inglaterra. Sin embargo es más que posible que ese anhelo de Absoluto le acompañara siempre.

No sin razón, en 1984, las iglesias simbolizan el pasado que los ciudadanos de Oceanía tienen prohibido recordar y con las cuales Orwell parece mostrarnos esa llamada hacia lo trascendente que siempre estuvo presente en su yo más íntimo. También es posible que fuera ese vínculo a lo sobrenatural lo que ha hecho de su 1984 el libro más profético de todo el siglo XX. Porque es precisamente nuestra época la que ha puesto de manifiesto que no hace falta vivir en un Estado “totalitario” para vivir inmerso en la mentira como superestructura del poder.

Ni siquiera los que se arrojan hoy unos a otros el insulto de “totalitario” alcanzan a comprender ni lo que significa el término ni de donde viene. Pero esto no debe preocuparnos aquí. Lo que importa es subrayar cómo el supuesto de que vivimos en un mundo “libre” y “democrático” anula la crítica a un estado de cosas que permite que la mentira sistemática se emplee a conveniencia para lograr determinados intereses. Todo esta reflexión viene al hilo del derribo del avión de “Malasyan Airlines”.

No quiero sacar conclusiones apresuradas pero el tono monocorde de los medios de comunicación españoles no difiere del que muestra el resto de la prensa internacional. Todos los ojos miran a Rusia que, sin embargo, es quizás el último país interesado en cometer tamaño crimen y en atraer la condena mundial para la causa rusa en el este de Ucrania. Y sin embargo la prensa y sus lacayos parecen haber juzgado ya el asunto. Han tenido el cinismo sin par de culpar a Rusia de una guerra civil cuyo responsable exclusivo es la Unión Europea, con Juan Manuel Durao Barroso a la cabeza, y los EEUU, dirigidos por la encarnación misma de la estafa pacifista, el presidente Barack Obama, en su persecución de nuevas cotas de desastre en los anales de la historia de la política exterior de los EEUU.

Pese a ello, los periodistas, tertulianos, agencias y demás insisten una y otra vez en las maldades del Kremlin, al que parangonan con la afortunadamente extinta URSS. Que cara dura. Una cara dura similar muestran ciertos portavoces internacionales del Estado de Israel, anunciando en el tono victimista que caracteriza a la propaganda sionista la acción “defensiva” en Gaza. Ellos tienen, claro está, la cobertura de una prensa internacional que les es favorable y que no pone el énfasis necesario en la sangría que está ocasionando en el campo de concentración de Gaza uno de los ejércitos más poderosos y mejor armados del mundo.

Los principales cárteles mediáticos enuncian los hechos pero no juzgan demasiado a fondo y, sobre todo, intentan equiparar la violencia de unos a la de otros. La estrategia es simple: victimismo lloriqueante para con las críticas melifluas -presentadas para colmo como “odio a Israel”- mas la cantinela del “antisemitismo”, como si ellos, y nada más que ellos, fueran Israel.

Algo análogo sucedía (y sucede) en España con Jordi Pujol, que para justificar los desmanes y la política cortijera y corrupta de su familia en Cataluña, equiparaba las críticas a los suyos con las críticas “a Cataluña”. En el caso que nos ocupa se equipara Israel entero a la política sionista. Unos y otros acarrean la desgracia para propios y extraños y condenan a su propia tierra a vivir en el marasmo de soluciones e ideas fracasadas.

Pero Rusia y Gaza son solo dos ejemplos. Únicamente hay que estar un poco atento para percatarse de que hoy, cada vez más, la “democracia” es una licencia retórica que es utilizada por Podemos para pedir la aniquilación pública de la Iglesia católica –”privilegios”, dicen-; por los etarras para la extorsión y la amenaza; por el gobierno para combatir a los etarras y por los liberales para justificar la globalización y la depauperación de las clases medias y menos que medias en nombre del “libre mercado”.

En aras de la “paz internacional” se justifican guerras, invasiones y ejércitos de ocupación. Los intereses “globales” enmascaran un neoimperialismo ideológico y la “libertad de mercado” justifica la esclavitud de las personas. La “austeridad” es la imposición del ultracapitalismo y el sometimiento de las clases con menos medios económicos, que son los que han pagado –y están pagando- la actual crisis. El “racismo” y la “xenofobia” sirven para el odio o la violencia sin sentido pero también para acallar las críticas a los que destruyen nuestro Estado de Bienestar.

El caso es que jamás los conceptos fueron más fácilmente violentados en su contenido; jamás fue tan fácil demostrar una cosa y la contraria y tampoco jamás fue más dependiente el lenguaje del poder del dinero o del poder a secas. En la imprecisión y la confusión, cada vez hay más intereses e interesados que se mueven como pez, o como tiburón, en el agua. Sin duda, hubo un tiempo en que las cosas eran más claras y más limpias, menos “reguladas” –como se dice ahora- por la zarpa de un Estado ocupado por falsas elites.

Al revés que la Oceanía orwelliana, no hace falta que nadie prohíba pensar en el pasado porque ya tenemos a los “historiadores” que interpretan lo necesario en clave de lo que ahora le interesa al poder. Ellos infectan las mentes para que cada uno sea su propio Gran Hermano. Buscando el paralelismo con “1984”, somos muchos los que, como Winston, intentamos escapar de O´Brian y de lo que éste significa, refugiándonos en la luz dorada que lame las piedras de la vieja iglesia, en el verdor brillante de la pradera circundante donde descansa George Orwell, profeta de los tiempos actuales.

Fuente: ESD

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