Jugadas estratégicas… donde los tiros pueden salir por la culata

TERRORISMO ARABIA SAUDI

por Pepe López – La inmediatez de los intereses en conflicto provoca jugadas estratégicas -como el apoyo de Arabia Saudita a la insurgencia anti-Nuri Al Maliqui- que pueden salir mal a sus promotores. Los saudítas -cuando digo sau­ditas me refiero al poder de Arabia Saudita, no al país (o países, por ejemplo el Reino del Hiyaz o la región de Asir han si­do países ocupados por los saudíes hace noventa años)- han estado jugando con fuego con Iraq -con quien son vecinos-, incluso de forma más peligrosa que en Siria. Es probable que el DAIISH haya dejado de ser apoyado ya por Riyad, y que la bestia que ha estado alimentando durante años «haya roto la correa» y escapado de su con­trol.

Escapado del control de Arabia Saudita, su guardián directo, pero no tanto de los aliados de ésta: EEUU y el Ente Sionista.

Arabia Saudí teme la influencia de Irán

Todos los que andan algo enterados de lo que ocurre en Oriente Medio saben que el gran temor de Arabia Sau­dita es que Iraq acabe intensificando sus acuerdos con su vecino del este para formar un Eje Teherán-Bagdad-Damasco, con Nuri Al Maliqui -que ha vuelto a ganar las últimas elecciones- o con otro dirigente más decidido a estrechar relaciones con Irán. Por ese motivo respaldó el golpe de estado del general Es Sisi en Egipto, pues no se fiaba de las veleidades del presidente Mursi, presionó para que abdicara -casi al mismo tiempo- el rey Hamad de Qatar -que apoyaba a Mursi- e invadió el reino isleño de Baharein para aplas­tar la única «Primavera Árabe» en un país del Golfo. Por ese motivo también resolvió no apoyar con re­cursos a los rebeldes del Ejército Libre Si­rio, sino a los grupos islamistas de ideología salafista más o me­nos extremos -aunque sus milicianos cambian de grupo como quien cambia de camisa, saltando de los su­puestamente más moderados a los más extremistas y vi­ceversa, lo que revela que todos esos grupos sala­fistas, desde los «Protectores del Shams» al DAIISH- no son tan diferentes-.

Entente Cordial entre sectarismos

Como señalamos, el mayor enemigo de Arabia Saudita, desde 1979, es la República Islámica de Irán y, práctica­mente, todos sus esfuerzos políticos, diplomáticos, financieros y propagandísticos -incluyendo las televisiones, tanto sus canales informativos como abiertamente religiosos, así como sus centros docentes y asociaciones cul­turales y re­ligiosas extendidas por medio mundo- han estado orientados a frenar la influencia irania y, a ser posi­ble, ais­larla internacionalmente. En su ofensiva contra Irán, el reino saudita, gran protector y promotor de la «Re­forma abdel­wa­há­bica» -una secta reformadora puritana pseudo-sunní surgida en el Najd en la segunda mi­tad del XVIII- ha contado tanto con la colaboración del sionismo «nacional» -el de Tel Aviv- e internacional, como con la co­ber­tura de sectas vetero-testamentarias cristianas, originalmente dispensacionistas norte­ame­ricanas, y luego de organizaciones con influencia creciente en el seno del catolicismo como Legionarios de Cristo, Opus Dei o Camino Neocatecumenal -bajo la excusa de pretender «rejudaizar» el catolicismo-.

Es decir, que hemos asistido a una «entente» operativa entre las versiones más ex­tremistas y sectarias de las «identidades abrahámicas»: entre el abdelwahabismo islámico, el sionismo judío, el dispensacionismo evangélico y el judeo-catolicismo de las derechas hispanas que han abrazado la teología de la prosperidad -condenada co­mo he­ré­tica por la Iglesia Católica de antes-. Todos ellos se detestan profundamente entre sí -si pudieran permi­tirse el lujo de hacerlo, se exterminarían entre sí y confían en un futuro donde sea posible hacerlo- pero visto lo visto se han necesitado para sostener -entre otras cosas- un frente común contra Irán.

Si a eso añadimos el concurso de los laicistas anti-religiosos en las campañas contra Irán, contemplaremos a las cinco «familias del régimen» en la instrumentalización de los prejuicios sectarios.

Uno podrá extrañarse cómo es posible que quienes más pregonan el odio hacia los judíos y han financiado gru­pos que han llegado a crucificar a sirios cristianos puedan aliarse con el sionismo o con los EEUU; o cómo aque­llos que más propagan la islamofobia, sean aliados de facto de Arabia Saudita. Pero esa extra­ñeza no debe im­pedirle en reconocer cierta lógica en ello: los cuatro frentes sectarios se alimentan, funda­mentalmente, en el odio identitario. No es tan anecdótico que con «Shariah4Spain», por ejemplo, página que sos­tenía el último grupo «yi­hadista» desarticulado por la policía nacional en Melilla, colaborara un autor «tradicionalista nazi-cató­lico» anda­luz sin problema alguno: los extremismos con cierta «cabeza» saben que se necesitan y se alimentan entre ellos.

Tras el paréntesis de Saddam Hussein vuelve el recurso a la confrontación entre confesiones

Cuando los partidarios de Jomeini empezaron a imponerse en la revolución de 1979, los aparatos de propa­gan­da y adoctrinamiento -incluyendo las mezquitas bajo influencia de las dinastías gobernantes del Golfo- empeza­ron a tirar de la memoria del pasado lejano y «resucitar» la querella histórica entre chiítas y sunníes. Iniciada la I Guerra del Golfo entre el Iraq de Saddam Hussein y el Irán de Jomeini, esta línea de propagan­da se arrinconó, pues no ayudaba, para nada, a la causa del baazismo iraquí -nunca lo hizo- falsificar esa guerra durante los años ochenta como una confrontación entre sunnitas y chiítas, siendo -como eran- chiítas iraquíes la ma­yor parte de los efectivos del ejército así como la mayoría de los afiliados al Baaz.

La I Guerra del Golfo anunciaba que los esquemas simplistas bipolares, habituales en tratar la Guerra Fría -o la política española-, no servían para explicar lo que estaba pasando. Los países del Golfo seguían consi­derándose enemigos del Iraq baazista, pero preferían que Saddam Hussein mantuviera su guerra con Irán para frenar y ago­tar los recursos de ésta. A su vez, Francia y la Unión Soviética suministraban las armas a Iraq, y en el momento más decisivo de la guerra, cuando Irán se dispuso a cerrar el Estrecho de Ormuz a los barcos que salían de Iraq, EEUU acudió en defensa de Saddam Hussein. Irán no ganó finalmente esa guerra porque Washington lo impidió.

Fue durante la II Guerra del Golfo -1991- cuando se empezó a representar un Iraq irremediablemente divi­dido entre curdos y árabes, pero sobre todo entre árabes sunníes y árabes chiítas. No había contradicción en que las dinastías del Golfo fueran aliadas -y financiadoras- de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Fran­cia, Egipto y Siria, y desde Occidente se pintara a Saddam Hussein como representante de la «minoría sun­ní dominante» sobre la «ma­yoría oprimida chiíta». Pues de lo que se trataba era de esconder la naturaleza de esos con­flictos o rivali­da­des, desviar la atención de las masas y explicarlo todo en clave inter-sectaria: «chiítas contra sunníes». Daba igual que los sectarios que pregonaban el odio a los chiítas compartieran el mismo bando que los periodistas oc­cidentales que hablaban de liberar a la «mayoría chiíta oprimida» por el tirano sunni: ambos buscaban dividir a los pueblos de Oriente Medio y enfrentarlos entre chiítas y sunníes.

La gran cagada de la III Guerra del Golfo: un regalo de Washington para Teherán

No olvidamos que el mayor daño de la III Guerra del Golfo -o Guerra de Agresión a Iraq- ha sido el pro­vocado a las do­cenas de miles de personas caídas en ella y todos aquellos iraquíes que han que­dado muti­lados para el resto de sus vidas. De sus víctimas directas y de sus víctimas «colaterales», inclu­yendo aque­llos que han visto morir a sus hijos o nacerles con secuelas debido a la contaminación química y ra­dioactiva -las bombas de EEUU están fabricadas con una aleación que provoca secuelas biológicas- de aguas y sue­los. Y no menos terribles han sido las secuelas sociales, co­mo por ejemplo el fenómeno de las miles de viudas y madres iraquíes refugiadas en Siria -hasta que estalló la rebelión en 2011- en Jordania y en los países del Golfo, que han sido forzadas a pros­tituirse para sobrevivir ellas y sus hijos.

Son consecuencias de la Guerra por la Libertad y la Civilización, como han pregonado los voceros del im­peria­lismo an­gloamericano -y del imperialismo subalterno «español» a remolque de sus amigos y alia­dos -.

Una de las diferencias entre la II Guerra del Golfo -la del padre- y la III Guerra del Golfo -la del hijo- en 2003 fue que las dinastías del Golfo prestaron escaso apoyo a EEUU, de forma que no les quebrantó económica­mente como sí hizo la guerra de 1991. Pero la otra gran diferencia es que las dinastías del Golfo temían -y con razón- que la ocupación de Iraq con excusas falsas -todo el mundo sabía que eran falsas, excepto los idiotas- como las armas de des­trucción masiva y las vinculaciones de Saddam Hussein con Osama ben Laden, iba a representar un regalo para Irán. Tanto los talibanes como el baazismo iraquí eran enemigos de Irán que les cerraban por el oriente y el occidente: pero los dirigentes y propagandistas norte­americanos eran conversos de la utopía «neo­conservadora» -un híbrido entre bol­chevismo y neoliberalismo, «corpora­ciona­riado» imperialista, cruda voluntad de poder darwinista para las élites y senti­mentalidad iden­titaria judeo-cristiana para las masas subalternas- y co­locaron indiscriminadamente a los tres países enemi­gos como parte del mismo «Eje del Mal», cuanto el Af­ganis­tán Talibán, el Irán Tutelado de los ayatolas y el Iraq de Saddam Hussein, no sólo nada tenían que ver el uno con el otro sino que eran enemigos también entre sí.

Como toda utopía simplificadora que divide al mundo entre «los que ven las cosas como yo» -o se someten a lo que yo diga-… y «todo el resto que piensa distinto» -forma típica de ver de cualquier sectario-, colocan a toda la oposición en el mismo saco -algo muy parecido hacen los fanáticos del PP en España-. EEUU trataba de encajar la inercia de una visión simplista bipolar -que tenía algo de realidad mientras existía un gran enemigo casi a la par (en el caso de España, mientras se mantenía el PSOE ante el PP)- a un momento de la historia donde la situa­ción era la del «centro -unipo­lar- y la periferia».

Sin duda los EEUU confiaban en mantener la ocupación de Afganistán e Iraq sin demasiados problemas y así poder encerrar -ellos mismos- a Irán. Nadie dudaba que consiguieran inva­dir primero Afganistán -2001- y luego Iraq -2003-. Pero las resistencias -tanto en Afganistán como en Iraq- consiguieron lo que parece no se esperaba Washington: unas guerras asimétricas donde el insurgente no podía vencer, pero provocaba que el ocupante tampoco ganara al final.

Sea como fuese, lo cierto es que los EEUU mantuvieron la ocupación de Afganistán e Iraq durante años, rodean­do al mayor enemigo del «Eje del Mal», pero tanto en sus dos vecinos del este como del oeste, Irán ganó influen­cia en los tres: mientras Bush finalizaba su segundo mandato los presidentes Hamid Carzai de Afganistán y Asif Ali Zardari en Pa­quistán estrechaban relaciones con Mahmud Ahmadineyad, y Nuri Al Maliqui hacía lo pro­pio. Las dinastías del Golfo, empezando por los sauditas, se dieron cuenta antes que los EEUU que éstos la habían caga­do. También lo hicieron los norteamericanos durante el segundo mandato de Bush. Por eso, unos y otros -sau­díes y yanquies- empezaron a jugar con Al Caida. Grupos insurgentes significados como «sunníes», caso de los Protectores de la Sunna o del Frente Islámico del baazista Izzat Ad Duri -el baazismo, tanto iraquí como sirio, ha­bían desterrado ya cualquier tendencia antirreligiosa- no eran, en aque­llos momentos, secta­rios, y contaban en su seno con resistentes chiítas. Además, también operaba en el frente de la resistencia el Ejército del Mahdi, del clérigo chiíta Moctadar As Sáder.

¿Quienes quedaban entonces para impedir el deslizamiento de un Iraq hacia el gran enemigo Irán? Al Caida, co­man­dada por el neosalafista jordano Ahmed Fadel Al Jalaila -más conocido como «Abu Musab El Zarcaui», el cual, después del desastre del 31 de Agosto del 2005 -el del Puente Al Aima en Bagdad, donde en un sólo día murieron tantos peregrinos chiítas en una avalancha provocada por un ataque de Al Caida como espa­ñoles han sido asesinados por ETA durante cuarenta años-, anunció en una entrevista la guerra total a los chiítas ira­quíes.

«Siempre nos quedará Al Caida», un regalo para Washington y las petromonarquías del Golfo

Si la invasión de Iraq estaba representando un regalo angloamericano -y de la derecha liberal-católica es­pa­ñola- para sus enemigos más detestados del mundo mundial, el Desastre del Puente Al Aima el 31 de Agosto de 2005 y la guerra sectaria proclamada unilateralmente por El Zarcaui -no autorizada por sus teó­ricos superiores Osama ben Laden y Aimán Az Zawahirí, lo que demostraba que Al Caida no era una sola orga­nización jerárquica, sino un «movimiento en red», donde cada grupo actuaba con plena autonomía in­cluso estratégica- fue el mayor regalo que recibieron los anglo-americanos. Habían conseguido dividir Iraq entre árabes y curdos: ahora fue posible di­vidirlo también entre árabes sunníes y árabes chiítas.

Todas las baterías mediáticas de las dinastías del Golfo -Al Arabía de forma abierta, Al Yazira de forma más mo­derada (al menos hasta la purga de 2011, cuando ya se igualaron con Al Arabía), y los canales religiosos de for­ma ostentosa- todas sus redes docentes y de culto, empezaron a interpretar toda la situación como una con­fron­tación entre chiítas y sunníes. Curiosamente -o no tan curiosamente- el odio al chiísmo ha pren­dido con fuerza inusitada en las masas de países donde apenas viven chiítas -como Egipto o Jordania- o donde para encontrar a un chiíta hay que irse al consulado del Líbano, de Iraq o de Irán, como los países del Magreb -en países como Argentina, Chile, Colombia o España hay muchos más chiítas (hispanos o de origen extranjero) que en Marrue­cos o en Túnez-. Las ideologías abdelwahábica y neosalafista han influído no sólo a través de ciertas mezquitas del Magreb, Iberomérica y Europa -una influencia muy limitada y poco efectiva, para quien conoce las inercias in­dolentes y ritualistas de la mayoría de los musulmanes de estos lares-, sino que se han extendido, sobre todo, a través de internet, aún mayor que por canales de televisión.

Muchos de los jóvenes que han sido adoctrinados en el odio al chiísmo sin haber visto un chiíta en su vida han ido, por ejemplo, a combatir a Siria no para ayudar a los rebeldes sirios a liberarse de un tirano, sino para comba­tir a los chiítas secundando grupos neosalafistas. La rebelión siria, que empezó siendo nacional en 2011, fue po­co a poco derivando a una guerra sectaria: es lo que buscaban los patrocinadores externos de la rebelión, asus­tados con las revoluciones de la «Primavera Árabe» -la cual, diga lo que se diga, no fue producto de ninguna cons­piración ni maniobra de la CÍA, ni del Mossad ni de Bandar ben Sultán (jefe de los servicios secretos saudi­tas hasta su dimisión en abril de este año debido a sus divergencias con EEUU), si­no provocado por los sectores nacionales rebeldes más acti­vos de sus naciones (si es posible, en otro mo­mento hablaremos de esta propa­gan­da conspiranoica, profundamente fatalista y contrarrevolucionaria, que infecta a Oriente y Occidente, que ve en cualquier mo­vimiento rebelde la mano de la oligarquía, del Pentá­gono o del sionismo)- ya que una Siria donde triunfaran los primitivos rebeldes sirios tampoco garantizaba un es­tado alineado con los aliados.

Mientras en Iraq se había arrinconado, en Paquistán se había alentado

La primera oleada de atentados indiscriminados contra fieles chiítas se produjo en Paquistán a principios de si­glo. Allí no opera­ba El Zarcaui, pero a los paquistanos chiítas se les acusó también de constituir la princi­pal base de apoyo social al gobernante del país -en Paquistán, el general Musharraf-. Es cierto que la primera «guerra sec­taria» en Iraq fue provocada di­recta­mente por El Zarcaui -la guerra que éste proclamó en septiembre de 2005 se desató abiertamente ya en fe­brero del 2006 con atentados masivos contra chiítas y represalias contra elemen­tos sunníes-, pero lo ocurrido po­cos años antes en Paquistán revelaba el prece­dente de la tenden­cia que ahora se «traía» a Iraq: el terrorismo sala­fis­ta, con El Zarcaui o sin él, con el visto bueno o la resignación de ben Laden, que había declarado la guerra al conjunto de los fieles chiítas.

Siguiendo el ejemplo de la Revolución Irania, Alama Arif Al Hussaini fundó en Paquistán un partido -como fusión de dos gru­pos-: el Tanzim Fiq’ha Yafría -TFY-. Inmediatamente, en «respuesta» al islamismo chiíta, se erigió en 1985 el Sipah e Sahaba Paquistan -SSP-, un partido de ideología salafista de matriz deobándica -o neo-deobán­dica, pues existen diferencias apreciables entre el movimiento deobándico del XIX y el actual-, con el propósito declarado de neutralizar al TFY que, por entonces, atraía también a fieles sun­níes. Es im­por­tante resaltar este he­cho: el salafismo antichiíta en­tró en la es­cena política paquistana con el único obje­tivo de combatir al islamis­mo chiíta. El fundador del SSP, Haq Nawaz Jangvui, se hizo famoso por sus ser­mones de odio contra los chiítas. En 1986 un comando neosalafista asesinó al jefe y fundador del TFY, Al Hus­saini. En 1990, un comando chiíta ejecutó su venganza matando a Jangvui. Esto desen­ca­denó una es­piral de venganzas en varias ciuda­des. El su­cesor de Jangvui, Zia Ur Rehman Faruqui, llegó a ser ministro de la región del Punyab, mientras su partido ocu­paba escaños en Islamabad, manteniendo el mismo discur­so sectario. En 1997 Faruqui fue asesinado en Lahore, y sucedido por Azam Tariq.

Es cierto que en el pasado se habían registrado choques violentos por provocaciones puntuales entre chiítas y sunníes paquista­nos -no eran extraños durante la celebración de la «Hashura» chiíta- pero hasta la aparición del SSP, del sectarismo contemporáneo, no se ha­bía pasado al sectarismo terrorista, que promueve y planifica la vio­lencia contra una o varias comunidades enteras. El objetivo de los nuevos deobándicos no era la reforma religio­sa -como sus an­tecesores deobándicos- sino exacerbar la diferencia con respecto a los chiítas -a quienes se les niega la condición de islámicos-, a los sunníes miembros de órdenes «sufíes» -a quienes se les tacha de idóla­tras- y hacia otros sunníes -tachados todos de «tacafres» («tacfir», anatemizados), de forma que en general, en­tre los is­lámicos se les ha devuelto ese anatema-. Y, por supuesto, de exacerbar también el odio al cafre, al abier­tamente no musulmán.

Fue a prin­cipios de este siglo, durante su dictadura, cuando el general Musharraf resolvió pro­hibir en agosto de 2001 el SSP -junto a seis grupos más- y de­tener a Azam Tariq. Fue entonces cuando se desató -coincidiendo con los atentados de Al Caida en EEUU- una oleada de atentados contra dirigentes pa­quistanos chií­tas, a quienes el SSP acusaba de haber influido en su prohibición, y todo bajo el fondo de los ataques norteamericanos contra Af­ganistán. Azam Tariq fue puesto en libertad en noviembre de 2002 -sería asesinado un año después-, pero en ese tiempo se produjo un segundo salto cualitativo, algo nunca visto: los aten­tados indiscriminados cuyo ob­je­tivo era provocar la mayor matanza posible entre chiítas. En Occi­dente los medios sólo se hicieron eco del atentado en Carachi contra catorce occidentales. La campaña an­ti-terro­rista norteamericana en Afganistán, con su secuela de bombardeos, de­sató una oleada de atentados a lo largo y ancho de todas las regiones de Paquistán -Balu­chis­tán, áreas tri­bales federadas, región Noro­este, Pajtunjua, Pun­yab y Sind-, pero las noticias mezclaban todos ellos calificándolos de «islámicos»: tanto los ataques contra con­voyes y otros objetivos militares aliados como los atentados indiscriminados contra chií­tas. Se llegaron a contabilizar una cuarentena de grupos actuando de esta forma.

Jamás en ninguna otra parte del mundo se había visto lo que se vió en Paquistán… hasta el 31 de agosto de 2005.

A Paquistán le sigue Iraq

Si bien prácticamente todos los peregrinos del Puente Al Aima murieron a consecuencia de la avalancha humana provocada por el ataque antichiíta, desde entonces los caídos en atentados dirigidos expresamente contra ciuda­danos iraquíes de esta confesión se sucedieron mes tras mes, lo que provocó represalias y consecuencias de­sastrosas, como la huída de Bagdad de doce­nas de miles de bagdadíes sunníes. A partir de entonces empe­zaríamos a ver desgraciadamente algo normal atentados en plazas, mercados, proce­siones, mezquitas y san­tuarios chiítas. Y con el mismo fondo que en Paquistán: acciones militares norteameri­canas contra la insurgencia y ataques de ésta contra los invasores. Como los sectarios en Paquistán, Al Caida se dedicaba a entrecruzar -en medio de una guerra de ocupación y resistencia contra el ocupante- atentados contra una parte de la población para desatar la confrontación sectaria entre chiítas y sunníes.

Aquello se llamó la I Guerra Sectaria. A lo que estamos asistiendo desde enero de este año 2014 es a una II Gue­rra Sectaria. Y quien la está protagonizado en el bando contra el gobierno de Al Maliqui es el DAIISH, heredero directo de Al Caida en Iraq, el cual, tras marcharse a Siria y romper finalmente con Al Caida, ha regresado tam­bién a Iraq.

En esta II Guerra Sectaria los dirigentes de EEUU y los medios de difusión occidentales no esconden sus tesis, según la cual el fracaso de Al Maliqui -que no olvidemos ha vuelto a ganar las elecciones hace pocos meses- sig­ni­fica que Iraq es un «estado fallido». No importa que milicias sunníes -como de los Consejos de Salvación de Al Ánbar (oeste iraquí)- se hayan movilizado desde el año pasado para combatir en Falulla y Ramadi junto al ejér­cito -el comandante de estas milicias, Mohamed Yamis Abu Rishay, murió asesinado a principios de junio-. No importa que el gobierno de Al Maliqui no pregone ningún discurso de exclusión ni marginación de los iraquíes sun­níes: las cancillerías y medios de difusión de Occidente y del Golfo le han sentenciado como diri­gente de un gobierno sectario.

La rebelión del norte y del oeste Iraquí

Es cierto que los saudíes han tratando de desestabilizar al gobierno de Nuri Al Maliqui apoyando sin mucho disi­mulo esta rebelión. Este levantamiento en el oeste -Al Ánbar- y en el norte está sustentado por algunas tribus sun­níes -una advertencia: la mitad de la población iraquí no se encuentra vinculada a tribu alguna, pero la que sí se siente vinculada tiene mayor capacidad de intervención, pues ya sabemos que la parte de la población verte­brada y organizada tiene siempre mucho más poder que la que no está encuadrada en ningún sitio- que no son, para nada, abdelwahabitas, pero han aceptado contar como aliados a los tacafres del DAIISH utilizándolos como “comandos locos” de vanguardia, algo similar a lo que trataron de hacer con ellos -y con los del Frente de la Vic­toria (Al Caida «oficial»)- los rebeldes sirios, tanto del Ejército Libre como los del salafista Frente Islámico.

En Siria tanto los «sirios libres» como los «frenteislamistas» salafistas se ven ahora apurados tanto por las con­tra­ofensivas del Ejército de Al Ássad como en su guerra «a sus espaldas» con el DAIISH, que ha llegado hasta asesinar a los enlaces y mediadores con el Frente Islámico. Al Ássad ha salido fortalecido por el apoyo ganado en una población harta de tres años de guerra y destrucción, aún más asustada con el terrorismo tacafre que con la represión del régimen y, sobre todo, irritada por unos rebeldes incapaces de ofrecer un frente unido y contener a sus antiguos aliados. Es decir, por ambos motivos, a los rebeldes sirios les «ha salido el tiro por la culata» y les ha perjudicado su alianza con los tacafres -éstos no hacen caso de acuerdos con «falsos musulmanes», y todos los atentados tacafres son achacados al conjunto de los rebeldes-.

No nos cabe duda que el poderoso jefe de los servicios secretos saudíes, Bandar ben Sultán hasta abril, organi­zador de los recursos humanos y materiales para el Frente de la Victoria y para el DAIISH, nunca se planteó que éstos tuvieran alguna posibilidad para dominar a todos los grupos rebeldes, y menos de ganar la guerra ante Al Ássad si se ponían al frente de los rebeldes. Su objetivo era el que se ha ido cumpliendo estos años: destrozar Siria y neutralizarla políticamente. Los saudíes jamás se plantearon facilitar una victoria de los rebeldes, pues és­tos tampoco aseguraban una Siria dócil ante los saudíes -Turquía sería un «patrón» mucho más atractivo-. Para eso contaron con el Frente de la Victoria y, sobre todo, con los aún más extremistas del DAIISH: más destrucción en Siria y, sobre todo, volver imposible una estabilización de los rebeldes y una hipotética victoria de éstos.

Pero no olvidemos que ben Sultán ha sido forzado a dimitir por sus desavenencias tácticas con Washington. Sea como fuese, a Arabia Saudia la jugada en Iraq les puede salir finalmente muy mal y es muy posible que el DAIISH, como señalamos al principio, «haya roto la correa» y escapado de su con­trol, haciéndose más fuerte de lo que se espe­raba. La decisión de Nuri Al Maliqui de formar un gobierno como él quiere -no lo ha hecho desde que es primer ministro- implica un mayor acercamiento al Eje Irano-sirio. Para provocar la caída de Al Maliqui y reeditar otro «go­bierno de concentración» que mantenga en el «limbo» la línea política internacional de Iraq, los saudíes han espoleado la rebelión de esas tribus sunníes, han apoyado a las milicias de la Orden Naqshbandía encabeza­das por el baazista insurgente general Izzat Ad’Duri -tiene su gracia ver a un panarabista socialista «laicizante» al frente de una fuerza convocada al amparo de una orden «sufi»-, y han suministrado recursos al DAIISH para que actuara como «fuerza de choque»…

Y es que la bomba les puede estallar en las manos

Pero el tiro puede salirles por la culata no sólo a los rebeldes del Oeste y del Norte aliados al DAIISH -ya les está saliendo por ahí, con la campaña de «arrepentimientos» y juras de fidelidad a Ibrahim Awad Al Badri As Samarray (el «califa Abubácar de Bagdad» que gobierna desde Mosul), algo muy parecido a lo que les ha ocurrido a los rebeldes sirios-, sino que también les está estallando a los saudíes. Pues los nacionalistas curdos, en connivencia con sus antiguos enemigos -DAIISH, milicias de la Orden Naqshbandía, «Protectores de la Sun­na»…- han conquistado territorios rompiendo sus acuerdos con Bagdad, entre ellos la gran ciudad de Quircuc -la cual consideran los na­cionalistas exclusivamente curda-. El gobierno sionista de Netanyahu ha anun­ciado el re­conocimiento del estado «independiente» del Curdistán iraquí, y el presidente Erdogan de Turquía ha declarado que se resigna a ello. Aunque los planes del general Ad Duri sean otros -y está siendo superado por el DAIISH- los in­tereses particularistas de sus aliados tribales pueden muy bien imponerse para rei­vindicar el modelo «auto­nómico pre-separatista» curdo-iraquí para las provincias del Oeste y del Norte -Al Anbar, Saladino y Ninwe-: un «Arabo­sunnistán» iraquí, por mucho que se opongan ello Ad Duri y Arabia Saudita. Si esto se diera, provocaría de inmediato la alineación de Bagdad con Irán y Siria: de un Iraq medio-convencido para el Eje del Mal, los saudíes conseguirían sin pretenderlo un Iraq dividido en tres países, pero siendo el Iraq del Sur -el que tiene la frontera con Arabia Saudita- el abiertamente hostil y pro­iraní irreme­dia­ble­mente.

Es decir, los éxitos del DAIISH ha ayudado sobremanera no a provocar un cambio político de Bagdad, para anu­larlo como aliado creciente de Teherán -era lo que de­seaban los saudíes- sino que vaya imponiéndose la sentencia occidental del «Estado Falllido» de Iraq: se ha recuperado la idea británica de dividir Mesopotomia en tres países. Como esto suceda, los saudíes se subirán por las lámparas de su desaforada y ostentosa «torre de Sauron londinense» que han levan­tado en Meca con pésimo gusto -y aún peor, pésimo respeto por el principal santuario de todos los musulmanes del planeta-, pero es lo que quieren los sionistas y esperan los norteamericanos para recuperar influencia en esa parte del mudo: «exacerba la identidad para dividir e imperar abiertamente. Si no puedes imperar, exacerba la iden­tidad para dividir y jugar con unos y otros».

Los saudíes han estado jugando a la desesperada tratando de neutralizar la tendencia proirania de Bagdad y alargando la guerra en Siria. Es posible que Riyad esperase desatar una guerra entre Irán y EEUU durante estos años, pero ésta no ha estallado pese a todos los intentos coincidentes entre sionistas y saudíes por provocarla. Si los yanquis la cagaron con la III Guerra del Golfo por culpa de las prisas «imperiales» de los neoconservadores por aplicar sus experimentos neo-liberales en Iraq y la avaricia de las corporaciones yanquis por el negocio de la re­construc­ción -que ha ido para empresas turcas pero, sobre todo, para contratos iranios-, los sau­díes, probable­mente, han cometido su gran error histó­rico en andar desestabilizando Iraq desde el año 2005, porque la fractura de este país no sólo va a erigir un estado manifiestamente hostil a él, sino que los EEUU pueden alentar ahora el sacrificio de un aliado incómodo, propiciando la fractura territorial del propio reino saudita, ya demasiado indepen­diente -ganando el aplauso de mucha gente, ante el odio que los sauditas se han ganado (merecidamente) entre musulmanes y no musulmanes en todo el mundo- con la creación de una «Arabia Chiíta del Golfo», justo la re­gión donde se encuentra los yacimientos petroleros.

Desde principios del siglo XX los saudíes han sido el mayor promotor de división entre los pueblos árabes, ira­nios y de mayoría musulmana de Oriente Próximo, beneficiando con ello los planes del imperalismo británico y francés. Cuando tras el hundi­miento del Califato Otomano -con apoyo de los rebeldes árabes- se erigieron los dos grandes reinos árabes ha­che­mitas -el de Heyaz al occidente de la Península, al lado del Mar Rojo, y el de la Gran Siria, al norte, entre el Mediterráneo y el Golfo- los saudíes y los británicos cooperaron para acabar con el reino del Heyaz. La ideología abdelwahábica ha sido la mayor fuente de sectarismo que ha infectado a las masas sunníes. Si exceptuamos quizás el reinado del saudí Faisal, quien sí buscó acercamientos entre las naciones de Oriente Medio -1973 fue el punto álgido de esa línea-, los saudíes han sido promotores de sectarismos, tiranías, confrontaciones y neutralizaciones de cualquier proyecto para levantar y desarrollar estados plenos: no podrían sobre­vivir con vecinos árabes que fueran un modelo de naciones emancipadas, pues su régimen dinástico se vendría abajo. En esa loca carrera por desestabilizar Damasco y Bagdad para que no se consolide su eje con Teherán, la fractura que han generado será aprovechada por Tel Aviv y Washington y se seguirá abriendo bajo su suelo. Han sido un instrumento fenomenal, en muchos sentidos, del imperialismo angloamericano y del sionismo: quizás éstos han decido la conveniencia de sacrificarlo tras haberse servido de él -y a través de él- durante más de ciento años.

2 comentarios to “Jugadas estratégicas… donde los tiros pueden salir por la culata”

  1. «exacerba la identidad para dividir e imperar abiertamente. Si no puedes imperar, exacerba la iden­tidad para dividir y jugar con unos y otros».

    Esto me suena, ¿no es esto lo que se está haciendo con los ‘pueblos de España’ de puertas para adentro desde haca ya muchos años??

  2. Por supuesto es lo que están haciendo en España.
    Tanto exacerbando las identidades (es decir, los “hechos diferenciales”, pues las identidades comunes son siempre despreciadas) entre españoles de distintos territorios, como entre españoles y residentes extranjeros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: