Necesidad de un catalanismo hispánico

JOSE ALSINA CALVES

por José Alsina Calvés – Muchos catalanes no compartimos la deriva independentista. En este sentido no podíamos dejar sin respuesta al desafío soberanista, protagonizado por el Sr. Artur Más y sus cómplices, y poner sobre la mesa una serie de elementos que no están presentes en el debate actual desde una perspectiva nueva: el catalanismo hispánico.

Sorprende y asusta en primer lugar el bajísimo nivel teórico del debate, en el cual los tópicos, las mentiras, los lugares comunes y la falta absoluta de rigor son habituales en ambos lados. Unos afirman, con todo atrevimiento, que Cataluña perdió su independencia en 1714 (como si antes hubiera sido independiente). Los otros contestan, con gran profundidad ideológica que lo moderno ahora es la unión.

Constatamos, por otra parte, una creciente intolerancia entre los soberanistas, intolerancia que nace de la identificación del soberanismo y el independentismo con el pensamiento “políticamente correcto”, que siempre es intolerante, y la necesidad que tiene el independentismo, no de mayoría, sino de unanimidad. Esta unanimidad se consigue excluyendo del debate a todos los que no somos independentistas, con lo cual el debate desaparece, o se degrada a una simple cuestión de matices entre personas que prácticamente piensan lo mismo. Un buen ejemplo es la tertulia del Sr. Cuní en 8TV.

El catalanismo hispánico se define como identitario ¿Qué significa esto? Pues una concepción del ser humano en la que sus raíces de pertenencia, su identidad cultural, política, lingüística, religiosa o sexual, no son obstáculos de los que tiene que liberarse, sino realidades irrenunciables que conforman su personalidad, fuera de las cuales no hay más que alienación y nihilismo. En oposición tenemos la concepción individualista, que pretende “liberar” al ser humano de todas sus identidades, a las que considera obstáculos para la libertad, y crea esta figura del “individuo universal”, “libre” de todo vínculo, consumidor “racional” de productos caducos y enemigo de “cualquier forma de opresión”.

El catalanismo hispánico afirma la identidad de todo catalán relativa a su localidad de nacimiento, de Cataluña, de España y de Europa. La relación con estas realidades no es contractual, sino identitaria. No se puede renunciar por un acto de voluntad como el que cambia de marca de dentífrico. Pero ser catalán no tiene por qué implicar que a uno le gusté el Sr. Más, ni ser español que a uno le guste el Sr. Rajoy, ni ser europeo que a uno le guste la UE, el Sr. Barroso o la Sra. Merckel.

Para mostrar la necesidad del catalanismo hispánico en el debate mostraremos cómo los dos protagonistas actuales, el soberanismo catalán y el constitucionalismo español, no son en realidad más que variantes de la misma ideología individualista.

Comencemos por el soberanismo catalán. Durante los 30 años de pujolismo el nacionalismo no fue rupturista, pero poco a poco fue configurando un espacio político, social y cultural, donde el estallido soberanista se iba fraguando. Desde la instrumentalización de la escuela, donde con la excusa de la catalanización se iban introduciendo elementos culturales, pedagógicos e ideológicos de cuño nacionalista, hasta la construcción de una “sociedad civil” subvencionada y controlada por el poder político. En el imaginario colectivo que se iba formando España quedaba reducida a un Estado, o, menos todavía, a unas estructuras burocráticas y administrativas.

La historia de Cataluña ha sido recortada y manipulada para servir al imaginario nacionalista. El conde Wifredo es presentado como “fundador de la nación catalana” (esto puede leerse en una placa que está en la fachada del ayuntamiento de Ripoll), Rafael de Casanovas es presentado como un independentista, y la guerra civil española como una “invasión” de Cataluña, olvidando el gran número de catalanes que lucharon en el bando franquista.

En contraste, otros periodos de la historia de Cataluña parece que no existan. Nadie habla de la Guerra de la Independencia, o de las guerras carlistas. Son episodios “políticamente incorrectos” para el nacionalismo; en el primer caso porque los catalanes lucharon, como españoles, contra el invasor francés; en el segundo caso porque los carlistas, a pesar de ser los herederos políticos e ideológicos de los partidarios del Archiduque Carlos en la guerra de Sucesión, lucharon junto a Franco en la guerra civil.

El incremento del analfabetismo funcional propiciado por la LOGSE (ley educativa impulsada por los socialistas, con el apoyo entusiasta de CiU) ha ayudado mucho a todo este proceso. Para mucha gente la palabra España no evoca a Ortega y Gasset o a Maeztu, ni a la generación del 98, ni a Zuloaga, ni al Greco, ni a Ramón y Cajal, ni a Falla, ni a Albéniz, ni siquiera a Lorca o a Machado. Evoca solamente a Franco, a los toros o al Partido Popular.

A la propia cultura catalana se le ha pasado el cepillo. La figura más importante de las letras catalanas, Eugeni D’Ors, es prácticamente un desconocido, un proscrito en su propia tierra. A pesar de haber sido uno de los impulsores del catalanismo y del noucentisme, D’Ors se enfrentó al nacionalismo, lo cual provocó su defenestración cultural y política en Cataluña. El haberse decantando por el bando franquista en la guerra civil (y haber sido militante de Falange Española) acabaron de decretar su muerte civil por parte de los monopolizadores de la catalanidad.

Otros escritores catalanes, como Josep Pla o Ignasi Agustí, han sufrido una marginación parecida. Curiosamente hay figuras como Martí de Riquer que han sido recuperadas por la cultura nacionalista oficial a base de una absoluta amnesia respecto a su pasado (¿nadie recuerda que Martí de Riquer fue censor de libros en los años 50?).

A partir de un cierto momento, el discurso nacionalista empieza a “cambiar de chip”. Este cambio de discurso viene de la mano de Esquerra Repulicana de Cataluña, cuando esta formación entra en el gobierno Tripartito. Nace así el nacionalismo económico. El argumento es el siguiente: lo que Cataluña aporta con sus impuestos es inferior a las inversiones del Estado, por tanto Cataluña tiene “déficit fiscal”. “España nos roba”, por tanto, si saliéramos de España todos los problemas económicos de Cataluña desaparecerían, pues podríamos gestionar nuestros recursos.

Este cambio de argumentación puede ser fruto de un deseo de ampliar la base social del nacionalismo a sectores refractarios, como los castellanoparlantes de Cataluña, pero en cualquier caso demuestra la auténtica filiación ideológica de quien la propugna.

No es mi intención rebatir esta argumentación ni mostrar las falacias que utiliza, sino mostrar su auténtica filiación ideológica. De entrada podemos apreciar que muestra dos elementos muy significativos: el reduccionismo económico y la visión contractual de cualquier sociedad humana.

El reduccionismo económico se pone en manifiesto cuando la única argumentación que se esgrime es de naturaleza económica. Ya no se habla de la identidad de Cataluña, sino de la necesaria soberanía para gestionar los recursos económicos. Detrás de este reduccionismo se esconde un pensamiento neoliberal, incompatible con cualquier idea identitaria. En ningún momento se cuestiona el actual orden socio-económico (que ha mostrado su fracaso con la actual crisis); en ningún momento se cuestiona la globalización económica, que ha destruido y está destruyendo tantas empresas catalanas, al invadirnos con productos fabricados en lugares donde la mano de obra es prácticamente esclava (al contrario, se la defiende con eufemismos como “internacionalización económica”) ¡¡el que supuestos nacionalistas defiendan la internacionalización de cualquier cosa no deja de tener gracia¡¡; tampoco se cuestiona la ola migratoria, subproducto de la globalización, que está cambiando el paisaje urbano de nuestros barrios, pueblos y ciudades (al contrario, se la defiende a capa y espada).

La visión contractual de cualquier relación social humana es el corolario de este pensamiento neoliberal. El individuo “libre” toma decisiones racionales, pensando siempre en maximizar sus beneficios. En un momento dado los individuos “deciden” vivir en sociedad (¿cómo vivirían antes?) y ya tenemos el “contrato social”. De la misma manera los catalanes deciden (derecho a decidir) irse de España porque no les es “rentable”, y los “servicios” que ofrece el Estado español son insuficientes por las “cuotas” que hay que pagar.

La argumentación del contrato social es antropológicamente falsa. La sociedad humana no nace del contrato “libre” entre los individuos porque es anterior a los mismos individuos. El ser humano nace en el seno de una sociedad determinada, y hay muchas cosas que no elige: la época, el país, la cultura, la lengua, la religión. Todo esto forma parte de la identidad, a la que no se puede renunciar por un acto de voluntad.

Este discurso, que tiene la rúbrica de ERC, es adoptado por el Sr. Más y por CiU desde el 11 de septiembre de 2012. De ser un discurso minoritario pasa a formar parte de la “centralidad”, del discurso “políticamente correcto” que todo el mundo debe pensar. No tiene suficiente con la mayoría: necesita la unanimidad.

Frente a este discurso, el gobierno del Sr. Rajoy y el Partido Popular oponen otro al que podríamos llamar “constitucionalista”. Es un discurso muy poco atractivo, que no busca convencer, sino que amenaza (recordemos la sentencia de Unamuno “venceréis, pero no convenceréis”), pero que además comparte el mismo trasfondo ideológico que el discurso soberanista.

Según los constitucionalistas el “derecho a la autodeterminación” (o “derecho a decidir”) no está reconocido en la Constitución Española, y cualquier consulta en Cataluña sería inconstitucional, porque el depositario de la soberanía es el conjunto del pueblo español. Por tanto cualquier iniciativa en este sentido sería ilegal, y en consecuencia punible (¡amenaza!). La independencia de Cataluña sería una catástrofe ECONÓMICA (¡amenaza!), y llevaría a esta fuera de la UE (¡amenaza!).

Aunque tengan razón en algunas cosas, los constitucionalistas olvidan muchas otras.

En primer lugar que la existencia de España como nación política es anterior, no solamente a esta Constitución, sino a cualquier otra. En segundo lugar que la existencia de España da sentido a la constitución, y no al revés. Si España no existiera o muriera de muerte natural ninguna constitución le devolvería la vida.

El argumento de que el “derecho a decidir” no está contenido en la Constitución es un argumento muy débil, pues la Constitución se puede cambiar, y de hecho hace poco fue retocada, con el consenso de PP y PSOE, (y sin consultar a nadie) para introducir un nuevo título sobre el déficit público.

Pero además los constitucionalistas olvidan que la Constitución Española está llena de contradicciones y de ambigüedades, que son fruto de la forma atípica como se elaboró. Así por una parte afirma que “España es una nación”, pero a continuación dice que “España está formada por regiones y nacionalidades”, olvidando que nacionalidad es relativa a nación, y sin establecer ningún criterio para diferenciar lo que es “región” y lo que es “nacionalidad”.

También olvidan los constitucionalistas que la Constitución Española no se elaboró siguiendo un proceso constituyente, y que ni siquiera el Parlamento que la elaboró había sido elegido como tal. La Constitución fue fruto de un consenso entre la tecnocracia tardofranquista, los partidos nacionalistas y de izquierdas y determinados poderes fácticos. El pueblo español tuvo muy poca participación en la elaboración de esta Constitución, fuera del SI o del No en el referéndum, en el que muchos votaron sin ni siquiera haber leído el texto.

Pero sobre todo los constitucionalistas olvidan algo fundamental: una nación es un proyecto de vida en común, un proyecto sugestivo y motivador. Una constitución es, en el mejor de los casos, la plasmación legal y formal de este proyecto, pero cuando no hay proyecto solamente es un papel.

Cuando se pone en manifiesto de forma más nítida que, en el fondo, constitucionalistas y soberanistas comparten una misma visión economicista e individualista del hombre y de la sociedad, es cuando oímos a los soberanistas hablar de la “marca” Cataluña y a los constitucionalistas de la “marca” España. Cataluña y España quedan reducidas a marcas comerciales, a fábricas de productos y servicios. Ni tradiciones, ni identidades, ni proyectos ni valores, solamente “debe” y “haber”. No hay Política (en mayúscula), solamente contabilidad y recursos humanos. No se gobierna para los ciudadanos, sino para los mercados. Las ciudades no se hacen pensando en los que viven en ellas, sino en los turistas. La única diferencia es que los soberanistas venden mejor su producto.

Es necesario un nuevo discurso, identitario, catalanista e hispanista. Para denunciar las falacias e insuficiencias de los discursos dominantes, y para mostrar que ambos son deudores de una misma filosofía que rechazamos. Para contestar al discurso soberanista desde la propia identidad catalana, y al discurso soberanista desde la identidad hispánica. Para incidir no solo en la realidad catalana, sino también en la española, porque no hay problema catalán, o, en todo caso, el problema catalán es parte del problema de España.

Pensamos que es necesario.

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