Paz

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Quizá no haya un bien tan precioso para los pueblos como la paz; pues, faltando ese bien, todos los demás bienes no pueden alcanzarse en plenitud ni disfrutarse sin temor. Precisamente por ser un bien tan preciado, la consecución de la paz es una tarea que a todos nos obliga; y muy especialmente a los Estados, como titulares de un deber de reconciliación entre los pueblos, en el que las relaciones de fuerza se sustituyan por relaciones de colaboración con vistas al bien común. A esta tarea de lograr la paz se han entregado con denuedo las llamadas cínicamente ‘naciones civilizadas’ (que, en puridad, no son sino las naciones cuya supremacía bélica intimida a las demás); pero, por supuesto, la paz lograda ha sido por completo engañosa: en primer lugar, porque la jurisdicción de dicha paz se ha circunscrito a las ‘naciones civilizadas’, que mientras mantenían su casa en paz desaguaban sus tensiones convirtiendo los arrabales del atlas en escenario de atroces guerras; pero también porque, aun la paz lograda por las ‘naciones civilizadas’ en territorio propio, es una falsificación pérfida sobre la que luego se ha erigido una de las ideologías más características de nuestro tiempo, el pacifismo, que con frecuencia no es sino irenismo hipócrita que disfraza de elevados sentimientos lo que no es sino deseo egoísta de mantener a toda costa el bienestar alcanzado; cuando no algo todavía más inicuo: fatalismo, pusilanimidad, inhibición del espíritu combativo y desprecio de la justicia.

Y aquí llegamos adonde deseábamos: porque no hay paz verdadera sin justicia; pero todas las formas de paz que nuestra época propone como solución a los conflictos se fundan sobre una supuesta imposibilidad para reconocer la justicia, dando por supuesto que es una cuestión incognoscible. Y así se alcanzan tan solo paces de componenda, en las que absurdamente se reconoce una porción de justicia ‘alícuota’ a cada parte, en caso de equilibrio de fuerzas; o bien paces impuestas por decreto, en las que las condiciones las impone la parte más fuerte.

De este modo, no se logra otra cosa sino que las injusticias anestesiadas por la morfina del pacifismo se vayan amontonando unas encima de otras, hasta hacer de esa falsa paz una montaña de injusticias presta a estallar como un Etna de resentimientos atávicos. Porque la paz no es ausencia de guerra (al estilo de la pax romana lograda por Octavio) ni un equilibrio entre fuerzas adversas (al estilo de la llamada ‘guerra fría’), sino la búsqueda de un orden fundado en la justicia, que exige dar «a cada uno lo suyo»: castigo al criminal, resarcimiento a la víctima y garantías de que la injusticia no podrá seguir reinando, para lo que con frecuencia habrá que hacer uso de la fuerza. He aquí lo que el pacifismo contemporáneo no quiere aceptar; de ahí que casi todas las paces que logra sean paces que cierran en falso heridas que acaban enconándose.

Tras la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad de las naciones se afanó en construir un ‘nuevo orden mundial’ (¡qué miedito!) que preservara a las generaciones futuras del flagelo de la guerra, instituyendo la prohibición generalizada del recurso de la fuerza, con las excepciones consabidas de legítima defensa y las medidas acordadas para mantener la paz por su Consejo de Seguridad. Pero ¿en verdad esa prohibición generalizada del recurso de la fuerza garantiza el mantenimiento de una paz justa o, por el contrario, contribuye a enquistar situaciones estructurales de injusticia?

Y, en el sentido contrario, ¿qué legitimidad moral podemos reconocer a las potencias de ese Consejo de Seguridad que, antes que el bien común, buscan fortalecer sus posiciones geopolíticas y económicas, sostenidas sobre principios inicuos? ¿No podría ocurrir que la paz y la guerra que decreten sean siempre una paz inicua y una guerra injusta? Se nos dice que, en sus decisiones, los mueve la promoción y el desarrollo de los pueblos; pero ¿de qué ‘promoción’ y ‘desarrollo’ estamos hablando? ¿Tal vez del desarrollo de una legislación laboral inspirada en el crecimiento económico chino? ¿Tal vez de la promoción de los pueblos entendida al modo igualador y colonialista del Tío Sam? ¿Tal vez promoción y desarrollo de las generaciones presentes a costa de la ruina de las generaciones venideras, sea a través del expolio de los recursos naturales, sea a través del aborto generalizado?Cuando era niño, había una frase misteriosa de Jesús cuyo sentido último no lograba penetrar: «La paz os dejo; mi paz os doy. No os la doy como os la da el mundo». Ahora la entiendo perfectamente; y sé que esa paz evangélica es exactamente la contraria de la que preconiza la ideología pacifista.

Fuente: Finanzas.com

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