El verdadero significado de “Podemos”

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoReconozco que me llamó la atención el programa de Podemos, por el protagonismo que le brindaron los medios de comunicación nacionales en calidad de “novedad” de las elecciones. Yo, desde antes, vi con simpatías su defensa de los desahuciados y su negativa a aceptar lo inadmisible: la hegemonía absoluta del capitalismo y la depauperación progresiva de las clases medias.

Por mucha retórica democrática que se quiera echar al asunto, no es aceptable un sistema en el que se abren a marchas forzadas abismos entre clases sociales, un sistema en que hay ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Pese a saberles de izquierdas, dado que he mirado siempre con conmiseración el dogmatismo cerril de la izquierda –en el pasado ese dogmatismo se cobró millones de vidas de “revisionistas”, “contrarrevolucionarios” y demás-, pensé que el “fair play” intelectual me obligaba a escucharles. Al fin y al cabo, los tiempos son otros y a tipos como Jorge Verstrynge ya no se le ahorca en la plaza pública tras un proceso “popular” seguido de una severa “autocrítica”. A lo mejor los chicos de Podemos tenían razón en muchas cosas.

Vaya por delante, que no comparto en absoluto la crítica liberal de las posiciones de Podemos. En lo que a mi respecta las recetas liberales han sido un clamoroso fracaso a dosis bajas, por lo que no hay razones para pensar que a mayores dosis no pudieran incluso acabar con el enfermo. Entender la crítica a esa pendiente por la que caemos como si fuera “un esfuerzo permanente para deslegitimar las instituciones del propias de la democracia liberal, fuente última de la podredumbre del ´sistema´”, tal y como dice José García Domínguez en Libertad Digital, es simplemente una impostura. Tampoco me sirven los argumentos del tipo de “cómo se va a pagar”: hace años nadie hubiera creído que se pudieran pagar 400.000 políticos y 17 administraciones.

Pero desde luego algo hay que hacer y desde luego también no será con las recetas al uso, sencillamente porque no hay que olvidar que es exactamente esa “democracia liberal” la que nos ha llevado a un empobrecimiento creciente, a la desnacionalización de nuestro país, a la ruptura separatista y a las convulsiones sociales que vivimos. Como hay mucha gente que vive bastante bien sobre las espaldas de otros muchos, no es nada raro que se quiera echar tierra encima de cualquier voz discrepante apelando al “populismo”. En resumen, la crítica a Pablo Iglesias tiene más virulencia que otras situaciones que, sin embargo, se justifican por omisión cuando no deberían justificarse en modo alguno. En consecuencia, me leí el programa de Podemos de cabo a rabo.

Por desgracia he acabado constatando que, con alguna salvedad, no es más que otro producto sin originalidad de la izquierda marginal. Con sus tesis ocurre lo mismo que con las primeras terapias frente al HIV, que combatían algunos síntomas pero no la enfermedad. Tras las primeras páginas ya aparece claro que la izquierda –como Fidel- no da un paso atrás ni para coger impulso. Por este motivo sostiene acríticamente todos sus dogmas y distorsiones ideológicas que les son tan queridas, al precio, naturalmente, de hipotecar el proyecto entero. En primer lugar, choca la utilización constante de la expresión “control democrático” o “gestión democrática”. Además, en el punto 4.5 titulado “potenciar la integración y cooperación entre los pueblos”, se despachan con la abracadabrante petición de aplicar “las directivas europeas relativas al racismo, xenofobia y apologías del fascismo, con las consiguientes medidas punitivas contra su apología y reparación a las víctimas”.

En la izquierda estas cosas dan siempre mala espina porque en primer lugar, consciente o inconscientemente, tienden a pensar que los únicos demócratas son ellos. Por si fuera poco, palabras como “racismo”, “xenofobia” y “fascismo” han sido tan manoseadas que se han convertido en conceptos polisémicos e indefinidos que, cómo no, sirven para que la izquierda pueda condenar al ostracismo –o a algo peor- a los que no le gustan.

Por supuesto, no existe una alusión clara a “las consiguientes medidas punitivas contra su apología y reparación a las víctimas” en lo referente al terrorismo –etarra, marxista y de izquierdas- o a la violencia “antisistema”, que periódicamente arrasa algún barrio y a la que Iglesias siempre intenta quitar hierro en sus debates. Tampoco importa que las citadas “medidas punitivas a la apología” se den de tortas con la “defensa decidida de la libertad de expresión” del punto 2.8. En suma, no hay, por tanto, en Podemos una clara execración de la violencia y el terrorismo venga de donde venga, sino una justificación de la propia cuando no una omisión, además de una petición expresa de castigar penalmente ciertas opiniones.

En segundo lugar, leí aquello que dijo en La Razón de que a la política nacional le faltaba “patriotismo”. En no se qué entrevista le leí también que había que favorecer la unidad popular más allá de la izquierda. Me sonaba bien. Pero llego a su programa y me encuentro con el cosmopolitismo izquierdista de siempre, esencialmente idéntico al neoliberal.

Según se dice en el punto 4.3, titulado “derecho a tener derechos”, cualquier persona de cualquier parte del mundo que quiera venir a nuestro país, legal o ilegalmente, tiene derecho a exigir vivienda, trabajo y residencia. Dado que un derecho es una exigencia, el Estado español está obligado a proporcionárselo. En estos términos el punto 4.3 supone el acta de defunción de la nación española –y de la Unión Europea- en tanto que un Estado en el que no se distingue entre propios y extraños es, de facto, innecesario.

Por si fuera poco, se reconoce el “derecho a la autodeterminación” en el punto 2.2, haciendo causa común con la manipulación nacionalista de la historia y de la destrucción –propiciada por los nacionalistas- de nuestra identidad nacional. Según el programa de Podemos la nación no es si no una estructura burocrático administrativa de derechos, de corte voluntarista. Salvo por la terminología radical, los teóricos de la “nación cívica” de FAES no lo hubieran explicado mejor. En tercer lugar, a la izquierda le sigue sobrando la familia en base a su neurótica obsesión con el género y el histerofeminismo.

Pero les guste o no los absurdos que se siguen de la teoría del género no solo distan mucho de estar probados, sino que han conducido a políticas abiertamente antifamiliares. Según la teoría del género, las diferencias hombre-mujer solo son constructos sociales nacidos de relaciones de producción y dominio. Yo soy de los que creen que esto es una superchería de tomo y lomo por razones que quedan al margen de este artículo pero el caso es que al debe de la teoría del género, la izquierda carga cualquier vejación pasada, presente y futura que se ajuste a los cánones y prescinde de las que no.

Desde la “patologización” de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales hasta la mujer que cobra menos por hacer lo mismo, todo se explica según la susodicha teoría. Es algo muy discutido y discutible pero el caos es que de ahí se deriva que hay “modelos de familia” alternativos, todos ellos con los mismos derechos. Para sostener el andamiaje de la teoría de género están dispuestos –como es tradición- a montar un sistema educativo –cuando lo hace la Iglesia entonces “adoctrina”- que enseñe desde el colegio los devaneos ideológicos del “género” y que recurra a la discriminación positiva (punto 2.11). Por si fuera poco, no solo disuelve a la familia multisecular y universal en un maremagnum de “modelos”, sino que además el partido se compromete con el complejo abortista-industrial, ensamblando esta tecnología de la muerte en el sistema público de salud y otorgándole el rango de “derecho”.

Cuesta entender los llamamientos, aludidos anteriormente, a la “unidad popular” realizados por Iglesias en la entrevista concedida al medio online La Hiedra (9.5.2014), y donde dice “nos parece mucho más importante la unidad del pueblo, la unidad popular que la unidad de la izquierda”. Esta “unidad” es la unidad del soviet, realizada exclusivamente sobre sus principios. Así, por ejemplo, no tiene el más mínimo reparo en atacar los “privilegios” de la Iglesia -¿Y si cobrara la Iglesia al Estado por todas las obras sociales que hace a coste de obrero asiático?- y en abogar por la supresión de la enseñanza concertada, que importa a un sector mayoritario de los españoles.

Naturalmente, el programa de Podemos puede leerse en clave de exclusión total de cualquier expresión pública de fe religiosa (cristiana, claro. Las otras son “minorías” con “derechos”). Y es que a los chicos de Podemos les puede la secular dogmática de la izquierda, desde la Ilustración. Léase una historia de la revolución francesa y se verán muchas ideas de Podemos en marcha.

Jamás han entendido que lo racional no es lo real y que, hoy, a lo social se llega por lo nacional. Por eso todo aquello que mina, socava y destruye los fundamentos de la nación trabaja en aras de los intereses del capital global. La disolución de la nación a base de “referenda” de autodeterminación, la colusión con las políticas que nos han conducido al invierno demográfico, la destrucción de la identidad popular y el ataque al Estado de Bienestar con la inmigración masiva, todo ello no son sino la última versión de una izquierda en el fondo alineada con los intereses de la globalización. Las contradicciones irresolubles entre su defensa franca de ciertas políticas clave del turbocapitalismo y cosas como el control político del BCE o el control estatal de sectores estratégicos deberá resolverlo quizás savia nueva exenta de los prejuicios de los dirigentes actuales.

De momento son más de lo mismo y por eso, en el fondo, todos les dan una palmadita en la espalda o a lo sumo refunfuñan un poco. No tienen “fiscales contra el odio” que les persigan ni canales de televisión que se resistan a sus encantos. Ni siquiera los de la derecha liberal. Nada nuevo bajo el sol, como se ve. Nice try, guys.

Fuente: ESD

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