Relaciones peligrosas. Un relato sobre la «Nouvelle Droite» y el «Front National»

FRONT NATIONAL

por Jesús J. Sebastián – Muchos se preguntan: ¿cómo ha conseguido un partido político encuadrado en la derecha radical europea como el Front National obtener espectaculares resultados electorales? Pues bien, buena culpa de ello corresponde a la influencia ideológica y al trasvase de intelectuales y activistas por parte de la llamada Nouvelle Droite francesa: un ejemplo de los réditos que pueden derivarse del necesario tránsito de una estrategia exclusivamente utópica, cultural y metapolítica a una actividad preponderantemente pragmática, transversal y realpolítica. Pero ¿cómo llegó a producirse este proceso?

El principio: oposiciones

Jean-Marie Le Pen / Alain de Benoist, el opositor

Desde mediados de la década de los años 80 del siglo pasado, el Front National (FN) empezó a trasladar a su programa muchas de las ideas y reflexiones de la Nouvelle Droite (ND) o Nueva Derecha francesa, gracias a la incorporación de todo un grupo de intelectuales procedentes del Groupement de Recherchse et d’Étudse pour la Civilisation Européene (GRECE) y del Club de l’Horloge, reunidos en torno a la figura de Bruno Mégret. Pero identificar FN y ND es un grave error porque existen diferencias relevantes e insalvables entre ambas formaciones. De hecho, las relaciones entre Jean-Marie Le Pen y Alain de Benoist nunca han sido favorables a un entendimiento. Entre otras cuestiones, De Benoist siempre ha reprochado al FN su acusada xenofobia antiinmigratoria y su liberal-capitalismo. Pero lo que sí es cierto es que la ND ha ejercido una influencia notable en el FN.

Algunos analistas, no obstante, como es el caso de André Delorme, consideran que los grecistas desembarcados en el partido lepenista habrían abandonado sus ideas neoderechistas al mismo tiempo que su militancia. Delorme asegura que “no hay elementos del GRECE en el FN”, alegando que las revistas del grupo, especialmente Éléments, atacaban sin piedad a Jean-Marie Le Pen y que su líder intelectual Alain de Benoist siempre habría manifestado su absoluto rechazo por el movimiento nacional francés. Otros, sin embargo, como Roland Gaucher, opinan lo contrario: los intelectuales grecistas enrolados en las filas lepenistas “se han formado en una determinada escuela de pensamiento, e incluso, si ya no forman parte de la Casa de Benoist, siguen marcados por ella, del mismo modo en que alguien que ha dimitido de la Acción Francesa puede seguir siendo maurrasiano”.

El caso es que Alain de Benoist nunca se ha encontrado en el mismo campo político que Jean-Marie Le Pen. Él mismo ha declarado en múltiples ocasiones que nunca ha confiado su voto a la formación frontista. Pero el pensador francés, en diversas entrevistas, siempre ha dejado claro que no profesaba enemistad alguna por el líder del FN. Para De Benoist, Le Pen es «un hombre valiente y, seguramente, uno de los pocos auténticos hombres políticos de nuestro tiempo […]. Cuando he tenido que criticar al Front National no lo he hecho para contribuir a su demonización, ya que, por otra parte, nunca he considerado ni por un momento que representaba una amenaza para la República […] El Front National registró importantes resultados electorales, pero no pienso que haya hecho reaparecer a la derecha en la esfera política de una forma positiva. Centrar su discuso en la inmigración, como ha sucedido durante mucho tiempo, hizo que apareciera de inmediato como un partido anti-inmigrantes, como el partido de la xenofobia y la exclusión. Seguramente era rentable electoralmente, pero se hacía creer que todos los problemas a los que se enfrenta nuestro país se resumen en la cuestión de la inmigración, simplificación que yo no he admitido en ningún momento. La consecuencia fue el renacimiento inmediato de un “antifascismo” –tan anticuado como el “fascismo”– que consolidó un debate en términos anacrónicos. Así, la inmigración se convirtió en un problema silenciado, del cual ya no es posible hablar con normalidad.»

Una de las principales críticas de De Benoist a Le Pen se centraba en la actitud pro-americana de éste: «Como miembro de la derecha tradicional, Le Pen estaba acostumbrado a razonar desde la perspectiva de “Occidente” más que desde la de “Europa”. Ésta es una herencia de la época de la Guerra Fría, cuando se suponía que el “mundo libre” tenía que constituir un bloque unido contra la Unión Soviética. Por otra parte, cuando el FN comenzó a tener algún éxito era la época de Reagan y Thatcher. Por tanto, Le Pen, como un verdadero político oportunista decía que era “el Reagan francés”, pero evidentemente no le funcionó. Posteriormente, ha tenido una evolución hacia el anti-americanismo. Y, en consecuencia, también empezó a situarse en contra al mismo tiempo de la Unión Europea y de los Estados Unidos. Hoy en día Le Pen ve cómo todo el mundo, bajo la globalización entendida como un Nuevo Orden Mundial, está organizado bajo la dirección y los intereses de los norteamericanos. En una situación así, Le Pen suena como la voz discordante, como corresponde a su lugar en el panorama político francés». Este anti-americanismo, inspirado por Bardet, provenía de algunos elementos de la crítica radical a la “ideología americana” realizada por la ND, pero la actitud de Le Pen no se fundamentaba en razones ideológicas o filosóficas, sino en la defensa de una posición que fuera rentable electoralmente.

Asimismo, a Alain de Benoist nunca le ha agradado la tendencia de Le Pen ainclinarse a la derecha, en una época en la que la separación izquierda-derecha ya no significa nada, algo que le condenaba por adelantado al gueto de los perdedores y sus nostalgias. En esta crítica, De Benoist piensa que el «partido político» es una forma pasada de acceder al poder, una forma de acción política privilegiada en la época de la modernidad, cuando en la actualidad quienes acceden al poder constatan que su margen de maniobra es muy exiguo y que deben sacrificar su programa porque las influencias (en particular de los grupos económicos y mediáticos) los superan. La política abandonó sus instancias tradicionales y son los mercados financieros los que tienen más poder que los Gobiernos y los Estados. Para De Benoist, un movimiento protestario como el lepenista no tiene ninguna oportunidad de llegar al poder en un sistema donde las posiciones de poder están predeterminadas, de tal forma que sólo gobernarán aquellos que no vayan a cambiar básicamente nada. Para De Benoist, el FN tendría que decidir entre dos opciones: o bien convertirse en un partido respetable, un partido de derechas que, en última instancia, pudiera llegar a ciertos acuerdos políticos con la familia derechista (la UMP), o bien ser el portavoz de las clases populares y medias que sufren los costes de la crisis y que se encuentran amenazadas de un empobrecimiento y desvertebración socioeconómica.

Alain de Benoist es consciente de que la relación entre los hombres políticos y los intelectuales siempre ha sido difícil, especialmente en la derecha, donde las reacciones emocionales dominan siempre frente a la reflexión. Los hombres políticos, como Le Pen, miran a los intelectuales con desconfianza, como a seres complejos, cuyas ideas dividen y confunden al electorado. Eso fue, quizás, lo que frustró el desembarco de los intelectuales grecistas en la formación política lepenista.

En definitiva, a Alain de Benoist siempre le llamó la atención el gran número de personas que tomaron en serio, desde el primer momento, a Le Pen, ya fueran partidarios o adversarios. Nunca consideró que Le Pen fuera un peligro, ni siquiera que pudiera alcanzar el poder, si bien estaba convencido de que lo primero que hubiera hecho, en caso de alcanzarlo, habría sido adoptar una política lo más moderada posible. Durante varias décadas el “fenómeno Le Pen” ha sido un psicodrama increíblemente constante. Sin embargo, consiguió seducir a mucha gente, provocando la creencia de que era posible un cambio, a través del problema de la inmigración, para ganar las elecciones, pero los dejó con la amarga sensación de haber perdido sus mejores años para nada. El FN de Le Pen podría haber reactivado políticamente toda una escuela de pensamiento, pero, realmente, fue su enterrador. Sin embargo, el “fenómeno Le Pen” sirvió para revelar la profunda crisis que ha afectado a la sociedad francesa contemporánea, con todas sus contradicciones sociales y políticas.

El fin del principio: relaciones

Según Diego L. Sanromán del que seguiremos su bien documentada exposición (La Nueva Derecha. Cuarenta años de agitación metapolítica, CIS, 2008)–, «su presencia [se refiere a la ND] se hará notar especialmente en la adopción por la línea oficial del partido de formas de estrategia de intervención metapolítica centradas fundamentalmente en el terreno cultural». Este giro hacia una especie de «estrategia voluntarista de acción cultural», según las palabras de Bressat-Bodet, se hará más perceptible dentro de las prácticas de la formación lepenista, en tanto los cuadros procedentes del entorno neoderechista pondrán todo su empeño en ocupar los medios de producción del discurso ideológico dentro del FN. «Se podría decir, así pues –según Sanromán–, que para los nuevos intelectuales orgánicos del partido, el éxito del gramscismo de derechas en lo político pasaba por una victoria de las tesis neoderechistas en el interior del partido mismo». No será entonces extraño encontrarse con ilustres representantes del viejo GRECE ocupando los consejos de redacción de las principales publicaciones y órganos de prensa del FN, o en los ámbitos destinados al adiestramiento y adoctrinamiento de los futuros cuadros del partido.

Las primeras victorias electorales del FN, con la inestimable ayuda de la derecha liberal-conservadora, lograron llamar la atención de los neoderechistas más inquietos y más concienciados de la necesidad de la acción política, por más que Alain de Benoist se apresurase a marcar las diferencias que separaban sustancialmente al GRECE del FN. Comienza entonces una fuga de militantes que se prolongará hasta principios del presente siglo: Hervé Lavenir, Bernard Asso, Roland Gaucher, Hubert de Mirleau, Pierre Debray-Ritzen, Jean-Jacques Mourreau, Philippe Milliau, Pierre Vial, Jean-Claude Valla y Jean Mabire son sólo algunos de los nombres de una larga e interminable lista. Hasta el mismo Guillaume Faye se deja seducir por el atractivo lepenista y colabora en sus campañas, si bien de forma esporádica y efímera, pero romperá con la agrupación grecista en 1987.

Bruno Mégret, el enlace

Pero la figura más importante en este proceso de desafección de la organización de la ND y de afectación al movimiento del FN es, sin duda alguna, Bruno Mégret. Para Sanromán «Mégret habría funcionado, de hecho, como una suerte de polo aglutinador de la facción neoderechista dentro de la organización dirigida por Jean-Marie Le Pen, y habría contribuido durante un breve período de tiempo a la hegemonía doctrinaria de esa facción en el interior del partido, sobre todo desde el año 1989, cuando se hace con el control de su centro de formación de cuadros».

Mégret figuraba también como el principal promotor de Identité, revista teórica del FN cuyo jefe de redacción será Jean-Claude Bardet, antiguo protector de Mégret en formaciones próximas a la Nouvelle Droite. Bardet había contribuido, junto con otros dos fundadores del GRECE, François d’Orcival y Pierre Vial, a la creación de la Federación de Estudiantes Nacionalistas (FEN). Se incorporará al GRECE en 1969 donde ocupará el cargo de secretario general adjunto. En 1974 se encuentra también en la gestación del Club de l’Horloge junto a Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou, organización que tenía por finalidad difundir las ideas de la Nouvelle Droite dentro de la dirección de los principales partidos de derecha y de la alta función pública. Después de varias experiencias políticas frustradas, Bardet y Mégret se convencerán, al fin, de la necesidad de vincularse al proyecto lepenista en 1986.

Jean-Claude Valla y Pierre Vial, los disidentes

Pero si hay algún veterano del GRECE cuyo trabajo de elaboración ideológica dentro del FN deba ser especialmente considerado, éstos son, sin ningún género de duda, tanto por el lugar destacado que ocupan sus aportaciones a la empresa neoderechista como por la relevancia que sus intervenciones han tenido en la renovación ideológica del FN, los casos de Jean-Claude Valla y de Pierre Vial. Veamos el currículo que de ellos hace el citado Diego L. Sanromán.

Jean-Claude Valla será responsable de la FEN lionesa y miembro de los comités de redacción del órgano Cahiers universitaires y de la revista Europe-Action, así como director de una publicación vinculada al grupo de Dominique Venner (entonces jefe de filas de un nuevo nacionalismo francés con proyección europea), L’Observateur Européen, cuyo redactor jefe es un jovencísimo Alain de Benoist (bajo el seudónimo de Fabrice Laroche). Valla figurará asimismo entre los miembros fundadores del GRECE, cuya secretaría general ocupará entre los años 1974 y 1978, encontrándose a la cabeza del equipo de redacción de Le Figaro Magazine en 1979. En el año 2000 crea la revista monográfica Cahiers libres d’histoire, dedicada a la recuperación de la historia reciente desde una perspectiva claramente nacional-revolucionaria. Dentro del FN, Valla ha hecho sus aportaciones fundamentales a la propaganda frontista como miembro directivo de dos publicaciones cercanas a las posiciones de Mégret, la Lettre du Magazine Hebdo y el nuevo semanario Minute.

Pierre Vial, por su parte, se incorpora muy joven a Jeune Nation y, tras su disolución, participa en la creación del Parti Nationaliste. Como la mayor parte de quienes conforman la primera hornada de grecistas, formará parte de la FEN y de la redacción de Cahiers universitaires, así como en los comités de apoyo a Europe-Action, implicándose en los sucesivos proyectos políticos de Dominique Venner. Vial figura entre los fundadores del GRECE, siendo secretario federal de la Comission des Traditions, director de la comisión de historia y secretario general del GRECE entre los años 1978 y 1984. Dirigirá tambien Éléments y la revista teórica de la asociación Études et Recherches. Su acercamiento al FN tiene lugar a mediados de la década de los 80 del pasado siglo. En 1988 ya forma parte del Comité central y del Consejo científico de la formación lepenista.

La ruptura definitiva con Alain de Benoist y el GRECE parece haberse producido a comienzos de la década de los 90. En 1995, Pierre Vial funda, con un puñado de veteranos neoderechistas la asociación Terre et Peuple, la facción völkisch del movimiento nacional-revolucionario francés, con el objetivo de vincular el combate político con el imperativo de lucha cultural, proyecto prometeico que, según el propio Vial, el GRECE habría quedado incapacitado para llevar a cabo eficazmente. Vial y los suyos se convierten de este modo en los más autorizados representantes de la corriente neopagana y europeísta en el marco del partido de Le Pen. De hecho, el grueso de los cuadros de la asociación está constituido por quienes fueron relevantes teóricos del GRECE en su época de mayor actividad. El triunvirato que encabeza Terre et Peuple está formado, además de por Pierre Vial, por otros dos históricos de la organización: Jean Mabire y Jean Haudry, junto a otras viejas glorias como Pierre Bérard, André Delaporte, Stéphane Bourhis o Yvan Blot. Vial cuenta incluso con la simpatía y la colaboración habitual de un Guillaume Faye convertido en francotirador solitario tras su alejamiento del GRECE, y que si algo tendrá que reprocharle al FN es su tibieza y su falta de empuje revolucionario, reproche del que estarían excluidos, sin embargo, el grupo de los identitarios de Terre et Peuple o los nacional-revolucionarios de Unité Radicale.

Según Alain de Benoist, como veremos después, Pierre Vial fue realmente el único con pasado neoderechista que pasó directamente al FN. En la reunión del consejo nacional del partido en la que se enfrentaban los sectores lepenista y megretista, Le Pen atacó directamente a Vial diciéndole: “Vaya usted a organizar un congreso del GRECE, puede que allí obtenga mayoría”. Por aquel entonces, Le Pen veía conspiraciones por todas partes y seguramente pensó que Vial estaba actuando contra él porque estaba dirigido por la ND. El caso es que Vial abandonó posteriormente el movimiento de Mégret pero no regresó al FN. Alain de Benoist recuerda cómo alrededor de 1978 o 1979 Le Pen se registró para asistir a un coloquio del GRECE y De Benoist rechazó su asistencia, pero la persona que realmente lo echó cuando Le Pen apareció no era otro que el propio Vial. Alain de Benoist hace una breve semblanza de Vial: «Esto podría parecer como un retrato de alguien que no es muy riguroso, pero Vial siempre ha sido sincero. Él es también un hombre valiente, movido principalmente por el entusiasmo, por la militancia de sacrificio. Probablemente pensaba que la mejor manera de morir sería de un paro cardíaco cuando colocaba carteles en la calle … ».

La intervención de estos ex-grecistas explicaría, en buena medida, el marcado interés por la intervención cultural del FN. En los municipios donde gobierna el FN, el partido se muestra especialmente dedicado a la batalla en el terreno cultural. Sanromán se preguna la siguiente cuestión: ¿Cómo explicar el desplazamiento de la actividad política del partido hacia lo cultural, teniendo en cuenta que su propaganda electoral parece centrarse de forma constante en asuntos tales como la inmigración, la seguridad ciudadana, la presión fiscal o la integración europea? O bien: ¿Cuáles son las influencias partidistas dominantes que habrían puesto al descubierto la adopción por el FN de políticas culturales claramente intervencionistas? La respuesta, según el investigador, es simple: la presencia de todo un conjunto de intelectuales procedentes de la ND –y concentrados en el entorno de Bruno Mégret-, para los que la intervención cultural o metapolítica poseería una importancia primordial en las principales fuentes de producción ideológica del partido, en detrimento de la posición ultralibera y no-intervencionista de Jean-Marie Le Pen. Además, la estrategia cultural del FN habría revelado la pujanza del sector megretista dentro del partido y, al propio tiempo, habría favorecido un mecanismo para escalar posiciones dentro de la organización lepenista, por encima de otras facciones implicadas en las luchas por el poder dentro del FN, como los católicos de Bruno Gollnisch.

El principio del fin: expulsiones

Bruno Mégret, número dos del FN, se encuentra a la espera de la desaparición –física o política-, de Jean-Marie Le Pen para convertirse en su “heredero”. El ascenso del sector favorable a Mégret se hace evidente durante el décimo congreso nacional del FN en 1997, donde el gran derrotado es precisamente Bruno Gollnisch, cabeza de la facción católica. Entonces, la crisis por el poder interno del partido implosiona. En 1999 Le Pen es inhabilitado judicialmente para presentarse a las elecciones europeas, ocasión que aprovecha Mégret para postularse como cabeza del partido, pero Le Pen consigue imponer a su propio candidato. Mégret no abandona y convoca un congreso extraordinario con el objetivo de hacerse con la dirección del FN y de expulsar a su dirigente histórico. Los megretistas, como Ivan Blot y Jean-Yves Le Gallou, manifiestan que “el movimiento pertenece a los militantes, no a una familia”, referencia explícita al nepotismo impuesto por Le Pen. Sin embargo, una de las hijas de Le Pen, Marie-Caroline, se alinea con el jefe de la sedición y es repudiada por su padre. El contraataque de Mégret es neutralizado y Le Pen consigue expulsar a los disidentes, los cuales formarán la agrupación Mouvement National Républicain (MNR).

Con Mégret se marcharán todos aquellos activistas e intelectuales que habían servido de soporte ideológico a su carrera en el seno del partido lepenista: las organizaciones juveniles y el sindicato universitario de extrema derecha, los cuadros del potente servicio de seguridad interno, los sectores próximos a Terre et Peuple de Pierre Vial, la revista Identité de Jean-Claude Bardet y sus antiguos camaradas del Club de l’Horlage, Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou. En suma, todos aquellos que habían compuesto y consolidado la facción neoderechista dentro del FN. La inspiración de la ideología elaborada por el GRECE en la nueva formación es innegable: el programa de los nacional-republicanos está repleto de elementos procedentes del discurso néodroitier: en lo político, sus propuestas están próximas a las posiciones culturalistas y europeístas del primer Alain de Benoist, mientras que en lo económico, las propuestas están más cerca del nacional-liberalismo de Le Pen y claramente alejadas de las veleidades socialistas de Pierre Vial.

Con este partido, Mégret tiene la ambición de sustituir al FN y situarlo en el terreno de la “derecha nacional” y no en el de la “extrema derecha”, giro con el que espera lograr un pacto con otros partidos de la derecha democrática. De hecho, Mégret se congratula, desde su creencia en la desigualdad de las razas, de haber conseguido que una buena parte de la derecha democrática hubiera adoptado la tesis de la “preferencia nacional”. Mégret dirá: “La operación de Le Pen carece de futuro. Le Pen encarna un voto de protesta, pero fracasa cuando se trata de organizar una estrategia gubernamental constructiva. Al día siguiente de la primera vuelta de las presidenciales dijo que Francia tenía que salir de Europa y después dio marcha atrás, ésta es la prueba de que no podrá gobernar”. Mégret se convierte así en un auténtico disidente. Bajo su estilo directo, nada amigo de las declaraciones estruendosas, Mégret es un político radical, extremo más que extremista, que proclama “la necesidad de ser conscientes de la superioridad de la civilización europea”. Sin carisma personal, ni atractivo físico, este hombre pequeño, de apariencia vulgar, pero con una educación elitista, supo remover los cimientos del aparato político del FN para arrastrar en torno a su figura a todos aquellos que compartían su ambición de llegar un día a gobernar Francia. Sin embargo, sus continuos fracasos electorales le harían abandonar la política en 2008.

Respecto a Mégret, Alain de Benoist, en la entrevista realizada por Frank Adler, opina lo siguiente: «Le Pen podía tener algunos defectos, pero tenía los electores. Mégret tenía partidarios, pero no electores. Y los electores que votaban por el FN no estaban preparados para votar a un ejemplar de segunda mano de la misma cosa. Además, Mégret no poseía los medios, el temperamento, el carisma o la presencia del animal político que era Le Pen. Sus inconvenientes eran su falta de atractivo, su perfil tecnocrático y su personalidad poco comprensiva. No se podía decir que la mayoría de los votantes de las clases populares se vieran reconocidos en él … El error de Mégret fue olvidarse de que un partido político prospera no sólo cuando se cuenta con los dirigentes y los militantes, sino sobre todo cuando se tiene a los votantes. A Mégret, simplemente, no le gustaban los votantes: era un hombre de gabinete, un alto funcionario. Podía ser un buen organizador, un buen número dos, pero nunca hubiera podido ser un buen número uno».

En esa misma entrevista, Alain de Benoist hace unas declaraciones sorprendentes. Cuando Mégret sale del FN, la prensa escribió que la facción megretista había estado completamente organizada por la Nueva Derecha, pero las supuestas conexiones entre la ND y el FN o el MNR eran puras fantasías. De hecho, según De Benoist, Mégret nunca formó parte de la Nouvelle Droite. Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou, por el contrario, sí que fueron miembros del GRECE, pero lo habían dejado décadas antes, no para entrar en la extrema derecha, sino en la más respetable y clásica derecha democrática (RPR y UDF). Fue sólo después cuando dieron el salto al FN. El único activista grecista que dio el salto directamente al FN fue Pierre Vial, el cual también rompió con Le Pen y después con el propio Mégret, al que acusó de ser un títere de Chirac.

El fin: lamentaciones

Es el final –al menos, el principio del fin– de la influencia intelectual de la ND en el FN. El GRECE, ya por entonces, había sufrido una lamentable pérdida de seguidores, fieles, lectores y productores ideológicos. Negándose a reconocerse en las familias derechistas tradicionales, ni en el neoliberalismo al uso, ni con el nacional-populismo de ciertos movimientos identitarios, el movimiento grecista habría muerto de metapoliticismo, “viendo menoscabado el asciendiente sobre su familia política de origen” y “sin haber sido capaz de ganarse a unos contestarios que, desde la otra orilla, lo observan con una suspicacia más que justificada”. La agrupación néodroitier quedaba arrinconada en un vacío intelectualismo que no dejará de ser denunciado por los neoderechistas disidentes, como en el balance que Guillaume Faye hizo de su compromiso con el movimiento neoderechista, al que reprochaba su excesivo culturalismo y una peligrosa tendencia hacia el aburguesamiento. Faye, después de seguir los pasos de Pierre Vial y de su reencuentro con grecistas asimilados por el FN, en el que probará sin éxito vincular su propuesta de arqueofuturismo, intentará reincorporarse a la dinámica del GRECE, pero el grupo afecto a Alain de Benoist acabará por excluirlo definitivamente en el año 2000 por su ideología xenófoba y claramente racista.

La formación lepenista será así la ocasión no sólo de una irreparable sangría de neoderechistas, sino también el momento propicio para que algunos de los militantes de primera hora del GRECE pasados a las filas del FN sometan a una crítica severa los excesos de la metapolítica y reflexionen sobre los motivos de su fracaso estratégico. Bien es verdad que, para entonces, los grecistas habían ido retirándose de las posiciones de vanguardia que habían ocupado anteriormente, pero el comienzo del ascenso electoral del FN supuso además -siguiendo a Sanromán- una suerte de retorno de y a la política de muchos de aquellos que habían dudado de la eficacia de la política real.

La Nouvelle Droite seguiría siendo una escuela de pensamiento antisistema, radical y dinámica pero, como diría Faye, “había sido relegada a la periferia del debate”. Parecía que los únicos candidatos dignos a la sucesión eran Robert Steuckers y Pierre Vial. O el propio Front National favorecido por la fuga y el trasvase de “cerebros” desde la ND. La estrategia cultura “metapolítica” de la ND había fracasado frente a la más mediática batalla de la “incorrección política” del FN. A partir de ese momento, se hace necesaria un revisión de las ideas originales de la ND. En primer lugar, una Europa etnopluralista y comunitarista, integradora del Islam y de otras culturas alógenas, debía dejar paso a una Europa etnocéntrica e imperialista, aliada de Rusia para constituir Eurosiberia o Eurasia, contraria al antirracismo diferencialista y al relativismo cultural preconizado por Alain de Benoist y Charles Champetier; en segundo lugar, el abandono del falso tercermundismo, para subrayar que Europa constituye una civilización superior y que la “alianza de civilizaciones” forma parte de la hipocresía de izquierdas, oponiendo al anti-occidentalismo originario un nuevo anti-islamismo; en tercer lugar, oponerse a la hegemonia norteamericana, pero exclusivamente en el plano ideológico, no civilizatorio, pues el objetivo a largo plazo sería una solidaridad occidental contra la amenaza global: el gran peligro ya no procedería de la expansión del americanismo, sino del terrorismo y el inmigracionismo islámicos.

A pesar de que el corpus ideológico neoderechista ha contribuido a la renovación doctrinal de las formaciones políticas situadas en el contexto de la derecha radical europea, el GRECE, según Stefano Vaj, se ha visto incapacitado no sólo para hacerse un hueco en las grandes antítesis que dominan el debate político, sino también, para imponer aquellas que en sus propios términos articularían la estructura de un nuevo paradigma de contornos aún difusos. Una posición neutralista que, según el propio Vaj, habría concluido por anular políticamente a la agrupación. En definitiva, la ausencia de un discruso realmente pragmático –una utopía concreta y realizable-, la confusión de ideas divagantes entre derecha-izquierda, la falta de una síntesis real entre todos sus referentes ideológicos, serían los errores estratégicos que habrían derivado en su incapacidad manifiesta para ofrecer una respuesta radical y completa al sistema.

El futuro: conciliaciones

Marine Le Pen / Alain de Benoist, el conciliador

Después de la expulsión de Bruno Mégret y los suyos, en 2010 se inició oficialmente la campaña por la sucesión de Jean-Marie Le Pen, pugnando por el acceso a la jefatura frontista su hija Marine Le Pen y el vicepresidente Bruno Gollnisch, líder del sector católico dentro del partido. Lejos de ser la mera escenificación de una sucesíón dentro del “clan”, se produjo un amplio debate interno. La hija de Le Pen y Gollnisch representaban realidades distintas, tanto generacionales como ideológicas: el segundo encarnaba el núcleo más duro del partido frente a la flexibilidad de la primera, que finalmente se alzó con la presidencia, dejando a su padre como presidente de honor.

El ascenso de Marine Le Pen se asocia a un profundo cambio en su formación política. Ha introducido notables cambios en su discurso. Perrineau concretó este cambio en el hecho de que «intenta introducir un discurso exento de referencias sulfúreas a la segunda guerra mundial y a sus dramas, jugando con las referencias al discurso republicano (laicismo, patriotismo) y reforzando el componente cultural y no étnico del discurso identitario (denuncia de la islamización, del biligüismo)». Desde esta perspectiva, el nuevo “marinismo” se configura como el más exitoso fenómeno de aggiornamiento de la derecha populista: ha logrado que el FN deje de ser un partido de oposición al sistema, para luchar por ser una eventual alternativa de gobierno o, al menos, para reemplazar al principal partido de la derecha (la UMP). El espacio político francés parece hallarse ante una embrionaria transición del bipartidismo al tripartidismo, con el “marinismo” como tercera fuerza emergente.

La llegada de Marine Le Pen a la presidencia del FN ha supuesto un giro ideológico relevante: se ha distanciado del posicionamiento liberal-conservador (anticomunista y pro-americano) de su padre y ha dado a su agenda un marcado acento social, medioambiental, transversal, antieuropeo (contra la Europa del euro y de los mercados, no contra la Europa del imperio y de los pueblos) y antiglobalización. Según Jean-Yves Camus, los buenos resultados electorales provienen también del hecho constatable de que el FN empieza a posicionarse de una forma totalmente distinta a la expresada hasta ahora. Han debido meditar sobre el análisis que Alain de Benoist, como observador exterior, había formulado después de las legislativas de 2007: «el futuro del FN dependerá de su capacidad para comprender que su “electorado natural” no es la gente de derecha, sino el pueblo llano. La alternativa no es encerrarse en el búnker de los “puros y duros”, ni tampoco buscar “banalizarse” o “desdiabolizarse”. La alternativa ante la cual se encuentra hoy confrontado es siempre la misma: querer encarnar todavía a la “derecha de la derecha” “o radicalizarse en la defensa de las clases trabajadoras.»

Alain de Benoist constata que hay tres nuevas inflexiones en el discurso de Marine Le Pen: la acentuación de su crítica al liberalismo económico y el poder del capital, su crítica muy jacobina del comunitarismo y, finalmente, la crítica de la islamización, que parece reemplazar a la tesis anti-inmigración. De Benoist está de acuerdo con la primera, pero desaprueba las otras dos: «es posible denunciar las patologías sociales sin atacar a los inmigrantes que, en algunos aspectos, son también víctimas del sistema … Sin embargo, parece que es imposible criticar la islamización sin estigmatizar a los musulmanes … Ello abre una puerta a la multiplicación de las alianzas contra natura, con el resultado ya visto de que la derecha y la extrema derecha islamófobas se están convirtiendo en Europa en una parte del sistema ideológico israelí».

Así pues, parece que el discurso anti-inmigración de Marine es casi tan obsesivo como el de su padre. Naturalmente que la inmigración es un fenómeno negativo, para los propios inmigrantes desarraigados y para la sociedad que los recibe, tanto desde un punto de vista cultura, social, económico, etc., pero sigue siendo válida la crítica que hacía Alain de Benoist a la postura anti-inmigratoria del FN, desde una especie de “multiculturalismo diferencialista e identitario” que, no obstante, irrita a ciertos sectores por su excesiva “neutralidad metapolítica”. Decía De Benoist: «La lógica del chivo expiatorio me resulta insoportable, hacer creer que lo esencial de los problemas a los que se enfrenta nuestra sociedad … tiene por causa la presencia de inmigrantes en el terreno nacional es simplemente grotesco … Detener la inmigración implica, a la vez, criticar en profundidad la lógica capitalista y ayudar a los países del Tercer Mundo a romper con los espejismos del desarrollo tal y como lo conciben el BM y el FMI». Al margen de esta opinión personal, no cabe duda que la nueva derecha influyó decisivamente en el discurso anti-inmigratorio del FN por su elitista y anti-igualitaria temática y la promoción del derecho a la diferencia, lo que bien pudo servir de pantalla para ciertas exaltaciones de los prejuicios racistas.

Por otra parte, Alain de Benoist cita lo que dijo Carl Schmitt en 1920: “la era del Estado está en declive”, para denunciar el mantra “marinista” en su apelación a “un Estado fuerte”, considerando que las comunidades inferiores van a desaparecer. «Personalmente –dice De Benoist– creo que la sociedad debe construirse desde abajo, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, y que una comunidad nacional no se construye sobre la ruina de las comunidades particulares […] Es imposible crear un fuerte Estado jacobino sin reprimir la libertad de las comunidades francesas, expresada sobre todo a través de las regiones y de sus peculiaridades».

Respecto a la cuestión social, Alain de Benoist considera que el FN ha brillado por su ausencia en todas las luchas sociales, algo en lo que Marine debía ser más coherente para demostrar a los votantes que el socialismo más real corresponde al FN y no al PS o al PC. «No es suficiente defender al “pequeño” frente al “grande” o denunciar demagógicamente el “capitalismo global”, también debe denunciar la lógica de la ganancia y de los mecanismos de acumulación de capital, desafiando los valores del mercado y la filosofía vital del negocio, y oponiéndose al utilitarismo y al interés para desenmascarar las nocivas relaciones entre clases que existen en nuestro país.»

Finalmente, Alain de Benoist se pregunta si Marine Le Pen no caerá en la trampa del “choque de civilizaciones” que podría preparar el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial, contexto que se utiliza para fortalecer el poder dominante de Estados Unidos y sus aliados y que podría desencadenar el advenimiento de nuevas guerras globales contra los pueblos no-alineados.

Pero las relaciones entre Le Pen hija y Alain de Benoist parecen haber cambiado sustancialmente, al menos, por lo que respecta a los desencuentros entre éste y su padre. Marine, con precaución, no ha descartado proporcionar un foro de debate y opinión para Alain de Benoist, eso sí, con la oposición de Gollnisch, jefe del sector católico, que califica al pensador francés como el “Papa pagano de la extrema derecha”, y con la connivencia de su aliado Jacques Bonnard, que se encarga de cuidar la ordoxia frentepopulista con sus guiños al bloque identitario y a la nueva derecha popular.

Alain de Benoist efectúa una comparación entre Gollnisch y Marine Le Pen que resulta favorable a esta última: «Gollnisch es inteligente, culto, pero no tiene carisma. Es más bien lento, un pobre organizador; no es tan malo en sus apariciones en televisión, pero todo francés pensará que hay un lado negativo en él. No veo a las masas de electores votando por Gollnisch. Marine Le Pen, en cambio, tiene dos ventajas. En primer lugar, ella es una mujer joven y, por esto, tiene los rápidos reflejos propios de la feminidad que le hicieron, por ejemplo, enfrentarse a Bernard Anthony sobre la cuestión del aborto, porque ella sabe bien lo que el aborto representa para la mayoría de las mujeres. Además, Marine no es una católica militante, la religión no es su preocupación fundamental, de hecho hace gala de su espíritu laico. Y en segundo lugar, ella no tiene un pasado nostálgico como los veteranos de Vichy o Argelia. Ella es una joven de nuestro tiempo. Y otra ventaja es, por supuesto, su apellido Le Pen, legitimidad familiar que cuenta, sobre todo en la derecha.

De hecho, Marine considera que “no hay ningún problema con las críticas de Alain de Benoist, puesto que él no forma parte del FN. Es muy diferente de las críticas efectuadas por los miembros del partido”. La batalla entre los partidarios del tándem Gollnisch/Bompard y los de Marine Le Pen se encuentra con los cuchillos en alto. Incluso De Benoist ha dejado caer que Marine Le Pen podría “seducir” a los sectores más duros de la extrema derecha. Por su parte, Christian Bouchet, antiguo neoderechista, no oculta sus simpatías por la joven Le Pen: “Con Gollnisch o Bernard Anthony, la extrema derecha está en ruinas. Pero se puede transformar con Marine Le Pen”.

Alain de Benoist considera que la presidenta frontista se ha embarcado en una mejora de la imagen del partido. Ha luchado contra la “demonización” del FN, en primer lugar, mediante la eliminación de los extremistas nostálgicos de todo tipo, y en segundo lugar, adoptando las referencias y el lenguaje que trascienden en gran medida la antigua división entre izquierda y derecha, especialmente en los campos social y económico. Para De Benoist, Marine Le Pen se ha consolidado como una verdadera política, refiriéndose a su capacidad para alcanzar el poder y no en su habilidad para formar una familia política, algo que la distingue de su padre y de su opositor interno Gollnisch. El FN ha provocado la evolución gradual de una extrema derecha hacia un movimiento nacional-populista. Ahora, el FN no es sólo una fuerza creciente, que llega a todas las categorías de hombres y mujeres, cualquiera que sea su edad, profesión o situación social, sino que se está consolidando como el partido más grande de Francia. Quizás sea el momento del debate ideológico entre una Nueva Derecha y un Frente Nacional que nunca tuvo lugar.

Fuente: El Manifiesto

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