Dinero, dinerización y destino

15N Madrid Quema tu dinero y baila

por Germán Spano* – I. “El comercio, que ha enriquecido a los ciudadanos de Inglaterra, ha contribuido a hacerles libres, y esta libertad ha extendido a su vez el comercio, que ha sido el origen de la grandeza del Estado”. Voltaire, “Cartas filosóficas”.

“¿Libre te llamas a ti mismo? […] ¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué? ¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?”. Friedrich Nietzsche, “Así habló Zaratustra”.

“Una transformación en valores, una puesta en valor de carácter universal, está hoy en curso en todos los ámbitos de nuestra existencia social y se halla documentada incluso en el lenguaje oficial de las más altas esferas”. Carl Schmitt, “La tiranía de los valores”.

La Modernidad, último momento del despliegue nihilista, supone la emancipación del Hombre en favor de una autodeterminación que lo volvió centro y medida de todas las cosas. El hombre emancipado, figura central de la Edad Moderna, conjuró su deseo de aprehensión en la liberté en tanto novedosa concepción filosófico-jurídica. Podemos leer en Heidegger: “La libertad moderna de la subjetividad se sume por completo en la objetividad adecuada a ella” [1]. ¿Pero cómo se ha dado la libertad moderna, es decir, la emancipación y, mejor aún, su objetividad?

La modernidad es el resultado de una crisis de conciencia. Toda una constelación de significantes se encontraron, en el curso de un proceso, vaciados de significado. La noción de hombre no pudo ser ajena a los cambios. Lo propio de su humanidad, el origen, sentido y alcance de su mundanidad, entraron en crisis. La mirada cambió. De pronto el hombre se encontró emancipado, es decir, libre de disponer de la obligación vinculante. Aislado en su ego, replegado sobre sí mismo, el hombre moderno encontró en la liberté el derecho y la obligación para delimitar al sujeto. El hombre de la liberté es el hombre del deseo objetivado, del interés práctico, del cálculo egoísta, nos dice Marx.

El resultado de la emancipación no pudo ser otro que volver al hombre contra el hombre, proyectando sobre el mundo la psiquis de una mentalidad que ha puesto al servicio del lucro los medios más poderosos de la tierra. La objetividad de la liberté, el pilar sobre el cual se sostiene el hombre emancipado, bien puede encontrarse en el dinero, en tanto símbolo que ordena los valores, riega el aparato circulatorio de la sociedad burguesa y sublima su nihilismo en el Estado.

El dinero se enfrentó al Leviatán, doblegó su fuerza y, finalmente, al ponerlo de rodillas, desnaturalizó su finalidad. Sigiloso soberano que exige veneración, al que se le construyen templos y se le destinan oraciones, el dinero desencadenó un ciclo de lucro que ha concentrado sobre sí lo más hondo de la movilización total a fuerza de proletarizar el acto y aburguesar el espíritu. El dinero no se mantuvo a través, sino a pesar del hombre en la historia de Occidente.

El dinero, ficción representacional que rige por adelantado el ejercicio de la puesta en valor, no tiene otro fin que la apropiación de lo cósico y la dinerización de todo lo ente. Incluso el tiempo, concepto específicamente metafísico, se ha vuelto un factor de producción y, por tanto, un término de intercambio, es decir, lo han dinerizado.

El dinero, ficción representacional que arbitra la puesta en valor, transmutación y circulación de todo aquello que se pretende término de intercambio, necesita para la proliferación de su desmedido afán cuantificador de la liberté del hombre emancipado, que en tanto sujeto disuelve su destino en una sociedad uniformemente organizada donde el valor está en el precio y éste en el dinero. El intercambio, la equivalencia, parecen aseguradas.

La universalización del intercambio tiene como efecto la aceleración y radicalización de la representación dineraria, apoyándose ésta en el dinamismo desustancializador y despolitizador que proveen los discursos contemporáneos. El dinero, devenido valor general de todas las cosas, oculta su poder y naturaliza su hegemonía tras una omnipresencia invisibilizadora que mantiene a resguardo su secreto y dificulta pensar una excepción a su dominio. El valor de cambio reemplazó al valor de uso volviendo a los modernos mercados de valores en la representación de un desontologizador espacio total que rompe con la idea de orden concreto. Bajo el régimen dinerizador no hay alteridad; no hay Otro posible. La dinerización de las relaciones humanas sometió al hombre a lo impensado: el hombre moderno, liberado ya de toda sujeción simbólica se ha vuelto sujeto y objeto de consumo; todos son iguales, es decir, negociables, equivalentes e intercambiables. Bajo el devorador juego de la apropiación y la consumación radica la objetividad del hombre emancipado, o lo que es lo mismo, la dinerización de su conciencia y destino.

II.

“[…] el dinero es, como el número y como el derecho, una categoría del pensamiento”. Oswald Spengler, “La decadencia de Occidente”.

“El primer atributo del príncipe soberano es el poder de dar leyes a todos en general y a cada uno en particular. Con esto no se dice bastante, sino que es preciso añadir: sin consentimiento de superior, igual o inferior”. Jean Bodin, “Los seis libros de la República”.

“Contra todo lo que se afana en reconciliar los términos antagonistas: mantener el intercambio imposible, apostar por esta tensión y de esta forma dual, a la que nada puede escapar, pero a la que todo se opone”. Jean Baudrillard, “El intercambio imposible”.

¿Pero acaso puede el hombre sustraerse de la equivalencia de los intercambios, quebrar la representación dineraria y sobreseerse de la liberté? ¿de qué huir y a qué entregarse?

Ante una patética esclavitud desprovista de amo, cabe preguntarse contra qué poderes sublevarse y cómo devolver al hombre la dignidad de su verdad.

Si el dinero sólo puede ofrecernos la cuantificación y enajenación de todo lo equivalente; si su vocación es volverlo todo un valor de cambio y diluirlo todo en un movimiento perpetuo, entonces es lícito oponer la tesis soberana. Si el hombre pretende afirmar su especificidad, entonces deberá neutralizar al dinero. Tal como afirma Spengler, “un poder sólo puede ser derrocado por otro poder”. La imposibilidad del intercambio resulta irresistible al dinero. Ante tal imposibilidad cualquier precio resulta absurdo.

¿Pero cómo sublimar el intercambio imposible sino a través de la pasión soberana? Escuchemos a Baudrillard: “La pasión soberana, como la hipótesis soberana, nos libera de todas las demás, nos libera de esta pluralidad, de este intercambio desaforado de los modos de pensamiento y de los modos de existencia, que no es más que la caricatura y el simulacro del devenir. En cuestión de ideas, todo es posible; lo que hace falta es una hipótesis soberana. En cuestión de deseo, todo es posible; lo que hace falta es una pasión soberana. En cuestión de fin y de finalidad, todo es posible; lo que hace falta es una predestinación y un destino. En cuestión de alteridad, todo es posible; lo que hace falta es una forma dual, antagonista e irreductible. Contra esta asunción hacia el intercambio generalizado, este movimiento de convergencia hacia lo Único y lo Universal: la forma dual, la divergencia inapelable. Contra todo lo que se afana en reconciliar los términos antagonistas: mantener el intercambio imposible, apostar por esta tensión y de esta forma dual, a la que nada puede escapar, pero a la que todo se opone” [2].

A esta altura ya no debe haber mucho más que agregar. Tras la somnolienta felicidad del intercambio simulado, el hombre emancipado dejó proliferar lo efímero e insignificante en clave dinerizada. Lo insoportable de una existencia vaciada de sentido invade los cuerpos, las mentes, los sueños y las pesadillas del hombre emancipado. Al contrario de Spengler, ya no parece suficiente depositar confianza en un cesarismo redentor. La dinerización de la existencia oculta su poder en lo más recóndito del espíritu y no deja de engendrar vástagos. Incluso “el césar” bien podría ser hijo del dinero. Antes bien se deberá invocar un cambio más profundo, una exigencia radical y originaria en favor del símbolo crudo; de un símbolo despojado de virtualidad, el cual liberado ya de toda pretensión de cambio, confirme su verdad en lo sublime de una soberanía radical; de un intercambio imposible.

* Germán Spano es Jefe de Redacción de la revista Disenso y estudiante de Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias Sociales de
la Universidad de Buenos Aires y de la carrera de Abogacía por la Facultad de Derecho de la misma Universidad.

NOTAS
1. Martin Heidegger, `La época de la imagen del mundo ́ en `Caminos del bosque ́, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 89.

2. Jean Baudrillard, `El intercambio imposible ́, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, pp. 82-83.

Fuente: Disenso

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