Las víctimas del libre comercio

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – Hay mucha destrucción tras la apariencia frívola y a la vez pujante de la moda española. El sector, que en los 90 contaba con más de 300.000 empleos, tiene hoy alrededor de 135.000. Ahora, según dice Ángel Asensio, presidente de la Federación Española de Empresas de la Confección (Fedecom) en El País (23.8.2013), el 15% de la producción que se deslocalizó ya ha regresado a España y a Portugal. Parece que los puestos de trabajo, deslocalizados a China, no son ahora tan ventajosos para las empresas: de acuerdo con “The Boston Consulting Group” (BCG), China, ya no es tan atractiva como lugar de producción para exportar.

En el país se ha producido una fuerte subida de los salarios y se ha apreciado el yuan, lo que una vez sumados los costes de transporte y arancelarios, ha borrado los diferenciales de hace años. Según el BCG, los salarios en la industria china han subido el 19% anual entre 2005 y 2010, mientras que en Estados Unidos caían un 2,2%. Esto ha llevado, según Asensio, a que “en solo una década, los salarios en el textil en China hayan pasado de 150 a más de 400 dólares”. Qué mala suerte ¿no? Pero esto es solo una mera anécdota porque China sigue atrayendo más y más empresas. Hace poco, un estudio publicado en los “Proceedings of the National Academy of Science” (Lin et al. (2013), China´s international trade and air pollution in the United States, Proc. Nat. Acad. Sci. USA, doi: 10.1073/pnas.1312860111), liderado por Jintai Lin, de la Universidad de Pekín, ha demostrado que la ingente contaminación producida por China está llegando a la costa occidental de los EEUU y, en definitiva, al mundo entero.

En declaraciones a The Washington Post, Steve J. Davis, de la Universidad de California, uno de los firmantes del artículo, asegura que, “cuando se compra un producto de Wal-Mart, ha sido fabricado en algún sitio. El producto no contiene contaminación pero crearlo sí que la produce”. A corto plazo, los países occidentales, y otros que no lo son, se verán obligados a destinar recursos de todo tipo para limpiar el aire que se ensucia gracias a la manufactura de productos destinados a sus propios mercados nacionales. Como se ve, comprar camisetas a 5 euros y ordenadores a 200 euros no es gratis.

Este solo es otro de los problemas que hay que cargar a la nómina del “libre comercio”, de la “internacionalización de empresas” y cosas similares. Y es que, al contrario de lo que el profesor Pangloss explicaba a Cándido en la célebre sátira de Voltaire, las cosas no suceden de la mejor manera posible. Bien lo saben los trabajadores del área de Savar, cerca de Dhaka, en Bangla Desh, cuyos edificios industriales ha proliferado rápidamente gracias a la “deslocalización”, sin normativa apropiada y buscando siempre reducir costos.

Así, en 2005 se derrumbó la “Spectrum Factory” matando a 64 trabajadores. A comienzos de 2013 una factoría en Tazreen se incendió y mató a 112 trabajadores. En abril de ese mismo año, se derrumbó otro edificio matando a 1100 personas e hiriendo a 2500. Los equipos de rescate encontraron entre las ruinas numerosas etiquetas de Mango, C&A, Matalan y Wal-Mart. Por supuesto, sin ver siquiera los edificios, apuesto a que sus instalaciones no pasarían ni una somera inspección de las normativas que se exigen en nuestro país. Pero eso no importa demasiado cuando se trata de “ser competitivos”.

Sin embargo, la contaminación y los desastres de la mano de obra esclava no son los únicos desastres de este tipo de política empresarial. Se calcula que, en los EEUU, la “deslocalización” ha acabado con un tercio de los empleos del sector manufacturero en los últimos 40 años. Este dato muestra un sorprendente paralelismo con el declive de los EEUU frente a la pujanza china. Sin duda, el “libre comercio”, la “deslocalización” o como quiera llamárseles, es una política de naciones que caminan hacia su ocaso, y esto vale también para la Unión Europea. Todas las grandes potencias han emergido a la escena mundial practicando el proteccionismo de sus manufacturas.

Entre 1870 y 1914, el proteccionismo de los EEUU y de Alemania, desbancó al librecambismo de la Gran Bretaña. Hoy sucede igual: puede que el “libre comercio” haya resultado fabuloso para una pequeña élite de empresarios y financieros cosmopolitas, y también para los políticos infeudados a esa élite. Pero para el resto –PYMES, clases medias y trabajadoras- ha sido un desastre: en Occidente, los salarios no dejan de bajar o, en el mejor de los casos, se mantienen estables. Esto hace que disminuya el consumo y el ahorro, los estados recauden menos y se ceben en su voracidad fiscal, con asalariados y pequeñas empresas, en su afán de sostener lo que no es sostenible.

Hace poco, el analista conservador Pat Buchanan se preguntaba si el doctor Pangloss era partidario del libre comercio. Nosotros creemos que si. El problema es que el “panglossianismo” ha proliferado -interesadamente- entre nuestras élites dirigentes. Ya es hora de abrir un debate acerca de un tipo de práctica económica e industrial que parece ser una vaca sagrada del discurso político de nuestro tiempo. Hasta el célebre partido VOX asume algo que, a poco que se investigue, no solo es que no esté claro: es que hay sólidas razones para pesar que es una política abominable.

Lo que no tiene sentido es obligar a los empresarios en España a que cumplan normativa laboral y medioambiental, amparados en frases altisonantes como los “derechos” de los trabajadores, para luego venir a decir tácitamente que, si no les gusta la normativa, pueden irse fuera e “internacionalizar” su empresa, asentándola, por ejemplo, en la India, sin ninguna otra consecuencia. Todo esto debe ser discutido ya, porque sus consecuencias están llamando a nuestra puerta. Las víctimas del “libre comercio” reclaman también sus derechos.

Fuente: ESD

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