La verdad

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo Cuando la colección de subnormales de FEMEN irrumpieron en la misa de Navidad de la catedral de Colonia alegando “derechos” de sus genitales -femeninos, esos sí- sentí pena por el género humano. Pensé lo poco, lo absurdamente poco, que se esgrimía para impugnar lo mucho. La razón es que esas chicas, detritus virulento de la idelogía feminista, carecen no solo de la mínima formación de lo que ellas son, sino también de lo que las personas han demandado siempre de la vida; esto es, sed de absoluto.

Naturalmente, ellas exigen “más aborto”, “más derechos”, etc. Pero no justifican medianamente nada. Hablan de “la historia”, “la mujer” y demás pero el nivel de autoexigencia de la época no exige a su vez que ellas den razón de lo que dicen. Por eso, un par de idiotas que cantan “punk” en una catedral moscovita son dignas de atención mediática y no merecedoras de lástima.

La razón última es una pérdida de derechos. Pero derechos de algo mucho más importante que los de unas niñas histeroides: los derechos de la verdad. ¿Quién respeta hoy la verdad? Nadie. Y digo nadie porque es precisamente nadie quién piensa antes de decir y proponer, antes de lanzar una idea con visos de credibilidad y que, gracias al moderno marketing, seguirán millones. Nuestros políticos son un buen ejemplo de lo que digo.

Alfredo Pérez Rubalcaba culpa al PP de cosas que sucedían exactamente igual en todos los gobiernos a los que él ha pertenecido. Hace falta cara dura para que un dinosaurio de la época más oscura del felipismo, vaya pontificando acerca del paro, los derechos y la paupérrima situación de la gente trabajadora. Los que hemos padecido a sus sucesivos gobiernos, ¿notamos acaso alguna diferencia respecto de ahora?

Cuando en los años 90 Rubalcaba salía en las cadenas principales de TV y otros medios diciendo que los GAL eran un invento de “la derecha”, luego se demostró que no lo era y a Rubalcaba no le sucedió nada. ¿Eran diferente los recortes sociales de Felipe, su precariedad o su paro?

Pero Alfredo ahí sigue. Buscando los mismos culpables. Luego ha estado implicado en una sentencia totalmente inverosímil -la del caso Faisán- y sigue a flote. Alfredo siempre vence a “la derecha”. Ahora, el parche del PP con la ley del aborto le ha llevado a invocar a Lepen como crriterio de verdad-falsedad. Así son las cosas: lo que importa no es lo que se dice sino quién lo dice. Y así andamos.

Por desgracia no es el único: en Andalucía los “representantes de los trabajadores” se representan más bien a sí mismos. En vez de explicarse de manera consistente, optan por el enfoque corporativo: “la derecha” -otra vez- quiere acabar con los representantes de los trabajadores.

Izquierda Unida, por su lado, arremete contra el PP por corrupto pero vive y medra con la corrupción del propio Gobierno andaluz. Y al otro lado idem de lienzo: en el Congreso Mariano Rajoy no fue capaz de responder a ni una sola de las preguntas lanzadas por Rosa Díez en la comparecencia de agosto: cree que el desprecio es una forma de argumentación pero se equivoca. Si tan claro está es mejor dar la cara y responder con pelos y señales.

Qué decir de los nacionalistas, marxistas o no. Ellos prueban que la mentira es adictiva y han sustituido la historia por un conjunto de ficciones de las que sacan provecho.

Estamos en una época de tremendo desprecio por la verdad. Algunos no solo la desprecian sino que se empeñan en vivir contra ella. El problema es que no se puede hacer algo así sin pagar las consecuencias. Puede que esto parezca muy “filosófico”, sobre todo para aquellos politicastros fracasados que atestan las ondas y las redes. También pero los necios en general. Pero no lo es.

No hay conocimiento ni actitud más práctica que apostar por la verdad. Cuando esto sucede las cosas pueden marchar mal un tiempo pero al final todo se acaba ordenando. Justo al revés sucede cuando no se hace así. El caos está asegurado. Por eso cuando se aducen razones más bien pobres o cuando uno se consuela con el triunfo en las encuestas o en los medios, la cosa pinta mal.

Al final la verdad siempre se venga. Ella es indestructible. Sintamos pena por todos los majaderos que andan por ahí dando lecciones pero que en el fondo perviven gracias a la tremenda tramoya de la época. Por lo demás no son nada.

Fuente: ESD

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