Vileza y estupidez del antifranquismo

PIO MOA

por Pío MoaEl antifranquismo pretende una condena moral imposible. Es él mismo una enfermedad moral.

La oposición a Franco no ha cesado de crecer en los últimos quince años. Lo cual prueba tanto la farsa en que se ha convertido la política en España, como la plena actualidad de  un personaje y un régimen fenecidos  hace 38 y 35 años respectivamente. Y son actuales porque no han sido asimilados de forma mínimamente racional, entre los necios que se creen demócratas por declararse antifranquistas, y los no menos necios que  “miran al futuro”, como si pudieran ver o aprender algo de ese modo. Si algo triunfa en España desde hace tiempo es el espíritu de la pose y de la sandez insolente y chabacana.

El antifranquismo ha creado una serie de mitos realmente estúpidos, por gratuitos e innecesarios, sobre la guerra civil y la era de Franco. Por ejemplo:  Franco “exterminó” a sus enemigos porque “no pensaban como él”. O  fusiló a decenas o cientos de miles de personas honradas por el solo delito de ser “republicanas”, y  las cunetas están llenas de restos de  asesinados. Por ejemplo,  las chekas y el genocidio religioso no existieron o estuvieron justificados, o más vale no hablar de ellos; mientras que los fusilados por el franquismo eran inocentes y no, en su mayoría, culpables de crímenes a menudo espantosos. Por ejemplo,  el Frente Popular había salido de unas elecciones democráticas y se componía de intachables demócratas y servidores del “pueblo”, contra unos  franquistas empeñados en perpetuar el oscurantismo y los “privilegios” de los capitalistas, curas y militares. Por ejemplo,  el régimen de Franco es semejante al nazi y  debía encarcelarse a quienes sostengan otra cosa. Por ejemplo,  el franquismo tuvo mucha oposición,  esta fue democrática y se metía en la cárcel al primero que discrepara del régimen;  la mujer estaba terriblemente discriminada y el vasco, el catalán y el gallego prohibidos, incluso bajo pena de muerte; y no había vida intelectual o cultural porque el régimen la asfixiaba…

Los antifranquistas creen que su ignorancia, sustituida por mitos de tres al cuarto, les otorga una aureola moral y democrática. Creen que haber librado a España de una revolución totalitaria no tiene ningún mérito. Que haber evitado a España la II Guerra Mundial carece de importancia o incluso ocurrió a pesar de Franco. Que haber derrotado al maquis comunista es un crimen. Que haber asegurado la paz más larga en dos siglos, persistente aún, es una fruslería. Que haber traído la época de mayor prosperidad y desarrollo económico vivido por el país en dos siglos, carece de excesivo interés o sucedió a pesar del franquismo, que carece de valor haber disuelto (salvo en minorías irreconciliables) los odios que destrozaron a la república… En suma, creen que reconocer los enormes logros de aquel régimen es una actitud “fascista”, la cual debiera ser penada con cárcel o al menos rechazada de cualquier medio de comunicación y condenada a muerte civil.

Antifranquistas ilustres son o eran De Juana Chaos, Alfonso Guerra, Carrillo, Dienteputo, Almudena Grandes, Arzallus, Mas, Pujol, los tipos de los EREs, de Gürtel, Carod, la Pajín, Josu Ternera, Zapatero, Rubalcaba, Mª Antonia Iglesias, Roldán, Cebrián, Urkullu, Garzón, López Guerra, Batista i Roca… En fin, lo mejor de cada casa. También otros personajes de apariencia más presentable pero a quienes no importa retratarse con los anteriores y pertenecer a tan distinguido club.

El antifranquismo es estéril y esterilizador porque se basa en la mentira sistemática. Hay dos tipos de antifranquistas: los cínicos y los ingenuos. Los primeros, tipo Cebrián, Guerra, los golfos subvencionados de la memoria histórica, determinados historiadores y periodistas, son conscientes de sus embustes; pero también saben que el embuste se ha convertido en un negocio, muy productivo para muchos de ellos. Los ingenuos, la gran mayoría, si algo revelan es el éxito de la falsificación histórica y política entre un público de muy escaso sentido crítico y conocimiento del pasado, infantilizado a conciencia por la demagogia y la televisión basura. Ah, tenemos un tercer tipo: el de aquellos líderes del PP que escupen sobre la tumba de sus padres: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/escupir-sobre-las-tumbas-de-los-padres-57630/

No es casual que el antifranquismo venga condensado en una ley totalitaria como la de la memoria histórica (LMH). Clave de una involución antidemocrática de la que casi todos los políticos se hacen los desentendidos.

31/10/2013

Fuente: La Gaceta

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2 comentarios to “Vileza y estupidez del antifranquismo”

  1. Señaba Charles Champetier en una entrevista hace más de quince años, cuando le preguntaban sobre la supuesta relación que los medios franceses han venido estableciendo entre el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen y la corriente de pensamiento que impulsa junto con Alain de Benoist, que: «cuando usted dice que “todos critican a Le Pen se equivoca. Le Pen no ha sido criticado, sino que ha sido DEMONIZADO.
    A Le Pen se le ha transformado en “figura del Mal”, como ha ocurrido con Hitler y con Istalin… precisamente para NO TENER QUE CRITICARLO en cuestiones sustanciales.
    (…) Lepenistas y antilepenistas obedecen al mismo impulso de de dominio de un Occidente que no alcanza a pensar al Otro si no es en términos de negación, expulsión o conversión. Tanto las soflamas nacionalistas como los sermones universalistas vienen alimentados por el mismo deseo fundamental de “homogeneidad”. Los adversarios de Le Pen, que encarnizadamente se afanan en abrirle un camino triunfal hacia el poder, deberían meditar sobre este dato: nunca se hará retroceder a la extrema derecha defendiendo un sistema que por todas partes destruye las comunidades de pertenencia y de convivencia, que considera la competencia de todos contra todos como el modelo único de vínculo social y que, sin complejos, eleva su propia historia al rango de destino planetario».
    Pues algo similar tenemos con el antifranquismo dominante. En España apenas se ha criticado a Franco y a su dictadura (como por ejemplo lo hizo Antonio García-Trevijano, que rechaza presentar a Franco como un sádico), sino que se le ha demonizado precisamente para no tener que analizar cómo y porqué se montó su dictadura y cómo y porqué millones de españoles la apoyaron. Porque la inmensa mayoría del personal en esta democracia no se mueve por reflexiones, ideas mínimamente consistentes o análisis, sino por etiquetas, por identidades, por filias y fobias a unos colores o figuras, y que cosa más fácil es practicar «al moro muerto, gran lanzada».
    Lo hemos visto con el Brunete Mediático AntiZetaPé: la fobia contra Zapatero ha sido el mayor catalizador para que el PP ganara las elecciones del 20 N por mayoría absoluta. Esa fobia ha servido para sepultar la realidad y las causas de la triple crisis que padece España: demonizando a Zapatero se «aparcaba» la molestia de intentar entender que demonios ha estado pasando en España.

  2. Cuando Garzón estaba actuando al amparo de la Ley de Memoría Histórica, alguien se preguntaba a qué se debia «el interés del PSOE por hacer de la Guerra Civil un campo de confrontación política. La respuesta parece simple: el PSOE actual se parece mucho más al PP que al PSOE de 1934, y esa similitud en el modelo político, social y económico, defendido por ambas formaciones, hace que los sectores más izquierdistas del partido busquen una diferencia en algo que carece de la menor importancia práctiva, como es la discusión sobre el pasado.»
    No sólo del PSOE, porque esto puede verse también en Izquierda Unida, en ERC, en UGT y CCOO, en los medios de Prisa o de «La Sexta»: todos aquellos que acatan el modelo político, social y económico que defiende la derecha… pero necesitan «diferenciarse»… y lo hacen como todos los nacionalismos e identitarismos de cualquier pelaje y latitud: removiendo los osarios en los cementerios. Así es como encuentran los tan anhelados «hechos diferenciales». El antifranquismo es como el odio a lo español para el nacionalista catalán o el odio al extra-europeo para el supremacista blanco: la única identidad que le «une» a la denominada «izquierda».

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