Lo nuevo y lo femenino

PRADO ESTEBAN

por Prado Esteban“¡Triste “hoy” que anhela el “mañana” para trocarlo en “ayer”!” Pedro Antonio de Alarcón.

Este artículo fue publicado en el libro “Reflexiones sobre el 25-S”. Lo publico aquí con algunas modificaciones. 

Lo cierto es que el sistema de dominación ha colocado entre los puntos centrales de su estrategia conquistar a la mujer para su causa, o, cuando ello no es posible, simplemente destruirla como mujer y persona, proyecto que está en un grado de consecución muy alto en el presente. El régimen actual se refunda a través de estas operaciones que incorporan nueva savia a sus estructuras, le dan legitimidad y le permiten fagocitar el entusiasmo que suscita en los sectores victimizados la falsa emancipación tutelada. Así está utilizando a las mujeres como correa de transmisión de sus proyectos, al igual que lo hiciera el sistema patriarcal decimonónico con los hombres.

Si para el poder es cardinal ganar a las mujeres, mucho más lo es para cualquier proyecto de regeneración social; todo movimiento que no sea capaz de atraer la energía femenina a su causa está, por definición, condenado al fracaso. No puede haber una subversión de las instituciones ilegítimas de poder si no hay integración de los sexos, esto es, si se consuman la división social por géneros y el gravísimo desequilibrio entre mujeres y hombres en las luchas.

Por eso, ignorar la “cuestión femenina” o reducirla a un punto en el programa denunciando la “desigualdad de género y políticas patriarcales” es un desatino si no una majadería, pues lo constatable es que las mujeres se han movilizado en las tareas que les asigna el sistema, mientras están paralizadas en todo aquello que busca la subversión de las estructuras de opresión social. Las consignas anti-patriarcales son una apostilla que manifiesta el machismo residual de quienes las usan, que las incluyen por puro paternalismo pero las contemplan como una concesión a lo trivial y poco significativo, las “cosas de mujeres”, lejos de comprender el carácter estratégico que la cuestión femenina tiene en nuestra época y que significa que los  hombres y mujeres que deseen una revolución regeneradora deben tomarlo como uno de los ejes de su actividad.

Los que deseamos comprometernos con un ideal de renovación social integral e integrador que ponga fin a la sociedad de la maximización de la opresión, necesitamos entender los motivos de la parálisis femenina en las luchas, pero sobre todo las causas del ascenso de la participación de la mujer en los proyectos del Estado y el capitalismo, un asunto cuya intelección se me antoja especialmente difícil.

Muchos piensan que esa escasez de mujeres en los indigentes movimientos de masas del presente (tan tristes que no pueden, en puridad llamarse ni movimientos pues solo las subvenciones los mantienen en pie) tiene que ver con el rechazo de la violencia por parte de las féminas, algo que está inscrito en nuestra psique y es consustancial a nuestra biología. No es un argumento aceptable. Nada hay en nuestra naturaleza singular de mujeres que nos incapacite para tomar parte en los choques más duros del conflicto social. Que las mujeres pueden ser tan violentas como los hombres es un hecho constatable cada día en la vida social, y que lo pueden ser tanto personal como institucionalmente se comprueba en que el contingente femenino en el ejército español (y en prácticamente todos los del planeta) es cada vez mayor y más eficaz.

En nuestra historia la concurrencia femenina en los momentos más ásperos de la lucha contra el poder establecido ha sido la norma y no la excepción; un ejemplo significado y admirable, sucedido en Madrid, fue el conocido como “Motín contra Esquilache” en marzo de 1766 en el que miles de madrileños y madrileñas asaltaron instalaciones castrenses, protagonizaron choques violentísimos y pusieron en jaque durante varios días al poder constituido. Tan alta fue la participación femenina, tan briosa y vehemente su acometividad hacia las fuerzas de orden, que un narrador anónimo las llamó “amazonas arrabaleras”. Las mujeres no solo participaron en las asambleas populares que se realizaron en diversas partes de la ciudad durante los días  que duró la insurrección, sino que llevaron a cabo acciones tan heroicas y arriesgadas como los hombres y se llegaron a constituir escuadrones femeninos que hicieron un desfile triunfal por la calle Atocha [1]. En la mayor parte de las situaciones históricas de conflagración violenta en las que tomó parte activa el pueblo la mujer fue parte viva y sustantiva de la acción; lo fue, por supuesto, y con especial relevancia, en las guerras antinapoleónicas en las que actuaron con tanto arrojo y valentía como los hombres, algo que asombró y espantó a los franceses que consideraban antinatural luchar contra mujeres [2].

Por lo tanto, de asumir como una realidad que las mujeres rechazan implicarse en los momentos de violencia y arriesgarse o ponerse en peligro por un ideal, tendríamos que concluir que ese es un ingrediente de la personalidad femenina moderna y no de la tradición, y que está restringido a ciertos sectores de mujeres, las que pertenecen a las clases subalternas y no participan de las instituciones del Estado y del poder, pero no actúa sobre las que forman parte de sus ejércitos, policías y jefaturas políticas, económicas, militares y burocráticas, lo que demuestra que la personalidad femenina ha sido sometida y maniatada con especial virulencia en nuestros días mucho más que en el pasado y lo ha sido únicamente entre las mujeres del pueblo y no entre las poderosas. Esto reafirma lo expuesto al inicio, es decir, que el proyecto estratégico del poder de desmovilizar y paralizar a las mujeres para robustecerse y renovarse está cumpliendo sus letales designios.

Otras explicaciones apuntan a que las féminas se han volcado en el medro y el ascenso social, que están comprometidas con el progreso de sus carreras y profesiones y no desean implicarse en la transformación positiva del mundo. Esto es cierto para un sector no insignificante del sexo femenino, pero no puede explicar porqué en las acampadas del 15-M, al menos en sus inicios, las mujeres tuvimos una presencia significada y porqué esta situación no se ha mantenido después. De manera que si es un factor a tener en cuenta no puede ser elevado a causa última o principal del problema.

Algunos entienden que las mujeres no se suman a determinados programas políticos porque perciben su insustancialidad y porque son portadoras de una lucidez natural y un conocimiento intuitivo de la realidad [3]. No niego que la experiencia de una parte de las mujeres, muy apegada a la realidad tangible de la vida nos haga menos proclives a sumarnos a proyectos  cuya característica más sobresaliente es un reformismo alucinado producto del encogimiento intelectual de quienes lo sostienen, pero lo cierto es que, en el caso de que tal cosa exista, no se ha traducido en un movimiento hacia la reflexión propia, en una propuesta renovadora. Tenemos mucha necesidad de mujeres pensadoras y preparadas porque sin un impulso a la actividad de la conciencia en la que participe también la mujer no es posible soñar en que se genere una acción eficaz contra la opresión social, pero hemos de reconocer que hoy el pensamiento femenino es muy insuficiente y precario.

Para muchos y muchas la parálisis femenina se explica por la tendencia inducida por el patriarcado a confinarnos en lo doméstico; esto cuadra mal con el hecho de que las mujeres sean ya mayoría en la universidad y estén alcanzando la paridad en la actividad laboral a salario, sin embargo contiene una parte de innegable verdad que es mal comprendida por la mayoría. Si el franquismo consiguió aislar a las mujeres en el hogar lo hizo únicamente para poder manipular mejor su psique y adecuarlas a la ideología que hizo una religión de lo pequeño, lo anodino y lo vacío. El trabajo doméstico que antes había sido una actividad compleja, colectiva y creativa se trocó en quehacer incesante, maniático y repetitivo con lo que las condiciones de vida y también el pensamiento de las mujeres se transformaron [4]. En realidad, la vida hogareña no era el fin sino el medio; al degradar tanto las condiciones de vida de las mujeres y hacer insoportable lo que antes había sido agradable [5] se pudo dirigir a las féminas hacia el salariado.

Pero el modelo de trabajo a salario no ofrece a la mayoría de las mujeres más posibilidades de crecimiento y progreso personal que la vida doméstica. El arquetipo moderno de mujer “emancipada” reduce la existencia a una actividad incesante y repetitiva y siempre dirigida desde fuera, con lo que no ha ganado nada respecto al ama de casa franquista. La actividad reflexiva está en la mujer moderna tan excluida como en la mujer hogareña, más incluso, pues la segunda había de tener cierta autonomía para organizar su hogar, autonomía que la asalariada media no tiene, de modo que la nueva domesticidad se compone de adoctrinamiento, trabajo a salario y consumo, actividades que poseen, para muchas mujeres, un componente de metafísica devoción y que se traduce en una merma sustantiva de su capacidad para comprometerse en metas trascendentes y complejas.

De modo que podemos concluir que la mujer ha sido, efectivamente, domesticada por medio del encierro en lo casero e insustancial, lo que tiene como consecuencia su apartamiento de toda empresa grande o revolucionaria; pero tal situación no se produce a través de la vida hogareña, sino del par empleo-consumo, actividades que componen una neo-domesticidad más nociva que la de antaño y que consume casi toda la energía de la mujer.

Se habla también de la inseguridad de las mujeres, del eterno complejo femenino de inferioridad asociado a la educación patriarcal, como causa eficiente de nuestro estancamiento, lo que es cierto, pero ha de ser matizado. En primer lugar, el temor de las mujeres a comprometerse con el mundo tiene que ser comprendido en su expresión actual, ni es eterno ni consustancial a nuestra biología; sucesos como los comentados del motín contra Esquilache y muchos otros demuestran que no siempre las mujeres vivieron en el miedo y la inseguridad. A los más escépticos les recomendaría una lectura atenta del Quijote, escuchar a Marcela o Dorotea, para comprobar que el complejo femenino es mucho más moderno de lo que creemos.

Ni todas las mujeres son hoy inseguras ni lo son en todos los ámbitos; en las jefaturas de los múltiples centros de poder hay muchas mujeres seguras de sí mismas y en sus aledaños podemos encontrar muchas otras que buscan vehementemente el reconocimiento de esos estamentos para construir la  seguridad vital básica, de manera que esa personalidad cobarde no se manifiesta en todos los espacios, sino en aquellos en que ha de ejercer una acción libre y autodeterminada, elegir sus metas y luchar por ellas, lo que significa que es, esencialmente, miedo a la libertad.

Aunque todo lo anterior expresa problemas reales del presente de la mujer, ninguno de ellos nos aporta suficiente luz para entender por qué las mujeres que se comprometieron en las acampadas del 15-M se han apartado ahora de la acción, sea ésta para sumarse a los raquíticos movimientos que han seguido o para criticarlos, cuestión de orden trascendental. El hecho de que esta cuestión se olvide y se margine por la práctica totalidad de quienes se interesan por los problemas sociales del momento manifiesta que un machismo residual y una bonancible misoginia tienen carta de naturaleza entre nosotros.

No sólo intuyo, sino que vivo corrientemente esa sensación de que no hay un sitio para lo femenino en la actividad que llaman “pública”. Aquellas que triunfan y se integran, sea en la política o en la economía, se despojan de su feminidad como de un traje incómodo, manteniendo las formas femeninas pero renunciando al contenido de su diferencia sexual, y peroran acerca de ocupar ese espacio que consideran reservado al “hombre” y al que tienen derecho. Por el contrario, la mayor parte de las mujeres viven en la confusión y el conflicto interior (y los hombres también) producto de la incapacidad para situarse fuera del paradigma dominante.

Efectivamente, la política, tal como se concibió en la revolución liberal, es “cosa de hombres”, aunque sólo si se considera al “hombre” abstracto construido a partir de la organización biopolítica del Estado, es decir, no por la forma natural de ser varón, sino por la condición sobrevenida de las funciones concretas a que el Estado ha obligado a los varones desde el triunfo del orden constitucional y representativo.

El sistema de partidos que funda el liberalismo introduce un modelo de profunda división y fragmentación social e identitaria en múltiples planos, su función principal es esa y no otra. Siempre excluyó a las mujeres taxativamente, pero también buscó dividir a los hombres del pueblo rompiendo la tolerancia y respeto por la diversidad y la diferencia que había primado en la vida popular [6].

Mientras el pueblo vivía en una percepción integral e integrada de la vida en la que lo político era parte y no todo y estaba determinado por las necesidades humanas fundamentales entendidas en un sentido elevado y sublime [7] y no grosero o mezquino, con una concepción más cercana a la forma como las expresa Simone Weil [8], anudadas las demandas del cuerpo y del alma expresando la unidad de ser humano, reivindicando la necesidad de verdad, de belleza, de raíces, de historia, de convivencia y amor, de libertad y de equidad y justicia, como necesidades básicas, tan físicas como las que permiten la vida del cuerpo, el sistema imponía una sola dimensión, la de la dogmática partitocrática, la de las ideologías excluyentes y unidimensionales que  reducen la existencia a su ordenación jerárquica desde el poder, a la norma.

La política nunca debería ser eje principal de la vida sino materia derivada de los fines reales de la existencia, la convivencia, por ejemplo, se debería apreciar como un bien de mayor categoría que la identidad política. La búsqueda de la verdad posible en la realidad y la práctica debería estar por encima de las controversias doctrinarias, los objetivos trascendentes de la vida y las necesidades básicas del ser humano deberían ser el contenido último de todo debate político. El sistema de partidos, representación, organización jerárquica y Estado es siempre, con cualquier programa, indecente e inicua.

Lo cierto es que donde triunfa el modelo de partidos y sindicatos como instrumentos de la sociedad no-democrática con parlamento y representación política, solo una ínfima minoría de mujeres, la que asciende a los puestos de representación y a la jerarquía de poder, está presente, pero  desaparece el elemento femenino en la base.

Sabemos que en la sociedad tradicional, mientras el pueblo se mantuvo ajeno al sistema de partidos e ideologías políticas cerradas y excluyentes, la mujer tuvo un lugar destacado y activo, eso la hizo emprendedora y segura de sí misma. En esas condiciones se enfrentó a la injusticia con acometividad y valentía unida a los varones y enfrentada a los poderosos y poderosas. El sistema constitucional y parlamentario instaurado en Cádiz en 1812 robó la voz y la presencia a las mujeres del pueblo [9], las invisibilizó, situación que continúa hoy, porque mientras se discursea sobre la emancipación, se impide la expresión natural de lo femenino.

El concepto moderno de lo político como hipertrofia de la normativización, la ideologización y la jerarquía y ausencia de lo vital, lo convivencial, lo trascendente o espiritual y lo horizontal choca de forma no consciente y no buscada, pero real, con algunos hombres y con muchas, muchísimas,  mujeres. Eso hace que los programas políticos de la izquierda les sean ajenos y extraños y provoquen una apatía, un decaimiento del interés por el que abandonan esos espacios.

Esta revelación nos informa de la necesidad de recuperar una mirada holística que integre la totalidad de la vida humana, las múltiples dimensiones del existir, y que rescate la tradición occidental de pensar a partir de las grandes preguntas sobre a existencia y los grandes marcos referenciales, a partir de los ideales de vida, es decir, del sujeto y su proyección individual y colectiva, y no del Estado; de las personas y no de las instituciones como hace la izquierda. Este sería el contexto para buscar un nuevo paradigma con posibilidad de aunar, en la acción por la transformación de la sociedad, a las mujeres y los hombres.

Sólo si fuésemos capaces de regenerar un nuevo sujeto colectivo, un pueblo con conciencia de sí y con estructuras e instituciones propias, basadas en la vida horizontal y el desapego a la protección del Estado, podría volver a recuperarse ese espacio integrado, ese nicho, en el que las mujeres ocupen un lugar propio y no otorgado [10], en que la acción y la energía femenina se despliegue libremente.

Ahora bien, no ha de entenderse lo antedicho desde el canon sexista-misógino creado por el Estado feminista; la mujer no es únicamente la victima de esta situación, sino que es co-responsable de ella; el victimismo nos sitúa en el espacio de los incapaces y los indefensos, nos arranca la posibilidad de ser dueñas de la vida y del futuro. Reconocer que las formas de organización de la acción política del presente son anti-femeninas de forma consustancial y taxativa, no implica justificar la parálisis de las mujeres, pues lo correcto ante ese estado de cosas es la acción, el compromiso para transformarlo, algo que no se está produciendo.

La asignación por parte del poder de la condición de víctimas a las mujeres tiene ese objetivo, su desmovilización estratégica; mientras dure el letargo femenino la pervivencia del sistema está garantizada. Acoger nuestros deberes como principal cimiento de la emancipación es la única salida a un momento de dramática desaparición no sólo de la libertad, sino del carácter humano de la vida.

Hasta ahora la mujer se ha limitado a dar la espalda a los proyectos que, como las de la izquierda, reproducen el modelo politicista y misógino heredado de la revolución liberal, y a refugiarse en distintas formas de escapismo o encierro existencial, haciendo así su particular contribución al ocaso del pueblo como ente con vida propia y proyecto histórico, a la desaparición de la vida horizontal y la fragmentación de la existencia y del pensamiento que impide cualquier acción colectiva de alcance. Si la situación actual persiste y sigue ampliándose, la aniquilación definitiva del sujeto colectivo antagonista del Estado culminará: el poder constituido habrá cumplido sus objetivos estratégicos y obtenido una victoria integral sobre el pueblo.

Se trata pues, de generar un nuevo paradigma que pueda ser restaurador de la unidad y de la fuerza horizontal, y de un nuevo sujeto colectivo que no será copia del sujeto de la tradición, pues tendrá que enfrentarse a condiciones completamente originales. Este nuevo modelo tendrá que buscar formas de acción y pensamiento holísticos, globales, en contra de la parcelación y la rotura que ha fraguado la modernidad, y deberá recuperar las grandes preguntas existenciales como origen de toda acción fundante de un orden nuevo.

El síntoma supremo del carácter renovador de un movimiento será su capacidad para reintegrar la experiencia humana y para dar cabida a la expresión singular sexuada de mujeres y hombres. Si acordamos que las formas de enfrentarse al poder constituido han de ser renovadas en profundidad, y que se ha de explorar procedimientos y recursos plenamente novedosos y creativos, sólo por ello las mujeres habremos ganado espacio y prestigio en la vida social, pues estaremos en un plano de igualdad con los varones que tampoco se han iniciado en estas regiones ignoradas y misteriosas de lo por venir. Compartiremos pues, desde la incertidumbre de quien se arriesga a lo nuevo, un camino que sólo por ser común, y no segregado tiene ya, por sí mismo, un carácter revolucionario.

[1] “El Motín contra Esquilache. Crisis y protesta popular en el Madrid del siglo XVIII” José Miguel López García, Madrid, 2006. “Historias que cuentan: El Motín contra Esquilache en Madrid y las mujeres dieciochescas según voces del XVIII, XIX y XX” Lissette Rolón Collazo, Madrid, 2009.

[2] “Mujeres en la guerra de la Independencia”, Elena Fernández, Madrid, 2009. “Heroínas y patriotas; mujeres de 1808” Gloria Espigado y María Cruz Romero (coord.), Madrid, 2009.

[3] El análisis del programa con que se llamó a ocupar el Congreso es constatación suficiente de la distancia que existe entre el proyecto que presenta la dirección del movimiento y cualquier posibilidad de subversión positiva del poder establecido; la mixtura de reformas y utopías periclitadas que componen el programa-guía de las movilizaciones no puede ser el portador del nacimiento de un sujeto colectivo que proyecte una sociedad sin Estado, sin capitalismo y sin opresión política. Por lo mismo solo puede ser considerado como un nuevo intento de refundar  el sistema a partir de algunas reformas insustanciales.

[4] “Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Vol. I. Recuperando la historia” Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora, Aldarull, 2012.

[5] Lo doméstico como la suma de las actividades que cubren las necesidades vitales de las personas no es por sí mismo destructivo ni embrutecedor; en el pasado, en el seno de las clases populares, todos y todas dedicaban un tiempo a esas ocupaciones que son las más naturales porque permiten la vida como vida humana. No se consideró que los trabajos que se desarrollaban dentro del hogar tuvieran menos valor que los que se realizaban fuera hasta que el salariado, proyecto de la revolución liberal que se hizo universal en el franquismo, dividió la vida social en dos esferas perfectamente separadas a las que se otorgó una diferente valoración, y fragmentó la vida rompiendo la unidad del trabajo y la existencia.

[6] Una narración palpitante y conmovida de su propia experiencia personal en una sociedad con un alma convicencialista  y sociable es la de Santiago Aráuz de Robles en “Los desiertos de la cultura (una crisis agraria), Guadalajara, 1979, en la que desgrana sus recuerdos de un universo en el que las personas tenían un valor excepcional y las relaciones eran más importantes que la afinidad de ideas. Otro documento de gran significación en este tema es el trabajo de Ander Delgado Cendagortagalarza, “Protesta popular y política (Bermeo 1912-1932)”, Revista “Ayer”, nº 40, Madrid, 2000. En este artículo el autor estudia cómo las formaciones partidistas  liberales introdujeron en la vida popular la división y el conflicto a través de los falsos debates políticos que llevaron a que la Cofradía de Bermeo que, desde tiempos remotos, había sido un lugar de encuentro y apoyo mutuo de los vecinos quedara dividida en múltiples facciones de orientación política contraria. Así, donde había habido tolerancia y respeto, ayuda y cooperación el sistema de partidos introdujo fanatismo e intolerancia, desavenencia y escisión. El autor incluye múltiples referencias a la intensa participación femenina en los conflictos violentos con el poder, añadiendo que, en la mayor parte de los casos, eran ellas las que los iniciaban.

[7] Ver “Tiempo, historia y sublimidad en el románico rural. El régimen concejil. Los trabajos y los meses. El románico amoroso” Félix Rodrigo Mora, Tenerife, 2012.

[8] Simone Weil, “Echar raíces”, Valladolid, 1996.

[9] “Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Vol. I. Recuperando la historia” Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora, Aldarull, 2012.

[10] Jamás podrá la mujer crecer en su presencia social por efecto de las leyes, por las cuotas y los privilegios de sexo, sólo el espacio que es naturalmente habitado, por decisión y disposición propia y no por la gracia de las instituciones es un espacio de la libertad.

Fuente: Mujer, verdad y revolución integral

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