La vida auténtica. En torno a una frase de Goethe

FELIX RODRIGO MORA

por Félix Rodrigo Mora – En esta edad neo-oscura, la de los seres posthumanos, cuando los rasgos definitorios de la condición humana se están esfumando y la destrucción de la esencia concreta humana alcanza proporciones espeluznantes, tenemos que reaprender a vivir, si es que queremos recuperar nuestra perdida condición, que nos ha sido arrebatada casi del todo y que nos hemos dejado arrebatar.

Para ello la lectura y meditación de los clásicos de la cultura occidental, la que hasta ahora mejor ha logrado definir lo humano en tanto que verdad, autonomía del sujeto, libertad, valentía, amor, revolución y trascendencia, nos es necesaria.

Señala Goethe que “vivir exige un laborioso trabajo, un meticuloso cuidado, un esfuerzo tenso y angustiante”.

El ente posthumano hoy en circulación sentirá tal formulación como un latigazo en lo poco que le queda del alma. Ya es mucho para él/ella expresiones como “laborioso trabajo” y “meticuloso cuidado” pero lo de “esfuerzo

tenso y angustiante” le resulta insufrible.Goethe establece algunos de los rasgos de la vida humana en su manifestación natural, que son sus elementos constitutivos en cualquier situación y bajo no importa qué sistema socio-político. Es algo que no puede ser eliminado, mientras seamos humanos, y que establece una contradicción entre ello como negatividad en sí y su significación en tanto que necesario factor de dinamización mejorante de la condición humana.

En el presente la vida apetecida por el sujeto desestructurado, nadificado y deshumanizado es una suma ilimitada de experiencias “agradables”, y nada más. Lo supuestamente atractivo de aquéllas reside en lo que no exigen esfuerzo, no demandan cuidado alguno y no son, pretendidamente, tensas ni angustiantes. Lo banal, lo meramente sensorial, aquello que puede ser realizado sin necesidad del cerebro ni de la voluntad ni de los músculos, un mero pasar el tiempo con la mente vacía, sin pensamiento ni emociones ni voliciones ni pasiones, una combinación devastadora de ataraxia y nirvana, una renuncia completa a lo humano, es la noción de “vida buena” propia de hoy día.

Eso lleva al sujeto a existir en fuga perpetua. La vida en las sociedades “ricas” es un escamoteo de la vida. El desventurado “ciudadano” huye empavorecido de deberes, obligaciones, responsabilidades, compromisos y esfuerzos. Su tosca contabilidad vital se reduce a maximizar lo agradable y minimizar lo desagradable. Extraviado por el totalitario discurso placerista, hedonista, felicista y gozador que le llega desde arriba se entrega a una existencia en permanente escapada, huyendo de todo y huyendo de sí.

Las revistas para mujeres son quizá las que más lejos llevan la facundia sobre la existencia como demente ansia de placidez vegetal. Según ellas, todo puede ser resuelto por medio de “trucos”, y cualquier cosa tiene que ser abordada “sin esfuerzo”. Esa letal combinación de artimañas de baja estofa y renuncia a toda movilización de la energía vital realiza la destrucción de la esencia concreta humana en las féminas del más eficaz modo posible. Así se transforma a la mujer en mera cosa, en mujer-objeto neoservil condenada a venderse en el mercado de trabajo.La familia a la española, en la que el amor ha sido sustituido por el paternalismo más destructivo, con muchas madres fabricadas mitad por mitad por el franquismo y su heredera, la progresía, que se consideran las esclavas de sus hijos e hijas, la infancia y la juventud son “educadas” para vivir gozando, para escapar a todo correr de deberes (en primer lugar del deber de querer y amar, esto es, servir y respetar a sus progenitores, sobre todo a su madre), obligaciones, esfuerzos y servicios.

Convertidos infantes, adolescentes y jóvenes en receptores natos a los que se niega el gran bien de dar y darse, se ahoga en ellos lo mejor de la condición humana, que es el amor como servicio en actos y el esfuerzo en tanto que realización de la entrega al otro. Eso contribuye a explicar la infantilización casi general de la juventud hoy así como su baja calidad humana, tosco egotismo, ininteligencia y torpeza.

Sobreproteger y ser caritativos o bondadosos no es amar: es destruir, además de dominar. Amar es, también, exigir que nos amen aquéllos a quienes amamos, que nos sirvan aquéllos a quienes servimos. Una de las formas más letales de odio al otro es el paternalismo, por lo que dar amor incluye exigir amor dado que su esencia es el mutuo servicio. La bondad no es virtud, es una forma específica de maldad.

El “ciudadano” protegido por la muy prodigiosa Constitución Española de 1978, obra eminente de la derecha y la izquierda, unidas y hermanadas (lo que prueba que, a fin de cuentas, son lo mismo), ha de padecer, además, al Estado de bienestar, la entidad que más le deshumaniza y envilece, le infantiliza y aísla de sus semejante, le embrutece, degrada y priva de su condición de ser humano. El paternalismo de Estado es el fin de lo humano. Sometido a la triple servidumbre del adoctrinamiento de masas, la familia progre-franquista y el Estado de bienestar el sujeto en tanto que ser humano se está desintegrando.

En la realidad, el ser nada en huida sempiterna conoce una vida aterradora. Su renuncia a vivir le lleva a la depresión, el gran mal espiritual de nuestro tiempo, con todas sus dolorosas manifestaciones, irritabilidad, soledad patológica, angustia, tristeza, pasividad, deserotización y ansiedad. En particular las mujeres, supuestamente elevadas a una vida “libre” y “superior” por el Estado, que las “protege” y “discrimina positivamente”, están al borde del colapso psíquico, por la falta de sentido de sus vidas, la sobre-opresión, el salariado, el mega-adoctrinamiento, la despiadada represión de su erotismo (hoy vivimos en la era de la neo-frigidez de grandes masas) y el paternalismo (neo-patriarcalismo) institucional. Puede decirse que, ahora, la destrucción de la esencia concreta humana se está realizando, sobre todo, en las mujeres.

Así las cosas, hay que recuperar la noción seminal de que la vida es “esfuerzo tenso y angustiante”, para afrontarla con sabiduría, rigor, fortaleza, valentía y alegría. Porque el esfuerzo nos vigoriza, la tensión nos llama a la movilización de todo el ser y la angustia hace que ahondemos en la comprensión transformadora de nuestra esencia, para hacernos sujetos mejores y superiores, sujetos rotundamente humanos. Porque no hay lugar donde huir ni tenemos motivos para desear huir. Por el contario, lo apropiado es afirmar la vida en el combate, el vigor, el coraje y la entrega a las grandes causas superiores.

Fuente: Esfuerzo y Servicio Desinteresados

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