El himno y la polis

JOSE LUIS ONTIVEROS

por José Luis Ontiveros* – El himno es la expresión del poder vital en su doble sentido: apolíneo y dionisíaco, al punto que recoge en su esencia el valor  del coro griego, en que el individuo se fusiona en una sola voz, que es el valor de la concepción trágica del mundo.

La aceptación de la tragedia es la exaltación del pesimismo como una voluntad indoblegable que cumple con el destino. El misterio de la vida es la música de lo inexorable que se eleva por el canto a una danza que celebra a la vida en su aspereza, que no requiere de la bestia de la razón, sino de la exigencia interna de la belleza.

Nietzsche en su Nacimiento de la tragedia y el espíritu de la música resalta la liturgia pagana a manera de una liberación de la tensión  entre Apolo: la templanza; el dominio de sí; la mesura, la sensatez; respecto a Dionisios: el instinto; el frenesí; la desmesura; la hybris.

De ahí que los himnos en la polis sean catarsis de sus dolores, de su elevación y asunción de lo terrible. Ello se manifiesta en la polis moderna con los himnos que son expresión de los mitemas –mitos en acción- más profundos de una creencia que surge del corazón y del ser. Hay pues un registro superior de las ideologías que el análisis y las categorías, que estriba en la música como superior a la palabra (Wagner); la  afirmación más clara de la vida y “la expresión más pura de la voluntad”.

Si el culto griego a Dionisios, el poder de la vida, del bosque, del misterio, del placer, del dolor y de la resurrección es anterior a la plaga racionalista que trajo Sócrates consigo, destruyendo el sentido trágico para presentar un mundo falsamente ordenado por fines, en lugar de la palpitante fuerza múltiple de la vida en su expresión más dura, dando lugar con ello a la decadencia del helenismo y al nihilismo que todo lo invade.

La  destrucción  de la voluntad de poder por la tendencia moderna a la construcción de leyes racionales materialistas, -desde el materialismo dialéctico al libre comercio-, que pretendidamente harían felices a los hombres, cercenados de toda relación con su interioridad profunda y sus deseos, por códigos de comportamiento impuestos desde la vida “ilustrada”, del bien y del mal, de lo aceptable y lo vitando, de lo que estaría “más allá” del combate y del aquí y del ahora. Por ello la existencia se concentra y purifica en el poder del himno que es también  plegaria y canto.

La Marsellesa: es el himno del tercer estado, de la burguesía y del mercader, de la democracia y la guillotina; la Internacional: el del paria y esclavo del alma, del ser sin  arraigo ni especificidad; los himnos fascistas, el Cara al Sol de la Falange, el resurgimiento del poder del pueblo como destino y tragedia, en que sólo cabe aceptar en el fragor de la lucha, que “Volverá a reír la primavera”, que el tiempo muerto y yermo será reemplazado por la voluntad solar y guerrera, “bajo los luceros” y que ello se forja ante “la muerte, si me llega, y no te vuelvo a ver”.

La tragedia griega de acuerdo a Nietzsche explora los abismos y la tortura del alma, aun antes las peores desgracias y las mayores calamidades, hay una forma de enfrentarlas con la altivez sumisa de quien sabe que la vida es lucha, no hay renunciamiento sino plenitud. La vida está ahí sangrante y feroz, se le toma y hay en ello una decisión inquebrantable que es la profunda comunión con el mundo mágico de los héroes.

El himno sintetiza en sí el poder de una Idea y como señala el capitán Corneliu Zelea Codreanu, el fundador y jefe de la Guardia de Hierro rumana: “quien no canta no tiene alma”.

* Escritor y analista de inteligencia (México)

Fuente: El Espía Digital.

 

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