Nacionalismos de patria chica

ALBERTO BUELA

por Albero Buela – Los nacionalismos americanos fueron, paradójicamente, producto de una voluntad ideológica ajena a América, la del Iluminismo filosófico.

Aun cuando el término nacionalismo posee una polisemia abundante es universalmente aceptado que el nacionalismo es la ideología del Estado-nación y paradójicamente es a partir de este primer y elemental enunciado del concepto que se nos plantea la diferencia sustancial entre los diversos nacionalismos. Los viejos filósofos aconsejaban primero distinguir para luego unir. Y la distinción primera que exige nuestro tema es entre nacionalismo europeo y nacionalismo hispanoamericano.

El Estado surge en Europa a partir de la nación mientras que, por el contrario, en Nuestra América el Estado crea la nación. Así en Europa los movimientos lingüísticos y filosóficos de cepa romántica del siglo XIX aspiraban a formar estados nacionales, por el contrario, en América el movimiento se realizó a la inversa. La finalidad de este Estado-nación de carácter republicano y liberal creado a principios del siglo XIX será la creación de las naciones. Este Estado-nación tendrá por ideología el nacionalismo “de fronteras adentro”, expresión de los localismos más irreductibles encarnados por las oligarquías vernáculas, impermeables a una visión continental. Los Estados independizados de España como repúblicas llegan luego de devastadoras luchas civiles recién a finales del siglo XIX a transformase en naciones. De ahí que la expresión histórica por antonomasia de este nacionalismo localista, hijo putativo de Inglaterra, liberal en economía y conservador en política sea el “nacionalismo “mitrista” argentino.

Los nacionalismos europeos fueron imaginados sobre una base étnica, lingüística y geográfica común en tanto que los nacionalismos americanos fueron, paradójicamente, producto de una voluntad ideológica ajena a América, la del Iluminismo filosófico. Siendo sus gestores políticos Gran Bretaña y su Secretario de Estado George Canning quien se apresuró en 1825 en reconocer la independencia de los nuevos Estados, luego del triunfo de Ayacucho (1824) sobre el último ejército realista.

Vemos pues, como estos nacionalismos de “patrias chicas” son europeo dependientes tanto en su génesis como en su contenido. Ello explica en gran parte su fracaso político reiterado. Carecen de encarnadura popular. Y son elitistas no por méritos propios, ya que carecen de nobles, sino porque su ideología conduce a la exclusión del otro.

Estos nacionalismos de invención europea surgidos ante la quiebra de la cristiandad a causa de la reforma protestante, “han venido a llenar el vacío dejado por el debilitamiento de la religión cristiana y el sentido de seguridad de los pueblos en un mundo secularizado”. Ello explica el hecho, aparentemente curioso, que la mayor parte de estos Estados-nación republicanos surgieron antes en América que en Europa. Porque aquí se crearon Estados virtuales porque eran Estados sin naciones, lo que explica a su vez la carencia de soberanía nacional. Cambiamos el envase, las instituciones, sólo para pasar de un amo a otro, a Gran Bretaña en el sigo XIX y a los Estados Unidos en el siglo XX.

Este nacionalismo al ser un producto ideológico trasplantado desde Europa a América, carece en nosotros de genuinidad. Este nacionalismo es el que engendró las pocas guerras que tuvimos en Hispanoamérica. La Guerra del Pacífico entre Perú, Chile y Bolivia (1879); la del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932-35); la de la Triple Alianza entre Brasil, Argentina y Uruguay por un lado y el Paraguay por el otro (1865-1870) donde al decir de Franz Josef Strauss “por primera vez en la modernidad el deseo del vencedor fue lograr una rendición incondicional -traducción moderna del clásico vae victis- lo que condujo a un resultado abominable”.

Una variante de este nacionalismo en América en el presente siglo ha sido el nacionalismo antiimperialista, que de Lenín sólo heredó su aspecto “latinoamericanista” (socialismo mundial) pero que, de hecho, fue un producto salido de las manos de Stalin con su idea de revolución comunista por Estados. Este nacionalismo marxista, importado en todo -lenguaje, enseñas, emblemas, consignas, políticos y teóricos- marcó el máximo extrañamiento con respecto a Nuestra América. Llegando a negar nuestras tradiciones más telúricas como religión, etnia o patria. Y afirmamos que ha sido una variante del nacionalismo de “patria chica” porque no superó la idea de Estado-nación sino sólo declamatoriamente cuando se proclamaba “latinoamericano”.

Nacionalismo “de patria Grande”

El sentido continental nace con el descubrimiento hispano de América, dado que antes del descubrimiento no existía tal sentido. Es el mundo ibérico que introduce la noción de pertenencia a una ecúmene cultural de carácter continental como lo es Iberoamérica. Lengua, religión e instituciones compartidas durante tres siglos por todos los pueblos de esta región del globo, crearon en la conciencia hispanoamericana un sentimiento de unidad continental que doscientos años de pertinaz liberalismo político e iluminismo filosófico no han podido desarraigar. Y así, de tanto en tanto, surgen nuevos intentos de construcción política de una “Patria Grande” que son abortados ab ovo por aquellos que son históricamente enemigos de la unión continental de nuestros pueblos. Claro está, la conformación, con un poder unificado, de un gran espacio continental habitado hoy por 400 millones de hombres, significa un desafío a los poderes mundiales difícil de tolerar. Este nacionalismo continental tuvo una segunda manifestación durante las luchas por nuestra independencia y logró su expresión más acabada en Simón Bolívar y su idea de creación de los Estados Unidos de Suramérica que conformarían la más grande nación del mundo(‘), donde el Itsmo de Panamá sería para los hispanoamericanos lo que el itsmo de Corinto fue para los griegos. Pero el Congreso de Panamá de 1826 convocado a tal efecto fracasó tanto por la oposición de los nacionalistas “de patria chica”, los localistas creadores de las nuevas oligarquías criollas, como por error garrafal de Bolívar de meter el zorro en el gallinero invitando a los representantes de Washington a participar activamente en el Congreso. Estados Unidos ya tenía una idea clara y distinta sobre qué hacer con América enunciada tres años antes en la Doctrina Monroe y su lema “América para los americanos”, que a buen entendedor debía leerse como “América para los norteamericanos” y cuya estrategia como la de Zeus en el gobierno del Olimpo fue desde entonces dividir para reinar. Este nacionalismo continental reaparece luego de casi un siglo como consecuencia de la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898 y tiene su expresión más acabada en el Ariel (1900) de José Enrique Rodó y el arielismo o Generación del Centenario de nuestra independencia. Autores como José Vasconcelos, Gonzalo Zaldumbide, Francisco García Calderón, Manuel Ugarte son los que recrean el viejo ideario de “la creación de un continente” o de “la nación hispanoamericana” según los títulos de sus propios libros. Esta tercera etapa del nacionalismo continental se caracteriza respecto de las dos anteriores porque al ideario de “gran espacio” adiciona su antiimperialismo pero estuvo limitada al plano intelectual, careció de funcionalidad política. Es decir, no se realizó, en esa época, en ningún movimiento político de nuestros países. Sin embargo sus efectos políticos se plasmaron años después, en nuestra opinión, en tres movimientos políticos de significativa importancia para Nuestra América: a) En el nacionalismo antiimperialista de Augusto César Sandino y su lucha por la liberación de Nicaragua (1927-32); b) A partir de 1924 en el aprismo de Víctor Haya de la Torre y c) desde 1945 en el peronismo argentino y su idea de unión continental: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Este nacionalismo continental va a ser en Augusto Sandino “latinoamericano”. Así en su principal escrito Plan de realización del supremo sueño de Bolívar (1929) va a insistir expresamente en la incorporación de Haití al proyecto de unidad continental. En tanto que en Haya de la Torre va a ser “indoamericano”. Pero contrariamente a lo que pueda pensarse el indoamericanismo de Haya, que tiene su fuente en Vasconcelos y su Raza Cósmica no es indigenista sino indiano, expresión ésta que valoriza el mestizaje como lo genuinamente americano. Finalmente en Perón el nacionalismo continental va a ser “iberoamericano”, pues prioritariamente la política exterior del peronismo, 1946/55; 73/76 y aún la actual, que de peronista tiene sólo el nombre, estuvo siempre dirigida a lograr la unión con Brasil.

Prognosis de una idea

Los estudiosos de este tema, o sea, de la unidad continental nos tienen acostumbrados primero a hablar de “latinoamérica” y segundo caracterizarla como “utópica”. Ellas son, en nuestra opinión, dos tipificaciones erróneas. Pues la unidad continental fue, salvo la excepción vista de Sandino, siempre hispano o iberoamericana y el carácter de utópica no le corresponde, pues esta unidad tuvo un lugar, existió durante tres siglos, y lo que siempre se propuso fue su restauración bajo distintos modelos. La unidad continental no es un no lugar, una utopía como las de Santo Tomás Moro, o la de Campanella y su Ciudad del Sol o la Nueva Atlántida de Francis Bacon, esta es una visión eurocéntrica de interpretar la unidad del continente. Ella debe ser interpretada a partir de lo que tuvo ya lugar, de lo contrario se transforma eo ipso en una idea ilustrada como es la que tiene la izquierda progresista de América. Llámese teología de la liberación o escuela de antropología social. Hoy día la unidad continental está expresada en distintas subregiones, como el Pacto Andino o el Mercosur, más como “unidad de intereses” que como “unidad de ideales”, pero sin embargo este inicio como “unidad de intereses” le otorga a la idea de unidad continental una verosimilitud de la que carecía otrora. La tarea actual reservada a los hombres de la cultura y a los pensadores nacionales iberoamericanos es recrear la “unidad de ideales” que den contenido a la mera “unidad de intereses”. Y aún cuando el futuro nos esté vedado, no olvidemos que en la caja de Pandora sólo la prognosis quedó encerrada, se vislumbra que la constitución de grandes espacios autocentrados es el único remedio ante el proyecto de globalización y extrañamiento de los pueblos. Y este gran espacio está dado para nosotros los iberoamericanos en la unidad continental apoyada en un nacionalismo de “patria grande”. De lo contrario, nuestra identidad como nación corre serios riesgos de desaparición. Es apropiado en este sentido recordar, ya que nuestros ilustrados los han echado al olvido, los viejos versos del Santos Vega que parecen escritos a propósito: Si mi voz es impotente para arrojar con vosotros, nuestras lanzas, nuestros potros, por el vasto continente; si jamás independiente veo el suelo en que he cantado, no me entierren en sagrado donde una cruz me recuerde; enciérrenme en campo verde donde me pise el ganado.

Fuente: Contexto Geopolítico

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