El sol rojo de la Santa Rusia

ISIDRO JUAN PALACIOS

por Isidro Juan Palacios – Debats, Verano 2004 – La profunda crisis que atenaza a Rusia es el resultado de una encrucijada en la que aún hoy se debate el país de los eslavos. Raíces étnicas, culturales y religiosas, por un lado; el recuerdo un tanto ya debilitado de los mejores años del comunismo, por el otro; y una cada vez más fuerte y oficializada “tentación occidental” al estilo de Pedro el Grande, constituyen las tendencias principales del problema. El clima ruso sigue inmerso en una tempestad de las estepas que no cesa. Todo aquí parece seguir siendo apocalíptico. El equilibrio es difícil y la lucha por el poder persiste, en medio de tristezas, desmotivaciones generales y conflictividad organizada, sin olvidar, claro, las proféticas esperanzas. En Rusia todos saben que algo sigue hundiéndose, aunque asimismo hay algo que renace.

• Rusia, hoy como ayer, sigue debatiéndose entre la memoria de san Vladimir y la Santa Rusia, y la de Pedro el Grande, el primer monarca ruso ilustrado y occidentalista.

• Para que exista Rusia –según Boris Godunov– es preciso que se den dos factores esenciales e imprescindibles: la Ortodoxia y el Zar.

• Rusia une Oriente y Occidente, de hecho es el único que representa el nombre de todo un continente simbólico: Eurasia, naciente, curso y ocaso del sol.

• ¿Por qué la aparición de Fátima insistió tanto en la consagración de Rusia y por qué cinco Papas de la Iglesia de Roma se negaron a hacerlo?

• El martirio y las zozobras por las que ha pasado recientemente Rusia tendrían que ver con un destino misterioso que el país de los eslavos tendrá que desempeñar en el futuro.

• “Pienso que Rusia, que ha abierto las puertas del infierno al mundo, es la única capaz de poder cerrarlas” – escribe Solzhenitsin. Occidente no puede hacerlo: “todo el orbe está debilitado por la prosperidad y… pronto perecerá… las manos para vencer el infierno vendrán del Oriente eslavo. Para la historia… Rusia es un país clave”.

El caso ruso actual es semejante al que Occidente vive ya, aunque su bienestar le ciegue y no le permita ver ni el estado en que se encuentra y ni la nocividad que su civilización extiende. Europa, tanto al este como al oeste, decae, en la escasez o en el bienestar actuales.

Rusia termina de salir ahora de un periodo largo en el que su característica principal, desde el punto de vista de la cultura, ha consistido en ser infiel a su propia identidad, a su ser más profundo. Primero tímidamente con la reforma ilustrada de Pedro el Grande y luego, más tarde, sin prejuicios ni respeto alguno, con la Revolución y el Estado soviético. Aquellos fueron los años de su impostura. En estos momentos, enfrentando ahora su propia crisis, Rusia se encuentra en un caos incierto, en un nuevo interregno donde las fuerzas chocan, ante una disyuntiva, en una encrucijada de caminos, sin centro, sin seguridad, delante de la imperiosa necesidad de abordar otra vez su destino o perecer. Eso es, ineludiblemente, lo que le sucede al que ha perdido un cierto orden, sea un país entero o un simple ser humano.

En situaciones como la descrita surge siempre la misma cuestión, siendo muchos los que se hacen el mismo planteamiento. Cuando suena la hora de la confusión, cuando la sensación reinante es la de estar literalmente perdidos, los pueblos y sus dirigentes, todos, acaban por sentir la necesidad de volver a sus orígenes más firmes, hacia aquello que un día les diera su raíz más genuina y su seguridad más fuerte, como en la historia evangélica del hijo pródigo. La respuesta en Rusia a este reto tiene urgencia, como igualmente a este lado de Europa, aunque todavía aquí para la mayoría no haya sonado la hora apremiante. No obstante, vendrá para todos tarde o temprano.

En el país de los eslavos, hasta los ex soviéticos saben cuál es la cuna rusa; y Yeltsin dio muestras de saberlo al ordenar de inmediato la restauración del viejo escudo de los zares como enseña nacional, amén de aliarse de nuevo con la Iglesia ortodoxa y de peregrinar a San Petesburgo (la antigua Leningrado) para decir desde esa ciudad emblema –desde donde emergiera la traición de la Duma y la revuelta soviética– que en el nombre recuperado de Rusia no habría más “revoluciones” como la sacudida de los últimos setenta años. Sin embargo, con ser esto mucho para unos y para otros, no parece ser suficiente, porque el dilema que persiste no se resuelve del todo con la escenificación de algún que otro gesto político espectacular. El problema requiere, claro está, tomas de postura más hondas y significativas. Con ello brota una nueva inquietud, porque una de esas puertas por dónde quiere volver Rusia en clave restauradora la expuso con claridad Yeltsin en la era post soviética y, por lo que parece, la mantiene el actual presidente Putin. Según tales preferencias actuales, la tendencia gubernamental se decanta hacia el despertar del espíritu de Pedro I el Grande (1672 – 1725), el zar que terminó violentamente con muchas tradiciones rusas. Despertarlo y afianzarlo sería esa política.

Pedro el Grande, el fundador de San Petesburgo, la nueva capital del imperio, no rompía con todo, es verdad, no arrasaba todas las esencias rusas, pero sí, como se ha reconocido, una buena parte de ellas. Desde dentro, quienes en esa época enarbolaron la causa de lo genuinamente ruso oponiéndose a las reformas –entre los cuales estaba el zarevich Alexei Petrovich, hijo de Pedro I– afirmaban que aquella “modernización” no significaba otra cosa que el “principio del fin” de la Santa Rusia. No les faltaba razón1.

La pregunta, por consiguiente, ha sido formulada. ¿Dónde están y cuáles son esas esencias capaces de sacar a Rusia de su situación presente?

La esencia rusa

El día en que Iván el Terrible anunciaba a los nobles boyardos, miembros de la Duma (la cámara de los representantes), su deseo de abandonar el trono y retirarse a un monasterio para el resto de sus días, a fin de purgar allí sus muchísimos pecados, el joven Boris Godunov tomaba por primera vez la palabra ante tan notable asamblea.

–“Sin Zar no hay Rusia”– les dijo. No fue una afirmación sorprendente, pero todos lo escucharon en silencio… Y abundó en esas palabras, sobre todo para nosotros, que se las íbamos a escuchar hoy a través de Vladimir Volkoff, uno de esos escritores rusos que aún siguen viviendo en París.

–“Para que exista Rusia –siguió el joven Boris– se necesitan dos cosas: la Ortodoxia y el Zar. Por tanto, para que Rusia exista, lo único realmente imprescindible es el Zar.”

Desde que Rusia se quedó sin zar, su alma no podía morir, pero ha vivido casi setenta años del siglo XX encadenada, desde 1917 a 1985. El espíritu ruso fue sacado de la tierra y encadenado. Durante todos estos años, el símbolo de esta adversidad ha sido, sin duda, la momia de Lenin, una inmortalidad simulada, un cuerpo sin vida que la ciencia ha sabido mantener “vivo”, presente, con magistral orgullo, y que el poder soviético situó en el centro justo, y no por casualidad, en el centro ortodoxo del Kremlin moscovita, esa “sacramentalidad de la presencia entre murallas”. Por eso, la pretensión de quienes en Rusia pidieron que los restos de Vladimir Ilich Ulianov -Lenin- fueran trasladados a un cementerio de Leningrado, hoy de nuevo San Petesburgo –como el dirigente soviético dispusiera en su testamento–, y allí dejados junto a los de su madre habla por sí sola.

Situados, pues, ante la clave del despertar y del destino de Rusia, ante la reanimación de sus raíces, el renacimiento ruso se encuentra no únicamente ante el problema del estado de su ser atrofiado, sino ante el señuelo, la ilusión de un Occidente que, eufórico aún, ha reaparecido ante las miradas del Este con la fuerza de un imán. Frente a esa alternativa, sin abstracciones, se levantan (insistimos) los semblantes de dos figuras, de dos zares contrapuestos. San Vladimir, en quien se reúnen las vertientes paganas y cristianas de todas las Rusias, y el ya nombrado Pedro el Grande, el primer monarca ilustrado y occidentalista ruso, padre de la primera decadencia eslava, a la postre emprendida en la última década del siglo XVII.

Es cierto que algunos rusos, sobre todo habitantes de las agitadas y todavía precarias urbes, suspiran por nuestro agónico mundo occidental, por su no tan saludable progreso, más bien enfermizo, por su falseado gigantismo bastante ya cristalizado; otros, empero, la inmensa mayoría de los pueblos rusos, buscan en sí mismos y rehacen su memoria. En esta última corriente, se halla en sintonía la Iglesia ortodoxa, así como una buena riada de escritores, entre los que sobrenadan Solzhenitsin, el mencionado Volkoff o Guenadi Chimanov quien, citado por Yanov, escribe: “Ha habido demasiado sufrimiento en Rusia, y Dios no permitirá que este sufrimiento termine en la grotesca y mezquina nulidad democrática”. Claro que es innecesario decir que tanto esta expresión, como el trasfondo que se está moviendo, trasvasa las especulaciones puramente secularizadas de la política o de la economía, para entrar así, en la urdimbre más sutil, permanente, prístina y escondida de Rusia.

Por lo que respecta a quien esto escribe, afortunadamente le tocó vivir en la evocación de la principal efeméride rusa hace ya unos cuantos años, aquí, en España. Se iba a conmemorar el bautismo de Rusia en su día más señalado: el de los mil años. Por entonces tenía yo algunos amigos rusos, blancos y ortodoxos, con los que me fui encontrando entre las brumas de su exilio. Todavía los conservo sin excepción, aunque alguno ya esté muerto. El más joven de ellos, que se encargaba de coordinar los actos del milenario y de dar forma al Comité de los Actos Conmemorativos, me invitó a participar. Apuntaron mi nombre junto al del heredero del trono de Rusia, el gran duque Vladimir, al del Rey Simeón de los búlgaros, al del arcipreste griego padre Dimitris Tsiamparlis, al del profesor en filología y antiguo jefe del gobierno ruso en el exilio suizo Rurik de Kotzebue, al de Lucía Seslavin, y al lado de los hermanos Eugenio y Nikolai de Dobrynine.

Había nacido toda esta historia en el año 988 o (según cree Volkoff) en el 989 de Nuestro Señor, en la que un príncipe pagano, nórdico, varego o vikingo, de nombre Vladimir, se convierte al cristianismo. Enseguida, también sus nobles y su pueblo, inmersos en las aguas sagradas del río Dniéper, reciben el bautismo. Por este gesto y por los otros que le siguieron durante el resto de su vida, Vladimir –conocido por la tradición como Sol Hermoso o Sol Rojo– recibiría además, por parte de la Iglesia, el título de Santo o Ravnoapostolny, El Igual a los Apóstoles. De él me habló, como jamás ningún libro podría haberlo hecho, Rurik de Kotzebue, un fiel y disidente ruso blanco por cuya amistad entendí la entraña de la Ortodoxia, el misterio cautivador de la vieja Rus’ de Kiev luego Rusia, de Eurasia, de los iconos y del zar, cuya fotografía tenía dedicada, ya un poco amarillenta y encuadrada en terciopelo rojo invernal con el águila bicéfala plateada del Imperio. Ya anciano, no murió hasta que hubo celebrado el milenario de la conversión de Rusia. Puedo verle todavía, pues lo recuerdo, de pie, en el centro de la nave de la pequeña iglesia ortodoxa de los santos Andrés y Demetrio, en la calle Nicaragua de Madrid, emocionado, con voz vibrante, pero serena, hablándonos de san Vladimir y del cristianismo ruso.

Fátima y Rusia

Hay, además de este fundacional bautismo milenario, otro detalle más reciente, harto singular, que durante casi todo el siglo pasado concitó un buen caudal de especulaciones.

En la misma fecha de 1917, en la que se iniciaba la Revolución soviética, en uno de los confines de Eurasia, en las antípodas de Rusia, se aparecería la Virgen de Fátima. No fue sólo una extraña coincidencia. La relación entre ambos acontecimientos revela el signo de algo más hondo: descubre la misión escatológica de la Virgen como sello en el final de los tiempos y el destino en ellos de la Rusia cristiana. Cuando en Fátima, en una de las partes de su secreto, la aparición anuncia a los tres niños pastores que vendrá “a pedir la consagración de Rusia” a su Inmaculado Corazón, el mensaje contempla el advenimiento del comunismo y su posterior extensión en aquel país y más allá de sus fronteras, la suerte de un rey y el desencadenamiento de la II Guerra Mundial, ésta aún “peor” que la anterior. Aunque parezca extraño, el propósito de la aparición no estaba en ahorrarle a Rusia su calvario (el triunfo de los soviet, el martirio de los blancos con la familia real y su monarca a la cabeza). En consonancia con la comprensión cristiana de la vida nada ni nadie resucita a un estado superior de existencia, ni asume la gloria de su condición heroica, si antes no se sacrifica o es sacrificado y muere. La muerte, por tanto, tarde o temprano tendría que venir a ser para Rusia la garantía de su posterior resurgir y el broche de dolor que el país blanco iba a pasar como prueba de la santidad en la que tanto había insistido en sus largos lustros de tradiciones, así como un certificado de la asunción con todas las de la ley de una misión escatológica elegida para ella entre los demás pueblos. Rusia creía sin rechistar en todo eso.

Sí el mensaje de Fátima fue así de duro para Rusia, ese mismo mensaje pretendió en cambio evitar la II Guerra Mundial. Para frenar su desencadenamiento, en el llamado segundo secreto (en realidad no fue más que uno fraccionado en tres partes), pidió la consagración de Rusia… ¿Quería el plan divino que Alemania no fuera destruida, que los pueblos de Europa no padecieran tan cruel e indiscriminada laminación?; y, consecuentemente, ¿buscaba que el Occidente materialista, aliado con el ateísmo del Este, no extendiera sus fronteras más de lo debido, cercando y confinando a la Iglesia católica a sus cuarteles de invierno, hasta convertirla en una religión “muerta”, inoperante, espectral, y que no llegara este Occidente triunfante y devorador hasta donde ha llegado (globalización, biotecnología, más guerras, contaminación…)? ¿Pretendía el Cielo allanar los caminos para que Alemania y Rusia se encontraran un día en el punto de encuentro común de la Tradición hiperbórea primordial, y ambas con Roma, a través de la “consagración” que la Virgen indirectamente le pedía al Papa?

Una “Nueva Edad Media” se delineaba tal vez con todo ello, con estas preguntas que afloran del misterioso mensaje. Quedaban dibujados sus contornos, pero con el suceder de los acontecimientos aquellos se han difuminado por la acción de estos hasta casi oscurecerse. No obstante, siguen ahí. Y una nueva Edad Media significa que las raíces de un paganismo inmortal –el mismo que acogió el cristianismo– acabarían imbricándose con la nueva religión cristiana llegada de Oriente, uniéndose esas raíces, como en Puente Milvio, cuando un general romano nombrado Constantino hiciera situar las cruces sobre el lábaro de sus legiones, como cuenta la leyenda; o como a su manera hiciera el celtismo cristiano o el cristianismo celta; o como sucediera en el Dniéper, donde un príncipe vikingo de la estirpe de Rurik sumergiera en las aguas de la muerte y resurrección la paganía de los suyos para hacerla resurgir cristiana. Una nueva Edad Media, esta vez de paz verdadera, como la del Santo Grial, en la que paganismo y cristianismo podrían llegar a sentir la hermandad entre sí y con todo lo creado, con los animales y las plantas, con los hijos del Islam y con todos los orientales de las tierras del tigre, del dragón y del cinabrio. Una hermandad que al menos consiguiera no volverse a pelear jamás por el dominio del mundo, ni por otras causas, cualquiera que estas fueran. Un nueva Edad Media prefigurada en el verdadero sentido de Eurasia unida, no quebrada por fisuras en la tierra o en el cielo, en sus colores: blanco, rojo y negro, en sus puntos cardinales cruzados: Norte y Sur, Este y Oeste; un mapa alzado y bendecido por aquella Dama clara y luminosa de la Paz, aquella señal celeste llamada Fátima: la Theotokos –o Madre de Dios– y Madre de todo lo viviente, Soberana Doncella; ¡Fátima! no por casualidad el nombre de recuerdo tan amado también para el último de los Profetas, Mahoma. Una nueva Edad Media real, amante y sabia al estilo alfonsí, presentida asimismo por el ruso Nicolás Berdiaev a principios del siglo XX, y sintetizada así por Volkoff a la salida de una conferencia en París, como me contara el diplomático Félix Valdés, gran amigo y gran conocedor de Rusia. Extrañado Valdés por cómo había hablado Volkoff del antiguo paganismo ruso, siendo este escritor ortodoxo, al terminar no resistió la tentación de preguntarle. El escritor le respondió: “Es que no se es un buen cristiano si uno no es un buen pagano, y no se es buen pagano si uno no es buen cristiano.”

Retomando pues el hilo, Rusia, en consonancia con el mensaje divino de Fátima (de este modo se confesaba esta aparición), tendría, sí, que sufrir, padecer el martirio, pasar por la temible prueba doliente; pero bajo ningún concepto ser destruida, eliminada, deshecha, borrada del mapa de los destinos ulteriores. Por eso, en lo que parecía más evidente desde este lado europeo, Hitler, los alemanes y sus aliados europeos se equivocaron en sus planes de guerra contra Rusia, una guerra que, por otra parte, aparecía bendecida incluso por la Iglesia europea de Roma. Desde este lado, al parecer todos desearon sin rodeos la invasión, el saqueo, la partición y desaparición de la Rusia soviética, lo que llevaba implícito la invasión, el saqueo, la partición y desaparición de la Santa Rusia. Pero la Virgen de Fátima, por el contrario, hablaba de otra cosa, deseaba que el Papa de Roma consagrara el martirio ruso, de suerte que el comunismo no tardaría así en caer, terminando su Inmaculado Corazón por triunfar. Conforme a esta celestial profecía, Rusia tendría que ser preservada a toda costa. Hitler, en cambio, que no quería una nueva guerra con las potencias occidentales para la que sí parecía estar legitimado por la declaración de guerra de éstas contra Alemania, soñaba desde antes de ser Canciller, y con él muchos otros, con crearse un imperio en el Este para Alemania a costa de Rusia (que luego, tras la victoria de la campaña rusa, tenía asimismo la intención de repartir porciones con sus aliados europeos). Ya fuera como dice el historiador Carlos Caballero, para quien el comunismo era sólo “una coartada”, justificada sin duda por su amenaza, pero una coartada en los planes alemanes a fin de cuentas; o ya fuera, como ha asegurado el filósofo Gadamer, una guerra defensiva de carácter preventivo o anticipatorio frente al poder expansivo soviético, la guerra de Europa contra Rusia estaba vetada desde cualquier ángulo que se planteara. Por consiguiente, el proyecto era más que peligroso, sencillamente era una condena para quien se atreviera a llevar sus tropas demasiado lejos. La razón vuelve a repetirse, insistimos: aquella invasión implicaba la aniquilación no sólo de la visible y usurpada soberanía rusa, ahora soviética, sino la disipación de la otra Soberanía, ésta ahora invisible, que aún seguía viviendo, pues como veremos, en el abolido trono imperial, eclipsado, tras la abdicación y asesinato del zar y de toda su familia, había ahora ocupado el sitial, acaso provisionalmente, acaso siempre había estado ahí un personaje demasiado –diríamos– importante y… poderoso, como más adelante veremos. Con lo cual, Hitler y su coalición europea, incluida en ella de forma callada el Vaticano, venían a contravenir los extraños y oscurecidos planes divinos. Jugaron todos peligrosamente y, por esa causa que la razón no entiende, estos terminaron cayendo con su caudillo a la cabeza2.

En 1925, mediante una locución privada, Lucia, la vidente de Fátima, recibe de la Virgen su primera indicación para que revelara a la jerarquía católica del Vaticano la segunda parte del secreto. Reiterará la petición en 1929; sin embargo, Pío XI no le consagra Rusia y la guerra estallará (contra lo previsto) en 1939 y Rusia será atacada (conforme a lo previsto) en 1941.

¿Por qué los cinco primeros Papas que conocieron el secreto de Fátima consecutivamente se negaron o anduvieron remisos a la hora de acceder a la consagración de Rusia pedida por la Virgen blanca, hiperbórea? ¿Por qué la Iglesia latina de Occidente no le consagraba Rusia al Inmaculado Corazón de María? ¿Suponía este gesto que Roma se doblegaba ante el cristianismo ruso y oriental, no cambiante y más fiel a sus orígenes –ortodoxos– que el occidental, pero considerado “herético” por el Vaticano? No es el propósito de este artículo afrontar directamente estas preguntas. Únicamente son un indicio en los inconfesables repliegues de todo este laberinto, porque, en efecto, Roma tampoco parecía llorar lo suficiente por la destrucción de Rusia, tal vez porque con la derrota de la Rusia comunista en la guerra que se avecinaba, la Iglesia católica también soñara en su fuero interno con el eclipse de la Santa Rusia ortodoxa y zarista. ¿Conjeturas? De ser ciertas, sin duda unos y otros eran planes humanos que chocaban frontalmente con el contenido del mensaje de Fátima, que todos parecían no querer oír. Por el contrario, a la misteriosa aparición parecía gustarle la Santa Rusia tal como era. He aquí un indicio entre muchos: el ángel que precedió a la aparición de Cova da Iría, en Portugal, enseñó a rezar a los tres niños pastores de Fátima con la cabeza en el suelo, igual a como han hecho siempre los rusos, besando el suelo como muestra de humildad; y curiosamente, el Papa que por fin hizo la consagración pedida por la aparición –me refiero a Juan Pablo II, el sexto de los pontífices que conocieron el secreto– ha venido mostrando este mismo ademán como fórmula de salutación a los cien países que ha visitado durante su reinado.

Pero lamentablemente la consagración de Juan Pablo II llegaba tarde. En las fechas en que ésta se había pedido a los hombres de la Iglesia, es materia de fe que la II Guerra Mundial se hubiera evitado y el comunismo no hubiera tardado en ceder, por los mismos caminos misteriosos en que más tarde cedió. Mas al quedar por entonces obstaculizado el propósito, Europa, ni se ahorró la guerra ni se acortaron tampoco pacíficamente los tiempos de vida del comunismo soviético con toda su amargura. Tal y como sucedería más tarde… En efecto, de entre los Papas, fue finalmente Juan Pablo II quien llevó a cabo la consagración pendiente, y la llevó a cabo “casi” al pie de la letra, sin subterfugios. Semejante cosa sucedió el 25 de marzo de 1984 (cuatro años antes del milenario ruso). No estaba mal el presente. Y, atención, un año después de la mencionada consagración nacía la Perestroika con Gorbachov. ¿Coincidencias?

Aunque Rusia había pasado un largo invierno de ateísmo y persecución religiosa, las semillas de su cristiandad permanecían aún vivas en ella. François Maistre nos ha contado (Punto y Coma, 10. 1988) que el propio Breznev se quejaba todavía ante el Comité Central del Partido: “¿¡Qué ocurre camaradas!? ¿¡En qué siglo vivimos!? ¿¡Antes o después de la revolución!?”. Le obsesionaba no ver a su alrededor más que campanas y, lo que aún era peor, oír sus tañidos. Era así que el calor del sol interno –la Ortodoxia– y el calor del sol lejano –Fátima– iban a propiciar en Rusia el tiempo de su resurgir, el tiempo de su milenario. (Era una señora vestida de blanco más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina…).

¿Es posible el retorno del Zar?

¿Retornará el zar al trono de todas las Rusias? Por el momento, se ha restablecido ya su enseña, el águila bicéfala con el escudo de san Jorge en el centro.

El principio y fin de la Primera Roma –la de Occidente– fue marcado con un solo nombre, el de Rómulo. La Segunda Roma –Bizancio– fue fundada por Constantino (el Grande) y cuando, siglos después, reinaba otro Constantino (Paleólogo), cayó ésta bajo el poder de los turcos otomanos, dándose por concluido el Imperio de Constantinopla, en 1453. La Iglesia latina también se encuentra inmersa en esta tradición. Alude a ella la profecía de San Malaquías diciendo que el último Papa de la Iglesia romana se llamará asimismo Pedro, igual que el primero según la leyenda. En el ciclo ruso todo parecía haber sido también cerrado. Vladimir se llamaba el fundador de la cristiandad rusa y Vladimir (Lenin) se llamó el encargado de sepultarla. Desde esta perspectiva todo aquí habría igualmente concluido. Pero hay en el caso ruso, en el de la Tercera (o Cuarta) Roma, una diferencia con respecto a las otras: entre Rómulo y Rómulo, Constantino y Constantino, Pedro y Pedro hay o habría cierta concordancia en cuanto a la continuidad (pues quien cerraba el ciclo no deseaba hacerlo y no estaba dividido contra sí mismo); en cambio, entre el varego san Vladimir, el “rojo”, y Vladimir Lenin, también el “rojo”, hay una contraposición, pues el segundo quería a todas luces abolir la obra del primero. Por eso, en el caso ruso puede admitirse un retoque o variante, siendo semejante al mito cristiano en el sentido de que a la muerte le sigue una resurrección, como la acontecida con el fundador del cristianismo. Aquí residiría la diferencia rusa y su esperanza, en la que siguen creyendo muchos ortodoxos. Por consiguiente, para Rusia, como han pensado Dostoievski y otros, estaría escrito un paralelo igual al que ha vivido y todavía vivirá la propia era cristiana, que nació (y renacerá) con el sacrificio y resurrección de Cristo, reabriéndose sobre su sepulcro (el mundo profano y la modernidad) a un nuevo Cielo y a una nueva Tierra, con su segunda venida. Además, al tema simbólico del nombre hay que añadirle algo más. Sin olvidar que Vladimir era el príncipe vikingo que hizo bautizar a la primitiva Rus’, y que otro Vladimir (Lenin) quiso acabar con la era cristiana de los eslavos, esto es, matarla; no obstante –y aquí ese otro detalle curioso que hace girar el discurso–, Vladimir se llamaba asimismo el Gran Duque heredero de la Santa Rusia en el exilio en el año (1988) en que las tierras rusas recordaban, conmemoraban, festejaban su Imperio de los Mil Años cristianos con el bautismo. Sea, ya que si ahora no perdemos de vista lo que significa el bautizo entre los sacramentos de la Iglesia y el sumergimiento y emergencia en las aguas en el simbolismo sagrado tradicional: una resurrección tras el ahogo de la muerte, el pueblo que en esta época va a resurgir de su sepultura o de su muerte es el ruso. Aunque para ello hubiera que dar todavía un paso adelante. El mausoleo sin alma representado por la momia de Lenin, el antizar yacente del Kremlin, tendría que ser removido de aquella plaza sagrada que con su situación central todavía neutraliza. De nada iba a servir, pues, que Yeltsin abrazara al Patriarca de Moscú por un lado y por el otro presidiera el desfile conmemorativo de la victoria soviética desde ese mismo mausoleo momificado, donde la inmortalidad estaba prisionera. En tanto este marco titubeante y ambiguo permaneciera el caos actual ruso seguirá presidiendo la vida en sus tierras, hasta que tal estado de vacilación no quede resuelto con una toma de decisión acertada.

Más arriba he señalado algo que es preciso ahora explicar. ¿Qué había sucedido en el trono del zar tras el asesinato de la familia imperial? Otra de las encrucijadas en el misterio del milenio. Veamos. En marzo de 1917 se desata la revolución liberal de Kerensky, quien, apoyado por la Duma y por algunos miembros resentidos de la nobleza, como el príncipe Galitsin, desea la extinción de la monarquía, a la vez que incita al asesinato del zar comparándose con Bruto. Nicolás II, el día 15 del mencionado mes, abdica en la localidad de Pskov, entre bosques y pantanos. Los generales que le acompañan en ese momento se santiguan. El Ungido, el rey-santo, se prepara para el martirio. Y a él le seguirán también su mujer (Alejandra), sus cinco hijos (Olga, Maria, Tatiana, Anastasia y el zarevich Alexis), y muchos otros. “¡Guárdate de los Idus de marzo, oh César!”

Rasputin le había profetizado al monarca: “Amigo querido. Vuelvo a repetírtelo una vez más: una nube amenazadora se cierne sobre Rusia… Todo es oscuro, sin el menor atisbo de luz. Un mar de lágrimas; mar sin límites… Sangre, horror indescriptible…” Pero el zar de la Tercera Roma (o de la Cuarta, según se mire) siguió adelante, como aquel Julio César de la Primera, hacia la aceptación de la muerte. Para Nicolás II, todo empezó en Dno, en la estación ferroviaria de Petrogrado, donde el tren del zar fue desviado de su itinerario. ¿Acaso Dno no quiere decir fondo, abismo? Desde ahí, por tres etapas –como tres caídas– pasó el zar con su familia y leales hasta el final. El nombre de las estaciones: Tsarskoie-Selo, Tobolsk y Ekaterinenburg. Algunos testigos dijeron luego que el pueblo campesino, fiel y ortodoxo, se arrodillaba al paso de su emperador.

Con la abdicación, la toma del poder por Kerensky y la Gran Guerra europea (primer capítulo de la mundial) como telón de fondo, estalla la guerra civil y triunfa la Revolución soviética en octubre de 1917, el mismo mes en que se produce la última aparición de la Virgen del Rosario en Fátima. Desde Moscú parte el telegrama ordenando el asesinato de la familia imperial y su séquito; lo firman Yakov Sverdlov y, a la derecha del documento, Lenin, como bastantes años después quedó demostrado.

“Veo una gran cruz en Ekaterinenburg” –había augurado ya el santo ortodoxo Juan de Kronstad (1829-1909). Fue allí, en Siberia, en la tierra más virginal, originaria y apartada del mundo, en los grandes bosques del planeta. No en vano, Alexander Solzhenitsin ha escrito en Vivir sin vergüenza: “Siberia y el Septentrión son nuestra esperanza, nuestra reserva”. ¿Nuestra resurrección?

Se les fusiló en la casa del ingeniero Ipatiev, en Ekaterinenburg, la noche del 16 al 17 de julio de 1918. Pero un poco antes de esto, tal vez días o semanas, sobre el itinerario de sus prisiones, unos breves versos, atribuidos a la gran-duquesa Olga (la hija mayor de Nicolás y Alejandra), ignoraban la distancia. Copiamos algunos gracias a la traducción hecha al castellano por Rurik de Kotzebue. Dicen así:

Reina del Cielo y de la Tierra, / Consoladora de los afligidos, / escucha la oración de los pecadores: / La Santa Rusia –Tu morada luminosa– / está en vísperas de perecer. / Te invocamos, Protectora nuestra. / No conocemos ninguna otra. / Oh, no abandones a Tus hijos. / Concede la esperanza a los que sufren. / Pon tu mirada / En nuestras lágrimas y martirio / (…) Danos la fuerza, oh Dios de la Verdad, / de perdonar el crimen de nuestro prójimo / y de aceptar con dulzura / nuestra pesada cruz ensangrentada / (…) Al borde de la tumba, / infunde a los labios de Tus siervos / la fuerza sobrehumana / de rezar humildemente por nuestros enemigos.

Una oración, un poema, que ignoraba la distancia, y aun cuando Olga no lo supiera, al otro extremo de Eurasia, la Virgen blanca de Fátima escuchaba su oración en la lejanía y la escuchaba también otra Virgen más próxima… que relacionaba el trono ruso con su aparición también rusa.

El mismo año de Fátima y en la fecha justa en que el zar Nicolás II abdicaba en Pskov, aquel 15 de marzo de 1917, reaparecía milagrosamente en Rusia, en Kolómenskoe (una pequeña aldea de casas de madera y residencia veraniega de los zares cercana a Moscú), el icono de la Virgen Soberana sentada en el trono de su realeza, con el cetro de los monarcas en su mano derecha y con el orbe en su izquierda. En adelante y hasta el retorno del zar, la Virgen, con toda su gloria, aunque en silencio, y cubierta con el manto rojo de la dinastía varega del primer príncipe cristiano, el vikingo san Vladimir, custodiaría la pureza de la herencia y el reino santo de Rusia desde aquel instante adverso. Lo que sucedió lo ha contado el sacerdote ortodoxo Nicolai Lijachov, quien llegó a publicar esta historia con el permiso del metropolita Tijón.

Brevemente esto es lo que pasó: Evdokia Andriánova, una campesina que vivía en la pequeña aldea de Pererva, tuvo dos sueños, uno –según nuestro calendario– el 26 de febrero y otro el 11 de marzo de 1917. En la noche del 26 oyó con claridad una voz que le decía: “en el pueblo de Kolómenskoe hay un gran icono negro. Es preciso recuperarlo; volverlo rojo, y que los creyentes recen”. La devota Adriánova, que desconocía la existencia de ese icono, confundida por tanto, se puso a orar pidiendo inspiración. Eran los días de la guerra y de la incipiente revolución, pero aún no se había desencadenado la tragedia final y en el ambiente campesino de Adriánova ni siquiera se sospechaba la catástrofe. Pocos días después volvió a soñar. La noche del 11 de marzo ve un templo blanco y en su interior, sentada, con porte real, una señora coronada a la que no consigue ver el rostro. Intuye que es la mismísima Reina de cielos y tierras. Adrianova toma el camino de la aldea de su visión. Llega a Kolómenskoe a la caída del sol del 15 de marzo de 1917, busca la casa del sacerdote y le cuenta todo lo que ha oído y visto en sus sueños. Le pide ayuda. El sacerdote, que se disponía a celebrar una misa en ese momento, invita a la mujer a mirar todos las imágenes de la Madre de Dios del iconostasio con el objeto de identificar la de su visión. Lo hace, pero ninguna se asemeja a la que ha visto desde el lecho, y pregunta si no hay más. El sacerdote sabe que hay otros iconos en el sótano, con lo que manda subir el más grande, el más parecido al descrito por Evdokia Adriánova. El cuadro está lleno de polvo y un tanto oscurecido. Al limpiarlo con cuidado, los presentes quedan maravillados al presenciar la imagen que emerge de su niebla; y aunque todavía no lo saben, el mismo día en que ha abdicado el zar en Pskov, en el interior del vagón imperial. El icono recién limpio muestra a la Virgen sentada en el trono, coronada, como la había visto en su sueño, como una zarina, con el manto rojo de la dinastía vikinga de la primitiva Rus’. Sobrecogida, Evdokia Adriánova se echa al suelo y lo besa haciendo varias veces la señal de la cruz al modo ortodoxo, de derecha a izquierda. Llora de alegría.

Con el suceder de los acontecimientos revolucionarios, se dispara la evidencia que relaciona tales acontecimientos con el misterioso mensaje divino. Y el icono, desde el primer instante, incluso desde los días cercanos a las noticias, comienza a recibir peregrinos, que en formas diversas, luego más o menos clandestinas, nunca cesaron durante los setenta años de la era soviética. La interpretación: el trono del Zar no estaría vacío hasta su, quién sabe cuándo, restablecimiento, o ¿es que la Madre de Dios, la venerada Theotokos de la Santa Rusia, no había dejado nunca de tener en él su puesto, su “morada luminosa”, como había dicho la gran duquesa Olga?

Con todo ello, podemos entender por qué Rusia no podía ser finada ni despojada para siempre, ni por la revolución, ni por la guerra, ni por lo que habría de venir después. La Gran Madre, la Parturienta Luminosa de las viejas tradiciones paleolíticas y neolíticas, la Soberanía pagana y más tarde cristiana que ungía desde el Cielo con el aceite milagroso a los reyes de antaño, invistiéndoles de su poder real, era la que tomaba en persona el lugar inhóspito de todas las ausencias. A lo mejor, con el terrible final y su aparición en el icono –no olvidemos que para los cristianos ortodoxos los iconos son verdaderos sacramentales de la presencia–, no iba a haber más reyes visibles en Rusia y sí un nuevo ideal de realeza sagrada consistente en la ofrenda de una paz maternal en las tierras, como antes aconteciera, antes deque el mundo comenzara a enloquecer por obra y gracia de la voluntad de poder. Sea como fuere, ni las fuerzas de la revolución ni su dominio después pudieron destruir el icono, que ha sobrevivido hasta nuestros días, como en el otro extremo de Eurasia fueron también fallidos los intentos de destruir el árbol y la capilla de la Virgen de Fátima.

Desde junio o julio del año 988, fecha de la investidura cristiana de la realeza rurikida, hasta 1918, en la que muere el último de los zares, transcurrieron en Rusia 930 años de su era cristiana. Si a los 930 años le añadimos la cifra tan simbólica como real de los 70 que ha durado el tiempo del “Anticristo” (el período del martirio y de la opresión para la Iglesia rusa), tenemos justamente 1000 años: el milenario, la celebración del tiempo del retorno, la vuelta del zar santificado en los iconos del martirio, la proximidad de Cristo que reaparece victorioso como sol de justicia, en su sentido más eminente y pacífico, sin venganzas que exigir. Lo que una vez más coincide con los avisos que tienen lugar en los lugares de apariciones de la Virgen, esa gran señal luminosa, rutilante, de la Gran Dama Blanca de todos los tiempos: la puerta sacral del principio y del fin, del alfa y de la omega, de la Natividad y del Apocalipsis del pequeño y gran mundo.

Acaso aquellos reyes, convertidos en símbolos vivientes de esperanza, ya no vuelvan como se relata en los mitos, acaso si… Acaso esté por venir una era mejor, acaso no… De momento, la figura del zar desaparecido se ve ahora ya asumida en la tradición de todos los reyes míticos que murieron y que, resucitados, aguardan en un jardín de las Hespérides, en una tierra blanca ideal como Ávalon, en un paraíso de amor como los trovados en la Edad Media o en un Edén como el que recoge la Biblia… “aguardan” a la orden de su venida, de su retorno, como Arturo, Carlomagno, Don Sebastián… al final de los tiempos.

Cuenta Valentín Speranski en La noche roja cómo una aldeana de Ekaterinenburg vio a los zares durante los últimos días de su cautiverio. Estaban tristes, resignados, un tanto apocados, como si fueran nada, demasiado humanos y humillados; y, sin embargo, en sueños, a esa misma aldeana se le habían aparecido –escribe Speranski– “rodeados de una aureola dorada y con trajes resplandecientes. Les acompañaba una música; y mil banderas de todos los colores flotaban al viento; caían flores de lo alto y las campanas repicaban sin cesar. El zar, a mi juicio (testimoniaba la mujer), debía ser como un gigante divino y la zarina una belleza rusa… del Paraíso… (y) el zarevich, un querube…”.

La leyenda monárquica fue así creciendo hasta el punto de que el zar –de verdad, de verdad– se pensaba que no había muerto. Por eso, ya desde los primeros momentos de la revolución y de la guerra civil rusa, muchos empezaron a pensar que después de que el poder soviético pasara “como una epidemia infantil –le dijo a Speranski un anciano en 1923–; después de esa enfermedad tremenda, pero necesaria para fortalecer el alma, se restablecerá el régimen antiguo, lavado por la sangre y purificado por el sufrimiento…”. Y, en esa altura –le añadió otro de sus interlocutores–, en ese instante, “el zar, muy piadoso, vendrá de nuevo para juzgar a los vivos y a los muertos… gracias a los poderes que habrá recibido de Dios”. ¿No se han cumplido ya esas profecías, esos vaticinios? Probablemente sí.

Se ha restablecido en Rusia la enseña imperial de la Santa Rusia zarista como bandera nacional del Estado y la Iglesia ortodoxa rusa ha santificado a los zares, a su familia y a los muchos leales que con ellos murieron en los ásperos años. ¿No es ésta una forma de retorno? Las gentes sacan en procesión por las calles los iconos de Nicolás II y Alejandra, del zarevich Alexis, de las grandes duquesas Tatiana, Maria, Olga y Anastasia. Les rezan, les piden intercesiones, milagros. Ahí están con toda su gloria, encumbrados, reinando.

¿Resucitará Europa con Rusia?

Occidente, que cayó en las tres tentaciones del monte, que amordaza el espíritu de renuncia y sacrificio, que nada quiere saber del vivir y del morir, es difícil que así resucite, imposible diría. Porque Occidente está matando su alma de molicie. A la inversa, con la Revolución soviética, el pueblo ruso ha vivido su propio calvario y su propia crucifixión, una persecución. Con ello, sus perseguidores le han garantizado su regeneración. Desearon tanto sepultar el ser entero de Rusia y olvidar su espíritu con la impostura y la fuerza, quisieron tanto matar a Dios por el martirio, que ahora lo ven resucitar. Y de igual modo que el Cristo mítico liberó del sheol a los seres ensombrecidos y larvarios que allí había con su descenso a los infiernos, así también la Santa Rusia se ha reservado un papel primordial para el porvenir. No de otra manera cabe entender estas palabras de Solzhenitsin: “Pienso que Rusia, que ha abierto las puertas del infierno al mundo, es la única capaz de poder cerrarlas”. Occidente no puede hacerlo, y sigue el escritor: “todo el orbe está debilitado por la prosperidad y… pronto perecerá… las manos para vencer el infierno vendrán del Oriente eslavo. Para la historia… Rusia es un país clave”.

En este lado de Eurasia –nuestro continente común–, en la India Blanca –como calificaba Esenin a las tierras de su amada Rusia–, confiemos en que allí no terminen igual que nosotros, cayendo ante los engañosos señuelos, en esos lazos tan sutiles y astutos, con que la ideología occidental nos tienta a todos sin discriminación alguna.

Este sueño de muchos fue también el de Ungern-Sternberg, quien, al modo de Gengis-Kan, y después de haber reunido en una sola horda hiperbórea, en su División Asiática de Caballería, a sus mongoles, cosacos y nórdicos (a sus budistas, cristianos y paganos), descendiera desde Oriente hasta Occidente como el relámpago.

Lo hemos confesado más de una vez: tenemos una necesidad imperiosa de barbarie…

Pero Ungern, Ungern-Kan, nombrado por el Kutuktu o Buda vivo, caudillo de Mongolia, tras la liberación de Urga, su capital; el barón Ungern von Sternberg, el último resistente blanco en caer en la guerra civil entre zaristas y soviéticos se adelantó a su tiempo. El también quiso llegar hasta el mítico reino invisible de Agartha y traer de allá sus alianzas. Al igual que Ungern, otros héroes lo buscaron después y lo seguirán buscando. Sin embargo, no hay otra forma de ser aceptado en esa región mítica que tragando el amargo sabor de la derrota momentánea, el dolor de la cruz y la soledad en la muerte, o entrar por la senda escondida de la renuncia total de los monjes. Sólo en ese instante, Ungern-Sternberg, el último de los defensores a caballo de la Rusia de los zares, vendrá también al lado de Arturo, Carlomagno, Nicolás II… con el Rey del Mundo, a sus flancos. Pero puede que no sea para presentar otra batalla más, aunque ésta sea la definitiva, pues ninguna batalla lo es, sino para fundar con todos la ansiada y esperada paz que tanto necesitamos los vivientes en este valle de lágrimas.

NOTAS

1. Pedro el Grande quería que Rusia volviera su mirada a la distante y amenazante Europa católica, introdujo por ello la enseñanza obligatoria para la nobleza y otras clases elevadas, actualizó el Ejército y la Armada, reformó el alfabeto cirílico, impuso la moda occidental en el vestir, hizo que los nobles se cortaran las viejas y a todas luces fieras barbas… No dudo en ser implacable para lograr sus propósitos y no escatimó el derramamiento de sangre de sus oponentes si fuera preciso, como lo hizo con su propio hijo Alexei (o Alejo) y con otros rusos defensores de las tradiciones.
2. Por la reciente historia secreta de Europa circula un relato en el que se asegura que el católico Hitler mantuvo un encuentro privado con la vidente alemana de la misma religión, la campesina Teresa Neumann, que vivía sin comer ni beber, siendo su único alimento la Sagrada Forma que recibía en la Comunión, y a la que el Führer favorecía y defendía de las presiones e incomprensiones que sobre la mujer ejercían los protestantes del partido. En esta entrevista, se asegura que la vidente recomendó al Canciller del III Reich que no desencadenara ataque alguno contra Rusia… No sabemos lo que Hitler le respondió, pero sí lo que hizo.

Fuente: Debats 85 Verano 2004

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One Comment to “El sol rojo de la Santa Rusia”

  1. A los PROFETAS HAY QUE ESCUCHARLOS Y SEGUIR SUS DICHOS. O sino,las consecuencias, serán dolorosas.

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