Desde la Filosofía. “¿Qué herramienta tenemos a nuestra disposición para reparar la vida comunitaria?…”

por Juan Bautista Fuentes“¿Qué herramienta tenemos a nuestra disposición para reparar la vida comunitaria? Pues la solución es muy sencilla: adoptar una actitud ante la vida tan humilde que consista básicamente en el agradecimiento.”

Muchas gracias por haberme invitado para estar aquí. Yo no conocía esta universidad y para mí es un placer estar con todos ustedes. Es muy difícil cuando a una persona que se dedica a la filosofía le dicen que en diez minutos exponga, desde la filosofía, su idea del sentido de la vida. Sin embargo, si he venido es porque me voy a atrever a hacerlo. Son varios, distintos y contradictorios los caminos que podrían seguirse. A mí se me ocurrió éste que creo que es uno entre otros. Pero por lo menos es tan defendible como cualquier otro.

Voy a leer un breve texto, ahora lo contextualizaré, y luego voy a comentarlo. El texto es de un manual muy sencillo y admirablemente bien hecho de la historia de la filosofía, de Rafael Gambra, que fue filósofo español, fallecido hace pocos años. El librito se llama “Historia sencilla de la filosofía”. En el último capítulo del libro se plantea el destino de la filosofía en una sociedad como ésta. La pregunta por el destino de la filosofía yo aquí la podría hacer equivalente al destino del sentido de la vida en una sociedad como ésta. Por tanto mi comentario va a ser muy histórico y muy inmanente. Pero creo que no está alejado de los problemas antropológicos de fondo. Les cito, decía Rafael Gambra: “¿Cuál será el futuro próximo de la filosofía?”. Está escrito en la última década del siglo XX, pero podría haberlo escrito hoy mismo. “¿Cuál será el futuro próximo de la filosofía? Hoy los hombres carecen de la antigua unidad de creencias y sólo de la fe religiosa brotan los impulsos interiores de pura honradez que llevan a la cooperación y al sacrificio que requiere la verdadera sociabilidad. Tampoco poseen ya esa pseudo-fe en un orden de valores morales y jurídicos de estilo kantiano, o similares, que conservaron cierto orden en las últimas tertulias. Como reconoció Sartre, al suprimir la existencia de Dios, desaparecen esos valores previos que se mantuvieron artificialmente como colgados de sí mismos. Si sólo se cree en la vida, en sus impulsos inmediatos y en su constante evolución, puede caer la humanidad bajo el domino de estados puramente técnicos, en los que la vida del hombre, la filosofía y el mismo concepto de verdad, quedan sometidos a una organización dirigida o a efímeros estados de opinión. Tal modo de vivir y de gobernar puede llegar a ser inevitable, pero ello determinará un trágico eclipse de espíritu humano y con el de la filosofía”.

Creo que ese trágico eclipse del espíritu humano nos envuelve por completo en la sociedad en la que vivimos, enteramente envueltos. Yo en ese sentido soy profundamente pesimista, no porque mi punto de vista filosófico sea de un pesimismo antropológico radical. Pero sí porque creo que hay muchas razones para pensar que estamos viviendo en una sociedad en la que el espíritu y el sentido de la vida está enteramente eclipsado, por utilizar la expresión de este autor. Y ésto es por lo siguiente: por este doble movimiento que, yo creo, caracteriza desde muy remotamente el desarrollo de la modernidad, de una manera mucho más intensa al desarrollo de la sociedad industrial económico-técnica y de un modo más intenso la sociedad resultante después de la segunda guerra mundial en adelante, hasta el día de hoy. Yo creo que este doble movimiento se puede caracterizar del siguiente modo: por un lado el predominio de una sociedad cada vez más meramente económico-técnica, y por otro lado, y vinculado a este predominio, el predomino de un nuevo tipo de organización política de estado cada vez más compulsivamente totalitario. Entre la sociedad económica y el estado totalitario se está deshaciendo el sentido de la vida.

Éste es mi análisis: una sociedad cada vez más económico-técnica. ¿Qué quiero decir con esto? Naturalmente las actividades económicas, es decir, las actividades de producción, de distribución y de consumo (y dado ya el mercado de producción, también de intercambio de consumo) son imprescindibles en toda sociedad humana. En todas, desde el paleolítico. Pero hasta este proceso del que estoy hablando, se mantuvieron más o menos relativamente subordinadas o integradas en fines que en ellos mismos no eran económicos. Estos fines eran comunitarios, eran fines de apoyo mutuo. Lo que caracteriza a la sociedad moderna, y de una manera cada vez más intensa en la sociedad en la que vivimos, es un proceso de abstracción económica; es decir, un proceso de desprendimiento o de abstracción de las relaciones económicas, respecto de lo que antes constituía el contexto, el fondo, el fin, el sentido en que se daban. De manera que cada vez que las relaciones económico-técnicas se abstraen de sus fines, que no son económicos, disuelven paulatinamente estos fines. Y este proceso de disolución de la vida no económica comunitaria por efecto de la vida económico-técnica, creo que es el rasgo característico de la modernidad.

Esto va acompañado de este otro movimiento: la formación de un estado de nuevo tipo que no consiste sino en un estado formalmente totalitario. Totalitario aquí no quiere decir ni sólo, ni exclusivamente, estados tiránicos, dictatoriales, como los habidos durante la época de los fascismos, la época de los comunismos. No. El estado moderno, a mi juicio, es intrínsecamente totalitario precisamente en la medida en que su plan es intentar abarcar en su totalidad y en su integridad la vida social humana, planificándola hasta en sus últimos detalles. En este sentido es totalitario el estado en el que actualmente vivimos, porque precisamente la manera en cómo algunos movimientos se conjugan es la siguiente: allí donde va desapareciendo la vida comunitaria por efecto de su disolución en términos puramente económico-técnicos, allí el estado va sustituyendo esa vida comunitaria interviniendo en con acción totalitaria. Y entonces, entre la tenaza del estado y la economía está desapareciendo justamente la vida comunitaria. Y la vida comunitaria es donde el hombre encuentra su sentido inmanente, y, por eso, transcendente. De tal manera que entonces el hombre, nosotros mismos, está cada vez más siendo sometido  a un proceso de desarraigo de la vida comunitaria; y por tanto, estamos cada vez más sometidos a un estado de soledad, de aislamiento mutuo, de soledad espiritual. El desarraigo con respecto a lo que es el sentido de la vida, que es la preservación de la comunidad, implica la soledad espiritual. La experiencia de soledad es una experiencia estructural de la sociedad desarrollada en la que vivimos. Entonces este hombre aislado, este hombre solitario queda inerme ante el estado. Han desaparecido lo que los sociólogos llaman estructuras sociales intermedias, que son aquellas que precisamente protegen al hombre frente al estado, y aquellas que permiten que la economía tenga algún sentido más allá del meramente económico.

La vida en que vivimos es una vida en la que cada vez estamos más inermes, por solitarios, por estar desarraigados frente a un estado que sigue planificando nuestras vidas en términos puramente técnicos, es decir, en términos de la persecución del desarrollo abstracto de la pluralidad económica. Aquí no se trata nada más que de que funcione la vida económica dirigida por un estado sobre la base de una sociedad preparada, es decir, desarraigada de la vida comunitaria. Éste es el secreto de la vida en la que estamos. Ahora bien, y esto es muy importante subrayarlo, esto no quiere decir que seamos meramente víctimas de ese proceso porque también somos corresponsales. Sin duda, de algún modo, nosotros dejamos que pase por nuestra propia vida, por el interior de nuestro propio pecho, de nuestro corazón, este proceso de laminación económica. Y por decirlo de una forma coloquial: nadie sale de rositas.

Ciertamente esta crisis económica no es una crisis sólo de orden económico. A mi juicio, es una crisis en último término y fundamentalmente moral. Qué duda cabe que los llamados tiburones de las finanzas son los responsables de esta crisis, pero no sólo. Porque los tiburones de las finanzas no hubieran podido crear el globo económico que han creado si no fuera por las financieras. Es decir, porque cada vez vivimos más pendientes de la codicia, y cada vez menos pendientes del cultivo de nuestra vida comunitaria. De manera que ninguno sale de rositas de la crisis en la que estamos. Y entonces, es verdad que somos víctimas de ellas, pero también responsables. De manera que, si alguien me dijera, ¿cuál es la solución? Lo primero que haría es dar respuestas negativas. La solución no es meramente técnica, meramente económica, no es meramente política; la solución está en el pecho de cada cual, en el corazón de cada cual. El error de las izquierdas y de las derechas es confiar en una solución bien solamente política (las izquierdas), o sólo técnicamente económica (las derechas): Que el mercado, por sí mismo, acabará reconstruyéndose… El mercado, por sí mismo, no hace sino reproducir en abstracto la propia laminación de la vida económica. Para eso está el estado, para intervenir. El estado, es decir, esa estructura que no tiene otra función más que la de intervención sobre una sociedad meramente económica, laminadas ya o disueltas las referencias comunitarias, no tiene en si mismo tampoco la solución. Sin duda yo diría: frente al mercado, el estado. Pero frente al estado, la comunidad. Entonces el problema es que la comunidad no la va a crear nunca el estado, ni la van a crear nunca las relaciones económicas. Y entonces, ¿qué tenemos a nuestra disposición para reparar la vida comunitaria? Pues la solución es muy sencilla, es adoptar una actitud ante la vida tan humilde que consista básicamente en el agradecimiento. Es decir, allí donde halla que el primer movimiento del corazón, no sea el agradecimiento, es imposible la instalación de la vida comunitaria. Y por tanto, agradecer es dar las gracias a algo que uno entiende que le han regalado gratuitamente. Allí donde no hay sentido del agradecimiento es imposible la vida comunitaria. Y la vida comunitaria es precisamente compañía espiritual. Y la compañía espiritual, no es algo a lo que tengamos derecho. La compañía espiritual es algo que nos han regalado y que nosotros regalamos. Y por tanto, mientras no seamos capaces de asumir la idea de agradecimiento, no se crearán los pivotes sobre los cuales pueda haber vida comunitaria en función de la cual se podrá empezar a organizar un estado que sea capaz de controlar la situación económica. Y mientras esto no ocurra, no hay soluciones técnico-políticas, no hay soluciones técnico-económicas. La cuestión es cuándo esto podrá ocurrir.

Extraído de: El sentido busca al hombre

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: