Contra la economización de las vidas

Por Malco Arija – Tras el discurso de posesión de Truman (1949) comenzó la era del desarrollo, instaurándose la hegemonía global de una genealogía de la historia puramente occidentalista, que ha sustraído a los pueblos la oportunidad de definir las formas de su vida social, obligándolos a recorrer una senda transfigurada en ley necesaria, inevitable y universal hacia una meta “deseable”. Esta utopía planetaria del “desarrollo” -basada en la indemostrable unidad, homogeneidad y evolución lineal del mundo- evolucionó desde el “crecimiento económico” al ‘desarrollo sostenible’, pasando por el reconocimiento de los “obstáculos” sociales (y el paradigma de la integración), el “Enfoque de Necesidades Básicas”, el concepto de ‘desarrollo endógeno’, la llamada “década perdida” de los 80, y los conceptos de ‘redesarrollo’ en el Norte y en el Sur, hasta llegar al “Informe sobre el desarrollo humano” del PNUD (1990), el cual presenta éste como un proceso cuya meta más ambiciosa es generar un “Índice de Desarrollo Humano” combinando la privación de esperanza de vida, de alfabetismo de adultos y del PNB real Per capita (en dólares…).

Todo este proceso no ha sido sino el triunfo de la “economización” de las vidas mediante la desvalorización de todos los demás elementos de la existencia social, metamorfoseando las actividades, deseos, interacciones, etc. de la gente en “necesidades” cuya satisfacción requiere la intermediación del mercado. Si el lenguaje crea la realidad, en el caso del “desarrollo” esta realidad es la de la homogeneización de las vidas, su vaciamiento y uniformización a partir de la muerte de la diversidad, contemplada a su vez como una simple versión del proyecto economizador.

Nuestra sociedad es una ‘sociedad de mercaderes’ no sólo porque esté basada en el intercambio y el comercio, sino porque en ella opera una suerte de “mentalidad colectiva”, un conjunto de valores que caracterizan todas las otras instituciones más allá de la economía. Los valores del “mercader” determinan el comportamiento de todas las esferas sociales, y para el pensamiento hegemónico la única desigualdad entre los pueblos y entre los seres humanos es la diferencia que tengan con respecto a su poder adquisitivo. Al desplegar mundialmente el modelo del consumo, “cosificando” la personalidad del ser humano absorbida por los bienes que posee o que desea, se alcanza el modelo de “consumidor planetario”, algo así como el “último hombre” de este final de la Historia que pretenden bajo la promesa de esa “actividad pasiva” que es el consumo, a la que todos pueden “y deben” acceder. A cambio de mitos verdaderamente reales, construidos por hombres y mujeres concretos en sus espacios locales, se ofreció al hombre una perspectiva que cada vez con mayor evidencia se antoja ilusoria, alienante y contraproducente.

Luchar para limitar la esfera económica es una exigencia del presente, que debe ser presentada como una forma de reconstruir creativamente las formas básicas de interacción social a fin de liberarse de las cadenas económicas. Hay que abandonar el mito del “desarrollo” y su red semántica (crecimiento, evolución, modernización, etc.), protegiendo, reforzando, alentando la capacidad creativa de individuos y comunidades, trabajando en la búsqueda de modelos que ofrezcan la posibilidad de construir proyectos vitales dentro de una interacción social que confine la economía en el margen, al tiempo que redefina conceptos tales como el de “necesidad”, individuo, comunidad…

Todo esto es un trabajo por hacer, pero los debates ya están en marcha en los siempre difusos márgenes del casi siempre “indefinido” sistema. Toca pues atender a la realidad e incorporarse a dichos debates aportando una cosmovisión propia sobre las nuevas formas post-económicas y sobre la implementación de controles políticos que reinserten las actividades económicas en un tejido social donde la vida de la gente sea gobernada por supuestos no económicos.

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