El negocio de la “lucha contra el odio”

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por Eduardo ArroyoPocas cosas son más rentables que el manejo demagógico de la filantropía. Creo que fue Davidson quién dijo eso de que “la filantropía genera casi tanto poder como el dinero”.

Lo dijera o no –a veces la memoria juega malas pasadas- la frase es totalmente cierta. Por este motivo, la lucha contra cosas como “el odio”, “la discriminación” o “la intolerancia” están hoy tan valorados. Veamos algunos ejemplos. Esta misma semana FAES ha dado su “Premio de la Libertad 2012” a Mario Vargas Llosa, recientemente galardonado con el Premio Nobel de Literatura; un autor que afirma que el “nacionalismo” es el “gran enemigo de la libertad” en nuestros días. Al citado “nacionalismo” van asociados, naturalmente, el “odio”, la “discriminación”, el “fanatismo”, etc.

Para Vargas Llosa, “las identidades colectivas suprimen mediante una reducción arbitraria aquellas matizaciones y ven en los seres humanos no criaturas soberanas, con derechos y deberes inherentes a su individualidad, sino productos seriales, idénticos entre sí, privilegiando una sola de sus características -por ejemplo, ser negro, musulmán, cristiano, blanco, budista, vasco, judío, etcétera- y aboliendo todas las demás. Ese descuartizamiento de la humanidad en bloques rígidamente diferenciados es peligroso, porque alienta el fanatismo de quienes se consideran superiores -el pueblo elegido, la raza pura, la verdadera religión, la clase redentora, la nación ejemplar- y los autoriza a ejercer la violencia sobre los otros”. Como se ve, el escritor peruano apuesta radicalmente por el individuo sin más, prescindiendo de su origen o condición.

Otro caso. Según la organización SOS Racismo, los delitos con agravante de “odio” y “racismo” constituyen “una realidad encubierta”. Según ellos “este tipo de casos no trasciende habitualmente a la prensa diaria, no son temas de interés porque este tipo de sucesos queda en el ámbito privado de la víctima y ni siquiera se llevan a los juzgados” (Público, 5.7.2012). De acuerdo con la citada organización “hasta un 30% de las denuncias que ha recibido la Oficina de Información y Denuncia (OID) de la organización SOS Racismo en 2011 refleja abusos por parte del cuerpo de policía o agentes de seguridad privada hacia los inmigrantes”.

Los casos de Vargas Llosa y de SOS Racismo son de por sí bastante ilustrativos: ambos se basan bien en información sesgada, bien en una indefinición o ambigüedad en los conceptos que manejan. Para Vargas Llosa, las identidades colectivas “suprimen mediante una reducción arbitraria” lo que distingue a los individuos, lo cual es peligroso. Por supuesto, una idea no se sigue de la otra, algo que oculta ladinamente Vargas Llosa.

Indudablemente, toda categoría suprime cierto grado de información ya que si digo “soy Guardia Civil”, prescindo de si estoy casado o de si me gusta el alpinismo. Sin embargo una categorización puede ser relevante para ciertas cosas y no para otras: nadie considera relevante para ser un buen padre o un trabajador hábil el hecho de ser vasco, judío, letón o birmano. Sí puede ser relevante a la hora de percibir una subvención por parte del Estado hebreo, por ejemplo. Que ello conlleve odio y que autorice “a ejercer la violencia sobre los otros” es solo una salto en el vacío que Vargas Llosa se permite para construir su discurso. Nada más.

Obvia, además, el terror, la muerte y la destrucción sembrados por todo el planeta en nombre del “hombre”, de “la libertad” o de “la humanidad”. Por ello no es sorprendente que estos apóstoles de la “libertad” –en el fondo ideólogos ramplones-, siempre en perpetua lucha contra las identidades, supriman aquello que simplemente no se compadece con lo que ellos piensan.

El caso de SOS Racismo, por el contrario, se basa en la indefinición del término. ¿Qué abarca el concepto de “racismo”? ¿Es simplemente el odio a los miembros de otro colectivo étnico por el hecho de pertenecer a él o, lo que es muy diferente, todo aquello que perjudica a miembros de otra raza independientemente de que esté o no justificado?

El asunto es esencialmente distinto si se plantea de una otra manera pero, taimadamente, los apóstoles de la “integración”, gustan de hacer pasar lo uno por lo otro y así, la detención de inmigrantes ilegales, que están aquí violando nuestras leyes, es “racismo” porque perjudica a un determinado colectivo, lo que “equivale”, invirtiendo los términos, a decir que se les perjudica por pertenecer a ese colectivo. Otro salto en el vacío.

Este modo de razonar, este magma de imprecisiones y de conceptos elásticos, permiten conducir los debates a lo irracional para generar un nuevo tipo de fanatismo no menos peligroso que el denunciado por Vargas Llosa y SOS Racismo: el de los profesionales del “antirracismo” y de la “lucha por la libertad”. Históricamente, pagar por descubrir supuestos crímenes ideológicos siempre ha conducido a lo arbitrario, ya que el que hace de ello su modo de vida –un modo de vida además generosamente subvencionado- se ve en la obligación de encontrar “criminales” o quedarse sin empleo.

Sea como sea, posicionamientos como los aquí expuestos claman por una defensa filantrópica del hombre y de sus derechos. Que en el fondo sea todo una cuestión de mera hegemonía ideológica, con visos de efectivo control social es un dato más que relevante. Un buen ejemplo de ello es la organización estadounidense “Southern Poverty Law Center” (SPLC) que ha hecho del “odio” y la “discriminación” un rentable negocio económico y, lo que es más importante, una poderosa herramienta para eliminar a disidentes. La organización, creada por los abogados Morris Dees y Joseph Levin Jr. en 1971, decía ser “una organización sin ánimo de lucro dedicada a luchar contra el odio y el fanatismo y en pro de la justicia para los miembros más desfavorecidos de la sociedad”. Hoy, en realidad, no es sino un instrumento más del aparato represivo de la izquierda.

Así, el pasado día 12 de agosto un activista gay llamado Floyd Corkins, irrumpió en la sede del “Family Research Council” en Washington D.C., armado con una pistola de 9 mm. y disparó al guardia de seguridad hiriéndole en un brazo. El presidente del citado “think tank” conservador culpó al SPLC por la acción terrorista. Corkins, en el momento de ser derribado por el propio guardia herido, llevaba dos cargadores completos para su pistola y, además, tenía direcciones de futuros objetivos como la “Traditional Values Coalition”. Según Perkins, “Corkins disparó a gente desarmada gracias a organizaciones como el SPLC, que se dedican a calificar frívolamente como organizaciones del odio a todos los que no piensan como ellos”.

Al parecer, el SPLC había hecho públicas sus listas oficiales de “grupos del odio”: una extraña mezcolanza en la que el “Family Research Council” aparecía junto a los “Panteras Negras”, el KKK y diversos grupúsculos marginales y fanatizados repartidos por todos los EEUU.

Para la columnista de The Washington Post, Dana Milbank, el “Family Research Council” no es más que un “think tank conservador” y denunció públicamente que el SPLC había ido “demasiado lejos” calificando de “organizaciones del odio” a los colectivos más diversos. Y todo ello pese a profesar ella misma un ideario izquierdista en desacuerdo con la citada organización.

Pero nada de esto va a detener el negocio del SPLC: sus directivos se encuentran entre los mejor pagados de la escena política norteamericana y cada año suman millones de dólares en subvenciones provenientes de organizaciones en la cúspide del poder; desde la “Public Welfare Foundation” a la “Rockefeller Philanthropy” o el “Jewish Community Fund”.

Una importante seña de identidad de SPLC es su manipulación de la ley. Según relató el antiguo empleado Randall Williams a la revista The Progressive (Julio 1988, How the SPLC got rich fighting the Klan), “compartíamos información con el FBI, la policía e incluso con agentes encubiertos. En vez de defender a clientes y a víctimas, éramos una supra-organización de soplones, un brazo armado de la ley”.

Este presunto amor por la legalidad contrasta, por ejemplo, con el modo en que el SPLC busca evadir las leyes en asuntos como el de la inmigración ilegal o en el apoyo a terroristas marxistas como Bill Ayers –por cierto, buen amigo del presidente Obama-, que alardeaba de haber puesto bombas en la campaña contra la guerra del Vietnam y que, en el colmo del delirio, planeaba junto a sus colegas una revolución comunista en la que “sobraban” 25 millones de norteamericanos (The New York Times, 4.10.2008).

Como se ve, todo esto no es más que una burda estafa político-ideológica en pos del poder. Lo lamentable es que el esquema se repite país por país, con otras coordenadas y con diferentes intensidades y matices. Por ejemplo, que nadie deje de leer las declaraciones –o ver el video- de Omar Djellil sobre su paso por “SOS Racismo” en Francia.

En España todos sabemos de qué estamos hablando. Así, cada lector que busque en su país su sucursal “contra el odio” e investigue sobre subvenciones públicas recibidas y dobles estándares a la hora de enjuiciar hechos concretos. Se convencerá de que las antiguas “Stasi” o nuestro más castizo “Servicio Información Militar” de la II República española han sido reciclados en organizaciones de apariencia filantrópica y de modos de actuar más que dudosos.

Fuente: El Semanal Digital

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