La lógica de la geofinanza y su accionar sobre la América Románica

por Francisco de la de Torre – Eurasia Rivista –

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Entre los varios aspectos seductores que plantea el fenómeno de la globalización, el más significativo y promovido es el designio para configurar un nuevo orden, el cual se caracterizará por la ausencia de divisiones: ni Oriente ni Occidente, ni Norte ni Sur, ni ricos ni pobres, etc.  Religiones, culturas, historias y geografías de todos los pueblos serán uniformizadas por el abrazo integracionista del mercado mundial, ya que gracias a éste, desaparecerán progresivamente todos los errores y desigualdades del pasado y nos conducirá a un fin armonioso de la historia.

A primera vista parecería que la globalización es el cumplimiento de los más caros anhelos de la Ilustración, como por ejemplo, la república mercantilista universal preconizada por Adam Smith o el gobierno burgués universal de Kant.  El escocés fundador de la economía moderna, veía en el mercado la palanca para levantar su unión cosmopolita; mientras que para el filósofo alemán, aquélla se lograría únicamente cuando la religión racional (basada en los principios de la Aufklärung) se imponga íntegramente sobre la fe eclesiástica y se convierta en el fundamento de un estado mundial, el cual será el encargado de garantizar la paz entre las naciones. Cuando se llegue a concretar tal aspiración, se podrá decir con razón que “el reino de Dios ha llegado a nosotros.”

Cierto es que la mayoría de los proyectos unificadores modernos se contextualizaban dentro de la existencia de espacios jurídicos concretos, como son los Estado-Nación, de ahí que la interconexión íntima entre territorio y soberanía privilegiaba, al momento de plantear algún tipo de integración o concertación entre estados, el acudir a los conceptos expuestos por la geopolítica y la geoeconomía. La geofinanza es todo lo contrario, parte de la lógica global de mercado, donde no existen fronteras, ni monedas, ni industrias o productos nacionales, y sus operaciones básicamente se realizan en las redes informáticas y de comunicaciones internacionales, totalmente alejadas de la economía real.

Es a principios de los años ochenta cuando es pregonado el concepto de globalización y se plantea –entre otras cosas- la inviabilidad de los Estados frente a la reconfiguración del orden mundial que había acontecido. La tensión ideológica generada por la dialéctica bipolar propia de la guerra fría, ocultó los cambios que se habían venido generando a nivel mundial y, sin embargo, más que de cambios lo que verdaderamente se trataba era de crisis o fisuras, es decir, inusitados desequilibrios globales latentes que afloraron mediante conflictos religiosos, culturales, políticos y económicos, imposibles de ser descritos con los conceptos usuales de la modernidad.

Los centros ideológicos de la talasocracia norteamericana, conductores de esta estructura de crisis con ramificaciones operativas a escala global, habían logrado establecer el proceso de readaptación político-planetario bajo el imperativo de la tecnología y la electrónica, bautizada como la era tecnotrónica yvislumbrada e impulsada por Brzezinski.  Esta diseño explica, en términos breves, que la unificación del mundo se ha acelerado bajo el efecto de la expansión de las redes de información y comunicación, lo que ha alterado las costumbres, la estructura social, los valores y el enfoque global de la sociedad y de los estados; siendo el eje de esta transformación mundial los Estados Unidos, debido a que es la única potencia que empezó a pensar en términos globales…

La desmembración del imperio soviético significó en términos geopolíticos –según Dughin- la victoria del Mar sobre la Tierra y en su proyección en el campo de la economía, el triunfo del Capital sobre el Trabajo, lo cual implica que esta disciplina social tome análogamente una contextura mucho más fluida y naturalmente otorgue la primacía a su aspecto más autónomo y difuso, que es el de las finanzas y ésta se convierta en el nuevo eje por donde se integrarán las actividades socio-económicas mundiales; en otras palabras, la subordinación de toda estructura y accionar político-económico a los entes privados que conforman la Alta Finanza y que ha producido una peculiar combinación de nuevas formas de integración global con una intensificada polarización social dentro de y entre las naciones, llamada globalización de la pobreza (Chossudovsky), que se refiere a cómo esta polarización va de la mano del creciente dominio del capital sobre el trabajo en el ámbito mundial.

No olvidemos que la globalización se instala en el mundo recurriendo a los postulados de la geoeconomía más no a los de la geopolítica, ya que es por intermedio del discurso utilitario del mercado e impulsado por las grandes transnacionales que tal idea llega a consolidarse.  No tiene nada de raro que el primer efecto real -y talvez el único que ha logrado la globalización en su plenitud- es la desaparición de las barreras que impedían el libre flujo de los movimientos financieros internacionales.

Una de las principales consecuencias del dominio de la geofinanza es la aceleración y profundización de las lógicas mercantiles mediante la búsqueda permanente del beneficio inmediato y que se canalizan fácilmente por la capacidad para realizar las transacciones monetarias en tiempo real gracias a un macrosistema tecnofinanciero, que se caracteriza por ser una red mundial computarizada, un espacio abstracto, virtual, sin control y desconectado de las habituales relaciones internacionales.

Y es a través de esta especie de agujero negro tecnotrónico, que engulle todas la riquezas de las naciones, por el que la geofinanza ha logrado conquistar la preeminencia en el mundo y hacer manifiesta la carga disolvente que lleva en sí.  Para conseguir esa desorbitada concentración de poder, intensificó el proceso de desterritorialización de los mercados y cooperó, conjuntamente con otros procesos, para la disgregación de los estados-nación y sus lazos comunitarios existentes al interior de éstos.

Tanta es la energía disolvente concentrada por la geofinanza, que los principales teóricos del ciberespacio ode la cibereconomía han llegado al punto extremo de plantear que a futuro todo lo creado por el ser humano debe converger en estos espacios virtuales; es decir, vemos concomitantemente con el auge de los flujos financieros, el surgimiento de fantasías tenebrosas sobre una anunciada desaparición del típico capitalismo industrial y el nacimiento de una era post-industrial basada en la informática, en la desmaterialización de la producción y de la riqueza.  Estamos frente a un imperativo categórico geo-tecno-financiero y a nombre del cual: se anuncia la dislocación general de la organización económica mundial con respecto al territorio sobre el que se asienta la soberanía nacional.

Nos parece interesante traer a colación que este análisis de las repercusiones de la globalización sobre la noción geográfica y espacial moderna coincide con el verdadero choque de civilizaciones, diagnosticado desde la perspectiva tradicional por Evola cuando dijo: La oposición entre las civilizaciones modernas y las tradicionales puede expresarse en lo que sigue: las civilizaciones modernas son devoradoras del espacio, las tradicionales fueron devoradoras del tiempo. Y, obviamente, mientras más nos acerquemos al final del ciclo, las tendencias disolventes despertadas por la civilización moderna se irán reforzando.

En este nuevo paisaje global caracterizado por la desterritorialización, se advierte que las connotaciones geopolíticas eurocéntricas que definían el mundo entre naciones metropolitanas y naciones periféricas van desapareciendo, debido a la presencia de una mayor interconexión entre los sectores dominantes de ambas zonas y la creciente marginación de sus mayorías subordinadas respectivas, especialmente en aumento en los países “centrales” por razón de las oleadas migratorias.  Se ha pasado de una cohesión desde un espacio geográfico a una concentración en un espacio social, que no es un territorio, sino un espacio de poder que oculta sus fuentes de dominio altamente centralizados, de donde emergen estas pseudoélites y la acción fragmentaria o centrífuga que ejercen sobre las mayorías. Ni los “ricos” pueden ser ahora identificados exclusivamente con las naciones del norte, ni los “pobres” con el mundo subdesarrollado, y todo esto, gracias a que la geofinanza ha impulsado la independencia de los capitales con respecto al Estado y ha logrado su cristalización en nódulos de poder financiero y políticos apátridas, menos visibles, pero más condensados.

Retomando las previsiones de Brzezinski realizadas hace más de tres décadas, los poderes fácticos mundiales siempre estuvieron conscientes que su reordenamiento del planeta conlleva un modo de integración fragmentario, polarizante y excluyente. Al articular centros poderosos con periferias subordinadas con el propósito de construir igualdades potenciales globales, pero sin un cambio en la lógica capitalista, en realidad lo que hacen es estimular la profundización de las estructuras asimétricas indicadas y generadas por las mismas contradicciones inherentes al sistema ideológico imperante: La paradoja de nuestra época consiste en que la humanidad está pasando, simultáneamente, por un proceso de mayor unificación y de mayor fragmentación. Este es el principal acicate del cambio contemporáneo. El tiempo y el espacio están tan comprimidos que la política global se encamina hacia formas más vastas y entrelazadas de cooperación, así como hacia la disolución de las lealtades institucionales e ideológicas consagradas.

Es digno de contrastar esta perspectiva con lo enunciado por Guénon, que alertó con mayor anticipación y profundidad, sobre los vanos intentos del occidente moderno para imponer un orden al mundo entero: La consecuencia aparentemente paradójica es que el mundo está tanto menos “unificado”, en el verdadero sentido de la palabra, cuanto más uniformizado deviene. Nada hay de extraño en ello, ya que el sentido profundo que sigue tal progresión es el de una “separatividad” creciente; vemos aquí aparecer el carácter “paródico” que tan a menudo se encuentra en cuanto es específicamente moderno.

Lo fundamental es percibir que detrás de todos los esquemas actuales conducidos por el Establishment, predomina siempre un ánimo oscuro, sin rostro, disolvente y, nos atreveríamos a decir preternatural, similar a ese humo de Satanás de montiniana memoria, muy acorde con las influencias que canalizan los representantes de ese nomadismo desviado denunciado por Guénon.

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Así como la geopolítica tiene sus padres fundadores y promotores, la geofinanza puede vanagloriarse que quién planteó su base epistemológica es uno de los mayores exponentes de la llamada economía política clásica: David Ricardo.

Proveniente de una familia de judíos holandeses, asentados en Inglaterra, aun cuando abjuró de su religión a una edad muy temprana. Siguiendo la tradición de su padre, fue corredor de bolsa y esto le permitió amasar una gran fortuna en poco tiempo, lo cual le dio prestigio y hasta llegó a convertirse en miembro del Parlamento.

Su principal aporte conceptual para el desarrollo de las finanzas internacionales es el haber escindido a la economía en dos sectores: el denominado sector real o productivo y el sector financiero o monetario.  Esto comprende la separación de la moneda de la economía y de haber autonomizado la economía productiva de sus correspondientes flujos monetarios; por esto la noción de la neutralidad de la moneda es una herencia que la conservamos hasta ahora.

La economía política clásica no se interroga sobre la naturaleza de los fenómenos monetarios. Para suplir esta falencia, concibió una serie de postulados llamados en su conjunto, la teoría del valor, que es un esfuerzo permanente para elaborar una economía pura que anule a la moneda de la lógica del intercambio, convirtiéndola en una mercancía más.  Según esta creencia, el valor preexiste a la moneda porque la economía real se compone de individuos que tienen utilidades (o ganancias) predeterminadas; los intereses privados son coordinados por los precios de equilibrio reales del mercado; la moneda es neutra y no puede alterarlos. En el ámbito internacional, con libre movimiento de capitales, las finanzas privadas regulan los intercambios; este sistema ideal sólo es perturbado por incidentes de liquidez debidos a falta de confianza. Sin embargo, este esquema no refleja la realidad: la moneda sólo puede ser neutra en una economía de intercambio puro, es decir sin producción.

Curiosamente, el mismo Marx no rompió del todo con esta concepción del valor, aunque todos sus cuestionamientos de la economía clásica tiendan a esa ruptura: Por una vez, no importaba que el oro mismo tuviera valor porque incorpore trabajo, como sostenían los socialistas, o porque sea útil y escaso, como afirmaba la doctrina ortodoxa. La guerra entre el cielo y el infierno pasaba por alto la cuestión monetaria, uniendo milagrosamente a capitalistas y socialistas. Allí donde Ricardo y Marx eran uno solo, el siglo XIX no dudó.

La geofinanza ha introducido una clase de dinero que carece de relación con la comunidad, sin función social y se lo ha creado como un fin en sí mismo, sin importar su destino o el interés general. Ha soslayado que la función del dinero es eminentemente productiva y, lo más significativo, que su aspecto cualitativo está en relación con el vínculo social, como símbolo de pertenencia a una comunidad, como un capital de orden superior (Spann).

¿Por qué capital de orden superior? Porque desde una óptica orgánica, el dinero es la parte medular del mercado, una fuerza formadora que configura e integra a la totalidad de las economías y realiza una íntima conexión llena de sentido con el Todo; por lo tanto, es un elemento central más que particular, en otros términos, tiene una sustancia más política que económica, ya que es una norma aceptada por toda la sociedad y supeditada directamente a la idea de soberanía.  Y esta condición política es la que le da al dinero nacional su capacidad –según Adam Müller- para expresar o determinar la cohesión y el poderío de una nación, mientras que el dinero internacional o cosmopolita: … forma un todo único con el comercio mundial, destruye los vínculos que deben unir indisolublemente a cada individuo con su estado nacional.

Tal concepción del dinero ha roto todo ordenamiento encaminado a un desarrollo progresivo e independiente de las naciones, porque normalmente la finanza debe servir de soporte al sector productivo (y no al revés, como es lo que está pasando) y así procurar la expansión de la riqueza real.  Entonces el dinero, al jugar un rol fundamental en la economía, por ser un instrumento de cohesión social y capaz de impedir la generación de violencia y de la disolución de la sociedad, es transformado por el sistema monetario internacional en un instrumento de desintegración y de enfrentamiento con la economía real.

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Debido a sus estrechas conexiones con todos los gobiernos y la gran capacidad de organización e información, la Alta Finanza pudo articular una red de influencia supranacional desde hace pocos siglos, por la cual ha logrado dictar en gran medida los lineamientos a seguir en política y economía en la mayoría de los países del mundo. Principalmente en ese entonces sus intereses estaban abocados a llegar a una paz entre las naciones, no porque entre sus inclinaciones esté el pacifismo, sino que cualquier guerra entre las grandes potencias desestabilizaría los fundamentos monetarios del sistema vigente.

Este poderoso instrumento social oculto consiguió para finales del siglo XIX hacer visible la tendencia o el objetivo final del capitalismo: la financiarización de la economía. Es la época dorada del Patrón Oro, y los intereses de la banca internacional –que tenía su centro de operaciones en el Banco de Inglaterra- confluían en ese entonces con los del imperio británico, por lo que fue el elegido para predicar la Buena Nueva de la religión monetaria encarnada en el metal áureo y expandir las bienaventuranzas a todos quienes le rindan pleitesía.

Desde principios de la primera guerra mundial y hasta mediados los años treinta -lapso en el cual el Patrón Oro emprendió su última etapa- no solo economistas, sociólogos o políticos analizaron las crisis, desórdenes y manipulaciones del sistema monetario internacional, sino también poetas, filósofos, teólogos, etc., que con mayor sensibilidad intuyeron para donde estaba dirigiéndose el mundo y manifestaron que detrás del sistema capitalista se estaba consolidando una civilización sin alma, contranatural, mercantilizada: la consagración de la usurocracia (Pound).

La Iglesia católica por medio de la Encíclica Quadragesimo Anno (1930) denuncia que el mundo sufre una dictadura económica que se alimenta del esfuerzo productivo y creativo de las naciones, para beneficio del funesto y detestable internacionalismo del capital.

Desde una óptica diferente y década antes, el fundador de la autocracia bolchevique, Vladimir Lenín, preconizó similar análisis sobre la situación mundial, debido a que esta etapa inherente al capitalismo toma su auge cuando la Alta Finanza comprende que la maximización de ganancias ya no estaba únicamente en la financiación de guerras, en la inversión productiva o en el intercambio comercial, sino prioritariamente en la concesión de créditos para los gobiernos: así pues, el siglo XX señala el punto de viraje del viejo capitalismo al nuevo, de la dominación del capital en general a la dominación del capital financiero.

Parafraseando a Lenín, el geopolítico ruso Alexander Dughin concluye que es la financiarización, la etapa suprema del desarrollo del capitalismo,es decir, la reversión ontológica completa del concepto de economía, al dar la primacía al aspecto especulativo financiero en detrimento de la economía real y, además, por la traslación de las decisiones políticas y económicas de los pueblos a la élite financiera mundial.

Esto es lo decisivo en la historia mundial, el que las élites mundiales capitalistas captaron que con una visión parasitaria de la economía logran no solo mayores beneficios sino que ahora controlan -a través de la entrega de préstamos- el comportamiento de los países que caen bajo su influencia. Esta es la razón de la recomendación de políticas monetarias restrictivas por parte de los organismos internacionales de crédito, porque de esta manera los gobiernos se ven impelidos a financiar los déficit solamente con crédito internacional proporcionados por la banca cosmopolita, para luego pasar a ser controlados y vigilados tanto por estos organismos como por las calificadoras de riesgo o banca de inversión, que trabajan al unísono con la alta finanza internacional. 

Este sistema usurocrático ha impuesto al mundo su visión economicista de la vida, al introducir el neoliberalismo en las almas de los pueblos y, gracias a esa ideología totalitaria, de uniformización planetaria, esparce su discurso autojustificador de la modernidad utilitarista a pesar del evidente daño de siglos sobre la riqueza y la identidad de los pueblos, la dignidad de las personas y la salud del medio ambiente; dejándonos como única perspectiva la aceptación de que el globo terrestre está conformado solo por mercados, mientras que los estados, las naciones, las religiones y culturas son cosas del pasado y entelequias que frenan el progreso de la humanidad.

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A principios de la Alta Edad Media se da un gran desarrollo en el estudio y las formas para frenar la expansión de prácticas usurarias en toda la Cristiandad.  Es curioso notar que en el marco de las leyes de ese entonces, sobre las únicas personas que se permitía aplicar medidas usurarias era contra los enemigos o adversarios del orden cristiano.

Ya en nuestros días, ¿acaso será el problema de la deuda externa del Tercer Mundo una guerra velada de sometimiento a través de la usura? o, en otras palabras, ¿Un instrumento geopolítico formidable de dominio mundial para beneficio de las élites financieras e industriales transnacionales que conducen tras bastidores el gobierno de los Estados Unidos?

Esta es la tesis magníficamente expuesta por el Subcomandante Marcos en su artículo El neoliberalismo como rompecabezas en el cual explica que sufrimos los embates de la IV Guerra Mundial, totalmente diferente a las anteriores, porque ésta utiliza instrumentos financieros para doblegar a sus rivales.  Es una guerra más sofisticada y, a simple vista, más “humanitaria” que la de los bombardeos estratégicos, pero de igual o superior eficacia para destruir naciones, religiones, culturas, etnias, etc. por la tenaza especulativa-usuraria y librecambista.

Mientras la III Guerra Mundial se combatió entre el capitalismo y el socialismo con diferentes grados de intensidad en territorios del Tercer Mundo dispersos y localizados, la IV Guerra Mundial implica un conflicto entre los centros financieros metropolitanos y las mayorías del mundo, puesto en marcha por las fuerzas del mercado crecientemente no reguladas y móviles.

¿Cuándo se articula esta sumisión total de la América Románica (Disandro) a los poderes financieros internacionales?  Gracias a la sobreemisión permanente de dólares por parte del Sistema de Reserva Federal, que llevó al posterior derrumbamiento del Acuerdo de Bretton Woods en 1971, la banca occidental lanza al mundo su enorme excedente de estos dólares sin respaldo áureo (eurodólares) y los principales países que captan son los del llamado Tercer Mundo.

Es a partir de este suceso que la banca internacional toma desembozadamente el control de los hilos de la economía mundial, aplicando su lógica característica de dar primacía al capital financiero, impulsando la apertura de los mercados financieros y su desregulación, por lo que se empieza a dar un viraje en su manera de extraer recursos de los países subdesarrollados.  Es la fase de la llegada de las ayudas a Iberoamérica por parte de los bancos internacionales.

De acuerdo a la lógica del capital financiero internacional, estos excedentes monetarios generados por la banca occidental debían ser reciclados y colocados en lugares donde rindan interesantes beneficios.  En estas circunstancias, de repente la rigurosidad para conceder créditos a los países en desarrollo desaparece y, de una forma directa o indirecta, son obligados a aceptar tales recursos ficticios en forma de préstamos o ayudas, muchos de los cuales no eran indispensables.

Y es con este proceso de endeudamiento que nuevamente entramos a las redes del colonialismo financiero, bastó que los Estados Unidos elevaran sus tasas de interés a comienzos de los años ochenta (Reaganomics) para que la crisis apareciera nuevamente y se multiplicaran sus obligaciones de los países deudores.  Al inicio la deuda externa parecía un problema estrictamente económico, pero poco tiempo después se manifestó que tras de ella se escondía una estrategia político-financiera para someter al continente a la órbita del dólar, sumisión premeditada para erosionar gradualmente las monedas de los países que están directamente bajo su influencia y así lograr dirigir de mejor manera sus economías, que en estos tiempos de primacía de ésta sobre lo político, es sinónimo de control total.

Al carecer los gobiernos hispanoamericanos de una voluntad política, les fue imposible organizarse y enfrentar el problema unidos, lo que sí hicieron los acreedores creando grupos como el Club de París. Entre 1980 y 2004, Latinoamérica y el Caribe desembolsaron a los acreedores la suma de 2,109 billones de dólares, equivalente a casi 9 veces al monto adeudado. Por un dólar que se debía en 1980, Iberoamérica ha reembolsado casi 9, pero aún debe más de 3. Según el Fondo Monetario Internacional, a finales de diciembre de 2004, llegaba a 773.000 millones de dólares, representando el 34,4% del Producto Interno Bruto de la región.

Para comprender cómo es posible que se genere una situación como la descrita, es necesario entender cómo está organizado el sistema financiero internacional y cómo repercute sobre la economía mundial, por lo que recurrimos a las palabras del premio Nóbel de Economía Maurice Allais, que nos aclara de la siguiente manera: La economía occidental reposa hoy día sobre gigantes pirámides de deudas: deudas domésticas, deudas de empresas, deudas de Estados. Esta situación se alimenta y se acelera por ella misma, el servicio de las deudas está asegurado por nuevos empréstitos. Esto resulta una situación potencialmente inestable cuyo origen se encuentra en el mecanismo actual del crédito bancario que se funda sobre la creación de moneda de la nada y por el préstamo de fondos a largo plazo con empréstitos tomados a corto plazo. Tal mecanismo es fundamentalmente desestabilizador. La monetización creciente de las deudas, la desregulación monetaria, la puesta en obra de nuevos instrumentos financieros no acarrea otro resultado que: una inestabilidad más y más grande del sistema bancario en el plano nacional e internacional.

Un ejemplo del artilugio de la monetización lo podemos hallar en el mecanismo de la deuda externa latinoamericana, en su parte esencial, que se manifiesta cuando los países afectados tienen la necesidad de recurrir nuevamente a los centros financieros internacionales para acceder a un nuevo préstamo para pagar sus anteriores deudas; esto es lo que se ha definido como la espiral del colonialismo financiero, porque el préstamo original aumenta en un corto tiempo en forma exponencial por la acción de los intereses sobre los intereses (automatismo de la deuda) y se vuelve impagable. El automatismo de la deuda hace crecer la parte no pagada de los intereses adeudados en forma exponencial y crea de esta forma un capital ficticio cada vez mayor. Este capital ficticio forma necesariamente parte de los activos de la banca internacional.

Este acto de convertir al capital ficticio–creado por el anatocismo- en activo utilizable de inmediato por la banca internacional, es una de las caras de la monetización. Ésta se manifiesta en el momento en que este falso capital -esa deuda irreal que aún no es cancelada por los países endeudados- se transforma en una de las principales fuentes de emisión de nuevos medios de pagos por parte de los bancos internacionales, es decir, sin una contrapartida real o efectiva y les da la posibilidad para organizar una inflación mundial desestabilizadora: Los flujos financieros al interior del Grupo de los Siete ascienden a 420 mil millones de dólares diarios, o sea alrededor de 34 veces el montante de los flujos correspondientes al comercio internacional. Estos flujos financieros corresponden a operaciones puramente especulativas.  Son sumas enormes alrededor del orden de diez veces el ingreso mundial global por día.

Esto hace que el sistema monetario actual sea inseguro, porque su principal característica es el flujo de capitales financieros que han destrozado todo centro o punto de referencia fijo, anulando o disolviendo toda autoridad estatal.  La geofinanza ha sentado las bases de la preponderancia de estos capitales, bonos y demás documentos financieros sin regulación alguna (productos derivados) -creados por la banca internacional privada en su mayoría- frente al dinero convencional emitido y controlado por los bancos centrales, trazando una estrategia de financiamiento del déficit de todo el mundo por medio de líneas de crédito expansivas, transformando la economía mundial en una economía de endeudamiento internacional

Las inmensas masas de moneda especulativa se han venido incrementando, por está razón, los mercados son más volátiles e impredecibles y, las crisis financieras se presentan con una frecuencia marcada.  Sus efectos son catastróficos en la economía mundial, a tal punto que los mismos Estados Unidos han sufrido varios remezones, a pesar que el dólar es la moneda clave mundial.  Como el dólar viene a ser el punto de intersección de la estrategia geopolítica mundial de los Estados Unidos y el mecanismo de su economía interna, y cuando la principal característica de esta última es su virtualización, es lógico que este desfonde de su economía se refleje día a día en sus inestables indicadores macroeconómicos. De todos modos, es en esta divisa donde se basa el poder de los mercados financieros y lo usan como pivote a tal país para difundir e imponer el neoliberalismo a cualquier precio, siendo una parte de las nuevas armas de dominación con que actúan sobre las naciones del planeta: Nadie parece inquietarse realmente para nada porque la utilización internacional del dólar dé a EEUU el beneficio de la creación de moneda en el plano internacional, verdadero tributo pagado a los más ricos por los más pobres.

No en vano toda moneda que ha jugado y juega un rol sobresaliente en la economía mundial, siempre se ha caracterizado por su naturaleza geopolítica. La consolidación de la penetración y supremacía de los imperialismos en el mundo, fue la aceptación de sus monedas como el eje referencial de la economía internacional, por lo que sus patrones monetarios mundiales han sido creados para ser la columna vertebral de las potencias hegemónicas talasocráticas, tal como pasó con el imperialismo británico y, luego de la II Guerra Mundial, con el norteamericano.

El dominio norteamericano, inspirado en su mesiánico Destino Manifiesto hará realidad esa constante geopolítica de sentirse un “pueblo en expansión”, llamado por la Providencia para llevar a cabo la perfección de la Humanidad por medio de los valores mercantiles, por lo que convirtió al mercado en un dios: el monoteísmo del mercado (Garaudy).  Perola divisa clave o moneda hegemónica no ha llegado a su sitial solo por las potencialidades económico-financieras de la nación a la que pertenece, sino también por su capacidad política, militar y estratégica alcanzada a nivel mundial. Es indiscutible el papel preponderante del dólar en la economía internacional, pero aparte de su función de signo monetario mundial, su rasgo esencial es ser la condensación ideológica y pseudoespiritual del imperio norteamericano, que como nos dice el citado geopolítico ruso, a partir de la segunda guerra mundial: El dólar adquiere una nueva cualidad: se convierte en una unidad GEOPOLÍTICA, una función estratégica y potencial ideológica del rol de los USA alrededor del mundo.

Esta función geopolítica del dólar es confirmada mediante la deuda externa latinoamericana, ya que ésta sobrepasó el ámbito financiero y actúa directamente sobre lo político. Esta deuda se convirtió en un operador de transformaciones políticas al causar cambios radicales en la estructuras de los estados iberoamericanos. Se podría reconocer tres procesos diferentes en ella y que interactúan hasta la presente fecha, señalándose primeramente el estrictamente financiero y que se refiere a la transferencia de recursos de los países subdesarrollados a los centros financieros internacionales mediante los programas de ajustes macroeconómicos impuestos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; una segunda etapa es la entrega de créditos por parte de estos mismos organismos internacionales, dirigidos a proyectos que se encarguen de reformar la estructura jurídica e institucional del Estado, vale decir, la transferencia de las atribuciones estatales al sector privado interno o externo (privatizaciones de los sectores estratégicos). Desarticulado el Estado, aparece la tercera etapa, que consiste en el financiamiento para concretar megaproyectos de explotación intensiva de recursos naturales y mano de obra, como por ejemplo el Plan Puebla Panamá y el IIRSA. Aquí ya se aprecia el control abierto de recursos estratégicos, como son las fuentes de energía, el agua, la biodiversidad, etc., que se convierten en zonas claves para la expansión de las corporaciones estadounidenses y en definitiva, todo esto será simple y llanamente la ocupación y usufructo de nuestros territorios.

Por esta razón, mientras se acepte como divisa clave la moneda de la potencia hegemónica, mientras los Estados sean incapaces de controlar los flujos que vienen y se marchan de sus respectivas economías, mientras la banca privada de cada país actúe en función de sus intereses y acorde con los de la alta banca internacional, en fin, mientras no se reformen las directrices que inspiran al sistema monetario y financiero mundial, será imposible revertir la situación de crisis y pobreza que agobia a la América Románica y a la mayor parte del planeta. Pensamos decididamente que las espurias victorias del Mammón bíblico nos ha abocado al crucial dilema de crear o desaparecer como diría el humanista argentino Carlos Disandro, al descubrir que en la usura se encuentra su razón de ser, su razón de Poder.

Extraído de: “Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici”

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