La pandilla de Putin y el arte más importante

por Ruslán Aisin* -Todo dirigente autoritario se apoya en su círculo íntimo, “atado” a su jefe por los vínculos de la amistad, los negocios y el poder. Están unidos por el mismo cordón umbilical, que si se corta inevitablemente lleva al derrumbe del todo el sistema.

El modelo de Putin se caracteriza precisamente porque en los puestos clave del poder supremo y corporaciones estatales su líder ha colocado a personas de su círculo: amigos, condiscípulos, antiguos compañeros de trabajo, conocidos de la cooperativa de casas de campo “Lago”, y sus parientes. Bastante se ha escrito sobre el tema y dicho todavía más. Todos han oído hablar de Sechin, Ivanov, Tímchenko, Rutenberg, Medvédev y otros “cardinales”.

El propio Putin tampoco oculta que este modelo le satisface plenamente y que no piensa cambiarlo. Creo que él mismo comprende que se ha convertido en el rehén de este sistema. ¿Pero comprende que ha condenado a todo el país a sufrirlo?

De hecho esas personas se han apoderado del país, lo han usurpado, han privatizado sus principales activos, sus materias primas, tratando a su población como la servidumbre que está obligada a satisfacer sus insaciables apetitos faraónicos. Su fórmula es muy sencilla: el poder para el dinero, el dinero para el poder. Una fórmula tan banal como repugnante.

En comparación con el período de Yeltsin el número de los oligarcas ha crecido. Más aún, la oligarquía se ha fundido con el aparato del estado, convirtiéndose de hecho en un todo orgánico. Es lo que algunos analistas han llamado coparticipación estatal-particular. ¿Acaso son mejores que los nuevos ricos de la época de Yeltsin?

El “Zar Boris” y su “familia” (así llaman en Rusia al estrecho círculo de los beneficiarios de las reformas liberales realizadas en Rusia a partir de 1991 a la vera del Partido Demócrata de los EE.UU. o, más exactamente de la pareja Clinton. Aprovechando el impasse del 11S de 2001, Putin se pasó bajo la protección del Partido Republicano, “traicionando” a la “familia” que desde entonces busca la revancha – N. del T.) se posicionaron como liberales puros que luchaban contra los oscurantistas-comunistas, nostálgicos del totalitarismo soviético. Hacia finales de la presidencia de Yeltsin el poder estaba en la bancarrota total, y al primer plano fue lanzado el nuevo líder – Putin, presentado por la tecnología política como todo lo contrario de Yeltsin: joven, vital, ágil, alguien que sabe hablar, duro.

Putin se convirtió en la encarnación del dirigente-estadista, preocupado por el destino del país. La población, cansada de los desastrosos años del gobierno de Yeltsin, interminables reformas y ajustes de cuentas oligárquico-criminales, anarquía y bajo nivel de vida, recibió la llegada de Putin con gran esperanza.

Fue concluido una especie de contrato social: el pueblo ofrecía al poder carta blanca a cambio de la dichosa estabilidad y seguridad, acompañadas de limitación de las libertades.

Putin comenzó a reforzar metódicamente el régimen del poder personal. La promesa de alejar a los oligarcas del centro del poder en la práctica supuso el aumento de su número y el recambio puntual de unos por otros. Fue atornillada la esfera ideológica, los medios de comunicación de masas se fueron asemejando cada vez más al estilo de la propaganda norcoreana, y la política se convirtió en un aburrido teatro de pocos actores que habían pasado el casting con Surkov (principal tecnólogo político del Kremlin – N. del T.) y con poco talento interpretaban sus denigrantes papeles.

Para justificar el sistema ideológicamente fue inventado un nuevo modelo – “la democracia soberana”. Detrás estaba la élite putinista, “soberana” con respecto a las leyes y a su propio pueblo.

Los altos precios en la exportación de hidrocarburos permitieron al régimen “comprar” la lealtad de aquellos que dependían de los presupuestos del estado y de los pensionistas a cambio de unos salarios y pensiones estables, pero miserables. Paralelamente el abismo que separaba a los más ricos del fondo social crecía vertiginosamente, dejando muy atrás la estadística parecida de los 1990. El régimen condenó oficialmente aquella época, pero en secreto la seguía admirando y le rendía culto.

En la política exterior Putin, a pesar de toda su retórica belicosa y patriótica, dirigida al consumo interno, acudió a la llamada de Bush-hijo, tomando partido por el “mundo occidental civilizado” contra el mítico “terrorismo internacional” y los países del “eje del mal”, al que fueron apuntados todos aquellos que no juraron fidelidad a los EE.UU. Su presidente George Bush lo dijo sin tapujos: ¡quien no está con nosotros está en contra! El establishment ruso se alineó en la cola de los satélites de los Estados Unidos a cambio del reconocimiento de su legitimidad. (Recordemos que justo después de su encendido “discurso de Múnich” Putin ha promovido la Ley Federal nº 99, aprobada por el parlamento ruso el 7 de junio de 2007, que autoriza a la OTAN a desplegar su personal civil y militar en el territorio de la Federación Rusa. Recientemente fue autorizada la instalación de la “base de tránsito” de la OTAN en Uliánovsk. Putin se dedicó a desmantelar sistemáticamente el arsenal nuclear heredado de la URSS. También desmanteló el programa RT23, que traía locos a los norteamericanos, pues se trataba de misiles nucleares instalados en trenes que recorrían continuamente el territorio del país y eran prácticamente indetectables – N. del T.)

El sistema funcionó mal o bien durante un decenio y comenzó a fallar. La vertical del poder de Putin empezó a balancearse, amentó el descontento social, el Occidente se puso a mover la cabeza en señal de reproche y a amenazar a Putin con el dedo. En respuesta a los desafíos Putin se puso a reforzar sus posiciones dañadas. Pero, como solía decir el inolvidable Mikhail Gorbachev, “el proceso ha arrancado”.

Y ahora en distintos círculos se discute con razón: ¿cuánto aguantará Putin, y qué será de su círculo íntimo, esa especie de “Putin colectivo”?

Difícilmente Putin pueda permanecer en el sillón sin problemas durante los 12 años; el vuelo con las cigüeñas “en sueños y en realidad” tampoco le ayudarán (en referencia al último acto propagandístico del presidente salvando una variedad de cigüeñas en vías de extinción – N. del T.). Y él lo comprende, encogiéndose con inquietud en un ovillo político y pidiendo ayuda a la corporación UralVagonZavod.

Estoy más que seguro de que ante el primer peligro lo traicionarán sus “más fieles compañeros” a cambio de la inmunidad por parte de Occidente. Desde todas las direcciones crecerá la presión sobre el séquito de Putin. A cambio de la traición recibirán la promesa de que podrán conservar sus bienes y no serán perseguidos penalmente. ¡La amistad es la amistad, pero el dinero es el dinero! La élite rusa quiere integrarse en el establishment mundial.

La así llamada “lista Magnitski” (listado de altos funcionarios rusos declarados por Occidente como personas non-grata – N. del T.) causa terror entre los altos jerarcas del régimen, capaz de hacerles perder el sueño y el apetito. Su futuro no lo relacionan con Moscú, sino con París, Londres y Nueva York. Sus activos, sus bienes inmuebles, sus hijos – ¡todo está allí! Trabajan incansablemente para acercar la hora en la que puedan reunirse con ellos.

No en vano Londres se ha convertido en la capital mundial de la oligarquía. Desde hace poco también nuestros abramovich, berezovski y fridman han fijado ahí su residencia permanente. Para ellos Rusia no es más que su hacienda: aquí están sus siervos, fábricas, pozos petrolíferos… ¿Acaso no se trata de una élite compradora?

En vano cree Putin que son su apoyo y que le deben prácticamente todo. Recordemos cómo el círculo íntimo había entregado a Saddam, a Kaddafi, a Mubárak, después de haberles jurado fidelidad y la entrega perruna a sus patronos.

Nuestra oligarquía y alto funcionariado (a menudo se trata de las mismas personas) quieren formar parte del “gobierno mundial”, desean ponerse a su servicio. Y para ello están dispuestos a abandonar a su dueño y a encontrar uno nuevo, más poderoso. La mentalidad del burócrata – nuevo rico es tal que necesita tener un líder que le lleve “por los polvorientos caminos de la vida”, que le de las órdenes.

En resumen al día de hoy tenemos:

* Aumento de la presión interna sobre el régimen;

* Aumento de las opiniones opositoras;

* Agudización de la crisis en la economía;

* Deslegitimación  del poder;

* División dentro de la élite;

* Aislamiento de las figuras más odiosas del círculo íntimo de Putin, desde el   punto de vista occidental;

* Problemas en política exterior;

* Desgaste tecnológico e infraestructural de los fondos;

* Creciente enfrentamiento civil, no sin ayuda del poder.

Siguiendo la lógica de los acontecimientos, todo junto tiene que derivar en algo catastrófico y de grandes proporciones para el país. Este vapor crítico tendrá que encontrar la salida, arrancando la tapa. No hay otra alternativa.

La historia se repite. ¿Será que el dramático 1917 vuelve a nosotros como un boomerang aleccionador? Para el colmo están activamente promocionando el estreno de la película catastrofista “Moscú 2017”… ¡Semejante simbolismo es una señal de los próximos acontecimientos grandiosos!

¿Y qué decía Vladímir Ilyich Lenin sobre el más importante de las artes? (en referencia al cine – N. del T.).

11/09/2012  – Poistine.com

* Ruslán Aisin (n.1980) es publicista, politólogo, activista social y político. Presidente del Foro mundial de la juventud tártara, coordinador del movimiento “Uzebez” (“Nosotros mismos”). Vive en Kazán (Tatarstán, Federación Rusa).

(Traducción directa del ruso de Arturo Marián Llanos)

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