Entrevista con Gustavo Bueno. Democracia: Entre fundamentalismo y fundamentación.

DISENSO – 25-07-2011 – En el marco de nuestro ciclo de entrevistas, en esta ocasión contamos con Gustavo Bueno, Doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid, prolífero ensayista y fundador de la revista  “El Basilisco”. Desde ya nuestro agradecimiento al Prof. Bueno por su gentileza y pronta atención.

Disenso: Hace poco más de un mes que el Mundo ve con cierta curiosidad e incertidumbre los reclamos de una juventud española que se manifiesta indignada por la “calidad” de su democracia. Estos reclamos, que aparecen en un momento en el cual dicho sistema de gobierno parece estar solicitado en distintos regiones del mundo árabe y algunos países africanos según informan los medios masivos, plantean la “cuestión democrática”, si así puede llamársele, en el marco de un vacío y desorientación político-intelectual que no parece ayudar a actualizar el debate en torno a ésta cuestión. ¿qué puede decirnos al respecto?

Gustavo Bueno: La introducción que usted hace a los problemas planteados por los «indignados» que reivindican en España la democracia (y que usted compara con las reivindicaciones formuladas en distintas regiones del mundo islámico) me recuerda la afinidad entre estos movimientos y otros movimientos históricos, por ejemplo, el de los albigenses de los siglos XII y XIII, del mediodía de Francia. Los albigenses constituyeron un movimiento de gentes analfabetas, que se enfrentaron contra los señores feudales, condes o reyes de Francia y de Aragón, pero muy especialmente contra la jerarquía eclesiástica de la iglesia católica; y esta fue la razón principal de la intervención del Papa, de Santo Domingo de Guzmán. Los enfrentamientos se hacían en nombre del cristianismo primitivo y atacaban el cristianismo organizado: quemaban cruces, imágenes de santos e iglesias y se oponían a las órdenes religiosas en nombre del cristianismo, a la manera como los “indignados” se oponen a los partidos políticos en nombre de la democracia. Pero así como los albigenses (o después los valdenses, o más tarde los anabaptistas) no creo que puedan considerarse como movimientos políticos, aunque tuvieron implicaciones políticas inmediatas (al ser aprovechados por determinados señores en sus luchas contra otros), así tampoco me parece que a los “indignados” se les deba considerar como un movimiento político democrático, sino más bien como un movimiento “anarquista”. En este sentido el movimiento de los “indignados” puede tener una importancia social y política mucho mayor que si fuera un embrión de partido político; depende de la cantidad de gentes “antisistema” (generalmente jóvenes de clases medias, parados, incluso pertenecientes a clases altas) que se le pueda irse incorporando. El ideólogo francés Esteban Hessel podría así ser comparado con Pedro de Bruys, de Aquitania, o con Pedro de Valdo, hijo de un rico comerciante de Lyon. En este sentido me parece que es prematuro calibrar la importancia del movimiento internacional de los “indignados” pero, en todo caso, no debe ocultarse la posibilidad de convertirse en un movimiento de la mayor importancia para la democracia real, a la manera como los movimientos afines al protestantismo luterano, aprovechados inmediatamente por los príncipes alemanes llegaron a tener un peso decisivo en la evolución de la historia moderna (europea y americana: me refiero a la influencia del puritanismo en la democracia de los Estados Unidos del Norte de América).

Disenso: Ud., que en su obra se encarga de tipificar la democracia en distintas clases, nos habla de la “democracia fundamentalista”. ¿Qué debe entenderse por ésta conceptualización?

Gustavo Bueno: El concepto de fundamentalismo democrático abarca las concepciones de la democracia como única y definitiva forma política —el “fin de la historia”— de organización de las sociedades políticas, y como la verdadera fuente de todos los “valores auténticos”. Desde este punto de vista “democracia” desempeñaría hoy el papel que hasta hace unos años desempeñaba la palabra “cristianismo”. El adjetivo “cristiano” justificaba cualquier institución (familia cristiana, virtudes cristianas, política cristiana, Etc.) como ahora el adjetivo “democrático” justifica y dignifica también cualquier institución (familia democrática, virtudes democráticas o política democrática entre otros ejemplos).

Disenso: Carl Schmitt en “Los fundamentos histórico-espirituales del parlamentarismo en su situación actual” sostiene que “para el siglo XIX, la historia de las ideas políticas y de la Teoría del Estado puede ser abarcada con una simple formula: la marcha triunfal de la democracia”; por otra parte, desde mediados del siglo XX, y con mayor fuerza desde la implosión de la URSS, parece haber una voluntad internacionalizadora del “fundamentalismo democrático”. ¿Está Ud. de acuerdo con esta apreciación? ¿A que puede atribuirse ésta dirección en los aparatos ideológicos contemporáneos?

Gustavo Bueno: En el terreno de los fenómenos sí podría estar de acuerdo con lo de la marcha triunfal de la democracia; pero dudo que esta marcha triunfal tenga un sentido estrictamente político, porque me parece que más bien la democracia es vivida por la gente como una especie de ideal cuasimístico, mediante el cual se atrincheran las dificultades generales que afectan a cualquier civilización (incluyendo entre estas dificultades los problemas económicos, de inseguridad o de servidumbre de cada individuo hacia otras instancias sociales, tecnológicas o ecológicas) en un momento en que en nombre de la libertad-de parece haberse desprendido de las trabas impuestas por la servidumbre a las dictaduras precedentes. En este sentido el democratismo, más que una marcha triunfal hacia una nueva forma de organización política, sería la expresión de un repliegue o retirada de otras situaciones de servidumbre de las que la gente cree, mediante la retórica democrática, haberse liberado.

Disenso: Las democracias contemporáneas plantean un sistema en el cual el monopolio de la representación es ejercido por los partidos políticos. ¿Qué puede decirnos acerca de la representación como concepto medular del sistema democrático?

Gustavo Bueno: La idea de representación es, a mi entender, una de las ideas más confusas y oscuras con las que cuenta la democracia cuando intenta explicar las conexiones entre el Pueblo soberano y el Gobierno. Una idea que procede del concepto, más claro y distinto, de la representación en el derecho civil o en la tradición eclesiástica (representación del Pueblo ante Dios por medio de los sacerdotes, y de Dios ante el Pueblo a través de los profetas). Pero el concepto de representación, al transformarse en un concepto político fundamental, se oscurece necesariamente y se presenta como un ideal carente de contenido («no nos sentimos representados por los partidos políticos», dicen los indignados). Además la representación política, tanto en las sociedades democráticas como en las sociedades del Antiguo Régimen, o en las sociedades religiosas, puede tener un sentido ascendente o un sentido descendente, sentidos que al confluir enturbian, de un modo casi irremisible, la idea de representación.

Disenso: En su obra Ud. introduce una serie de conceptos mayormente desconocidos para el público en general. ¿Qué puede decirnos de los conceptos de “ilusión democrática” y “déficit democrático”?

Gustavo Bueno: El concepto de “ilusión democrática” tiene que ver, principalmente, con el “espejismo” que cada elector democrático tiene acerca de la contribución de su voto en el proceso de creación de las normas o directrices políticas (ilusión que sólo tiene un fundamento real cuando el elector forma parte de la clase —muchas veces organizada como partido político— de los electores victoriosos en las elecciones), y con la fantasía de que el sistema democrático, como fuente suprema de los valores, garantizará la libertad, el bienestar, la felicidad y la paz de tal sociedad política futura. Con esto no quiero decir que la democracia sea «el peor régimen posible exceptuando todos los demás», sino, más sencillamente, que el régimen democrático puede ser el mejor en determinadas circunstancias económicas, sociales e históricas, o el peor en otras circunstancias.

Otro tanto podría decirse acerca del “déficit democrático”, vinculado a la fórmula de que los déficits de la democracia se corrigen con más democracia. El concepto de “déficit democrático”, ampliamente utilizado por los teóricos fundamentalistas de la democracia, parece un «concepto de socorro», construido ad hoc, para conjurar la evidencia de los límites constitutivos, y no coyunturales o transitorios, del sistema democrático.

Disenso: Finalmente, y para cerrar una entrevista de la que estamos muy agradecidos, queremos ahondar un poco sobre algunas de sus definiciones en un momento de gran confusión ideológica como en el que vivimos. Sabemos que Ud. sostiene una versión diferente a la que usualmente se utiliza para caracterizar al socialismo, la derecha y la izquierda ¿Qué debe entenderse y cómo se debe uno aproximar, desde su perspectiva, a éstos conceptos?

Gustavo Bueno: Por “Socialismo” sería un concepto «secuestrado» por Pedro Leroux al aplicarlo a los movimientos de izquierda de su tiempo; pero socialismo significa originariamente “todo lo que se opone al individualismo egocéntrico” (al autismo, al subjetivismo, al gnosticismo filosófico, Etc.); por ello, una sociedad anónima es tan socialista como un sindicato obrero, e incluso históricamente las sociedades anónimas han contribuido al «progreso» tecnológico, industrial y social tanto como los sindicatos de clase.

En cuanto a las nociones de “Izquierda” y “derecha” lo primero que hay que aclarar es se trata de términos asociados (desde la antigüedad clásica o bíblica: la “derecha hoplita”, la “diestra de Dios padre”) a topografías anatómicas del individuo, a topografías del templo y, desde la Revolución Francesa, a topografías de los grupos políticos que actuaban en la Asamblea francesa. Esta distinción topográfica recuperó en los siglos XIX y XX su sentido transpolítico (como “concepción del mundo”). En nuestros días la oposición sigue siendo muy profunda, sobre todo en Europa, pero, a mi entender, más que una frontera política señala una frontera cultural, en sentido antropológico (es decir, relativa a las instituciones y costumbres tales como la familia, la pena de muerte, la música, la indumentaria, Etc.), con indudable influencia, sin duda, en la política práctica de los Estados.

Extraído de: Disenso

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