Guardianes de la Revolución… de toda la vida

Proyecto M20

Tras el esperado anuncio de la marcha definitiva de Hosni Mubaraq el viernes 11 de Febrero de 2011, hasta Jose María Aznar ha celebrado las Intifadas de Túnez y de Egipto, considerándolas inspiradoras y ejemplos para el mundo.

Batallones de cargos políticos, portavoces de «laboratorios de ideas» (como actualmente es Aznar al frente de FAES) y «líderes de opinión» occidentales que, hasta ayer mismo, habían venido apoyando las políticas de Zinel Abidín Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubaraq en Egipto, han empezado a celebrar, de repente, y sin que se les caiga la cara de vergüenza, que Ben Alí se viera forzado a marcharse del palacio de Cartago el viernes 15 de enero a consecuencia de la revuelta regional que, a partir del 28 de diciembre, se extendió al resto de Túnez y se transformó en insurrección, y que el «Rais» Mubaraq abandonara igualmente su palacio de Heliópolis el 11 de febrero, forzado por la insurrección urbana que se inició el 25 de enero y no paró hasta conseguir su marcha.

Como ocurrió en España hace un tercio de siglo, cuando Franco estaba vivo, los españoles que habían expresado su «adhesión inquebrantable al régimen hasta la muerte» habían sumado legiones. Años después de la muerte de Franco, la mayoría de esas legiones de adheridos inquebrantables a la dictadura del Generalísimo se habían descubierto como «demócratas de toda la vida». Sin embargo, prácticamente nadie se atrevió a pasar de franquista «inquebrantable» a antifranquista furibundo en sólo un par días, pues esa milagrosa reconversión (en muy raros casos explicada por sus autores) requirió de varios años. Desde luego, con respecto a Franco, se necesitó muchísimo más tiempo que ahora, cuando, en cuestión de días (en algunos casos de horas) los grandes apoyos políticos, mediáticos e intelectuales europeos de las tiranías de Ben Alí en Túnez y de Mubaraq en Egipto, empezaron a celebrar, al menos de cara a la galería, que los tiranos (sus protegidos tiranos) habían sido tumbados.

Pero la postura mayoritaria adoptada por representantes políticos, «laboratorios de ideas», «expertos» y medios de difusión de masas occidentales es la reflejada, por ejemplo, en la línea editorial del diario «El Mundo»: autoproclamarse «Guardianes de la Revoluciones» para evitar que sean «secuestradas por los extremistas islámicos». Todos estos «guardianes occidentales de la Revolución Árabe» surgidos de repente, reclaman un papel de «aleccionadores» para que tunecinos, egipcios y cualquier otro pueblo que consiga sacudirse a su tirano, hasta ahora obediente a los dictados de Occidente, «aprendan» de las ejemplares enseñanzas occidentales y no se desvíen de la «Transición hacia la Libertad y la Paz».

Estas «Intifadas» que los nuevos «Guardianes de la Revolución» no sólo no han inspirado, sino, incluso, han venido condenando «preventivamente» durande décadas… estas revoluciones en la que, ellos, no sólo no han participado ni han sacrificado nada, sino, por el contrario, han tratado a toda costa de impedir que surgieran (e incluso trataron de apagar una vez que se habían puesto en marcha, agitando los prejuicios y miedos del público medio occidental) se han convertido, de golpe, en fenómenos políticos que exigen la protección y una especial tutela por parte de los poderes políticos, mediáticos y, por supuesto, de los servicios secretos de Occidente.

No es sólo que se hayan sumado, en cuestión de días, al proceso, como «revolucionarios encantados de conocerse», sino que se han arrogado de inmediato el papel de tutores, de vigilantes del proceso. Es decir, en Occidente tenemos a una multitud que, de la noche a la mañana, han pasado de ser «Amigos, Aliados y Apoyos» de las tiranías de Ben Alí y Mubaraq, a ser en estos momentos «Guardianes de la Revolución… de toda la vida».

Cualquiera que tenga un mínimo sentido de la decencia reconoce, y nosotros lo afirmamos bien claro, que hoy, nadie, puede dar lecciones a los insurrectos tunecinos ni egipcios. Nadie, y menos aún la infame derecha política y la no menos infame progresía de Europa, que hasta que las insurrecciones se desataron imparables, respaldaban a los regímenes matones, uno por encargo directo de Francia y de Italia (el de Ben Alí) y el otro de EEUU y el Ente Sionista (el de Mubaraq). Ambos tenían licencia para machacar a sus pueblos y eran oportunamente alabados por cancillerías y medios de difusión de masas atlánticos. Aún la mayoría de ellos, cuando todavía no era seguro si Ben Alí o Mubaraq se marchaban o no, siguieron callados como momias, evaluando si los insurrectos se mantenían firmes o sucumbían ante las amenazas y la represión.

Por todo ello demandamos que se callen:

Que se callen los cínicos que se creen «superhombres» y más listos que nadie desde la comodidad de sus sillones. Tunecinos y egipcios nos han dado a todos una lección de coraje, de entrega, de sacrificio, de lucha y de perseverancia en común que deja en evidencia las miserables posturas egocéntricas que desgraciadamente se consolidan en nuestro entorno.

Que se callen los escépticos de siempre que piensan que todo se encuentra siempre previsto y preparado con antelación por alguna mano oculta en las sombras. Conspiraciones y conjuras, haberlas haylas, y han existido siempre, pero son demasiados los que se empeñan siempre en explicar todo lo que sucede en el mundo a través de conjuras extrañas, cayendo en el extremo opuesto de aquellos que creen que todo es como parece o se muestra en la televisión.

Demandamos también que se callen los expertos que nada previeron, y, por supuesto, cómo no, reclamamos que se callen los turistas que sólo querían disfrutar de las playas y ver monumentos en paz, esos que se quejan de la interrupción de sus vacaciones porque sólo les importa su disfrute particular desentendiéndose de todo lo que se encuentra fuera de su ombligo. Éstos forman parte de la clase más repugnante e infame que produce el Capitalismo avanzado: la clase «de los usuarios».

Que se callen porque todos ellos han sido desbordados por las Intifadas tunecina y egipcia, que han barrido a las figuras principales de sus regímenes «amigos» y «aliados».

En Tunez y Egipto el poder, todavía, continúa en la calle. El primer ministro Ganuchi ha tenido que formar, en menos de un mes, varios gobiernos de «transición» gracias a la presión de los insurrectos, que le han obligado a disolver la RCD. En estos momentos, los funcionarios del Ministerio tunecino de Asuntos Exteriores han conseguido forzar la dimisión del segundo ministro del ramo de la «transición», por seguir mostrando el servilismo de antes ante su homóloga francesa, la misma que, hasta horas antes de la marcha de Ben Alí, preparaba el envío de material antidisturbios y especialistas policiacos desde París para ayudar a sofocar la insurrección. Los egipcios, que también han luchado y sufrido para conquistar su autoestima, personal y nacional (ambas van juntas), rompiendo el miserable individualismo que promueve el capitalismo, y las divisiones y miedos impuestos en el seno del pueblo por el Sistema para neutralizar las movilizaciones nacionales, han conseguido que el consejo supremo de las Fuerzas Armadas decrete la disolución de las cámaras parlamentarias e invalide la Constitución de Mubaraq.

Las de Túnez y Egipto han sido intifadas que han desbordado a las baronesas Ashton, a las trilaterales Jiménez y al resto de representantes políticos occidentales, cuyas declaraciones suenan exactametne como lo que son: huecas y oportunistas, como las de Ben Alí el 14 de enero diciendo en televisión que gracias a los insurrectos había descubierto estar rodeado de malos consejeros y ministros, o como las de Mubaraq y Soleimán alabando a los mártires que sus esbirros habían matado. Sus rostros han mostrado la misma careta que la Esfinge de Guiza: rostros de algo muy viejo.

Que se callen también los aguafiestas, que sólo saben hablar de pérdidas económicas de las revoluciones o de «Que viene el Lobo».

Que se callen, asimismo, los sempiternos vendedores de la resignación que tratan de convencernos que, al final, «no compensa» luchar por nada, y desean que venga la resaca cuanto antes.

Es hora de celebrar… y hora de prepararse:

Desde luego es hora de celebrar la victoria en estas primeras batallas. Porque es la hora de saborear, sobre todo, lo más importante: la autoestima ganada, el amor propio que tunecinos y egipcios han conquistado en estos días. Esa autoestima, personal y nacional (que para nosotros, insistimos, van necesariamente juntas) es el mayor valor de una revolución popular. Y el mayor antídoto para rechazar a todos los impresentables «Guardianes de la Revolución… de toda la vida» que han surgido desde Occidente.

Pues recobrando la autoestima y el orgullo nacional como tunecinos y egipcios, esos pueblos están preparados, no para irse a casita diciendo eso de ¡«Misión cumplida»! sino para seguir con la guerra, para continuar el enfrentamieto contra sus opresores (pues como dicen en Túnez: «se ha ido Ben Alí pero quedan los cuarenta ladrones») para recobrar su Patria, para conquistar libertades reales y para luchar por la Justicia no sólo en sus naciones sino de los demás pueblos que sufren las embestidas del imperialismo, del sionismo y, en definitiva, de los secuaces de las Altas Burguesías atlánticas.

Al sur del Mediterráneo se han roto unas poderosas cadenas. Pero más poderosa ha sido la voluntad de romperlas. Imperialistas, sionistas y secuaces del Capital han pasado de la condena y la alarma por las Intifadas, a dar lecciones y querer tutelar las «transiciones». Es la nueva fase del «juego» a vida o muerte que libran los pueblos oprimidos movilizados contra sus opresores: que son, en última instancia, los mismos opresores que tenemos los españoles.

Por eso podemos decir que tunecinos y egipcios han destrozado unos eslabones que forman parte de las mismas cadenas que nos aprisionan a todos.

Proyecto M20

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