Sopa, teta y violencia.

Aquilino Duque

En la emisora episcopal entrevistan a un bigotudo presentador de televisión afanoso de hacer méritos retroactivos y éste suelta que en noviembre de 1976, “cuando aún vivía Franco”, la cantante Joan Báez dedicó una canción en su programa a La Pasionaria, “ejemplo de mujeres que lucharon por la libertad”; en otra ocasión ya afirmó el mismo sujeto que la célebre aparición de Solyenitsin se produjo también en vida de Franco. Hace unos años, en un lugar de Hispanoamérica, hube de asistir a una comida en la que el anfitrión sostuvo categóricamente que el periodismo español surgió con El País, periódico fundado cuando aún vivía Franco. Yo me atreví a disentir, pero estaba en minoría y los demás estómagos agradecidos le dieron la razón al patrón del rancho. No sé para qué sirven fonotecas y hemerotecas. De la Historia no hablemos. En un acto público, alguien equiparó la situación española de comienzos del XXI con la de 1921, “bajo la Dictadura” sin especificar, siendo así que la Dictadura propiamente dicha no vino hasta dos años después, pero no con Franco, sino con Primo de Rivera. Leo ahora en un sesudo análisis del GEES sobre los primeros años de la ETA que “una democracia, legitimada constitucionalmente, sí hubiera podido acabar con ella. Pero el franquismo no.”

La máxima proeza atribuida a la ETA fue el asesinato de Carrero Blanco, en la que no está claro si no se limitó a ser el brazo armado de una operación de mayor envergadura. Algo de eso dio a entender por escrito una de sus futuras víctimas: el socialista Fernando Múgica. El caso es que el franquismo acabó a los dos años de esta fechoría, pero porque Dios quiso.

En los tres decenios largos de régimen constitucional la ETA ha ido a más, entre otras cosas porque las garantías constitucionales se aplican selectivamente y benefician en especial a las que yo llamo “minorías abyectas”, de las que los separatistas forman parte. Esas minorías se quedan con la parte del león de la democracia y poco a poco van convenciendo a los componentes de la “mayoría silenciosa”, por otro nombre “ciudadanía”, de que los anormales y asociales son ellos. Del mismo modo que se la obliga a convivir con locos peligrosos o con víctimas de enfermedades que antaño se denominaban secretas o vergonzosas y ahora son motivo de orgullo, la “ciudadanía” acata con resignación la convivencia con el terrorismo como una carga más de las que ha de soportar para asegurar la supervivencia de ese “régimen de libertades que se ha dado a sí misma”. Eso cuando no contrae, por la cuenta que le trae sobre todo en las Vascongadas, el tristemente célebre “síndrome de Estocolmo”. Más de una vez he dicho que la democracia no le da pretextos al terrorismo, sino facilidades, y el hecho es que la democracia, a la vez que abomina de la guerra, siente por la guerrilla un respeto imponente. La guerrilla es el nombre que damos al terrorismo cuando nos cae simpático y de esa simpatía disfrutaron a manos llenas durante años “los chicos de la gasolina” no sólo en nuestra patria, sino en las grandes democracias de nuestro tiempo. Puede que el recuerdo de esa simpatía explique la lenidad con que la democracia reprime el terrorismo cuando no tiene más remedio que hacerlo.

Los “medios de confusión”, tanto a diestra como a siniestra, no tienen la menor inhibición ante la mentira y la falsedad, pues saben que la “ciudadanía” desmemoriada o ignorante además de intimidada, les va a dar la razón frente a los escasos invertebrados que se atrevan a sostener lo contrario. La institucionalización de la mentira, como confesó Jacques Derrida en la Residencia de Estudiantes madrileña, es lo que ha llegado a invertir los valores de tal suerte que la mentada “ciudadanía”, en otros tiempos “mayoría silenciosa”, es ahora el chivo expiatorio, por volver sobre las teorías de Girard, de unas “minorías abyectas” cada vez más ruidosas y agresivas. Algunas de estas minorías, y puede que las más inocentes de todas, han sido alguna vez chivo expiatorio de las mayorías que se tenían por normales. Ahora son estas mayorías las que dudan de su propia normalidad y procuran hacérsela perdonar a fuerza de tolerancia o mimetizándose con la turbamulta de sus detractores.

La privatización de la violencia, es decir, la dejación por el Estado de su monopolio, ha multiplicado exponencialmente la violencia en la sociedad civil. En este punto es Girard insoslayable toda vez que es difícil entender los comportamientos colectivos si no se tienen en cuenta la violencia y los sentimientos religiosos. Girard hace por ejemplo una crítica de la teoría demoliberal de la paz en la que en esencia se nos dice que las guerras no se evitan imponiendo la democracia en todos los países del mundo, según Kant proponía en su teoría de la paz perpetua. Y es que la paz perpetua entre las democracias es al fin y al cabo como la paz perpetua entre los príncipes cristianos. Esta, que siempre fue más bien precaria, se rompió con la irrupción de las herejías en el siglo XVI y con los descubrimientos de tierras de nadie por así decir. La otra, la paz entre las democracias, aguanta mientras existan regímenes autoritarios o totalitarios que hagan de chivos expiatorios. Una vez éstos desaparezcan y todos los países del mundo sean democracias parlamentarias, no dejarán de surgir brotes de “mimesis conflictiva” entre algunas de ellas que desemboquen en la guerra, por lo que las causas de ésta no hay que buscarlas en el régimen político, sino en el hecho biológico de la violencia. También se pensó que el socialismo planetario acabaría con las guerras, pero aun cuando el chivo expiatorio del capitalismo gozaba de muy buena salud, no dejaron de producirse resquebrajaduras en la “solidaridad proletaria” del bloque comunista. Al desintegrarse este bloque y dejar de presentar una amenaza, el papel de chivo expiatorio recaería en el Islam, y en esas estamos.

El Islam figura hoy en primer lugar entre los obstáculos a la implantación de una democracia cuyas bestias negras son las religiones monoteístas, y si figura en primer lugar es porque se hace respetar, cosa que no siempre consiguen las otras religiones del Libro. Esto daría pie para largas digresiones y más vale dejarlo, pues lo que ahora interesa es que según los quinientos personajes, reunidos en San Francisco de California en noviembre de 1995 bajo los auspicios de la Fundación Gorbachov, la sociedad occidental ha llegado a ser ingobernable, y la única solución es la que Zbigniew Brzezinski denominó tittytainment, una versión “postmoderna” y hedonista del Panem et circenses, expresión que se ha tratado de traducir por “entetanamiento” y para la que yo propongo la versión más castiza de “sopa y teta”. En la sopa y la teta, es decir, en la sopa boba y la teta al aire se cifran “las libertades que el pueblo se ha dado a sí mismo”, como dicen los folicularios del sistema y sus intelectuales orgánicos. Nada más natural que esta democracia de “sopa y teta” suscite los recelos y las resistencias de las religiones monoteístas, incluso de las que sin llegar a los extremos de la burka y el chador mantienen aún principios tan “obsoletos” como el pudor y el decoro. Y es que para las religiones bíblicas tiene tanta importancia el hombre de cintura para arriba como de cintura para abajo, pues es con el corazón y la cabeza con los que el hombre siente y discurre, mientras que de cintura para abajo es esclavo de sus necesidades y de sus instintos. De cintura para abajo el hombre no se distingue de los demás animales, y de ahí el empeño de los amos del mundo en mantenerlo a cuatro patas y en estado de irracionalidad. Una de esas libertades abdominales es la llamada “libertad sexual” que ha sustituido en el derecho penal al “pudor” como valor humano digno de amparo legal. La “libertad sexual” es un concepto abierto a muchas interpretaciones, a tantas cuantas “opciones sexuales” se tienen por legítimas según la corrección política y los manuales de “educación para la ciudadanía”, y si no, ahí está la teta cinematográfica o televisiva para despacharlas como moneda corriente. Lo mismo se hace con las maneras de ejercer la violencia, de ahí que se dé la paradoja de que en un Estado confesionalmente pacifista, la violencia de la sociedad se intensifique en términos pavorosos. Ya hay precedentes. La segunda República española incorporó al articulado constitucional el pacto Briand-Kellog de renuncia a la guerra, pero implantó desde sus primeros vagidos un clima de guerra civil que acabó desencadenando la guerra que fue, como siempre digo, su pecado mortal.

La trivialización y divulgación de la violencia por los “medios de confusión” es en lo que hay que fijarse antes de buscar chivos expiatorios en otros continentes. Con el terrorismo pasa lo mismo. Como ya no funciona la lucha de clases, se recurre a subterfugios como la lucha de razas o la lucha de sexos, o de “géneros”, para tratar de explicar y de calificar, cuando no de justificar, la violencia. Desde el momento en que el Estado liberal proclama su “neutralidad ética” y se abstiene por tanto de distinguir el bien del mal, todo vale, y desde el momento en que el hombre se deja de la mano de Dios, todo le está permitido.

Casi todo lo que se ha escrito sobre la guerra en la Historia universal ha tenido por objeto, si no suprimirla, al menos regularla. Los partidarios de la supresión son los que, como Rousseau y Kant, parten de la bondad congénita del hombre y de lo fácil que es educarlo y persuadirlo. Los que, como Tucídides, como Hobbes, como Maquiavelo, no se engañan sobre la condición humana, son más modestos, y aspiran a someter la guerra a unas normas. Ahora bien, esas normas eran aplicables a los Estados-nación, que luchaban por intereses igualmente respetables, pero nunca lo fueron cuando la ideología hizo de toda guerra una guerra civil, primero en nombre de la religión y más tarde en nombre de la revolución. Las guerras de religión y las guerras revolucionarias son siempre guerras civiles, guerras sin cuartel.

La democracia imperial que rige los destinos de Occidente sigue aún, aunque sólo sea por inercia, tratando de imponer su ideología en el mundo islámico y descalificando como “terroristas” a las fuerzas que les oponen resistencia, a la vez que otras democracias que no nombro, dejadas de la mano de Dios, se ponen a la defensiva y procuran conjurar el doble peligro, el de la posible guerra de religión con la “alianza de civilizaciones” y el de una guerra revolucionaria de más de treinta años con un “estado de las autonomías” empeñado en llamar “terroristas” a los que no hacen sino aplicar por otros medios la misma política que el sistema constitucional consiente a los separatistas. Si los políticos llamaran a las cosas por su nombre y se atuvieran a la letra de la Constitución, las tropas que pierden el tiempo en el Oriente Medio podrían en veinticuatro horas acabar con esta guerra larvada de los treinta años. ¿O es que la democracia no se considera “constitucionalmente legitimada” para hacerlo?

Extraído de: ViñaMarina

 

 

 

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