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Entrevistado por la agencia IRNA (agencia de la Republica Islamica de Iran) acerca de los recientes acontecimientos que se están verificando en Egipto, Tiberio Graziani, director de Eurasia. Revista de Estudios Geopolíticos, y presidente del IsAG – Instituto de Altos Estudios de Geopolítica y Ciencias Auxiliares, ha realizado la siguiente declaración:
“La situación en Egipto y en el resto del Norte de África, en particular, la de Túnez y Argelia, es muy compleja y confusa.
Desde un punto de vista geopolítico, la desestabilización en curso abre dos hipotéticas y opuestas perspectivas.
La primera es la perspectiva propagada por los mass media y por los analistas occidentales que predicen una solución democrática coherente con los dictámenes de la ideología occidental EEU-céntrica, por lo tanto una evolución de la protesta popular de tipo “laico” y no islámica.
Si este escenario – que, como es obvio, es aquel apoyado y promovido por Washington y Tel Aviv – se hiciese realidad, las consecuencias directas serían desastrosas para todo el Cercano y Medio Oriente, ya que se asistiría a una militarización de la región en beneficio de los EE.UU (radicada con Camp Bondsteel, Africom, Centcom), y una sucesiva expansión de su “special partner” regional, Israel, a partir de la división del Sudán, como inicio de un proceso de fraccionamiento de la región.
El debilitamiento económico, político e institucional que se originaría, obligaría a los sucesores de Mubarak a seguir de modo servil las indicaciones provenientes desde Washington, transformando a Egipto en un verdadero vasallo de los EE.UU.
La otra pespectiva, más conforme a los intereses de las poblaciones de los países del Cercano y Medio Oriente, es aquella que se podría realizar en caso de que las potencias regionales emergentes, la Turquía de Erdoğan – Gül – Davutoğlu y la República islámica de Irán, asumiesen un rol internacional de referencia por las protestas en curso. Si así fuese, las influencias externas a la unidad geopolítica constituida por la cuenca mediterránea y por el Cercano y Medio Oriente estarían equilibradas y frenadas”.
(Trad. di V. Paglione)
por Aldo Braccio.
Se refuerzan las iniciativas de colaboración entre Turquía, Líbano, Siria y Jordania: es eminente la institución de un Consejo de cooperación económica entre los cuatro países, cuyo fin será promover y acrecentar la proximidad económica y política de los mismos. En este sentido puede ser interpretada la extrema atención mostrada por el ministro de Asuntos Exteriores de Ankara, Ahmet Davutoğlu – el teórico de la “profundidad estratégica” turca – hacia la crisis gubernamental libanesa: “Nuestro objetivo fundamental es la estabilidad del Líbano y es por esto que éramos contrarios a la dimisión de los ministros y del gobierno”.
Pero las actuales y crecientes relaciones entre Turquía y el mundo árabe – históricamente difíciles desde el período de la conflagración del Imperio Otomano– son consideradas importantes e imprescindibles por ambas partes. El martes 11 de enero y el miércoles 12 se desarrollaron en Kuwait los trabajos para la Conferencia sobre el diálogo parlamentario árabe-turco, precisamente con la finalidad de reforzar estas tendencias. El premier Erdoğan, que se hallaba presente en el encuentro, ha querido remarcar que “los árabes son hermanos de los turcos, y los turcos son hermanos de los árabes: nosotros no olvidaremos que tenemos en común religión, historia y cultura, ni daremos la espalda a la historia que hemos escrito juntos en esta área geográfica”.
El Jefe del gobierno turco ha sido muy claro: “Ha habido diferencias entre árabes y turcos desde hace cien años – también debilidades en nuestras relaciones – pero esto no puede comprometer relaciones históricas que se remontan a hace más de mil años”. Y ha criticado duramente a los que vinculan el Islam y el terrorismo. Por su parte, el jefe de la delegación árabe ha reconocido, en el primera jornada de trabajo, que las posiciones de Turquía apoyan las causas árabes, en particular en relación con el conflicto con la unidad sionista, y que los árabes y los turcos han contribuido, mediante la cultura islámica, a la Civilización del hombre.
Los países del Golfo no representan para Turquía una opción alternativa, sino absolutamente complementaria con la que atañe a los otros Estados vecinos: en esos mismos días Erdoğan ha ido a Kuwait y Qatar y el presidente Gül a Yemen, donde, entre otras cosas, ha sido abolido –de forma similar a lo que está ocurriendo entre Turquía, Siria y Líbano – el visado de entrada entre los dos países.
Todos estos son pasos consecuentes con lo establecido en el anual Foro de Cooperación turco-árabe, en cuya última edición (junio 2010) han participado más de veinte países: Turquía plantea la iniciativa en los sub-ámbitos regionales –asumiendo en perspectiva el rol de mediador y, de alguna manera, de reunificador de un mundo más bien diseminado y a menudo contradictorio – y los estados árabes acogen positivamente esta proyección.
Aldo Braccio
Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici
www.eurasia-rivista.org
(trad. por V. Paglione y Página Transversal)
por Tiberio Graziani *
Una vez archivada por la historia la coyuntura unipolar, el sistema occidental liderado por los estadounidenses parece haber entrado en una crisis irreversible. El crac económico-financiero y la pérdida de un seguro pilar del edificio geopolítico occidental, el ofrecido por Turquía, corroboran el fin del impulso propulsor estadounidense. Los EE.UU se hallan actualmente ante una decisión histórica: arrinconar el proyecto de supremacía mundial y, por consiguiente, compartir con los demás actores globales las opciones existentes en la política y en la economía internacional, o bien insistir en el proyecto hegemónico y arriesgar su propia supervivencia como nación.
La elección entre una y otra opción vendrá impuesta por las relaciones que se instaurarán, en el corto y medio plazo, entre los grupos de presión que condicionan la política exterior americana y la evolución del proceso multipolar.
La grieta turca
La consolidación del actual contexto multipolar y la constante ampliación de las esferas de influencia económica y geopolítica de algunos países eurasiáticos y suramericanos, imponen opciones decisivas para la actual administración norteamericana. Esto ocurre en un momento en el cual Washington parece no estar en condiciones de orientar la crisis económica y financiera que ha embestido al sistema occidental, del que constituye el centro geopolítico, ni las relaciones con los mayores países eurasiáticos (Rusia, India, y China). Estos últimos – con un creciente sentido de la responsabilidad- dictan la agenda de los principales asuntos internacionales. Además, a este cuadro hay que añadir las dificultades que el Pentágono encuentra diariamente para coordinar con eficacia el mastodóntico y costoso despliegue militar puesto sobre el terreno a partir de la primera guerra del Golfo. La debilidad norteamericana se refleja, en particular, en el torpe intento de Obama y de la Clinton en paliar algunas situaciones críticas, como las del Cercano y Medio Oriente. En este ámbito de importancia fundamental para la estrategia expansionista de los EE.UU en la masa eurasiática, el precioso aliado turco, baluarte al mismo tiempo tanto de los intereses occidentales como de aquellos específicos de Tel Aviv, ha adoptado ahora posiciones heterodoxas con respecto a las indicaciones provenientes de Washington. Esto ha introducido un elemento de desestabilización dentro de la arquitectura geopolítica proyectada por los EE.UU.
La grieta turca recuerda a los estrategas estadounidenses otro duro golpe, el sufrido a finales de los años 70 con la pérdida de Irán como peón en el “gran juego” que en esos momentos sus predecesores dirigían contra la Unión Soviética. Ahora, en un contexto global distinto, marcadamente multipolar, la grieta turca podría revelarse desastrosa para el sistema americano-céntrico por lo menos en cinco ámbitos.
El primer ámbito es el relativo al dispositivo militar occidental por excelencia, es decir, la estructura de la OTAN. ¿Por cuánto tiempo aún el actual aparato dirigido por Rasmussen podrá tolerar la excentricidad de uno de sus miembros, abiertamente alineado en posiciones anti-israelíes y, por consiguiente, antiamericanas? ¿Se halla la OTAN en condiciones de equilibrar las expectativas turcas de desempeñar un papel regional de primer orden, sin irritar al aliado israelí? Estas son sólo dos de las preguntas que podrá responder una nueva y adecuada reformulación de la finalidad de la ya tambaleante institución transatlántica, más allá del «punto de inflexión histórico» de la reciente cumbre de Lisboa (noviembre de 2010).
El segundo ámbito se refiere a las relaciones entre Ankara y Bruselas. La nueva Turquía de Erdogan está lista para entrar en la Unión Europea, pero Downing Street (el aliado estratégico de los EE.UU) y el Elíseo obstaculizan el proceso de inclusión con el insignificante pretexto de los derechos humanos, arsenal ideológico puesto a punto por los think tank americanos y adoptado por el Viejo Continente, en particular por Sarkozy. Si Turquía es rechazada nuevamente, ésta fortalecerá ulteriormente las relaciones con los otros mercados (Rusia, Irán, China), consolidando directamente el área económico-productiva de la masa eurasiática.
El tercer ámbito, que en parte guarda relación con el segundo, tiene que ver con el Mediterráneo. Turquía, considerada como la cuarta península europea, parece atraer cada vez más los intereses económicos de los países ribereños, sean los de Europa meridional, sean los norteafricanos. A favor del reforzamiento de los intereses económicos existentes entre Turquía y los países del Mediterráneo está jugando un papel particular el proyecto South Stream, ideado por Moscú.
El cuarto ámbito concierne a las relaciones que existen entre Turquía y las repúblicas de Asia central. Turquía constituye una vía de circulación hacia Asia central, es decir, hacia ese espacio cuya hegemonía ambiciona Washington desde el desmoronamiento de la URSS. Mientras que Turquía seguía con diligencia las indicaciones de los EE.UU., Washington facilitaba sus presiones pan-turcas (por otra parte oportunamente activadas en el contexto de la desestructuración de la confederación yugoslava) hacia las repúblicas de Asia central (los «Balcanes eurasiáticos», según la definición programática de Brzezinski), con el fin de aumentar las tensiones endógenas, principalmente en función antirusa y, en perspectiva, con una manifiesta función antieurasiática. Ahora que Ankara parece dispuesta a aumentar sus propios niveles de autonomía, las relaciones que ha establecido con las repúblicas de Asia central, por otro lado convenientemente equilibradas con las establecidas con Moscú, no son bien vistas por Washington. De ahí la reciente demonización de Turquía realizada por los medios de comunicación occidentales.
Por último, por lo que respecta al quinto ámbito, vale la pena señalar que las buenas relaciones que Ankara mantiene con Moscú, Pequín, Teherán y los mayores países de Suramérica preludian un cambio de ruta geopolítica por parte de Turquía. Este cambio va inequívocamente en la dirección de un fortalecimiento del nuevo escenario policéntrico.
Érase una vez Occidente
En el cuadro de lo anteriormente esbozado, el sistema occidental conducido por los EE.UU corre el riesgo de implosionar. Su expansión hacia Oriente está prácticamente deteniéndose, en virtud del recobrado protagonismo de Moscú en la escena internacional y, sobre todo, debido a las desastrosas campañas afganas e iraquíes que el Pentágono y Washington no logran controlar. En África, la competencia con China plantea problemas cruciales para todo el Occidente. Puesto que ni Washington, ni Wall Street, ni el Pentágono/OTAN – a pesar de la puesta en escena del Africacom- logran asegurar una contraposición eficaz a la marcha de los chinos por el continente negro, es razonablemente previsible (y deseable para toda Europa) que algunos países europeos, conscientes de sus propios intereses, intenten buscar en el futuro próximo una adaptación al transformado escenario internacional, activando nuevas relaciones con China y con los países africanos, caracterizadas por la cooperación bilateral.
En Japón, a pesar del fracaso del gobierno Hatoyama, veladamente antiestadounidense, la reflexión crítica relativa a las ventajas que Tokyo obtendría aún en el contexto de las relaciones nipo-americanas instauradas después de 1945, continúa alimentando el clima de recelo hacia Washington, desgastando día a día la hegemonía americana en lo que respecta a las elecciones de fondo de los japoneses.
La América indiolatina ya no representa el «territorio de caza» de los EE.UU. útil para sus incursiones imperialistas, como en el siglo pasado. Brasilia, Caracas, La Paz y, en parte, Buenos Aires, aumentan sensiblemente sus niveles de autonomía política. Los acuerdos establecidos entre estos países, en sinergia con los que empiezan a poner en marcha con Irán y Turquía, prefiguran un nuevo e inédito frente «antiimperialista» que, todavía en fase de articulación, podría catalizar las exigencias antiliberales presentes en muchos países del globo. La atención al estado social de los gobiernos de Caracas, Brasilia y Buenos Aires, el recuperado control por parte del estado ruso del sector de las empresas estratégicas, la aplicación de políticas sociales atentas a las libertades colectivas que llevan a cabo Teherán y Ankara, respetando la peculiar concepción islámica de la sociedad y de las relaciones económicas, además de indicar el fracaso del modelo liberal, introducen límites objetivos al proceso de globalización, geopolíticamente entendido como expansionismo de la potencia norteamericana a nivel planetario.
Las naciones europeas, habiendo sufrido en estos últimos años el desmantelamiento de sus respectivos estados sociales, debido al deseo manifestado por las oligarquías relacionadas con los intereses americanos y por los diktat del FMI, han perdido irreversiblemente aquel tipo de estabilidad que les había permitido crecer económicamente. Los efectos de esta pérdida de peso específico en la economía global debilitan, en la actual fase coyuntural, la periferia del sistema occidental favoreciendo el centro, radicado en los EE.UU. De ahí la disgregación de la construcción geopolítica americana surgida después de 1945. En un futuro próximo, si no hay medidas correctoras dirigidas a «mantener» a Europa en el sistema occidental, algunas naciones europeas podrían optar por la elección multipolar.
El tiempo de las decisiones
El impulso propulsor de los EE.UU. parece, por consiguiente, haber terminado. Desde una perspectiva geopolítica, Washington se haya ante una encrucijada: arrinconar, al menos por un cierto período de tiempo, el bicentenario proyecto de dominación global, o bien insistir sobre el mismo, adoptando nuevos criterios y metodologías.
En el primer caso, los EE.UU. se verían obligados a reexaminar su propio sistema social y militar y, sobre todo, a negociar su propia posición a nivel mundial con los ex aliados y con los nuevos actores globales. La aceptación del sistema policéntrico pondría, sin embargo, en crisis todo el complejo industrial y militar que constituye la base del poder político y económico de los EE.UU. El equilibrio dinámico entre los grupos de presión que determinan las opciones estratégicas del aparato político y militar estadounidense sufriría, en efecto, una perturbación fatal. La consecuencia directa de un desequilibrio en los vértices del establishment causaría, inmediatamente, la disgregación de la gigantesca esfera de influencia que los EE.UU. han conquistado con mucho esfuerzo en los últimos sesenta y cinco años. La reorganización de los EE.UU. inauguraría un nuevo ciclo geopolítico, cuya estabilidad no se basará en el modelo del libre mercado, sino sobre las exigencias geopolíticas reales de los nuevos polos de agregación.
En el segundo caso, los EE.UU., optando por la opción de perseguir su supremacía mundial, se verán obligados a tener que sustentar una enorme economía de «guerra permanente». En el marco de aquella funesta invocación que Edward N. Luttwack lanzó en 1999, en el curso de la desmembración de la Federación yugoslava : «Give a chance», deberán aplicar las lógicas del constructive caos de los neocons, con el riesgo de desatar reacciones geopolíticas asimétricas en Asia, África y en la América indiolatina.
Cualquiera que sea la opción elegida, la relación entre la «nación necesaria» y el resto del mundo no será ya nunca la misma.
*Director de Eurasia – Rivista di studi geopolitici (www.eurasia-rivista.org) y de la colección Quaderni di geopolitica (Edizioni all’insegna del Veltro), Parma, Italia. Cofundador del Istituto Enrico Mattei di Alti Studi per il Vicino e Medio Oriente. Ha dictado cursos y seminarios de geopolítica en universidades y centros de investigación y análisis. Docente del Istituto per il Commercio Estero (Ministerio de Asuntos Exteriores italiano), dictando cursos en distintos países, como Uzbekistán, Argentina, India, China, Libia.
E-mail: direzione@eurasia-rivista.org
(Traducido por V. Paglione y Página Transversal)
por Aldo Braccio
Domingo 12 de septiembre – exactamente a treinta años de distancia del golpe de Estado militar que impuso el orden constitucional actual – Turquía se expresará mediante un referendum popular sobre el paquete de reformas constitucionales propuestas por el partido de mayoría AKP.
Para Ankara es un momento fundamental en su camino para la recuperación de la soberanía nacional, con implicaciones importantes en el escenario del cercano oriente y en la política de estrecha colaboración con los países del área que el primer ministro Erdoğan y el ministro de asuntos Exteriores Davotoğlu están llevando a cabo.
Una política que ha sido obstaculizada por los ambientes internacionales “occidentales” fuertemente representados en Turquía por el lobby militar/judicial.
Un artículo aparecido en The Wall Street Journal, firmado por Ayan Hirsi Ali (y traducido en El Occidental), ilustra la consideración que el mundo atlántico-occidental tiene por el país de la Media Luna: “(…) La ilusión de una Turquía como amigo moderado de Occidente se hizo trizas. Hace un año el presidente turco Recep Erdoğan se complació con el iraniano Mahmoud Ahmadinejad por su reelección, luego que aquel había robado despudoradamente la presidencia. Sucesivamente, Turquía unió sus fuerzas con las de Brasil con el intento de diluir las tentativas, conducidas por los americanos, de intensificar las sanciones de las Naciones Unidas orientadas a paralizar el programa de armamento nuclear iraní. En tiempos más recientes, Turquía ha patrocinado la “flota de ayuda humanitaria” con el intento de abrir una brecha en el bloqueo israelí de Gaza y entregar a Hamas una victoria en el campo de las relaciones públicas. Es cierto, en Istanbul existen todavía seculares que aún veneran la herencia de Mustafá Kemal Ataturk, fundador de la república turca. Pero no poseen niguna influencia en los ministerios estratégicos del gobierno, y también su influencia en el ejército demuestra ser cada vez menos sólida. Actualmente el debate en Istanbul se funda más bien de modo abierto hacia una “alternativa otomana” que hace referencia a los tiempos en que el Sultán gobernaba un imperio que se extendía desde el Norte de África hasta el Cáucaso”.
Cumhuryet, el mayor diario turco, desde siempre opositor de Erdoğan, titulaba en primera página el pasado 26 de agosto: “Se han adueñado de la policía” (polisi ele geçirdiler), haciendo hincapié en las conclusiones de la americana “Relación Straftor” sobre “Islam, laicismo y enfrentamiento para la Turquía del mañana”. “Después de treinta años de profundo trabajo – se observa en la relación- AKP y el movimento de Gűlen (el ambiente intelectual y social que se consolidò alrededor del pensador Fethullah Gűlen, n.d.r.) han alcanzado los objetivos de los islamistas, tomando ventajas sobre los laicos (…) la Policía y su correspondiente servicio de inteligencia han entrado en la esfera de influencia del AKP (…) El movimento de Gűlen ha alcanzado posiciones importantes en el campo de la educación (…) ahora el AKP lo que quiere también – modificando la Constitución- es poner bajo control la Magistratura”.
La realidad es que las enmiendas constitucionales (de los artículos 10 – 15 – 20 – 23 – 41 – 51 – 74 – 84 – 94 – 125 – 128 – 129 – 144 – 145 – 146 – 147 – 149 – 156 – 157 – 159 – 166 de la Constitución) finalmente comprometerán, si las aprueba el electorado, el prepotente predominio de los ambientes militares y judiciales, también impuesto constitucionalmente después del golpe de Estado del 12 de septiembre de 1980 y abiertamente respaldado por los americanos.
Reestructuración de los anómalos poderes del Consejo de Seguridad Nacional – expresión del incontenible poder de las Fuerzas Armadas-, reforma parcial de la Magistradura y mayor peso del Parlamento; límites a las prerrogativas de los tribunales militares; reconocimiento del derecho de huelga y de los derechos personales (igualdad ante la ley, derecho a la privacy): estos son los aspectos más sobresalientes, en espera – si el electorado lo quiere- de un total reexamen de la Constitución. Mientras tanto, la propuesta de un referéndum para una mayor y profunda reforma del Consejo General del Poder Judicial ha sido – con declaración notablemente facciosa de parte de la Corte Constitucional- rechazada por ser declarada ilegítima, mientras que otro aspecto sobresaliente – la abrogación del poder de la Suprema Corte de considerar ilegales los partidos políticos, poder que ha sido repetidamente utilizado para alterar el cuadro político – no irá al referéndum, puesto que el Parlamento, por sólo tres votos, no ha alcanzado el quórum necesario para introducirlo en el “paquete”.
Darbe utancum için: EVET (Para acabar de una buena vez con la infamia de los golpes de Estado: vota sí en el referendum) es uno de los eslogan del comité promotor, apoyado por el AKP, el recuerdo de Ergenekon (la Gladio turca) y de sus complot sanguinarios se cierne sobre el país.
El mundo político se divide entre el evet (sí) y el hayir (no) en modo no ritualmente transversal, lo que demuestra que en Turquía las viejas categorías políticas no valen un comino. Por el hayir toman partido el CHP – los laico-kermalistas de centro izquierda- el MHP – nacionalistas de derecha – el BDP- partido filo curdo que ha tomado el lugar del anterior DTP, censurado por la Corte Constitucional– el DSP y el DP, formaciones de izquierda. El BDP se manifesta por la verdad y por el boicoteo del referéndum, mientras que en la izquierda se observa una especie de insurrección de parte de muchos militantes del DSP que votarán evet, desobedeciendo las órdenes del partido.
Por el sí, además del AKP, el SP –partido ligado con la fe islámica – y los nacionalistas minoritarios (respecto al mayormente consistente MHP) del BDP.
También la sociedad civil se haya dividida, junto a muchas ONG curdas que se han manifestado por el sí: Kezban Hatemi, célebre abogado de la familia de Hrant Dink, el periodista asesinado en 2007, afirma que, por lo general, las minorías étnicas y lingüísticas votarán evet.
La TUSIAD (la patronal turca) desde siempre recelosa hacia el gobierno de Erdoğan, ha demostrado gran despego hacia el evet, alineándose de hecho por el no. El escritor Orhan Pamuk, también él habitualmente poco amigo del AKP, ha sin embargo preanunciado su elección por el sí.
La Comisión de la UE, aun considerando el referendum “un paso adelante hacia la dirección justa” (Michel Leigh, Director general por la Ampliación), no se desmaya ante la desconfianza que caracteriza a Turquía: el portavoz de la Comisión, Angela Filote, ha destacado hace algunos días que “lamentamos que estos proyectos de reforma no hayan sido precedidos por un vasto debate abierto dirigido a la sociedad” (consideración verdaderamente peculiar, ya que desde hace algunos meses en Turquía está en curso un amplio y capilar debate), mientras que Stefan Fule, comisario por la Ampliación, ha encarecido: “Estamos preocupados por el modo en que la campaña referendaria se está llevando a cabo”.
La palabra final la darán los electores, en un enfrentamiento que se prevé incierto: nosotros, sin embargo, pensamos que las razones del evet afortunadamente terminarán por prevalecer.
Aldo Braccio
Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici
(trad. de V. Paglione)
(Nota de la Página Transversal: Finalmente, el Referéndum en Turquía se ha saldado con la victoría del “SÍ”: http://www.elmundo.es/elmundo/2010/09/12/internacional/1284279208.html)
por Tiberio Graziani *
Un país con soberanía limitada
A pesar de su enviadiable posición geográfica y de los carácteres que constituyen su estructura morfológica, en la actualidad, Italia no posee una doctrina geopolítica.
Esto se debe principalmente a los tres siguientes aspectos: a) la afiliación de Italia en la esfera de influencia americana (el así llamado sistema occidental); b) la profunda crisis de la identidad nacional; c) la escasa cultura geopolítica de su clase dirigente.
El primer aspecto, además de limitar la soberanía del Estado italiano en múltiples ámbitos, desde el militar al de la política exterior, tanto para citar algunos de aquellos más relevantes bajo el apecto geopolítico, condiciona la política y la economía interna, la elección estratégica por lo que concierne el tema de la energía, investigación tecnológica y realización de grandes infraestructuras y, no por último, incluso llega a vincular las políticas nacionales de contraste a la criminalidad organizada. La Italia republicana, por causa de las notorias consecuencias del tratado de paz de 1947 y también en virtud de la ambigüedad ideológica de su dictamen constitucional, según el cual la soberanía pertenecería a una entidad socioeconómica y cultural, por otra parte variable y vagamente homogénea, el pueblo, y no a un sujeto político bien definido como es el Estado (1), ha seguido la regla áurea del “realismo colaboracionista o claudicador”, es decir, el de renunciar a la responsabilidad de dirigir el proprio destino (2). Semejante abdicación ubica a Italia en la condición de “subordinación pasiva” y ata sus elecciones estratégicas a “la buena voluntad del Estado subordinador” (3).
El segundo aspecto invalida uno de los factores necesarios para la definición de una doctrina política coherente. La crisis de la identidad italiana se debe a causas complejas que remontan a la fracasada combinación de las varias ideologías nacionales (la de inspiración católica, monárquica, liberal, socialista o laico-masónica) que han apoyado el proceso de unificación de Italia, la edificación del Estado unitario y, luego del paréntesis fascista, la realizaciٖón del actual orden republicano. Además, la crisis de la identidad nacional se debe también a la mal digerida experiencia fascista y al trauma de la derrota sufrida durante la guerra. La retórica romántica del Estado-Nación, el mito de la Nación y, sucesivamente, los de la Resistencia y de la “liberación”, seguramente no han ofrecido un buen servicio a los intereses de Italia, quien, después de ciento cincuenta años de su unificación, aún está en busca de su propia identidad nacional.
Finalmente, el tercer aspecto que por motivos históricos en parte se puede relacionar a los anteriores, no permite situar la cuestión de las directrices geopolíticas de Italia entre las prioridades de la agenda nacional.
No obstante, una especie de geopolítica – o bien una política exterior esencialmente basada en la colocación geográfica – correspondiente a los intereses nacionales y por lo tanto excéntrica con respecto a las indicaciones estadounidenses, exclusivamente dirigida para asegurarle a Washington la hegemonía en el Mediterráneo, se ha hallado siempre presente en las alternas vicisitudes de la República italiana. En particular, el interés de hombres del gobierno como Moro, Andreotti, Craxi, así como de importantes commis d’État como Mattei, orientado a los países de África del Norte y a los del Cercano y Medio Oriente, si bien limitado a las relaciones “de amistosa vecindad” y de “coprosperidad”, estaba decididamente acorde no sólo con la posición geográfica de Italia en el Mediterráneo, sino que también era funcional sea a una potencial, futura y deseable emancipación de la Italia democrática del amparo norteamericano, sea del papel regional que Roma habría podido ejercer también en el ámbito del rígido sistema bipolar. Tales iniciativas habrían podido constituir la base para definir las líneas estratégicas de lo que el argentino, Marcelo Gullo, ha denominado, en el ámbito del estudio de la construcción del poder de las naciones, “realismo liberacionista” para permitir a Italia transitar desde la “subordinación pasiva” a la “subordinación activa”, un estadio decisivo para conseguir algunos espacios de autonomía en la competición internacional.
El fracaso de la modesta política mediterránea de la Italia repubblicana hay que atribuirlo, además de las interferencias norteamericanas, también a la naturaleza ocasional con la cual ha sido ejercida y a la actitud contraria y obstativa de los grupos de presión internos más filoamericanos y prosionistas. Con la conclusión del bipolarismo y de la así llamada Primera república, las iniciativas arriba expuestas, orientadas a conseguir una aun limitada autonomía de la política exterior italiana, literalmente se han desvanecido.
Actualmente Italia, en calidad de país euromediterráneo subordinado a los intereses americanos, se halla en una situación muy delicada, puesto que además de sufrir, en cuanto miembro de la Unión Europea y de la OTAN, las tensiones entre Usa y Rusia presentes en Europa continental, particularmente en aquella centroriental (véase la cuestión polaca por lo que respecta la “seguridad”, o bien aquella energética), sufre sobre todo las repercusiones de las políticas cercano y mediorientales de Washington. Además, el sometimiento de Italia a los Estados Unidos que – vale la pena corroborarlo- se expresa a través de un evidente límite de la soberanía del Estado italiano, exalta los carácteres de fragilidad típicos de las áreas peninsulares (tensión entre la parte continental, aun limitada por lo que concierne Italia y aquella más específicamente peninsular e insular), aumenta los empujes centrífugos, hasta hacer dificultosa la gestión de la normal administración del Estado.
Ocupada militarmente por los Estados Unidos, – en el ámbito de la “alianza” atlántica- con más de cien bases (4), desprovista de recursos energéticos adecuados, económicamente frágil y socialmente instable por la continua erosión del ya agonizante “estado social”, Italia no posee niveles de libertad tales que le permitan valorizar su potencial geopolítico y geoestratégico en sus naturales directrices representadas por el Mediterráneo y por el área adriática-balcánica-danubiana, sino en el contexto de las estrategias de allende el atlántico con exclusivo beneficio para los intereses extranacionales y extracontinentales.
Las oportunidades que posee Italia para alcanzar un propio rol geopolítico resultan ser, por lo tanto, externas a la voluntad de Roma; éstas radican en la recaída que la actual evolución del escenario mundial – a esta altura multipolar- produce en la cuenca mediterránea y en el área continental europea. De hecho, los grandes trastornos geoplíticos en acto, principalmente determinados por Rusia podrían exaltar la función estratégica de Italia en el Mediterráneo precisamente en el ámbito del orden y de la consolidación del nuevo sistema multipolar y de la potencial integración eurasiática.
De hecho, hay que tener presente que la estructuración de este nuevo sistema geopolítico multipolar pasa, por obvias razones, a través del proceso de desarticulación o de reorganización de aquel de tipo “occidental” bajo control norteamericano, a partir de sus periferias. Estas últimas están compuestas, considerando la masa euroafroasiática, por la península europea, por la cuenca mediterránea y por el arco insular japonés.
Rusia y Turquía: los dos polos geopolíticos
Las recientes transformaciones del cuadro geopolítico global han producido algunos factores que podrían facilitar la “desvinculación” de gran parte de los países que constituyen el llamado sistema occidental bajo tutela del “amigo americano”. Esto, potencialmente pondría a Roma en la posición de activar una propia doctrina geopolítica en coherencia con el nuevo contexto mundial.
Es notorio que la reafirmación de Rusia a nivel mundial y el protagonismo de China y de India han provocado un reajuste de las relaciones entre las mayores potencias y ha sentado las premisas para la constitución de un nuevo orden que excluye las relaciones de fuerza de carácter militar, y que se basa en unidades geopolíticas continentales de interés estratégico. Tales cambios también se registran en la parte meridional del hemisferio oriental, el que fue el patio trasero de los EE.UU, donde las relaciones de Brasil, Argentina y Venezuela con las potencias eurasiáticas arriba mencionadas han aportado nuevo impulso a las hipótesis de la unidad continental suramericana. Por lo que concierne el área mediterránea, el principal de estos nuevos factores geopolíticos está representado por la inversión de tendencia fijada por Ankara en sus últimas políticas cercano y mediorientales. La ruptura con Washington y Tel Aviv de parte de Ankara podría asumir, a corto plazo, un alcance geopolítico de largo alcance con el fin de constituir un espacio geopolítico eurasiático integrado, puesto que representa un primer acto concreto a través del cual se hace posible desencadenar el proceso de desarticulación (o de limitación) del sistema occidental a partir de la cuenca mediterranea.
Dadas las condiciones actuales, los polos geopolíticos – acerca de los cuales una Italia relamente intencionada a emanciparse de la tutela norteamericana debería hacer hincapié- están representados precisamente por Turquía y Rusia. Un alineamiento de Roma a las indicaciones turcas sobre el tema de política cercano oriental dotaría a Italia del necesario prestigio, pesadamente obcecado por sus avasalladoras relaciones con Washington, para imprimir un sentido geopolítico a la fatigada política de cooperación que desde hace años la Farnesina mantiene con el margen sur del Mediterráneo y el Cercano Oriente. Además, la pondría junto (y gracias a ello) al aliado turco, en la situación, si bien no de denuncia del pacto atlántico, por lo menos en aquella necesaria de renegociar el oneroso y humillante empeño en el seno de la Alianza, y, simultáneamente, para plantear la reconversión de las bases militares controladas por la OTAN en bases útiles para la seguridad del Mediterráneo. Italia y Turquía, junto a los demás países costeños del Mediterráneo, podrían en ese caso realizar un sistema de defensa integrado siguiendo el ejemplo de la Organización del Tratatdo de la Seguridad Colectiva (OTSC).
Para ejercer esta “exit strategy” del vínculo americano, sintéticamente esbozada en los párrafos anteriores, Roma encontraría un apoyo valedero, además de parte de Ankara, también de Tripoli, Damasco y Teheran y, lógicamente, de Moscú. Por otra parte esta última apoyaría con certeza a Roma en su salida de la órbita norteamericana, favoreciendo su natural proyección geopolítica en la directriz adriática-balcanica-danubiana en el marco, obviamente, de una alianza italo-turco-rusa edificada bajo intereses comunes en el así llamado Mediterráneo alargado (es decir, constituido por los mares Mediterráneo, Negro y Caspio).
* Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici
direzione@eurasia-rivista.org
(Trad. di V. Paglione)
Notas
- Por lo que concierne el estudio de la génesis del primer artículo de la Constitución y, en particular, el segundo apartado (La soberanía pertenece al pueblo, quien la ejerce en las formas y en los límites de la Constitución), y además por la falta de un artículo específico de la Constitución dedicado al Estado y a la soberanía, como lo deseaba Dossetti, véase Maurizio Fioravanti, Constitución y pueblo soberano, Il Mulino, Bologna, 2004, p.11 y pp. 91-98.
- Marcelo Gullo, La insubordinación fundante, Editorial Biblos, Buenos aires, 2008, pp. 26-27.
- Marcelo Gullo, ibid.
- Fabrizio Di Ernesto, Portaerei Italia. Sessant’anni di Nato nel nostro Paese, Fuoco Edizioni, Roma, 2009.
(Trad. di V. Paglione)

