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por Tiberio Graziani*
La estructuración del nuevo sistema multipolar está principalmente condicionada por la capacidad que dispone Rusia de ejercer un papel directivo en dos cuadrantes importantes a nivel mundial. Estos son el de Asia Central y el del Mediterráneo. Moscú, para cumplir eficazmente con esta función debe reforzarse en su frente interno. Putin, hace poco reelegido a la presidencia de la Federación, se verá obligado a enfrentar contemporaneamente desafíos muy importantes, en particular, aquellos que tienen que ver con la paz social, los procesos de modernización del sistema económico-productivo nacional y el ajuste del aparato de defensa.
Veinte años de Federación rusa
Han transcurrido tan sólo dos décadas desde la implosión de la Unión Soviética y del contextual desenlace del sistema bipolar que surgió después de haber finalizado el segundo conflicto mundial. Por lo general, veinte años son un lapso de tiempo muy exiguo para efectuar un análisis de carácter geopolítico; sin embargo, la confirmación de Rusia como actor global en tan sólo doce años merece una reflexión apropiada, necesaria para la evaluación de las direcciones que emprenderá la futura política exterior de Moscú y, sobre todo, su práxis geopolítica en particulares áreas del planeta.
La federación rusa nació de las cenizas de la Unión Soviética, después de una primera década de inestabilidad ha recobrado eficazmente su propio rol de gigante internacional. En el delicado y fugaz contexto unipolar – caracterizado por la progresiva expansión norteamericana en la masa eurasiática (por otra parte impulsada por la práxis de las guerras “humanitarias” en los Balcanes, en Irak y en Afganistán) – Moscú, una vez superadas sus dificultades iniciales, ha recuperado de lleno su prestigio ya sea en las naciones de los ex países soviéticos, ya sea ante los actores globales emergentes, en particular con China, India, África del sur y Brasil.
El prestigio recobrado ante las nuevas naciones independientes ha permitido la actuación de un equilibrio sustancial – apenas ofuscado por la crisis georgiana del 2008 – del inmenso espacio ex soviético. En este nuevo orden que podemos definir “grande regional” y pro euroasiático, la Federación rusa, lejos de asumir una posición hegemónica, ha privilegiado los aspectos cooperativos tendientes al desarrollo socioeconómico y a la seguridad colectiva de todo el área. La práxis cooperativa adoptada por Moscú ha también caracterizado las sucesivas relaciones entrelazadas con los nuevos países emergentes – Brasil, India, China y África del sur. Como es notorio, en la actualidad Rusia representa junto con estos países una formidable agrupación geoeconómica denominada BRICS, cuyo destino es el de repercutir de forma cada vez más profunda en las futuras escenas globales.
Por consiguiente, la confirmación de Moscú en el marco internacional mundial ha sido posible gracias a dos factores principales: en primer lugar, gracias a la conciencia de la clase dirigente rusa liderada por Putin por lo que concierne al papel fundamental de la relación que pasa entre la cohesión interna y los assett estratégicos del país y, en segundo lugar, gracias al restablecimiento de nuevas y adecuadas relaciones internacionales con el “vecino exterior”.
La transición uni-multipolar y la hipoteca militar
El resurgir de Rusia como actor principal en las dinámicas internacionales, por otra parte muy sólido debido a una serie de acuerdos que agrupan a las mayores naciones asiáticas (OTSC, EURASEC, OCS, la recién Unión Aduanera eurasiática entre Rusia, Bielorrusia y Kazakistan) y Brasil (BRICS), constituye uno de los elementos esenciales que caracterizan la actual fase de transición del sistema unipolar al multipolar. Hoy en día, en el contexto de la estructuración del nuevo orden multipolar, la Federación tiene, sin embargo, que enfrentar importantes desafíos en el plano interior y, como es evidente, en el internacional. Los desafíos del “frente interno”, bajo ciertos aspectos análogos a los que posee Rusia, debido a las difíciles condiciones de su entorno, espléndidamente superados durante los dos primeros mandatos presidenciales de Putin, tienen que ver principalmente con la paz social, la renovación de la estructura pública, la modernización de los procesos industriales y el ajuste del aparato de defensa. Las de tipo internacional tienen que ver, sin embargo, con la consolidación del status de Rusia como nación-continente y, en particular, la función que ésta desempeña en la aceleración del proceso multipolar.
Las pruebas que la nueva presidencia rusa se apresta a enfrentar están estrictamente relacionadas. La superación de los desafíos internos, en particular, los que se refieren a la modernización del sistema de defensa, constituyen, de hecho, la precondición para la estructuración de un nuevo sistema multipolar. Como ya se sabe el sistema geopolítico occidental, liderado por los norteamericanos, se está expandiendo por evidentes razones geoestratégicas en dos áreas de “interés” del planeta: el Mediterráneo y Asia Central. Por lo que se refiere al Mediterráneo, los EE.UU y sus principales aliados (Gran Bretaña, Francia e Israel) practican este tipo de expansión por medio de acciones militares directas o encubiertas, así como se ha observado en los recientes y aún actuales casos de Libia y Siria. El objetivo inmediato que persiguen los estrategas del Pentágono es la debilitación, a través de su fragmentación, de “la cremallera mediterránea”, para asegurarse un canal de acceso hacia el espacio centroasiático, definido por los euroatlánticos como los “Balcanes eurasiáticos”. El hecho de que los norteamericanos insistan en sus intentos de resolver las tensiones internacionales mediante el empleo de la presión militar, directa e indirecta, atestigua por un lado la dificultad en la que se halla la actual administración dirigida por Obama y por la Clinton en querer gestionar por vía diplomática las dinámicas geopolíticas en curso, es decir la transición uni-multipolar, por el otro, la ineficacia de las soluciones hasta ahora adoptadas por Washington para superar la persistente crisis económico-financiera que ha arremetido a todo el sistema occidental. La tenacidad con la que Washington utiliza el alistamiento militar revela también, sin embargo, la presencia de otro elemento: la inadecuación de los sistemas de defensa de Rusia, China e India. Esta inadecuación se demuestra, en particular, en la sede del Consejo de Seguridad de la ONU, en donde después de las primeras y motivadas denegaciones, Moscú y Pequín se hallan prácticamente obligados a tener que sufrir la iniciativa occidental. En concreto, parece que los EE.UU., bajo algunos aspectos, intente jugar bien sus cartas a través de la disuasión militar, así como ya lo habían experimentado en el contexto del bipolarismo.
Estas cartas, sin embargo, no comportarán en el medio plazo una jugada ganadora, ya que el nuevo panorama geopolítico, sumamente dinámico, a través de las agrupaciones arriba mencionadas, adquiere una fisionomía cada vez más de signo multipolar que tiende a limitar las presunciones norteamericanas incluso en el plano militar.
*Tiberio Graziani, presidente del IsAG – Instituto de Altos Estudios Geopolíticos y Ciencias Auxiliarias, director de Geopolitica, revista del IsAG.
tiberio.graziani@istituto-geopolitica.eu
(traducción de V. Paglione)
Por Tiberio Graziani*
Hace diez años el acrónimo Bric entraba a formar parte del léxico de la economía y de las finanzas internacionales. Desde aquel momento la cooperación de los países emergentes que agrupa esta sigla ha adquirido cada vez más un valor de carácter geoeconómico y geopolítico. El afianzamiento de las relaciones entre Brasil, Rusia, India, China y, desde el 2010, Suráfrica fue posible no sólo debido a las evidentes necesidades económicas comunes en asuntos de modernización y desarrollo – típicas de los países emergentes – sino también gracias a una compartida visión de la política internacional. La coordinación política desarrollada en el ámbito del BRICS en el transcurso de pocos semestres constituye un elemento de aceleración de la transición multipolar.
Los BRICS entre geoeconomía y geopolítica
En otoño de 2011, el analista Jim O’Neill del Banco de Inversiones Goldman & Sachs, sobre la base de datos macroeconómicos de algunos países emergentes, en particular concernientes a la demografía, la tasa de crecimiento y los recursos naturales estratégicos, certificaba un nuevo potencial agregado geoeconómico con el acrónimo BRIC. Los países que fueron tomados en cuenta eran, como ya se sabe, Brasil, Rusia, India, y China. Según O’Neill estas naciones verosímilmente habrían dominado la economía mundial del siglo que está iniciando. Por consiguiente se hacía necesario englobarlas en la economía mundial hegemonizada, después del colapso soviético, en el sistema occidental bajo conducción americana. Los paises BRIC, como sucesivamente fueron denominados, buscaban desde aquel momento, pero unilateralmente, un lugar geopolítico propio en el tablero global. Algunos de ellos, en particular Brasil, India y China, intentaban aumentar sus propios niveles de libertad en el campo mundial haciendo hincapié en una articulada serie de alianzas económicas y comerciales en el ámbito regional e internacional. Las tasas de crecimiento elevadas de estas naciones-continentes, indudablemente, constituía el combustible necesario para un nuevo rol en el escenario post bipolar. También Rusia, bajo la dirección de Putin, intentaba reafirmar, cuando menos en el espacio ex-soviético, una propia primacía, después de la desastrosa presidencia de Yeltsin.
En el transcurso de pocos años, la nueva agregación geoeconómica se ha convertido, de simple hipótesis analítica útil para la descripción de los escenarios económicos-financieros del siglo XXI, un actor global de hecho.
La agenda de los valores del forum de los países BRIC contiene a estas alturas todos los puntos cruciales de la economía mundial: desde la cuestón climática a la de la cesta de las divisas, desde aquella concerniente a los procesos de modernización y desarrollo innovador a aquella que atañe a la seguridad de particulares sectores industriales; además de estos temas, los BRIC se pronuncian con inmediatez y determinación, también por lo que concierne a los dossier “calientes”, como aquellos que tienen que ver con los conflictos internacionales. Durante el 2011, tan sólo para ofrecer algunos ejemplos, los BRIC han tomado partido sobre los casos de agresión a Libia y sobre el aislamiento de Siria, principalmente efectuado por los euroatlánticos, han expresado su voto a favor del reconocimiento de Palestina en el ámbito de la UNESCO y han solicitado la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU.
La coordinación entre los países del club BRIC, fortalecida en 2010 con la inclusión de Suráfrica[1], ha asumido por consiguiente un carácter cada vez más “político”, al punto de incidir profundamente sobre los actuales equilibrios mundiales. Desde una perspectiva general podemos observar que la sola constitución del nuevo club de hecho ha acelerado la transición hacia el sistema multipolar e introducido las premisas para su consolidación a nivel continental. La agrupación BRICS parece confirmar, además, la hipótesis geopolítica, adelantada en estas mismas páginas[2], según la cual los pilares del nuevo ordenamiento in fieri estarían constituidos por América indiolatina y por Eurasia.
De hecho, los BRICS no sólo influencian, como ya se sabe, a los sectores económicos, financieros e industriales[3], sino también a aquellos geoestratégicos y, por último, a los que conciernen al orden jurídico internacional.
El club BRICS y el ámbito geoestratégico
Por lo que se refiere el ámbito geoestratégico, vale la pena considerar que la coordinación entre los países BRICS representa (y predilige) de hecho un eje casi diagonal – proveniente del lado oriental del hemisferio septentrional (Eurasia) al occidental del hemisferio meridional (América indiolatina) – que podríamos definir “asimétrico”, respecto a aquellos definidos respectivamente por las trayectorias horizontal (Este – Oeste) y vertical (Norte – Sur), a las que nos había acostumbrado la propaganda de la prensa de los períodos bipolar y unipolar. Este eje asimétrico NE – SO, articulado en tres núcleos constituidos respectivamente por el polo eurasiático, por el vértice surafricano y por el polo brasileño, previsiblemente desmembrará, en el medio y largo plazo, las líneas de intervención del sistema occidental bajo conducción americana, aún hegemónica desde un punto de vista militar.
El orden BRICS, por ahora solamente diplomático y económico, sin embargo, debido a su potencial militar[4] y por su posición geoestratégica, podría constituir una primera respuesta organizada hacia la “marcha” de los EE.UU que, avanzando a lo largo de la directriz “horizontal” atlántico mediterránea, intenta dirigirse hacia los países de Asia Central. La presión estadounidense hacia la masa euroafroasiática, vale la pena recordarlo, ha adquirido en los últimos doce años un carácter marcadamente militar. La militarización de la política exterior del sistema Usacéntrico, llevada a cabo por la varias administraciones de allende el océano, desde Bush padre a Obama, constituye el principal elemento de la práxis geopolítica de todo el sistema occidental, tendente a la fragmentación de particulares áreas estratégicas como las del Cercano Oriente y el Norte de África[5].
Desde el punto de vista diplomático, económico y militar el club BRICS se presenta evidentemente desequilibrado a favor de su componente eurasiática. Esta situación por lo menos abre dos posibles escenarios. Por un lado el desajuste podría representar, ya desde el medio plazo, un factor de tensión en el interior de la coordinación política de la nueva agregación, con una vuelta hacia el amparo estadunidense por parte de Brasil y tal vez de Suráfrica. Una segunda perspectiva, tal vez la más realista, evalúa el actual desequilibrio como motivo de aceleración de la integración pro continental de América meridional, fundada en el polo Brasil-Argentina-Venezuela. En este último caso, por otra parte deseable, puesto que reforzaría el escenario multipolar en fase de consolidación, el elemento más débil de la actual composición del conjunto BRICS, es decir, la República Surafricana, asumiría, en virtud de su particular posición geográfica, una evidente función de equilibrio geoestratégico en el interior del nuevo sistema mundial.
Un nuevo modelo de cooperación multipolar
Por lo que concierne a la incidencia en el orden jurídico internacional de parte de los países del BRIC, concordamos con lo que asegura Paulo Borba Casella, profesor de derecho internacional en la Universidad de São Pulo (Brasil), según el cual nos hallamos ante un modelo de cooperación innovador, independiente y original.
Para el docente brasileño, “el carácter innovador de la perspectiva BRIC reside precisamente en el hecho de que estos países se pueden ocupar de sí mismos y al mismo tiempo formular un nuevo modelo de inserción internacional y de cooperación. La perspectiva es ésta. Lo que se precisa es ponerla en práctica”[6]. El club de los países BRICS de hecho introduce una práxis de cooperación que, respetando las identidades culturales de sus propios miembros, no se conjuga a la perfección con los planteamientos universalistas de las estructuras internacionales como, por citar algunas de ellas, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial (BM) y el fondo Monetario Internacional (FMI), basados, como es sabido, en criterios individualistas y mercantiles propios de las concepciones de carácter occidental.
El nuevo club, aun cuando haya surgido por evidentes razones económicas, sin embargo parece evolucionar hacia una concepción más concreta de las relaciones entre los Estados, fundada en un sustrato cultural afín que podríamos definir de tipo solidario[7], atento hacia la “cosa pública” y a los intereses concretos de las variadas comunidades etnoculturales que pueblan las respectivas naciones.
La nueva perspectiva que el modelo BRICS introduce, forzosamente chocará con la otra “reglamentación mundial” (la global governance de la escuela angloamericana) la cual se “radica en la concepción individualista de la sociedad y en el pensamiento único “democrático”, rehúsa las diversidades culturales de las distintas poblaciones (aunque no en términos instrumentales como el de la doctrina del “choque de civilizaciones”)[8]. De hecho, el nuevo modelo de cooperación promovido por los países BRICS atestigua el fin o la reorientación de la ONU y la decadencia o la reestructuración de las organizaciones mundiales como el FMI, el BM y la Organización Mundial de Comercio.
*Tiberio Graziani es director de “Eurasia” y presidente del IsAG – Instituto de Altos Estudios Geopolíticos y de Ciencias Auxiliarias.
(Traducción de V. Paglione)
[1] La inclusion de Suráfrica en el Nuevo club multipolar, preanuncia la posibilidad de agregación de otras naciones, entre ellas, Turquía; véase al respecto: Aldo Braccio, E se il BRICS diventasse BRICST? Dati e prospettive dei cinque emergenti più la Turchia, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VIII, vol. XXIV, n. 3/2011.
[2] Tiberio Graziani, America indiolatina ed Eurasia: i pilastri del nuovo sistema multipolare, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. V, n. 3/2008.
[3] Los países BRICS en su conjunto constituyen alrededor del 27% del territorio, el 43% de la población y el 15% del PIB mundial.
[4] Alessandro Lattanzio, Le forze strategiche del BRICS, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VIII, n XXIV, n. 3/2011.
[5] Pietro Longo, Daniele Scalea, Capire le rivolte arabe, Avatar – IsAG, Dublino 2011.
[6] Paulo Borba Casella, BRIC: a l’heure d’un nouvel ordre juridique, Edition A. Pedone, Paris 2011.
[7] Ignazio Castellucci, Il diritto nel mondo dei molti “imperi”, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VIII, n XXIV, n. 3/2011.
[8] Tiberio Graziani, Prefazione a Claudio Mutti, Esploratori del Continente. L’unità eurasiatica nello specchio della filosofia e dell’orientalistica, Edizioni Effepi, Genova 2011.
por Tiberio Graziani*
El estudio de las relaciones entre la ley fundamental de un Estado y la geopolítica volvió a cobrar vigencia hacia finales de los años Ochenta e inicios de los Noventa. Aquel período (1989 – 1991), coincidió con el colapso del sistema bipolar, los EE.UU. intensificaron su rol de “constructores de naciones libres”. Proclamándose Nation and State Builders, los Estados Unidos interfirieron en la elaboración de las actas fundamentales de los nuevos Estados nacionales, que surgieron gracias a la deflagración del ex bloque soviético. Este tipo de intromisión no se presentó como si fuera una novedad en la historia política exterior norteamericcana, sino que una constante suya. Una lectura “geopolítica” de las ordenanzas constitucionales nos demuestra que las actas fundamentales de los Estados no hegemónicos son fundamentalmente asimilables a las cartas otorgadas. En el proceso de transición desde la fase unipolar hacia la fase multipolar se hace necesaria la formulación de nuevos paradigmas constitucionales articulados continentalmente.
Constitucciones y escenarios geopolíticos en la era de la occidentalización del mundo
Durante el último siglo, han sido tres los principales momentos históricos en los que las leyes fundamentales y fundacionales de los Estados nacionales han sido dirigidas en nombre de los actores hegemónicos con el fin de articular sus relativas esferas de influencia.
Una primera etapa se puede localizar entre fines del primer conflicto mundial e inicios de los años Veinte. En aquel período, la ideología “constitucionalista” y la de los Estados-Nación representó un eje maestro de lo que podríamos definir, usando un término de nuestros tiempos, el soft power de Gran Bretaña, de Francia y de los Estados Unidos. Los Estados nacionales de Europa moldeados por el Tratado de Trianon y de Versailles se habían dotado de constituciones que, siguiendo las disposiciones de las mayores potencias de la época[1], de hecho subordinaron la propia soberanía a las alianzas hegemónicas de la época.
Un segundo período es aquel que se puede circunscribir entre fines del segundo conflicto mundial y los años Sesenta. Los EE.UU., luego de la invasión militar de Europa occidental y el sometimiento de Japón, dispusieron un complejo proceso de democratización para la consolidación de su esfera de influencia, el proceso preveía el alineamiento militar, económico, financiero y normativo hacia los cánones norteamericanos. Por lo que se refiere el alineamiento normativo, los EE.UU. intervinieron profundamente en la elaboración de las Actas fundamentales de los países vencidos.
Las constituciones de Italia, de Alemania y de Japón, de hecho, contienen elementos fundamentales que sufren las limitaciones impuestas por los Liberators norteamericanos. Por lo que concierne a la Constitución republicana de la Italia postfascista, por ejemplo, los artículos 11 y 35, relativos a la soberanía y a la reglamentación del trabajo, son, como afirma Aldo Braccio, “evidentemente …normas constitucionales destinadas a favorecer el inminente (hacia fines de los años Cuarenta) proceso de internacionalización liderado por los norteamericanos y a regular, es decir, a limitar, los derechos del trabajo”[2]. Aun más significativo es el caso de Alemania, cuya ley fundamental no sin razón se ha definido como una “forma organizadora de una modalidad del dominio extranjero[3]”. Por lo que atañe a Japón, además de los límites a las funciones que caracterizan la soberanía de un Estado, como la constitución de sus fuerzas armadas, la nueva Acta fundamental, impuesta por Washington, también se inmiscuye en lo relativo a la identidad espiritual de la nación nipona: al Estado – que no es ya más sintoísta- se le impide ejercer la más mínima influencia religiosa en el sistema educativo y formativo de su población[4]. El proceso de democratización (neocolonización) norteamericana, actuado por medio de las reformas constitucionales de las nuevas naciones englobadas en el sistema occidental, afectó también algunos países del sureste asiático, como Corea y Vietnam del Sur.
También la URSS influenció en el proceso de elaboración de las leyes fundamentales de las recién nacidas democracias populares, las cuales constituirán el llamado bloque soviético hasta su disolución. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico, esta “ingerencia” asumió un significado muy diverso al de la neocolonización puesto en práctica por la potencia talasocrática ultra atlántica. De hecho, en aquellos años Moscú intentaba, conforme a la continuidad territorial, constituir un espacio geopolítico unitario[5] del que habría asumido la función de Estado pivot.
El tercer momento es al que se le denomina instante unipolar. El papel de los EE.UU como Nation Builder[6] en este período se hace más incisivo y determinado.
Conforme a las experiencias maduradas durante la Guerra Fría, Washington concibe y moldea las constituciones (con frecuencia definidas con el sintagma “neutro” de “governance framework”) de varios países, desde aquellos del ex espacio soviético europeo y centro asiático, a la Bosnia-Herzegovina, Afganistán, Irak, Kosovo, vehiculándoles, en particular, su “propia experiencia nacional”[7].
Sucesivamente, cuando empieza a trazarse la actual fase de transición uni-multipolar, el apoyo a los procesos de elaboración de las nuevas constituciones en los países “frágiles” se llevará adelante con la ayuda de algunas de las más importantes instituciones mundiales, entre ellas, por ejemplo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCSE)[8].
La “constitucionalización” de los países incluidos en la esfera de influencia yankee legitima, por decirlo así, la fragmentación de los espacios geopolíticos unitarios en Estados con cero soberanía.
Las ordenanzas constitucionales en la época multipolar
En el marco de las relaciones geopolíticas mundiales, las constituciones nacionales de los Estados no hegemónicos (como se ha considerado y demostrado más arriba en el caso particular de sus relaciones con los EE.UU.) de hecho son ordenanzas jurídicas parecidas a las cartas ortogadas del Ochocientos, es decir, simples concesiones.
Todo ello pone en evidencia, una vez más, que la dimensión del Estado nacional es insuficiente para asegurar la independencia y aun la identidad cultural de la población de la que es expresión política.
Puesto que en la actualidad la dimensión geopolítica posee la capacidad suficiente de satisfacer las exigencias de los pueblos desde una perspectiva continental (o gran regional), resulta importante proponer modelos constitucionales que tengan en consideración este hecho extraordinario. Y ello no sólo por razones heurísticas. De hecho, estos nuevos paradigmas –ya que están basados en la dimensión continental del Estado-, constituirían las guías para hacer más incisivas y coherentes las alianzas (geoestratégicas y geoeconómicas) hasta ahora desempeñadas por los mayores países de Eurasia y de América indiolatina con el objetivo de la integración de los respectivos espacios continentales.
* Tiberio Graziani es director de Eurasia – Rivista di studi geopolitici (www.eurasia-rivista.org) y presidente del IsAG
(trad. di V. Paglione)
[1] En la mayor parte inspirados por los 14 puntos del presidente norteamericano Wilson.
[2] Aldo Braccio, Carte costituzionali nel mondo: qualche caso di “sovranità limitata” Eurasia, 2/2011, véase también Alberto B. Mariantoni,Chi ci libererà dai “Liberatori” Eurasia, 2/2011. Además de los dos artículos mencionados, vale la pena recordar también la XII disposición transitoria y final, en donde se prohibe la “reorganización bajo cualquier forma, del disolvido partido fascista”, una disposición retomada, casi textualmente, en la nueva Acta del Estado iraquí, en donde se declara ilegal la reconstitución del Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baa’th).
[3] Carlo Schmid, Che cosa propriamente significa legge fondamentale?, Eurasia, 2/2011.
[4] James Dobbins et al., America’s Role In Nation-Building. From Germany to Iraq, Rand Corporation, Santa Monica, CA 2003, p.44; Aldo Braccio, cit..
[5] Claudio Mutti, L’unità dell’Eurasia, Effepi, Genova 2008, pp. 58-61.
[6] Nathan Hodge, Armed Humanitarians: The rise on the Nation Builders, Bloomsbury USA 2011; James Dobbins et al, The Beginner’s Guide to Nation-Building, Rand Corporation, Santa Monica, CA 2007; Mahdi Darius Nazemroaya, Costituzioni del dopoguerra: Privatizzazione e costruzione dell’impero, Eurasia, 2/2011.
[7] “In his influential work on state-building, for example, Francis Fukuyama points out that nation-building in the American understanding reflects their own “national experience” in which the United States’ constitution is seen as the starting point and frame of reference of a national history and common identity”, A. von Bogdandy and R. Wolfrum, (eds.), State-Building, Nation-Building, and Constitutional Politics in Post-Conflict Situations: Conceptual Clarifications and an Appraisal of Different Approaches, Max Planck Yearbook of United Nations Law, Volume 9, 2005, p. 593.
[8] “The mechanisms through which international intervention supports political processes appear to focus around four key areas: i) support to élite pacts; ii) support to constitution-making processes; iii) support to building conflict-resolution skills and processes at the local levels; and iv) direct mediation in times of mounting crisis or transition.” OECD-DAC Discussion Paper, Concepts and Dilemmas of State Building in Fragile Situations, p.34, Parigi 2008; OECD-DAC Guidelines and Reference Series, Supporting Statebuilding in Situations of Conflict and Fragility. Policy Guidance, Parigi 2011.
Disenso. Revista hispanoamericana de metapolítica, filososfía, geopolítica e ideas disidentes:
“Siguiendo con el ciclo de entrevistas ya inaugurado, en esta ocasión contamos con Tiberio Graziani, director de “Eurasia – Revista di studi geopolitici” – www.eurasia-rivista.org – y presidente del Instituto de Estudios Avanzados de Geopolítica y Ciencias Auxiliares (ISAG). También fue cofundador del Instituto de Estudios Avanzados para el Cercano y Medio Oriente (IEMASVO), del que fue vicepresidente para los años 2007-2008. Enseñó durante años en las universidades de Perugia y l’Aquila. Ha sido profesor de cursos para el ICE (Instituto para el Comercio Exterior) en varios países, entre ellos Uzbekistán, China, India, Libia y Argentina. Desde ya agradecemos al Prof. Graziani su amabilidad y atención.
ENTREVISTA
DISENSO: Por momentos parece que la Unión Europea vive inmersa en una fractura política, como si no se hubiese concretado en términos geopolíticos, un rol alternativo de “poder europeo” en la arena política internacional; nos interesa saber si Ud. comparte nuestra impresión, y de ser así ¿A qué factores Ud. atribuye esa incapacidad?
TIBERIO GRAZIANI: Sin temor a equivocarnos, podemos decir que una política exterior de la Unión Europea en la práctica no existe. Ni siquiera hay una clara visión geopolítica de la Unión. Intereses nacionales de carácter particularista y la diversidad política, económica y cultural tiene prioridad sobre la Unión Europea. Es típico el caso de la energía y el ejército europeo. Cada país miembro sigue su propio camino. Sólo se puede hablar de potencia europea en términos estadísticos y económicos. En términos financieros las últimas decisiones han aumentado la brecha entre los países miembros “más fuerte” y los más “débiles”. La Unión es, en términos políticos, un cuerpo fragmentado e incoherente. Los factores del fracaso se deben principalmente a la dependencia de las naciones europeas a los intereses estadounidenses. La inclusión de la mayoría de los países europeos en la OTAN, que es una alianza de carácter hegemónico, es decir, un dispositivo geopolítico funcional a las directivas militares de la Casa Blanca y el Pentágono, no permite la construcción de una verdadera unidad geopolítica europea. La historia de la unidad europea, desde su concreción como comunidad económica, está marcada fuertemente por la subordinación política y militar a los EE.UU. Por otra parte, el fracaso se debe también a la baja sensibilidad geopolítica en los países miembros de las clases dirigentes, todos enfocados en mezquinos intereses nacionales y renuentes a llevar a cabo la unidad de Europa.
DISENSO: ¿Es la Europa Mediterránea un contrapeso para una política exterior auténticamente europea?
TIBERIO GRAZIANI: Una verdadera política exterior de la U.E. no puede separarse del sur de Europa. Hay una relación complementaria entre el norte y centro de Europa y el Mediterráneo, que también debe incluir a Turquía, la cuarta península mediterránea. Separar la Unión Europea en dos o tres partes sería fatal para las naciones europeas, en un momento en que los principales actores mundiales tienen una dimensión geopolítica continental.
DISENSO: Existe un informe elaborado por Hans M. Kristensen – director del “Proyecto de Información Nuclear” de la Federación de Científicos Americanos (FAS) – que alerta sobre la existencia de 200 bombas nucleares estadounidenses en Europa. ¿Qué puede decirnos al respecto y que rol cumple la U.E. en esta “política nuclear” estadounidense?
TIBERIO GRAZIANI: La presencia militar de EE.UU. en suelo europeo (en Italia hay más de un centenar de bases militares) deja claro en términos inequívocos la relación entre el poder estadounidense y los países europeos. Para Washington el espacio europeo es la cabeza de puente sobre la masa continental euroasiática y africana. Los países europeos y la U.E. constituyen una parte de la esfera de influencia de EE.UU. Bruselas y las cancillerías de cada uno de los países europeos no tienen la fuerza y, sobre todo, la voluntad de luchar contra la política globalista de Washington y Londres. La “nuclearización” de Europa es parte del proceso de militarización de las relaciones internacionales que los EE.UU. se ven obligados a concretar en esta etapa de transición del sistema unipolar al multipolar.
DISENSO: ¿Cuál cree Ud. que debe ser la relación bilateral entre el bloque europeo (Europa Continental) y el bloque euroasiático?
TIBERIO GRAZIANI: Actualmente hay un bloque europeo, pero sólo como agregado económico y social inestable, incapaz de salvaguardar los intereses generales, tanto como los específicos de Europa (véase el caso de Grecia y Portugal entre otros). El desarrollo y la consolidación de las relaciones políticas, culturales y económicas entre este “agregado” (y/o los componentes de este agregado europeo) y las principales naciones euroasiáticas (Rusia, China e India) podría desencadenar un proceso que favorezca la integración de Eurasia con Europa, como península occidental de la masa de euroasiática, asumiendo una función geopolítica esencial para la articulación de un nuevo sistema multipolar.
DISENSO: ¿Qué opina sobre la política exterior iraní, la relación entre Irán y Europa y el impacto que las “revueltas” en el mundo arábigo pueden ocasionarle a Irán?
TIBERIO GRAZIANI: La política exterior de Irán es la de una nación que defiende su propia autonomía en el ámbito internacional. Bajo esta estrategia el contraste de Teherán en el plano regional es Israel. Principal aliado de EE.UU. en el Medio Oriente, Israel también teje una red de relaciones internacionales con todos los países que, aunque incluidos en la esfera de influencia de EE.UU., aspiran a desmarcarse de los EE.UU., como es el caso de América del Sur.
Teherán prestó especial atención a las relaciones con Moscú, Pekín y Nueva Delhi, con la mirada puesta en la creación de un nuevo orden mundial multipolar, en el que se propone adoptar una función regional. Las relaciones políticas entre Irán y los países europeos son en gran medida influenciadas por las relaciones transatlánticas entre las oligarquías que rigen actualmente los destinos de los pueblos de Europa y el gobierno de Estados Unidos. Las llamadas revueltas árabes se sitúan en el contexto de la desestabilización del norte de África para fortalecer la presencia “occidental” en toda la zona. Su “impacto”, si se quiere, será funcional a los objetivos del Pentágono, que durante mucho tiempo, al menos desde la primera Guerra del Golfo, tiene como objetivo desarticular militarmente a Irán y a Siria.
DISENSO: Para finalizar nuestra entrevista ¿Existe una camino europeo de integración que trascienda lo económico y llegue a lo geopolítico? De existir ¿se desarrolla dentro de los límites que demarca la institucionalidad de la U.E. o son caminos alternativos y auxiliares? Y por último ¿qué es lo más sensato o realista para Europa Hoy?
TIBERIO GRAZIANI: Si Europa quiere ser un actor global con capacidad de expresar el beneficio cultural, político y económico de sus pueblos al resto de la humanidad, tendrá que tomar las responsabilidades geopolíticas necesarias para la construcción de un nuevo sistema multipolar. En este caso, debe comenzar a repensarse a si misma, luego de la separación que sufrió a lo largo del siglo pasado, como parte integrante de la masa continental euroafroasiatica (Viejo Mundo), y trabajar en su interior para encontrar el equilibrio y la bisagra entre los dos continentes. Y esto no sólo por razones utilitarias, dada su dependencia de los países de Asia casi en lo que respecta a las materias primas y recursos energéticos, sino también para compartir una “espiritualidad euroasiática”, fuente de la diversidad cultural de los pueblos del Viejo Mundo, que la deriva “occidentalista” tiende a subvertir y aplanar dramáticamente. Para expresar su soberanía y su papel geopolítico Europa debe recuperar plenamente su espacio, presidiéndolo por fuera de la alianza atlántica (OTAN) y reconsiderando sus relaciones con Rusia y el resto de Asia en pie de igualdad, pero funcionalmente a la integración geopolítica, económica y militar de la masa continental mediante la construcción de un “diálogo de euroasiático”. Además debe poner en marcha iniciativas para la creación de una Pax Mediterránea por fuera de la intrusión y acción perturbadora estadounidense. Por otra parte, en consulta con los países interesados, tendrán que participar en la creación de una alternativa realista y viable a los designios hegemónicos estadounidenses en el espacio del Medio Oriente.
Un nuevo sistema multipolar será posible sólo si el poder actualmente hegemónico, debido a sus características bioceánicas y a la naturaleza expansionista de su sistema socio-económico, entra en oposición con uno o más espacios geopolíticamente articulados de la misma importancia que puedan gobernar sobre sus propias costas, tales como pueden ser el espacio euroafroasiático y América del Sur.
Europa, recuperando su soberanía y volviéndola funcional en el espacio euroasiático, puedan participar plenamente en la construcción de un sistema internacional más equilibrado.
Subordinación geoestratégica a la influencia estadounidense o nueva función soberana en un mundo multipolar: esa es la cuestión que los europeos tendrán que resolver. Diálogo euroasiático y Pax Mediterránea son los dos vectores que definen el escenario geopolítico de Europa en el siglo XXI.”
Extraído de: Disenso. Revista hispanoamericana de metapolítica, filososfía, geopolítica e ideas disidentes
por Tiberio Graziani *
La transición desde el sistema unipolar al multipolar es causa de tensiones en dos áreas particulares de la masa eurasiática: el Mediterráneo y Asia Central. El proceso de consolidación del policentrismo parece estar sufriendo una impasse determinado por la conducta “regionalista” adoptada por las potencias eurasiáticas. La localización de un único inmenso espacio mediterráneo-centroasiático como bisagra funcional de la masa euroafroasiática, aportaría elementos operativos para la integración eurasiática.
En el proceso de transición existente entre el momento unipolar y el nuevo sistema policéntrico se observa que las tensiones geopolíticas se descargan principalmente sobre las áreas de fuerte valencia estratégica. Entre éstas, la cuenca del Mediterráneo y Asia Central, verdaderas bisagras de la articulación euroafroasiática, las caules han adquirido desde el uno de marzo de 2003 un particular interés en el ámbito del análisis geopolítico referente a las relaciones con los EE.UU., las mayores naciones eurasiáticas y los países del Norte de África. Ese día, como se puede recordar, el parlamento de Turquía, es decir, el parlamento de la nación-puente por excelencia entre las repúblicas centroasiáticas y el Mediterráneo, decidió negar el apoyo solicitado por los EE.UU. por la guerra en Irak (1). Este econtecimiento, lejos de constituir sólo un elemento de negociación entre Washington y Ankara, como podía parecer en un primer momento (y seguro que lo fue también a causa de dos elementos contrastantes: la fidelidad turca hacia el aliado norteamericano y la preocupación de Ankara por las consecuencias que la hipotética creación de un Kurdistán, en el ámbito del entonces probable proyecto de tripartición de Irak, habría tenido en la no resuelta “cuestión curda”), estableció, sin embargo, el inicio de una inversión de tendencia de la vieja política exterior turca (2). Desde ese momento, con un continuo crescendo hasta nuestros días, Turquía, sobre todo mediante la aproximación hacia Rusia (facilitada por la escasa propensión de la Unión Europea en querer incluir Ankara en su propio ámbito) y su nueva política de buena vecindad, ha intentado practicar una especie de desmarque con relación a la tutela estadunidense, haciéndose, de hecho, escasamente fiable como pieza fundamental para la penetración norteamericana en la masa eurasiática. Además de los obstáculos representados por Irán y Siria, los estrategas de Washington y del Pentágono, actualmente también tienen que tomar en consideración la nueva y poco maleable Turquía.
El cambio de conducta de Turquía ha ocurrido en el contexto de una más general y compleja transformación del escenario eurasiático, en la que caben señalarse como elementos distintivos la reafirmación de Rusia a escala continental y global, el potente auge de China y de India en el ámbito geoeconómico y financiero y, por lo que se refiere a la potencia estadounidense, su desgaste militar en Afganistán y en Irak.
Lo que, a partir de la caída del muro de Berlín y el colapso soviético, parecía manifestarse como el progreso imparable de la “Nación indispensable” hacia el centro de la masa continental eurasiática, siguiendo las dos siguientes predeterminadas directrices de marcha:
- una, procedente de Europa continental, y cuyo propósito es, a golpe de “revoluciones coloradas”, la inclusión en la propia esfera de influencia del ex “vecino exterior” soviético, rápidamente rebautizado como “La Nueva Europa”, según la definición de Rumsfeld, y estratégicamente destinada, en el tiempo, a “presionar” Rusia ya en el límite;
- La otra, constituida por el largo corredor que desde el Mediterráneo se prolonga hacia las nuevas repúblicas centroasiáticas, y cuyo propósito es el de cortar en dos la masa euroafroasiática y crear un vulnus geopolítico permanente en el seno de Eurasia, fue detenida en el lapso de pocos años en la ciénaga afgana.
Fallidos los últimos intentos de revoluciones coloradas y de agitaciones teledirigidas desde Washington en el Cáucaso y en las Repúblicas centroasiáticas, respectivamente a causa de la firmeza de Moscú y de la conjunción política eurasiática de China y Rusia, puesta en marcha, entre otras cosas, a través de la organización de la Conferencia de Shangai (OCS), la Comunidad económica eurasiática y la consolidación de las relaciones de amistad y cooperación militar, los EE.UU., finalizada la primera década del nuevo siglo, han tenido que reformular sus propias estrategias eurasiáticas.
La práxis hegemónica atlántica
La asunción del paradigma geopolítico propio del sistema occidental bajo el mando americano, articulado en la dicotomía Estados Unidos versus Eurasia y en el concepto de “peligro estratégico”(3), induce a los analistas que lo practican a privilegiar los aspectos críticos de las distintas áreas objetivo de los intereses atlánticos. Tales aspectos están constituidos comúnmente por las tensiones endógenas debidas en particular a problemáticas interétnicas, desequilibrios sociales, falta de homogeneidad religiosa y cultural (4), roces geopolíticos. Las soluciones preparadas abarcan un abanico de intervenciones que van desde el papel de los EE.UU. y de sus aliados en la “reconstrucción” de los “estados fallidos” (Failed States) según modalidades diversas (todas en cualquier caso destinadas a difundir los “valores occidentales” de la democracia y de la libre iniciativa, sin tener en cuenta la peculiaridad y las tradiciones culturales locales), hasta la intervención militar directa. Ésta última se justifica, según la coyuntura, como una respuesta necesaria para la defensa de los intereses americanos y del así llamado orden internacional o bien, en el caso específico de los estados o gobiernos que Occidente ha evaluado, previa y significativamente, de acuerdo con las reglas del soft power, “rebelde”, como remedio extremo para la defensa de las poblaciones y la salvaguardia de los derechos humanos (5).
Considerando que la perspectiva geopolítica norteamericana es típicamente la de una potencia talásica que interpreta las relaciones con las otras nacionaes o entidades geopolíticas a partir de su propia condición de “isla” (6), ésta identifica la cuenca mediterránea y el área centroasiática como dos zonas caracterizadas por una marcada inestabilidad. Las dos áreas formarían parte del ámbito de los así llamados arcos de inestabilidad, definidos por Zbigniew Brzezinski. El arco de inestabilidad o de crisis constituye, como ya se sabe, una evolución y una ampliación del concepto geoestratégico del rimland (margen marítimo y costeño) modelado por Nicholas J. Spykman(7). El control del rimland habría permitido, en el contexto del sistema bipolar, el control de la masa eurasiática y, por consiguiente, la contención de su nación más grande, la Unión Soviética, en beneficio excluido de la “isla americana”.
En el nuevo contexto unipolar, la geopolítica norteamericana ha definido como Gran Medio Oriente la extensa y ancha faja que desde Marruecos llega hasta Asia Central, una extensión que, según Washington, había que “pacificar” puesto que constituía un amplio arco de crisis, debido a la conflictividad generada por la falta de homogeneidad más arriba descrita. Este planteamiento, vehiculado por los estudios de Samuel Huntington y por los análisis de Zigbniew Brzezinski, explica con creces la práxis seguida por los EE.UU. con el propósito de abrirse una brecha en la masa continental eurasiática y desde allí presionar el espacio ruso para asumir la hegemonía mundial. Sin embargo, algunos factores “imprevistos”, como por ejemplo la “reactivación” de Rusia, la política eurasiática seguida por Putín en Asia Central, los nuevos acuerdos entre Moscú y Pequín, además del auge de la nueva Turquía (factores éstos que, si se relacionan con las relativas y contemporáneas “emancipaciones” de algunos países de Suramérica, trazan un escenario multipolar o policéntrico) han influido sobre la redefinición del área como un Nuevo Medio Oriente. Ésta evolución, simbólicamente, se hizo oficial durante la guerra israelí-libanesa del 2006. En aquella oportunidad, la entonces secretario de Estado, Condoleeza Rice, afirmó: “No veo el interés de la diplomacia si es para volver a la situación anterior entre Israel y Libano. Creo que sería un error. Lo que aquí vemos, en cierto sentido, es el inicio, son los dolores de parto de un nuevo Medio Oriente y cualquier cosa que nosotros hagamos, tenemos que estar seguros que va en dirección hacia el nuevo Medio Oriente para no regresar al viejo”(8). La nueva definición era, como es obvio, programática; de hecho, apuntaba hacia la reafirmación del partenaire estratégico con Tel Aviv y a la destrucción – debilitación del área cercano y medio oriental en el marco de lo que algunos días después de la declaración de Condorleeza Rice, el primer ministro israelí, Olmert, fue precisado como el “New Order” en “Medio Oriente”. Igualmente programático era el término “Balcanes eurasiáticos” acuñado por Brzezinski con relación al área centroasiática, útil a la formulación de una práxis geoestratégica que, a través de la desestabilización de Asia Central sobre la base de las tensiones endógenas, tenía (y tiene) el objetivo de hacer problemática la potencial soldadura geopolítica entre China y Rusia.
En los años que van desde el 2006 hasta la operación “Odyssey Dawn” contra Libia (2011), los EE.UU., a pesar la retórica inaugurada desde el 2009 por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, han seguido de hecho una estrategia que apuntaba hacia la militarización de toda esa franja comprendida entre el Mediterráneo y el Asia Central. En particular, los EE.UU. han puesto sobre el terreno, en 2008, el dispositivo militar para África, el Africom, actualmente (marzo 2011) comprometido en la “crisis” libia, destinado al arraigo de la presencia americana en África en términos de control e intervención inmediata en el continente africano, pero también apuntando en la dirección del “nuevo” Medio Oriente y Asia Central. En síntesis, la estrategia americana consiste en la militarización de la faja mediterránea-centroasiática. Las principales metas son:
a) La creación de una cuña entre Europa meridional y África septentrional;
b) Asegurarle a Washington el control militar de África septentrional y del Cercano Oriente (utilizando para ello también la base de Camp Bondsteel ubicada en Kosovo y Metohija), con particular atención al área constituída por Turquía, Siria e Irán;
c) “cortar” en dos la masa eurasiática;
d) Ampliar el así llamado arco de la crisis en Asia Central.
En el ámbito del primer y del segundo objetivo, el interés de Washington se ha dirigido principalmente hacia Italia y Turquía. Los dos países mediterráneos, por motivos diversos (principalmente por razones de política industrial y energética por lo que concierne Italia, específicamente por razones de carácter geopolítico para Ankara, deseosa de desempeñar un papel regional de primer plano, por otra parte en directa competencia con Israel) en los últimos años han tejido relaciones internacionales que, en perspectiva, ya que las relaciones con Moscú se mantienen estables, podían (y pueden) ofrecer útiles estímulos para una potencial exit strategy turco-italiana de la esfera de influencia norteamericana. El intento objetivo de aumentar el propio grado de libertad en la arena internacional por parte de Roma y Ankara, chocaba no sólo con los intereses generales de carácter geopolítico de Washington y Londres, sino también con aquellos más “provinciales” de la Union méditerranéenne de Sarkozy.
El multipolarismo entre una perspectica regionalista y una eurasiática
La práxis ejercida por el sistema occidental guiado por los EEUU., ya descrito anteriormente, para ampliar la crisis en Eurasia y en el Mediterráneo con el fin, no de alcanzar su estabilización, sino de mantener la propia hegemonía mediante la militarización de las relaciones internacionales e implicando a actores locales, además de localizar a otros futuros y probables blancos (Irán, Siria, Turquía) útiles para el arraigo norteamericano en Eurasia, plantea algunas reflexiones por lo que respecta el estado de salud de los EE.UU. y la estructuración del sistema multipolar.
A través de un análisis menos superficial, la agresión de los EE.UU, el Reino Unido y Francia contra Libia, no constituye un simple caso esporádico, sino un síntoma de la dificultad que tiene Washington para obrar de forma diplomática y con sentido de responsabilidad que es lo que se espera que posea un actor global. Esto evidencia el carácter de rapacidad característico de las potencias en declive. El politólogo y economista estadunidense David P. Calleo, crítico de la “locura unipolar” y analista del declino de los EE.UU, observaba en el lejano 1987 que “… las potencias en vías de declive,, en lugar de regularse y adaptarse, buscan afianzar su propio tambaleante predominio transformándolo en hegemonía rapaz” (10). Luca Lauriola en su libro Jaque mate a América y a Israel. Fin del último Imperio (11), afirma, y con razón, que las potencias eurasiáticas, Rusia, China e India se relacionan con la potencia que se halla al otro lado del atlántico, ahora “extraviada y enloquecida”, de un modo que no pueda suscitar reacciones que podrían dar origen a catástrofes planetarias.
Por lo que concierne a la estructuración del sistema multipolar, cabe señalar que avanza lentamente, no por causa de las recientes acciones americanas en África Septentrional, sino más bien por la actitud “regionalista” asumida por los actores eurasiáticos (Turquía, Rusia y China), quienes considerando el Mediterráneo y Asia Central sólo en función de sus propios intereses nacionales, no alcanzan a comprender el significado geoestratégico que éstas áreas ejercen en el más amplio escenario conflictual entre intereses geopolíticos extracontinentales (estadunidenses) y eurasiáticos. El redescubrimiento de un único gran espacio mediterráneo-centroasiático, evidenciando el papel de “bisagra” que éste asume en la articulación euroafroasiática, aportaría elementos operativos para superar el impasse “regionalista” que sufre el proceso de transición unipolar-multipolar.
Notas:
(1) Elena Mazzeo, “La Turchia tra Europa e Asia”, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VIII, n.1 2011.
(2) Turquía adhiere al Pacto Otan el 18 de febrero de 1952.
(3) “Geopolíticamente, Norteamérica es una isla de la costa del inmenso continente eurasiático. El predominio por parte de una sola potencia en una de las dos principales esferas de Eurasia –constituye una buena definición del peligro estratégico para los Estados Unidos, una guerra fría o menos. Ese peligro debería ser impedido, aún cuando esa potencia no mostrara intenciones agresivas, ya que, si éstas se tuviesen que manifestar acto seguido, Norteamérica se hallaría con una capacidad de resistencia eficaz muy disminuida y una creciente incapacidad de condicionar los acontecimientos”.
Henry Kissinger, L’arte della diplomazia, Sperling & Kupfer Editori, Milano 2006, pp.634–635.
«Eurasia is the world’s axial supercontinent. A power that dominated Eurasia would exercise decisive influence over two of the world’s three most economically productive regions, Western Europe and East Asia. A glance at the map also suggests that a country dominant in Eurasia would almost automatically control the Middle East and Africa. With Eurasia now serving as the decisive geopolitical chessboard, it no longer suffices to fashion one policy for Europe and another for Asia. What happens with the distribution of power on the Eurasian landmass will be of decisive importance to America’s global primacy and historical legacy.» Zbigniew Brzezinski, “A Geostrategy for Eurasia,” Foreign Affairs, 76:5, September/October 1997.
(4) Enrico Galoppini, Islamofobia, Edizioni all’insegna del Veltro, Parma 2008.
(5) Jean Bricmont, Impérialisme humanitaire. Droits de l’homme, droit d’ingérence, droit du plus fort?, Éditions Aden, Bruxelles 2005; Danilo Zolo, Chi dice umanità. Guerra, diritto e ordine globale, Einaudi, Torino 2000; Danilo Zolo, Terrorismo umanitario. Dalla guerra del Golfo alla strage di Gaza, Diabasis, Reggio Emilia 2009.
(6) «Un típico descriptor geopolítico es la visión de los EE.UU. como una “isla” geopoliticamente no muy diferente de Inglaterra y Japón. Tal definición exalta su tradición maritima comercial y las intervenciones militares de allende el mar y, como es obvio, la seguridad basada en la distancia y en el aislamiento.» Phil Kelly, “Geopolitica degli Stati Uniti d’America”, Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici, a. VII, n.3 2010.
(7) Nicholas Spykman, America’s Strategy in World Politics: The United States and the Balance of Power, Harcourt Brace, New York 1942.
(8) «But I have no interest in diplomacy for the sake of returning Lebanon and Israel to the status quo ante. I think it would be a mistake. What we’re seeing here, in a sense, is the growing — the birth pangs of a new Middle East and whatever we do we have to be certain that we’re pushing forward to the new Middle East not going back to the old one», Special Briefing on Travel to the Middle East and Europe, US, Department of State, 21 luglio 2006
(9) Tiberio Graziani, “U.S. strategy in Eurasia and drug production in Afghanistan”, Mosca , 9-10 giugno 2010 (http://www.eurasia-rivista.org/4670/u-s-strategy-in-eurasia-and-drug-production-in-afghanistan )
(10) David P. Calleo, Beyond American Hegemony: The future of the Western Alliance, New York 1987, p. 142.
(11) Luca Lauriola, Scacco matto all’America e a Israele. Fine dell’ultimo Impero, Palomar, Bari 2007.
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*Director de Eurasia – Rivista di studi geopolitici (www.eurasia-rivista.org) y de la colección Quaderni di geopolitica (Edizioni all’insegna del Veltro), Parma, Italia. Cofundador del Istituto Enrico Mattei di Alti Studi per il Vicino e Medio Oriente. Ha dictado cursos y seminarios de geopolítica en universidades y centros de investigación y análisis. Docente del Istituto per il Commercio Estero (Ministerio de Asuntos Exteriores italiano), dictando cursos en distintos países, como Uzbekistán, Argentina, India, China, Libia.
E-mail: direzione@eurasia-rivista.org
(trad. di V. Paglione)

