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Orientaciones
julio 25, 2009 in Pensamiento | Tags: Anti-imperialismo, Anti-sistema, EEUU, España, Socialismo | Deja un comentario
Hay extrañas ideas como que, por defender la Patria Española y el Socialismo, podríamos llegar a coincidir, más o menos, con el «Patriotismo Constitucional» o incluso compartir algo del «Orgullo» por la «España Progresista». O, simplemente («por la parte que nos toca como patriotas») asumir, con un nuevo formato, los conceptos de España típicos manejados por cualquier variante de la «Derecha nacional». Urge acabar con estas nefastas confusiones e ideas preconcebidas. Vemos la imperiosa necesidad de aclarar, de una vez por todas, lo siguiente:
1) El Socialismo Patriótico está lejos de ese inconsistente «Patriotismo Constitucional» tan esgrimido ahora como alternativa al «Patriotismo antidemocrático» de infausto recuerdo. Además, en la práctica, el «Patriotismo Constitucional» es algo que casi nadie ha terminado por creerse. Aunque no tengamos reparo en reconocer, por ejemplo, algunas coincidencias básicas con el «Patriotismo Jacobino» (el «eje del mal» para todos los nacionalismos reaccionarios), hemos de recordar que éste poco tiene que ver con la actual «España constitucional».
2) El Socialismo Patriótico es completamente ajeno al triunfalismo «nacionalero» progresista que celebra esta España «sacada de su aislamiento», «modelo mundial de leyes avanzadas» o «escenario de acontecimientos» de relumbrón. En efecto, España no se halla aislada, pues está incardinada, como un contingente subalterno más, en una Europa políticamente incapaz, porque mantiene desde hace décadas una posición servil hacia el imperialismo americano, y porque la mentalidad general del pueblo español es «angloamerica-dependiente». Las leyes de las que presume la propaganda oficial no son otra cosa que signos de decadencia interna, mudanzas de imagen «para estar a la última», golpes de distracción, confusión social e impostura «sesentayochista». Y casi todos los «acontecimientos» en suelo español con alta repercusión en el exterior son de naturaleza cirquense: la España que tanto se «renombra» y se «expone» fuera es la «España de la Fiesta».
3) Y el Socialismo Patriótico no es otra reedición de esa escuela ambigua representada por quienes declaraban que «en lo social nos acercamos a la izquierda, pero en lo nacional nos posicionamos en la derecha». Eso fue una estafa y representó un engendro que, por mucha sensibilidad social (o incluso espiritual) que proclamaban tener, irremediablemente se revelaron siempre siendo de derechas. Nuestra concepción de la Patria Española (y Europea) es radicalmente contraria a las mismas ideas «nacionales» de la derecha (sea en su variante integrista, populista o liberal-conservadora; sea significándose como españolista o con resentimientos neofeudalistas antiespañoles). Advertimos que, históricamente, el enemigo más dañino para la Patria como la concebimos ha sido, justamente, ese conjunto de ideas nacionalistas sostenidas por las derechas.
(I) España no es una esencia: es una realidad
España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su expresión política y estatal manifestada en el complejo devenir histórico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y globalizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «identidad» española que la política.
España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y mantener nuestra pluralidad de identidades no es una cuestión coyuntural, sino decisiva: la de considerar el valor fundamental de las identidades que son constitutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una conjunción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.
Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera España» ha constituido un nefasto error histórico. Un error, por otra parte, característico de los nacionalismos. Éstos nunca se limitan a resaltar una identidad, sino que se dedican a negar la legitimidad de las otras presentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e imponiendo esa identidad «unificada» (o «sintetizada») sobre las demás identidades a las que tratan de sepultar o extirpar como «anómalas».
El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aíslan una identidad (o una sola «memoria histórica»): aquella que subjetivamente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar luego a despreciar o negar las demás identidades (y expresiones históricas). Aunque esas identidades o expresiones sean también propias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y tengan arraigo en el territorio, por cualquier motivo arbitrario les niegan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conteniendo «variedades» tratarán de eliminar esas diferencias para imponer una sola versión prototípica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia nacional otras configuraciones particulares surgidas en el seno de la nación, imponiendo a todo el territorio el prototipo nacional «único y verdadero», ya que el «hecho diferencial» representa la base de todo.
Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, racial, religioso, historicista, etc.) atentan contra la identidad y la diversidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civilización cosmopolita y disolvente. Los exclusivismos («naturalistas» o historicistas) representan perfectamente la otra punta de la tenaza del mismo proceso de disolución y homogeneización acelerada promovido por las ideologías «ambientalistas» , igualitarias y mundialistas.
(II) España es una realización histórica
España no es ningún caso extraordinario. Como todas las demás naciones del mundo y, como la misma Europa, son fruto de procesos históricos donde han confluido pueblos, identidades, fuerzas, acciones humanas y circunstancias múltiples. Hay que insistir que España no consiste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lingüística, ni racial limitada y permanente: España es esencialmente una realidad y una realización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el resultado de la espontaneidad o expresión de una herencia natural o una identidad fija.
Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido independiente de las acciones de los hombres, o se ha mantenido invariable en el devenir de la historia: creer o pretender tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen éstos en el ámbito que operen (regional, estatal, subcontinental…)
Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una continuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha importancia establecer si constituye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido independiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como naciones, en principio no debe causar perjuicio alguno aceptar que España conforma una nación o una conjunción de naciones.
Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)
Por eso negamos radicalmente el concepto de nación como realidad distinta y autónoma de la historia y de los Estados. El estado es una realidad superior y anterior a la nación. Han sido los Estados, los proyectos comunes, las empresas históricas, los que han creado los marcos colectivos y han dado forma a las naciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siempre creadas y formadas por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la historia. Han sido los Estados quienes han impreso en los pueblos una voluntad y una conciencia colectivas, y, en consecuencia, los que les han dado una existencia efectiva. España, toda Europa y el resto de las naciones del mundo, no han sido excepciones a este hecho de universal cumplimiento.
(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.
Contra la usurpación nacional-católica y su relevo occidentalista
Al igual que hemos afirmado que las naciones no son unidades principalmente naturales (espontáneas o heredadas) ni realidades distintas, o autónomas, de la acción histórica de las uniones políticas que las han creado y conformado, también decimos que las uniones históricas que han conformado las naciones no han seguido una sola «tradición» ni han mantenido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.
Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una misma tendencia (como también es posible encontrar terrenos donde se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos pocos casos, nada nos obliga, en absoluto, a proseguir con la misma línea.
Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el curso de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de factores e influencias múltiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cambio, han chocado o se han neutralizado recíprocamente. Quien en una época determinada ha constituido la fuerza predominante puede haber pasado posteriormente al estado latente, y viceversa.
Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pretender reducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un desarrollo lineal. Es completamente absurdo considerar una nación como un bloque único en el tiempo que no admite revisiones.
Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cualquier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e incluso contrapuestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la importancia práctica que tal reconocimiento tiene para la acción en el presente y en el futuro.
De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no conlleva, de ningún modo, a tener que aceptar la ruptura «espacial» de la nación política, reconocer que en España se han desplegado fuerzas históricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a negar la continuidad nacional en el «tiempo».
Pero lo más decisivo para el Socialismo Patriótico es tomar conciencia del hecho que resumía así el colectivo «Patria»:
«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes históricamente que han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesidades, entre las masas españolas»
Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la realidad histórica de España y una breve visión de la España actual.
(IV) Tres conclusiones por ahora
1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cualquier reivindicación de esencias nacionales o metafísicas de España. Nosotros afirmamos que España es una realidad política, histórica y estatal.
Así pues, nada que ver con el nacional-catolicismo, los nacional-etnicismos (paniberistas o separatistas), o el nacional-occidentalismo promovido sobre todo por el PP y su «Brunete Mediático».
2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» porque no hay motivos para ensalzarla (por lo pronto mientras siga atrapada en el capitalismo y estrechamente ligada al criminal imperialismo angloamericano) así como rechazo de cualquier «complejo» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una historia, y existe dentro de una continuidad política y social .
Así pues, nostalgias imperiales ninguna (por otra parte, el Imperio Español no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Revoluciones de independencia de los países hispanoamericanos cuando España dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)
3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha tenido un sólo sentido (algo que tampoco ha ocurrido, prácticamente, en ningún sitio). Negamos pérdida alguna de ningún «sentido español» «único y verdadero» simplemente porque no ha existido jamás tal sentido español «único y verdadero».
Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llamada «nacional» (habría que llamarla usurpadora de lo nacional) que sostiene que cuando España perdió ese único y verdadero sentido particular entró «irreversiblemente» en la decadencia. Insistimos: España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias internas y externas
Orientaciones II: Nación y Patria
Sobre la realidad histórica de España
Como anunciábamos en el editorial anterior, exponemos un sintético resumen de la realidad histórica de España. Habíamos señalado que los procesos desarrollados en el interior de toda nación, en el curso de los siglos, tienen un carácter complejo, se resienten de factores e influencias múltiples que, en ocasiones, se han armonizado, y otras, en cambio, han chocado o se han neutralizado recíprocamente. Quien ha constituido la fuerza predominante en una época determinada, puede haber pasado luego al estado latente, y viceversa.
Habíamos denunciado que un simplista, anticuado y antinacional historicismo ha pretendido reducir la historia de cada nación a un desarrollo lineal. Es completamente absurdo considerar una nación como un bloque único en el tiempo que no admite revisiones. Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cualquier pueblo o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e incluso contrapuestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la importancia práctica que tal reconocimiento tiene para la acción para hoy y para mañana.
En tal sentido habíamos adelantado que lo más importante para el Socialismo Patriótico era tomar conciencia de un hecho histórico que un grupo de camaradas resumió así: «Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, ha existido históricamente fuerzas y poderes que han impedido que la idea de Patria haya arraigado entre las masas españolas, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesidades»
I) Conclusiones de nuestro editorial anterior
1) Por una cuestión de principios, el Socialismo Patriótico rechaza radicalmente cualquier reivindicación de esencias nacionales o metafísicas de España. Nosotros afirmamos que España es una realidad política, histórica y estatal.
2) Por una cuestión de reconocimiento de «nuestras circunstancias», el Socialismo Patriótico rechaza oportunamente cualquier ensalzamiento «sin complejos» de «esta gran nación» pues actualmente no hay motivos para alabarla, así como rechaza necesariamente cualquier «complejo de culpa» o reniego del pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una historia, y existe dentro de una continuidad política y social.
3) El Socialismo Patriótico afirma que esa continuidad histórica de España jamás ha sido unívoca. No ha existido ninguna pérdida del «sentido español» «único y verdadero» simplemente porque no ha existido jamás tal sentido «único y verdadero». España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias internas y externas
II) Resumen de la realidad histórica de España:
Decimos que España es una nación, o una conjunción de pueblos, que desde su constitución hace cinco siglos, ha conocido, como otras naciones, la acción de fuerzas y corrientes diversas. Durante una larga época las fuerzas que tenían el «predominio general» fueron la Monarquía y la Iglesia al servicio de una causa imperial y una causa de expansión y contraofensiva religiosa. España formaba parte de una reunión de reinos encabezados por los Habsburgos, que coexistían con oligarquías nobiliarias, clericales y patriciados locales que gestionaban el poder inmediato en territorios convertidos en cotos cerrados administrativos y socio-económicos. En todos esos reinos, nobles y clérigos estaban libres de «pechar» con los impuestos. En ciertos reinos las oligarquías gozaban de amplios poderes jurisdiccionales que llegaban incluso, en algunas zonas, a ser penales a costa del pueblo llano. En eso consistían esas mitificadas «libertades y tradiciones nacionales respetadas» en «Las Españas de los Austrias».
Con el cambio de dinastía en 1700, España fue separada de otros reinos europeos y se impuso como fuerza predominante el Poder real absolutista que acabó con buena parte de aquellos poderes jurisdiccionales y privilegios oligárquicos. Las castas nobiliarias y eclesiásticas perdieron cuotas de poder directo local, a nivel «singular». Pero la Nobleza mantuvo privilegios económicos y administrativos a nivel «general», el Clero mantuvo sus prerrogativas, y la fuerza predominante en la España de los primeros Borbones, el Palacio absolutista, no dejó de considerar los reinos como inmuebles de la Familia y tratar a los españoles como rebaños de los reyes, bienes objeto de compraventa y permuta.
La Guerra de Independencia de 1808 desató la emergencia de poderosas líneas contrapuestas en España: frente al despotismo absolutista se levantaron el liberalismo y el tradicionalismo, que a su vez se enfrentaron entre sí durante el siglo XIX (con cuatro guerras civiles nada menos). Y para aplacar los choques entre tradicionalistas y liberales, surgió inmediatamente otra «tradición española» -la «apaciguadora»- que pone todo su empeño en anestesiar la conciencia de los españoles y fomentar la mediocridad, el conformismo y el apoliticismo nacional. Es decir, basta un vistazo sin estereotipos para comprender rápidamente que España ha sido otro proceso histórico del planeta que tampoco ha sido una «unidad unidireccional en el tiempo».
En España, al despotismo monárquico le sucedió en 1833 la oligarquía, que se convirtió en dueña indiscutible del poder político, social y económico durante un siglo. Ese poder y la España derivada de ese poder fueron contestados, primero por el tradicionalismo, y luego por el republicanismo, el socialismo sindicalista y el anarquismo, a los que podemos sumar el minoritario y contradictorio regeneracionismo. Recordamos que durante un siglo España fue una nación en vías de modernización marcada como la mayor parte de las naciones hispanoamericanas: una nación sometida a los intereses y la voluntad de las fuerzas liberales -«moderadas/ conservadoras» o «progresistas»- y que el estado español fue el marco de esa nueva oligarquía central (y locales) de tipo burgués que nació confiscando tanto los bienes comunales de los municipios como los bienes de las instituciones que sostenían la única asistencia social existente (la Iglesia), y que ofreció las riquezas de España a las inversiones financieras de Inglaterra y Francia.
Consideramos que una de las causas del fracaso de las rebeliones del tradicionalismo español, mayoritario en el pueblo durante décadas, fue la cerrazón intelectual del bajo clero que lo sostenía, como también vemos que gran parte del alto clero ofreció, como la Monarquía, su manto protector a la oligarquía. Recordamos que en 1868 estalla una rebelión de signo diferente al carlista, que tras un corto reinado, desembocó en una república parlamentaria que con sus experimentos demagógicos y ocurrencias utópicas sumergió a la nación española en un enorme desorden.
El hartazgo provocado por aquel desorden favoreció la Restauración del poder de la oligarquía, con sus partidos ya más «centrados». La España de la Restauración tuvo la asistencia decisiva de la Monarquía y de la Iglesia, situación que se mantuvo hasta 1931, pese a varios intentos regeneracionistas por parte de algunos gobiernos que no cuajaron. No se puede esconder que la España de la II República significó el apogeo del sectarismo progresista español, equivalente al cerrilismo mostrado por la derecha monárquica y clerical nacional, y que el fracaso rotundo de aquella república desembocó en la confrontación abierta entre las fuerzas con mayor empuje popular, fuerzas, todas ellas, que acabaron con una desgraciada república que los propios republicanos dejaron de defender: por un lado se movilizaron las fuerzas revolucionarias emergentes, socialistas y anarquistas principalmente; y por el otro las derechas católicas contrarrevolucionarias, auxiliados por los reaparecidos tradicionalistas (que ya se posicionaban como contrarrevolucionarios ante la revolución liberal) y a los recién surgidos falangistas (tan contradictorios como el regeneracionismo).
Reconocemos sin ningún problema que todas estas fuerzas contaban con apoyos populares, fueron enteramente españolas, y luchaban por modelos o proyectos distintos para España, o mejor dicho: luchaban en contra de ideas de España y «tradiciones» adversarias que les parecían completamente odiosas. La inmensa mayoría ni eran «correas de transmisión de las Internacionales Rojas», ni «ultramontanos del Vaticano», ni «cipayos del Eje».
No podemos olvidar que el ganador de aquella confrontación total fue un militar que impuso una dictadura férrea y que, sin entrar en más juicios sobre su mandato, y sobre las circunstancias y necesidades que tuvieron que cubrirse en una nación físicamente derruída y moralmente aplastada, sí recordamos que aquel régimen identificó España con la adhesión inquebrantable a esa dictadura y con una visión unidireccional de la historia de España. Todos los opositores a la dictadura y los discrepantes de esa interpretación sesgada de la historia nacional fueron asimilados artera y estúpidamente a la Anti-España, y tal asociación abusiva generó en muchos españoles un rechazo indiscriminado e injusto, pero comprensible, a la mera idea de España.
Pues una vez más afirmamos sin concesiones que España entera es, y sólo puede ser, el marco común e irrenunciable de todos los españoles, y ninguna fuerza, política o social, religiosa o económica, nacional o local, tiene legitimidad para presentarse como la única España o la verdadera España. E igual que ocurre con España, ocurre con todas y cada una de sus regiones, comarcas o islas: absolutamente nadie tiene base ni legitimidad alguna para mostrarse como los representantes genuinos de una parte de España.
A España, como a cualquier pueblo (español o no español) debe reconocérsele su misma diversidad no sólo en el «espacio de los territorios», sino en el mucho más notable y bastante más interesante «espacio socio-político», no sólo por sus «hechos diferenciales» locales, sino sobre todo por sus diferencias entre tipos de grupos y personas, diferencias transversales mucho más reales que las primeras. Al mismo tiempo, a España, como a cualquier pueblo, se le debe reconocer no sólo características distintivas con otros pueblos, sino asimismo características comunes con los otros, pues en el mundo y en la historia tampoco existen (ni pueden existir) compartimentos estancos entre las naciones. No ha sido así ayer, y menos lo es hoy.
Pero a España no sólo se la puede comprender por la variedad de sus «espacios» presentes, sino también por la diversidad de sus «tiempos» pasados. Todas las concepciones e interpretaciones de España (o de cualquier región española) que las asocian necesariamente a una identidad independiente de la historia o de la voluntad, a un desarrollo lineal en la historia, o a una forma siempre cerrada por dentro y siempre «separada» del exterior, no sólo son completamente falsas sino que provocan el separatismo territorial entre los pueblos y, aún peor si cabe, el separatismo interior en cada territorio. Es el separatismo entre la «verdadera España» y los «heterodoxos» de la «anti-España», entre los «vascos de verdad» y los «vascos de pega», entre los «catalanes normalizados» y los «catalanes anómalos». Cualquier separatismo (y nos da lo mismo que sea presentado como «democrático» o «totalitario») implica el artificioso antagonismo étnico, la exclusión y el uniformismo empobrecedor. Cualquier separatismo acarrea el terror (de «alta» o «baja intensidad») el etnocidio y la asimilación forzosa.
Reconocer la realidad histórica compleja y contradictoria de España es lo que corresponde a una visión completa, integral, a la vez unitaria y plural, del mundo. Nos llama mucho la atención esas tribunas y sectores que presumen defender la unidad de España al tiempo que dicen defender la diversidad de sus regiones en el «espacio territorial», pero siguen rechazando fanáticamente, por ejemplo, la asunción de cualquier «diversidad en el tiempo». Para el Socialismo Patriótico reconocer la «diversidad en los espacios» (territoriales y transversales) como valor especial que contribuye a la riqueza de toda la nación y de cada región española (y a la riqueza de la misma especie humana) nos lleva también a reconocer la «diversidad en los tiempos». Por eso asumimos una historia nacional «donde el pasado no es peso ni traba sino afán de emular lo mejor». Como decíamos al principio, no sólo debemos apreciar en la historia de cualquier pueblo (o conjunto de pueblos) cursos diferentes e incluso contrapuestos entre sí, que reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que nos hemos de dar cuenta de la enorme importancia práctica que tal reconocimiento tiene para la acción en el presente y en el futuro.
Y si como insisten sobre todo las escuelas históricas de la derecha (integrista, conservadora o liberal) España entró en decadencia en el pasado, ello fue precisamente, en un primer momento, responsabilidad de las castas rectoras políticas y religiosas, que no quisieron, o no supieron, dar con los resortes nacionales de movilización, ya que para ellos España era el patrimonio familiar-eclesiástico de tales castas. Y después ha sido debido a la oligarquía y el «Partido Único de la Burguesía», tanto en su ala Nacional-Conservadora como Socio-Progresista, que han abrazado y han impuesto «la más denigrante concepción burguesa de la existencia».
Y esto nos llevará a exponer, dentro de unos días, una breve visión de la España actual: la nacida con la II Restauración Borbónica.
Nación y Patria (y III)
Visión de la España actual:
La España actual nace de la restauración borbónica encabezada por el monarca designado por Franco y los «hombres del Rey» provenientes de la cúpula del llamado «Movimiento». La convergencia de estos dirigentes del «antipartido unificado» del régimen franquista escogidos por el Rey, con las direcciones de los partidos antifranquistas de la izquierda clásica y los nacionalismos señalados como «históricos», significó la famosa «Transición». La II Restauración de 1975 dio paso a una situación con ciertos parecidos a la I Restauración de 1875, que nos trajo en aquel momento un régimen de monarquía parlamentaria bajo el control político exclusivo de las oligarquías de dos partidos. En esta ocasión, la vida política también ha acabado por estar protagonizada, a nivel nacional, por dos partidos que sólo responden ante sí mismos, ante los grupos económicos y mediáticos que los sustentan, y ante las internacionales que los cobijan. Pero con una significativa diferencia: junto a ese bipartidismo general, la monarquía parlamentaria ha incluido esta vez un tercer elemento constituyente: el frente de los partidos nacionalistas «históricos».
Pero la II Restauración ha seguido también una misma línea de cambios sustanciales que ya se iniciaron con la dictadura de Franco -aunque esto no quieran reconocerlo ni los detractores ni los, aún, simpatizantes de Franco- que ha homologado España con los países llamados de «su entorno», es decir, con el Occidente atlantista. Tal como declaró en plena II Guerra Mundial el ministro de asuntos exteriores de Franco: «España es un país americano».
España, pese a toda las llamativas verbenas «contestatarias» lanzadas en su día por las izquierdas progresista, ecopacifista, comunista o libertaria, se ha convertido, en efecto, en un país de masas culturalmente americanizadas, y por el peso de la lógica, sumiso políticamente a las consignas e intereses de los poderes públicos y privados de los EEUU. La España actual carece tanto de identidad cultural o moral propia como de entidad política soberana ante los EEUU, y esta situación no ha sido impuesta por la violencia militar, sino que ha sido dócilmente aceptada por las oligarquías políticas, económicas y mediáticas españolas, que, otra vez, han entregado España a los unos amos del exterior, como ocurrió en el siglo XIX.
Y cuando decimos oligarquías españolas, incluimos por supuesto a sus oligarquías regionales. Lo que han hecho -o han dejado de hacer- el Partido Popular y el PSOE, con la plena colaboración en esto de los nacionalistas, es intensificar tanto la apologética histórica de los EEUU como la propagación del modo de vida y muerte americano, para mejor beneficio de los centros financieros internacionales amparados por los EEUU y para mayor provecho de su apabullante supremacía política, militar e ideológica mundial. El Partido Popular porque abiertamente ha enganchado España a la piratería planetaria norteamericana. El PSOE porque ha fomentado la debilidad, la cobardía y el entreguismo de los españoles ante cualquier presión exterior. Y los nacionalistas neofeudalistas porque sus fobias y obsesiones particularistas no provocan más que un mundo lleno de enanos egoístas y celosos de su ombligo o «hecho diferencial», para conveniencia de los EEUU y los centros financieros que pueden así someternos mejor, pues sus pretensiones diferenciales no son más que una gran estafa: están tan vendidos y rendidos a las multinacionales y al poder mediático norteamericano como el resto, si no más, y no se alejan un ápice de las consignas y modelos lanzados por los amos del mundo.
Por supuesto, nuestra nación, la española, pese a toda su desestructuración y alienación, sigue existiendo. Pero como siempre, sirviendo de soporte a unas fuerzas concretas que hemos de identificar. Y hoy por hoy estas fuerzas concretas que van modelando su identidad nacional presente –y sus «identidades» regionales tan publicitadas– son las de la II Restauración borbónica.
Unas fuerzas, constitucionalistas o nacionalistas, al servicio de un proyecto económico político social general: la de homologación occidental; encargadas de una misión histórica: la definitiva conversión de España en un apéndice (o en diecisiete apéndices) de los EEUU y del gran capital; y con una sola ‘Patria’: la España americanizada, con versión en castellano o en catalán, tanto da.
Y ese proyecto general de la España actual, esa misión histórica y esa «Patria» española americana no pueden ser, desde luego, los nuestros.
Extraído del Blog Orientaciones
República nacional española. Municiones para la resistencia
abril 1, 2009 in Publicaciones | Tags: Anti-sistema, Disidencias, España, República, Socialismo | Deja un comentario

“Como realidad política, España plantea una peculiaridad única en relación al resto de países de su entorno: el cuestionamiento permanente de su existencia nacional por una serie de partidos de ámbito regional, que aspiran a constituir sus propias estructuras estatales.
Quien se adentre en la lectura de esta colección de textos tendrá la oportunidad de comprobar que en España, durante los últimos años, se ha elaborado un discurso nacional irreverente y descarado; podrá percatarse del potencial arrollador que irradian estos escritos.
Con todo, no se equivocará quien llegue a comprender que su principal valor reside en ser materiales de un orden perteneciente a una nueva legitimidad. Pero nada se hace valer si no se presenta en sociedad como un desafío.
JUAN COLOMAR nació en Palma de Mallorca, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona, ciudad en la que ejerció durante varios años como abogado, y actualmente trabaja en Valladolid como Técnico Superior de la Comunidad de Castilla y León.
En la década de los sesenta ingresó en el Front Obrer de Catalunya, rama catalana del Frente de Liberación Popular. Tras su expulsión toma parte en la reunión constitutiva de la Liga Comunista Revolucionaria, militando en las filas del trotskysmo hasta que se cuestiona el carácter científico de la ideología marxista. Colabora entonces con diversos grupos empeñados en la propagación de un europeismo alternativo al oficial.
En 1996 participa en la constitución del Partido Nacional Republicano, integrándose desde esa fecha en su dirección.”
República Nacional Española. Municiones para la resistencia
Autor: Juan Colomar
Prólogo de: Javier Al Shalal
Formato 15 x 21 ctm. 132 págs.
Cubierta impresa a color, plastificada con brillo.
Colección DisidenciaS
Ediciones Barbarroja
Madrid, 2008
I.S.B.N.: 978-8

